Blog de Valentina Oropeza

“No los quiero robar, pero necesito que cooperen”; por Valentina Oropeza

Por Valentina Oropeza | 3 de marzo, 2017
Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

En plena hora pico encontré un asiento libre en la primera fila de un autobús que circula por la avenida Francisco de Miranda, en dirección hacia el este de Caracas. Desde fuera luce como un armatoste desalineado, a punto de desprenderse sobre las ruedas del costado izquierdo, al igual que los letreros del espejo frontal que anuncian las paradas. Por dentro es inusualmente espacioso, lo suficiente como para sentarse en el puesto que limita con el pasillo sin temor a que la cartera de alguien me tropiece el hombro izquierdo. Las sillas son amplias y mis caderas no invaden el espacio de la pasajera que va sentada a mi lado, una estudiante de bachillerato, de cara redonda y ojos rasgados, vestida con uniforme escolar y un delicado cintillo de colores que doblega su abundante cabellera negra.

Sin riesgo a ser interrumpida por roces indeseados, me sumerjo en la página 217 de la novela Ensayo sobre la lucidez, edición de Alfaguara 2004. José Saramago está a punto de contarme cómo reaccionó el Gobierno cuando se dio cuenta de que falló su última maniobra para acorralar a los electores que votaron en blanco durante los comicios, una rebelión pacífica que obliga al presidente y a sus ministros a emprender una carrera represiva por mantenerse en el poder:

“… probablemente casi todos estos hombres hubieran preferido que corriese alguna sangre, no hasta el punto de la masacre anunciada por el reportero de televisión, pero sí algo que hiriese la sensibilidad de los habitantes de fuera de la capital, algo de lo que se pudiera hablar en todo el país durante las próximas semanas, un argumento, un pretexto, una razón más para satanizar a los malditos sediciosos. Y también por eso se comprende que el ministro de defensa a la chita callando, le acabe de susurrar en el oído al colega de interior, Qué mierda vamos a hacer ahora”

Una voz estridente desgarra mi concentración y me obliga a abandonar las primeras oraciones de la página 218: “Buenos días mi gente, con mucha pena vengo a pedirles. No los quiero robar, pero necesito que cooperen”. Levanto la mirada para chequear rápidamente al vocero y descubro que sus piernas están muy cerca de mis rodillas. Es alto, moreno, delgado. Tiene una barba poblada y secuelas de acné mal curado en el rostro. Viste gorra y una camiseta blanca metida dentro del pantalón.

“De verdad que me da bulda ‘e pena pero tengo que pedirles plata para volver a mi casa en Coro porque acabo de salir de Yare y no tengo cómo devolverme”.

Nadie se inmuta, el autobús sigue rodando y una pasajera le pide al chofer que se detenga en la próxima parada, mientras el bamboleo la empuja contra el hombre que bloquea la salida del pasillo. Tengo la impresión de que el motor rugió tan fuerte cuando habló sobre la prisión, que ese detalle solo lo escuchamos quienes estábamos cerca del exconvicto.

Una semana antes, en la misma ruta de este autobús, un muchacho llamado Juan Manuel se identificó como artesano y recitó su número de cédula antes de pedir dinero para comprar medicinas a su hermano que padece leucemia. Para dar fe de sus habilidades manuales, exhibió orgulloso un bolso que elaboró con billetes de dos bolívares doblados en forma de triángulo, alegoría creativa a la devaluación de la moneda. En el Metro, hace tres días, vi a un hombre de cuarenta y tantos subirse la camisa para mostrar la cicatriz que le quedó después de que le extrajeron una bala de la espalda. Requiere una nueva cirugía y no puede pagarla. Unas estaciones más adelante, una anciana de cabello blanco y corto, con la piel seca y pegada a los huesos, deambulaba por los vagones clamando: “La abuela tiene hambre, hambre tiene la abuela. Ayúdala y Dios te ayudará”.

“Aquí está la carta de excarcelación con la copia de mi cédula por si no me creen, pa’l que quiera verla. De verdad verdad que no quiero hacerles daño, pero me tienen que ayudar”, insiste el hombre, esta vez tenso y con voz temblorosa, mientras sostiene con la mano derecha una hoja escrita a computadora con su documento de identidad impreso en una esquina. La izquierda se desplaza hacia sus lumbares, con los dedos dentro del pantalón.

A esa distancia el escrito es una mancha gris, una copia borrosa de letras muy pequeñas. Me siento tentada a pedirle el papel, corroborar su identidad y averiguar por qué estuvo preso, como si tuviera la potestad de desconocer su solicitud si descubro que miente. Luego pienso que hacerle preguntas lo alteraría más y agravaría la situación, aunque él pueda ofrecer un testimonio valioso sobre la vida en esa cárcel del estado Miranda. El movimiento de los demás pasajeros me disuade finalmente: un hombre despega la nalga derecha del asiento para sacar su cartera; una señora vacía su monedero lleno con billetes de cincuenta. La jovencita sentada a mi lado me aprieta la muñeca, volteo y me hace una seña para que cumpla con mi aporte. Ya no tiene los ojos rasgados, parecen más bien dos huevos fritos. Acaba de entregar lo que parece su mesada. Instintivamente meto la mano en el bolsillo y saco algunos billetes de dos, cinco y diez, que había apartado en la mañana para colaborar con quien me pidiera dinero en la calle. Temo que se moleste si la contribución le parece irrisoria, pero de inmediato concluyo que es peor abrir la cartera y mostrarle el teléfono móvil.

—Gracias mi reina bella, gracias mami, gracias varón…

—¡Pero de verdad, vete pa’ Coro! —grita nerviosa otra pasajera, mientras los que pueden se bajan con la cabeza gacha y a paso apresurado, una vez que se detiene el autobús.

—¡Claro mi doña, ahora sí! —responde sonriente el hombre mientras recorre el vehículo para recoger el dinero, puesto por puesto. Se despide agradecido con todos, especialmente con el chofer que le permitió abordar el colectivo.

Una vez que el hombre desaparece, estalla un revuelo de comentarios dentro del autobús:

—Nunca había visto que alguien pidiera dinero diciendo que acaba de salir de la cárcel —dice la señora que entregó los billetes de cincuenta.

—Ese cuento es más viejo que el hambre —replica un anciano que va sentado más atrás.

—Yo me asusté —suspira la bachiller.

—Ese coño ’e madre nos iba a robar —protesta un hombre que se acerca a la puerta de salida.

Tras detenerse en la siguiente parada, el conductor se voltea y rebate desafiante:

—En mi unidad nadie roba.

Valentina Oropeza 

Comentarios (25)

Jaime195
3 de marzo, 2017

Cuento conmovedor, gracias.

zoraya
3 de marzo, 2017

Muy buen artículo. Soy comunicadora social también venezolana y me gustan mucho las crónicas, y las disfruto más si existen descripciones ya que por mi discapacidad visual (ceguera total para ser más precisa) me imagino las cosas con bastante claridad. Entiendo el miedo que surgió en esa unidad, pues no hay día en Venezuela sobre todo en Caracas donde no seamos presa del estrés que genera la inseguridad.

regalladies
3 de marzo, 2017

En cierto terminal del Estado Miranda, en una oportunidad tomé un autobús al cual subió un caballero de unos 25 años. Al verle subir, solamente su ropa, me bastaba para tomar un criterio al respecto y proyectar una situación peligrosa dentro de la unidad de transporte; además de su ropa, su vocabulario, lenguaje corporal no hicieron más que afirmar mis temores.´

En ese instante me pregunté por qué el conductor permitió que el mismo subiese a la unidad, mientras pensaba y analizaba todo esto, el autobús salió de la parada y teniendo al caballero sentado a mi lado temía que un gesto de mi parte resultase molesto para él y me viese afectada directamente.

Resignada, no me bajé del autobús.

El conductor, manifestó que ayudaba a los ex-convictos cuando le pedían la “cola” para transportarse, agregó, que al ayudarlos ellos evitan que esas unidades sean robadas.

No nos robó. Pero todos tuvimos temor.

Al conductor poco le importó el público, él tenía seguridad de que no sería robado.

JESUS
3 de marzo, 2017

Cuento viejo de la cuarta republica,usado desde simpre al igual que el herido y demas tendaras que salir con mayor frecuencia hay novedades totalmente renovadas

Juan Andara
4 de marzo, 2017

El mágico trajín diario caraqueño… Bien Valentina.

Daniel
4 de marzo, 2017

Cuentos que no son cuentos.

Alex rizzo
4 de marzo, 2017

Este artículo es una proyección emocional de la sociopatia de conducta del colectivo venezolano, razón tenía Francisco Herrera Luque

Pedro Villavicencio
4 de marzo, 2017

Me encantó la tragicomedia, escrita con gran claridad y dominio; al momento de leerla, parece que uno mismo la está viviendo, oyendo el timbre de voz deformado y chocante del “delincuente”. El desahogo postrero y conclusivo de los “asaltados”. Ese es el drama que se nos ha hecho cotidiano en nuestras ciudades. Una gran cantidad de personas hemos sido víctimas del robo, hurto, atraco, insultos, vejámenes, gratuitos. !Felicitación al autor!

Samuel Castellanos
4 de marzo, 2017

A mí me pasó exactamente lo mismo en la Avenida Fuerzas Armadas hace algunos años, fue esa misma mezcla de nervio ante una posible situación peligrosa, porque no te están robando abiertamente, pero tampoco te están dando mucho chance de decir que no, es una experiencia muy desagradable. Pero por lo menos en el caso que viví, el hombre se bajó en el Nuevo Circo y se acercó caminando a la terminal, lo que daba a entender que sí se regresaba a su lugar.

Giselle
4 de marzo, 2017

Esa es la modalidad que yo denomino “asalto light”, ya no vivo en Caracas pero las veces que voy y debo abordar una camionetica llevo en mi bolsillo un billete de 50. Siempre, SIEMPRE, se monta un ex convicto pidiendo colaboraci’on y, lo he presenciado, a quien no le colabora s’i lo roba, en el mejor de los casos lo insulta o golpea. Es parte de la “aventura extrema” de andar en la ciudad, ya es tan normal que es terrible c’omo nos hemos acostumbrados a ser despojados de lo nuestro de cualquier forma, por cualquiera en cualquier momento. Al fin y al cabo, terminamos diciendo siempre, qu’e son 50 bs en comparaci’on con la vida o la cuenta de la cl’inica si te dan un cachazo que te rajar’a la cabeza (y luego no hallas sutura o la plata para pagar!)

YARITZA
4 de marzo, 2017

uff,a mi me paso igual la misma historia y por poco me da un infarto.

Maritza
4 de marzo, 2017

Tal cual es narrado en la crónica lo he sufrido varias veces en la ciudad donde vivo, y las veces que he ido a Caracas.En Caracas tengo miedo de montarme en autobús y en el Metro…

Anele
4 de marzo, 2017

mas viejo que la sarna… Uno parecido, y es de 2011 http://unmundodeperros.blogspot.com/2011/02/tor-dios-del-martilleo.html

JULIO
4 de marzo, 2017

La narracion da mucha risa,pero eso es el dia a dia en todas las regiones. de venezuela yo viajo casi medio pais, pero es bueno contarlo, con sentido del humor. jajajajaja

Julio
4 de marzo, 2017

Pedro no coloques delincuente entre comillas, el de la voz deformada y chocante que se montó en la unidad a “pedir” dinero es un delincuente, sin comillas y sin eufemismos.

Claudia
4 de marzo, 2017

Cuento viejo, nada novedoso me ha pasado como 20 veces, he escuchado de todo: enfermos de sida, cáncer, tumores, hijos a punto de morir, abuelas agonizantes, mi mamá se acaba de morir en Maracaibo, tengo mal de hagas, tuberculosis, en la cárcel injustamente.

Lucia
4 de marzo, 2017

Cuentos que no son cuentos

Carlota
4 de marzo, 2017

Ese es el pan nuestro de cada dia en las unidades de trasporte publico en nuestro pais que desgracias Mi Dios cuando cabaremos con eso de una vez por toda la delicuencia desatada

Yngrid Guillen
4 de marzo, 2017

Aunque ud. no lo crea. Ya lo vivi y la sensación de impotencia, debilidad, temor es aterrorizante. Solo decir, que acaba de salir de la cárcel da un vacío en el estómago. Y es mejor que te roben asi, tienes la opción de dar lo que puedes, a que te roben todo lo que llevas o que alguno pase a otro plano… conocí uno en guatire que pidió para enterrar a su hijo en San Cristobal y a los 15 días con el mismo cuento en El Metro.

César
5 de marzo, 2017

Cosas que vivimos los Venezolanos de a pié. Lamentablemente este hecho a pasado a formar parte de la cotidianidad caraqueña, no solo en los buses que transitan por la superficie, sino tambien en el subterraneo. Triste realidad que cada dia se va haciendo mas y mas grande, y afecta sin distincion de razas, clases o edades… Llamemoslo, un tumor sin regimen de crecimiento el cual es necesario extirpar.

Marlyn
5 de marzo, 2017

Excelente crónica. Siga escribiendo así, Valentina.

Rebeca
5 de marzo, 2017

Yo solía transitar la Av. Baralt para buscar y llevar a mi hija al colegio especial donde estudiaba, cuando no lo hacía yo, era mi madre y siempre vivíamos historias como esa además de lo insufrible que es la ruta mencionada, al punto que retiré a mi niña del colegio y preferí buscar otras alternativas pues aunque nunca me robaron, no puede ser sano vivir con angustia varias veces al día todos los días

Gleysis
5 de marzo, 2017

La verdad es que la situación que narras no se la deseo a nadie, es totalmente desagradable. Si tienes oportunidad de hablar con alguien que frecuente la ruta de la Av. Baralt capaz te sorprenderá saber que el caso del que se monta a pedir porque acaba de salir y necesita volver o pagar la pensión es el pan de cada día, y es aún más frecuente que simplemente se suban armados a robar a todo el autobús, o como mi experiencia de hace un año, se te sientan al lado y te apuntan al costado despojandote de todas tus pertenencias. Ya no es algo exclusivo de la Baralt es de toda Venezuela tristemente

eama
5 de marzo, 2017

Soy de Maracaibo, y puedo dar fe que aquí pasa lo mismo. Cuando uno aborda un autobús o un microbús (buseta), alguien se montará para, pedir dinero a nombre de algún… «enfermo», sepultar a alguien, comprar un medicamento, etc, etc. También están los trovadores, que, a cambio de algún dinero, interpretan algún pasaje musical de moda. A Dios gracias, no he sido víctima ni presenciado robos. Pero sí ocurren en ciertas rutas de colectivos. Es más, un compañero de trabajo extremadamente joven, perdió su vida al saltar de la unidad y caer bajo las ruedas del bus por huir de un atraco dentro del mismo.

No deja de asombrarme la… espeluznante declaración de fanatismo de unos de los participantes de este foro, cuando dice: «Cuento viejo de la cuarta república…», como sí todos los males fueran de vieja data. ¿Dónde vive? ¿Será que vino de Utopía?

Andres Torrealba
6 de marzo, 2017

Jesus eso de que es cuento viejo de la IV república puede ser cierto (yo nunca los vi) pero la multiplicación de los mendigos que amenazan en el transporte publico en esta revolución es realmente escandalosa, usted se monta en una unidad de petare a la pastora y lo mas seguro es que se monten unos 10 por la medida pequeña, los cuentos son variopintos pero los que acaban de salir de la cárcel o a los que le mataron un convive son de verdad una amenaza

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