Blog de Alejandro Oliveros

Mis Hamlets; por Alejandro Oliveros #LecturasDeAlejandroOliveros

Por Alejandro Oliveros | 5 de noviembre, 2016
final
Para Daniel Labarca,
princeps amans

Se dice que, después de Jesucristo, Hamlet es el personaje que más comentarios ha recibido a lo largo de los años. Y no estoy seguro que esto sea algo digno de admiración. A pesar de que la obra que protagoniza no es la mejor de su autor, ha sido de todas la más representada y adaptada. En sus dos acepciones, Hamlet, la tragedia, y Hamlet, el héroe, se trata de asuntos complejos, ricos en sorpresas y contradicciones. La pieza de teatro, en términos aristotélicos, tendría no poco de inaceptable. Pareciera que el proyecto shakesperiano hubiese sido contradecir hasta el último detalle la mayoría de los preceptos recogidos en Poética para definir la tragedia. Ningún decoro, nada de unidades, más caracterología que acción, una historia complicada hasta el delirio y una escena superpoblada. El bardo, como siempre, se encargaría de complicar la historia original, conocida a través de Saxo Grammatico y Belleforest, con la incorporación de nuevos personajes y episodios, como Rosencrantz y Guildestern; los actores, y su teatro dentro del teatro, adaptado de Thomas Kyd; una Ofelia demente perdida, y un aparatoso duelo final que acabaría con la vida de los pocos sobrevivientes. No parece descabellada la opinión del que dijo, probablemente Byron, que Shakespeare había sido el más grande de los poetas pero no el mejor de los dramaturgos.

El otro Hamlet, el conocido personaje, no es menos irregular. Cuando digo irregular, me refiero a su conducta, por supuesto. Y lo que quisiera decir es que su comportamiento, a lo largo de la tragedia, no se parece al de otros dramatis personae; como Otelo, por ejemplo, inseguro e impulsivo desde el principio hasta el final. O Coriolano, siempre obstinado y heroico en el peor sentido. O Julio César, grande e inmodesto hasta en su muerte apuñalada. El príncipe de Dinamarca no es ni siquiera uno, ni dos. Son muchos individuos y siempre enfrentados. Sus acciones son imprevisibles, a pesar de la minuciosa racionalidad con la que organiza su fallida venganza y su optimismo: “The play’s the thing wherin / I’ll catch the conscience of the King”. Tantas contradicciones no han hecho sino estimular los más ingeniosos comentarios, desde Voltaire, Johnson y Goethe, Schlegel, Hazlitt, Lamb y Coleridge. Incluso Melville en su Pierre. Y todos los demás escritores notables del XIX y el XX. Freud ha sido uno de los más leídos, pero también lo fue Eliot sin merecerlo. Como Bradley, lleno, él sí, de merecimientos. O Dover Wilson y Wilson Knight, Kott y Brook, Kitto y Jenkins, y pare de contar. No son pocos los autores que han cambiado de opinión con el paso de los años, como en el caso notorio de G. Wilson Knight. Hamlet pareciera cambiar a medida que seguimos leyendo su lamentable historia a lo largo nuestras vidas. Pero esta es una situación especular, no es él el que cambia, sino nosotros y él nos refleja. Hamlet no es Don Quijote, a quien uno ama desde la infancia y, muy probablemente, terminará sus días amándolo. El signo del noble danés es la metamorfosis, pareciera sentirse incómodo con una misma apariencia.

También yo he tenido mis Hamlets, como todo el mundo. En mi primera juventud, la de los inicios en la universidad, llegué a identificarme con el nocturno personaje. Nocturno y meditabundo me hice también, y solitario y apartado. Mis compañeros del centro cultural de la Facultad de Medicina, confundidos, comenzaron a llamarme “existencialista”, tal vez animados por el volumen de La peste que no me abandonaba desde los quince, cuando lo recibí, como regalo de cumpleaños, de las manos de mi padre. Con el tiempo, mi “hamletismo” se iría atenuando ante las urgencias de la carrera, con poco espacio para las vacilaciones y demoras. No obstante, el contacto con los pacientes me hizo entender que no fue nunca locura lo de Hamlet. Locura era lo que padecían los internos de la Colonia Psiquiátrica de Bárbula. Lo del joven danés era otra cosa; “histérico”, lo llamo Freud, después de su primera lectura de la obra, pero tampoco era eso.

Sin un diagnóstico preciso y sin mayores relecturas, quedó ese Hamlet atrás con mis aspiraciones a graduarme de médico. Así, hasta que nuevos compromisos académicos me devolverían al trato directo, como miembro de la cátedra de literatura inglesa de la Escuela de Letras, con el escurridizo personaje. Entonces fue cuando escribí por primera vez, y nunca he dejado de arrepentirme, sobre el “príncipe maldito”. En esa oportunidad, mantuve que el origen de todos los malestares de Hamlet, su estructura maníaco-depresiva, su incapacidad empática, ese weltschmerz que encantó a los románticos y su imposibilidad, en fin, de cumplir con la prometida venganza, radicaba en el complejo de culpa que sentía por la reiterada postergación de su proyecto. Por la incapacidad para realizar el trabajo encomendado, para cumplir con su deber, en suma. Y eso, para la ética protestante que se terminaría imponiendo en Inglaterra, la patria del autor, es una de las fuentes seguras del complejo de culpa. En el caso de Hamlet, su culpa era no ser culpable. Culpable del asesinato de Claudio, el usurpador. Me pareció más tarde que, en el fondo, lo que yo trataba era de justificar la reprobable conducta de un viejo amigo de la juventud .

Años más tarde, en un curso dedicado al drama en la Escuela de Letras, me sorprendí ofreciendo a mis estudiantes una versión exageradamente negativa del protagonista. Lo encontraba insensible, ensimismado, egoísta y misántropo, con todos los atributos de lo que, en el léxico policial, anglosajón conocen como serial killer. Al fin y al cabo, suyas y no de otro, eran las siete muertes que ensangrentaron el suelo danés. Mis opiniones no tenían nada de nuevo. Antes habían sido sostenidas por G. Wilson Knight, en un ensayo tan brillante como criticable. “La embajada de la muerte lo llamó”, y el embajador ya sabemos quién era. Madariaga propondría lo mismo más tarde en el prólogo a su insoportable traducción. Wilson Knight , por su parte, se corregiría y lo mismo haría yo. Y lo hice con motivo de los 400 años de la muerte del Bardo. De nuevo escribiría sobre Hamlet, de nuevo haría que lo publicaran, y de nuevo me arrepentiría. Este nuevo Príncipe no era ni culpable ni inocente. Asociándolo con Macbeth, propuse que la etiología de los males de Hamlet era su congénita carencia de “instinto de poder”. Sostuve, desempolvando, viejas proposiciones sesentistas que, a los instintos básicos descubiertos por Freud, eros y tánatos, habría que sumar un instinto de poder, que, con los otros, dos formaría el trípode que sostiene y modela nuestra conducta. El desequilibrio producido por la ausencia de estos tres impulsos propiciaba la formación de una neurosis. Del mismo modo, su hipertrofia no sería menos dañina. A lo primero debíamos la neurosis de Hamlet; a lo segundo, la psicopatía de Macbeth.

Hamlet es un héroe for all seasons. Con sus impertinencias y su nobleza, nos acompaña desde la primera lectura adolescente. Permitirá, mejor dicho nos estimulará para que hablemos de él, mal o bien. En su condición de puer aeternus, lo único que no nos excusará es que lo olvidemos. La figura del puer aeternus de Ovidio sería transformada por Jung y sus seguidores en arquetipo para referir una forma de neurosis. Le correspondería a la psiquiatra suiza Marie Louise von Franz desarrollar el asunto en una serie de conferencias recogidas en el clásico El problema del puer aeternus. Desde las primeras páginas del influyente volumen, la doctora von Franz expone una serie de inquietantes opiniones:

En general, el hombre identificado con el arquetipo del puer aeternus

mantiene demasiado tiempo una conducta psicológica adolescente.

Es decir que todas aquellas características que resultan normales

en un joven de diecisiete o dieciocho años se prolongan

en su vida posterior, en la mayoría de los casos acompañada

de una excesiva dependencia de la madre. Para este hombre,

la mujer tampoco es nunca la adecuada, está bien como novia

pero… Siempre hay un “pero” que impide el matrimonio

o cualquier clase de compromiso definitivo… Esto suele ir

acompañado, en mayor o menor grado, de un complejo de

salvador, o de Mesías, con la secreta convicción de que un

día podrá salvar el mundo… Puede llegar al extremo

de convertirse en una típica megalomanía patológica, o puede

haber leves indicios de ella en la idea de que su momento

aún no ha llegado… Siempre alberga el miedo de verse

atrapado en una situación de la que sea imposible

escabullirse. Cualquier situación “tal como es”

le parece un infierno…

Todo esto lleva a una forma de neurosis.

Mucho más es lo que dice la von Franz en sus ensayos, y no puedo menos que pensar en Hamlet cuando lo dice. Y de aceptar que su propia forma de neurosis, la de ese preocupante puer aeternus, fue lo que se interpuso entre el  Príncipe y su venganza. Parece una ironía que el modelo utilizado por la doctora suiza haya sido otro príncipe, pero ya no el atormentado personaje de Shakespeare, sino el no menos escurridizo Principito de Saint-Exupéry. Al final, Hamlet se impondrá, con fuerza insospechada e irracionalmente homicida, a Claudio su gran enemigo. Es en ese momento en el cual el joven danés se convierte en Hamlet, el gran héroe de Hamlet. La fuerza para encontrarse, para ser sí mismo, no es infrecuente en los niños, algo que, en parte al menos, Hamlet nunca dejó. De acuerdo con Jung:

“Es una paradoja que llama la tención de todos los mitos del niño el hecho de que ese “niño”, débil e impotente, por una parte está a merced de enemigos poderosísimos y en constante peligro de ser exterminado, pero por  la otra disponga de fuerzas que rebasan con mucho la medida humana” (Los arquetipos y lo inconsciente colectivo).

No es improbable que esta tampoco sea la última vez que escriba sobre Hamlet. Lo que sí es seguro es que pasaré el resto de mis días arrepentido de haberlo hecho, por lo menos tanto como el príncipe de la muerte de su amada Ofelia.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

@manuhel
5 de noviembre, 2016

Interesante y pedagógica lectura, al menos para mí.

Jose Ramirez
5 de noviembre, 2016

Profesor, sus reseñas sobre nuestro querido Hamlet siempre agregan una arista más al enigma. Las disfruto mucho.

Creo que hay un error de tipeo en la última cita:

“Es una paradoja que llama la tención de todos los mitos del niño el hecho de que ese “niño”, débil e impotente, por una parte está a merced de enemigos poderosísimos y en constante peligro de ser exterminado, pero por la otra disponga de fuerzas que rebasan con mucho la medida humana” (Los arquetipos y lo inconsciente colectivo).

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