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No es intercambiable / “Estrómboli” de Jon Bilbao; por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 21 de junio, 2016
No es intercambiable Estromboli de Jon Bilbao; por Patricio Pron 640

Jon Bilbao fotografiado por Xavier González para El Periódico.

La frase podría parecer una coquetería, pero no lo es: al comienzo de “El castigo más deseado”, uno de los cuentos que conforman Estrómboli, el nuevo libro de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), su narrador afirma: “si pusiera por escrito aquel episodio […], no daría como resultado más que una ristra de tópicos” (193).

“El castigo más deseado” relata una competición de pesca en la que el narrador es testigo del final de una amistad y algo más doloroso, la pérdida de un hijo y la decepción; si se exceptúan sus últimos párrafos, es uno de los mejores cuentos del libro: no se detiene en pasajes innecesarios y apenas incurre (a pesar de la advertencia de su narrador) en los tópicos y frases hechas que lastran otros relatos de Estrómboli, en los que las personas se enjugan “el sudor del labio superior” cuando beben (85) y se secan los labios pasándose “el dorso de la mano por la boca” (92) o admiten haberse quedado “mudos” cuando alguien les dice algo (96), los obreros que se quitan sus cascos de protección les sacan brillo “frotándolos con la manga” (145), las personas que quieren parecer amistosas dan “palmaditas en el hombro” (145), los ríos son “angostos” y discurren “sobre un lecho rocoso” (168), las personas que se enfadan cruzan los brazos (184), etcétera.

Jon Bilbao es considerado por muchos el mejor cuentista español del momento; si el consenso no fuese suficiente, bastaría mencionar la larga lista de premios obtenidos por el autor en los últimos años (el Ojo Crítico de Narrativa, el Tigre Juan, el Euskadi de Literatura, el Otras Voces, Otros Ámbitos) para constatar su posición de preeminencia en una escena en la cual, en virtud de la percepción errónea de que el cuento sería un género minoritario en España, éste concita entusiasmos acríticos y no siempre fundados. No es lo que sucede con los que genera el autor, cuyos relatos seducen con los argumentos (menos habituales de lo que podría pensarse) de una ambientación eficaz y unos personajes descolocados y por consiguiente susceptibles de generar identificación en su lector: un joven español en Reno que se obsesiona fatalmente con un vecino motociclista, un hombre que pierde a su hijo en un accidente en un río y tiempo después regresa a él para recuperar una o dos cosas, un desempleado que participa de un concurso televisivo y debe decidir (por lo menos retrospectivamente) si deja atrás un miedo infantil y si dejarlo atrás vale la pena.

Los cuentos de Estrómboli cumplen con solvencia lo que se proponen, aunque es evidente que sus diálogos son algo afectados (su intensidad paroxística recuerda de a ratos la de las discusiones de telenovela, con la prescriptiva alternancia de planos y el recurso de dar la espalda al interlocutor para que los actores compartan plano) y que “la atención al detalle” de la que se nos habla en los paratextos de la obra resulta irritante en ocasiones, en especial si se considera la gratuidad de estos, como en el cuento que da título a la colección: “Él vestía pantalones chinos, polo, cazadora de aviador y mocasines. Ella había pasado una hora y media acicalándose en el hotel. Llevaba un liviano vestido de primavera y unas sandalias de tacón poco apropiadas para los senderos de grava volcánica del archipiélago de las Eolias. Para que la brisa marina no le estropeara el peinado, se había envuelto la cabeza en un fular. Completaban el conjunto unas gafas de sol con la montura adornada con brillantes falsos” (221-222), todo lo cual no parece muy relevante para la caracterización de los personajes excepto de una forma superficial.

(Algo similar sucede en el relato “Como en un idioma desconocido”, donde la descripción de la planta nuclear en construcción no ayuda al lector a “verla”, sino que, paradójicamente, lo impide, convirtiéndola en una sucesión de términos técnicos tan irritantes como la repetición caprichosa del nombre de la empresa constructora; pero casi todos los cuentos del libro presentan este rasgo, por ejemplo “Estrómboli”, donde se nos informa que el entrante que el personaje ordena consiste en “una ensalada de rúcula, gorgonzola y pollo con avellanas cuyos ingredientes se hallaban meticulosamente dispuestos en una armoniosa montañita de comida”, 228.)

En algún sentido, estas desviaciones constituyen los rasgos de personalidad literaria más salientes de unos relatos en los que es dificultoso distinguir (y en ese caso valorar) una voz propia. Uno tiene la impresión, leyendo Estrómboli, de que ha leído todo esto antes en relatos de Raymond Carver, Tobias Wolff, John Cheever y otros estadounidenses imprescindibles (aquí hacen acto de presencia todos los rasgos salientes del cuento realista moderno norteamericano, incluyendo los personajes disfuncionales, el objetivismo y la adopción de construcciones gramaticales sencillas), lo cual no es un problema necesariamente, excepto por el hecho de que, en la ausencia de personalidad de estos relatos y su acumulación de términos a menudo técnicos, estos cuentos generan la impresión de que se está ante una traducción no siempre lograda. (Algo notablemente singular, ya que Bilbao es un traductor excelente.)

Quizás uno de los problemas más visibles de la narrativa contemporánea en español sea el carácter “intercambiable” de los textos que la componen: el libro A podría haber sido escrito por B, por C o por D; la novela policiaca E es reemplazable por la F, la G y la H, etcétera. Lo habitual es, sencillamente, correr el proverbialmente tupido velo sobre obras y autores y dedicarse a cosas más interesantes; sin embargo, hay algo en la obra de Bilbao que no es “intercambiable” y es precisamente por ello y en nombre de ello que escribir sobre ella, incluso apuntando sus defectos más evidentes, es una forma de contribuir a la preservación de lo que hay en ella de singular e importante, que se pone de manifiesto en pasajes como el de las manzanas que caen corriente abajo en “El peso de tu hijo en oro” o el hombre que salva pollos y les teje suéteres de “Una boda en invierno”. (Este último caso, por cierto, apunta a las muchas coincidencias e inverosimilitudes de estos cuentos: el personaje siniestro al que el narrador de “Siempre hay algo peor” le entrega una bolsa de dinero lo atropella un camión esa misma noche, resolviendo el problema no sólo narrativo de qué hacer a continuación con él; a pesar de que ha pasado un tiempo considerable desde el accidente, el padre de “El peso de tu hijo en oro” encuentra entre la maleza y las rocas un dedo de su hijo, al parecer reconocible, no descompuesto ni roído por los animales; los pollos de “Una boda en invierno” sobreviven porque sus órganos están contenidos por un suéter, sin cicatrización ni infección de las que se informe al lector.

Jon Bilbao
Estrómboli
Madrid: Impedimenta, 2016

Patricio Pron 

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