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Mireya Lozada: Ciudadanía en tránsito; por Cheo Carvajal #CCS450

Por Cheo Carvajal | 31 de agosto, 2017
Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

A veces vale la pena comenzar la entrevista por el final: se levanta de la mesa, poco antes de despedirnos. Va y vuelve a la barra de la taguara en la que hemos estado conversando. Regresa con un brillo particular en sus ojos. Sonríe como si en ese breve trayecto lo expresado al final de esta conversa, hubiese quedado profundamente convencida de algo maravilloso, después de tanto hablar sobre fragmentación, exclusión, repliegue, instrumentalización política, de dolor y de odio. Mireya Lozada celebra que, a pesar del desmoronamiento, un proceso orgánico de construcción está ocurriendo entre nosotros. Una manera de reconocernos, repensarnos y comenzar desde ya un proceso de reconstrucción de lo social desde la acción ciudadana, que asume la política como asunto de la vida cotidiana, pero también del futuro.

Nuestra entrevistada es psicóloga social, docente e investigadora de la Universidad Central de Venezuela, con doctorado en Psicología política en la Universidad de Toulose, Francia. Actualmente coordina la Unidad de Psicología política del Instituto de Psicología de la UCV. Forma parte de Aquí cabemos todos, grupo de reflexión y opinión política, muy enfocado en la despolarización, en las formas de abrir espacio para la convivencia, desde la tolerancia, pero también desde el respeto a las reglas de juego democráticas. Entre 2002 y 2004, momento álgido de la polarización, trabajó en conjunto con algunas organizaciones sociales en un proyecto que se llevó a cabo en algunas escuelas: El derecho a la paz, voces de niñas, niños y adolescentes en Venezuela.

—¿El “derecho a la paz” podemos entenderlo como “derecho a la ciudad”?

—Totalmente. Se tiende a banalizar el concepto de la paz, como que todos nos agarramos de las manos y vamos sonrientes por la calle, dejando afuera la profundidad y alcance que la paz tiene en la vida cotidiana de la gente, que se expresa en espacios donde se realiza lo público: escuelas, plazas, lugares de encuentro. Poder disfrutar de esos espacios urbanos, compartir e intercambiar de forma plural, democrática y pacífica es justamente bienestar para la ciudadanía, es expresión del derecho a la paz y a la convivencia pacífica.

—En el marco de sus 450 años, y ante la ausencia de paz en los espacios públicos de manera cada vez más aguda por el conflicto político, ¿hay algo que podamos celebrar de Caracas?

—Aún cuando el espacio urbano, de esta y otras ciudades, es quizás donde más se aprecia el impacto de la polarización social y conflictividad sociopolítica de los últimos años. Caracas, que es sede de los poderes y donde es mucho más fuerte la confrontación, nos sigue acogiendo. Es la ciudad la que nos ofrece ese lugar, tanto para participar como para resistir el avance de acciones y políticas que niegan al ciudadano. Paradójicamente ella nos muestra el impacto, el daño, la expresión urbana de esa conflictividad, pero también nos ofrece la posibilidad de defensa de esos espacios de convivencia pacífica y democrática. La participación ciudadana es un derecho que puede garantizar la paz entre sujetos distintos, en su pluralidad, en su expresión e ideologías, pero que son iguales ante la ley. Esa igualdad y ese derecho a la ciudad está siendo vulnerado de muchas maneras.

—¿Ese derecho vulnerado a la participación y a la convivencia, en este espacio de la diversidad que es la ciudad, es de estos últimos años o va más allá de los famosos 18 años que tiene este gobierno?

—Sería erróneo señalar que la fragmentación y el impacto urbano de la conflictividad social en la ciudad son atribuibles solo a estos últimos años. La segmentación y fragmentación urbanas existían previamente. Pero esa fragmentación se ha profundizado en la territorialización del conflicto, en la creación de guetos. Tanto desde el punto de vista de la distribución geográfica, de los espacios del patrimonio de la ciudad, como de la utilización de ellos y el derecho a participar en las políticas públicas desde la condición ciudadana. El ciudadano ha estado ausente, o no ha sido suficientemente visible, en la definición, ejecución y seguimiento de las políticas públicas relativas a la ciudad, y en la preservación y cuido del derecho a ella que como ciudadano le corresponde.

—Décadas atrás se hizo patente un desprecio hacia lo público por un sector de la sociedad que lo asumió como el ámbito de quienes no podían resolver por vía privada su educación, su salud, su transporte, su recreación. Esto se hizo más fuerte a partir del Caracazo, con el cierre de calles y la proliferación de rejas y cercos. En los tiempos que corren, que se suponían de mayor socialización y reconquista de lo público, esa fragmentación se ha intensificado. Y la paz parece depender de que nos retratemos en lo público.

—Esa fragmentación y segmentación de larga data, que forma parte de las causas estructurales de la violencia, tiene que ver por una parte con los niveles de exclusión de sectores sociales, de identidades marginadas e invisibilizadas, y por otra con otros sectores que viven cada vez más confinados en espacios controlados, con seguridad privada. Esto ha limitado el uso del espacio público y la apropiación de la ciudad de forma diversa, por diferentes sectores sociales, grupos etarios. Esto se ha agudizado en estos años de polarización social y ha dejado huellas materiales y simbólicas en familias, escuelas, comunidades, instituciones públicas y privadas. Ya no es solo las zonas marginadas, los barrios que circundan la ciudad y las ciudades dormitorio, que ya existían, más la fragmentación propia del propio barrio: los de abajo, los de arriba, los que llegaron primero, los que llegaron después. Ahora se suma la territorialización del conflicto sociopolítico que ha generado feudos y guetos, zonas que se etiquetan como en pro o en contra del gobierno. Además, se ha institucionalizado esa fragmentación que prohíbe el derecho al uso de los espacios públicos y al libre tránsito. Muchos de esos espacios públicos donde se confluía, ahora están, sino físicamente, al menos simbólicamente restringidos. Y el derecho a la ciudad no puede limitarse, menos aún desde las instituciones que gestionan lo público, que es de todos. Se ha ido naturalizando, institucionalizando, la exclusión de la ciudadanía en el uso de sus espacios.

—En Caracas, más allá de precariedades y conflictos, la gente suele estar en la calle, sobre todo en los sectores populares. Allí las irrupciones de violencia y dolor parecen naturalizadas, como si fuesen inevitables, convertidas en múltiples narrativas de personas que van con su dolor en medio de una ciudad que igual intenta vivir desde la alegría.

—Siento que la ciudad ha ido variando, y el disfrute de la ciudad ha sido afectado por el impacto de la violencia social y política. Hay un duelo colectivo, aunque la gente sigue haciendo vida en la calle, cada vez con más restricciones por la inseguridad, por otras formas de control y represión que se han venido ejerciendo en los últimos años. Pero hay expresiones de duelo colectivo, simbólicas, no necesariamente explícitas en el comportamiento de la gente.

—¿Como cuáles?

—Por ejemplo: cuando veníamos caminando hasta acá, vimos cantidad de cruces con los nombres de los muchachos que han muerto en manifestaciones.

—Pero eso, además de duelo, ¿no funciona también como instrumentalización de la muerte en el ámbito político? El año pasado hubo más de 20 mil muertes violentas, en su gran mayoría por armas de fuego, pero no vemos ninguna cruz por esos muertos en las calles. ¿Dónde está ese duelo?

—Que ambos sectores de la confrontación hayan instrumentalizado políticamente el sufrimiento de las víctimas y sus familiares, no quiere decir que no haya también necesidad colectiva y ciudadana de decir eso, de otro modo. Está en las expresiones callejeras, en los signos que van quedando en las paredes mostrando inconformidad, malestar.

—A veces parece que Caracas es una ciudad que se acostumbró a la muerte.

—Hay un proceso psicológico que se llama habituación, según el cual si se van haciendo cotidianas y frecuentes las expresiones de violencia, la población tiende a convivir con ellas. De alguna manera tiene que seguir viviendo, usando los espacios donde se dan esas expresiones de violencia. Tienes razón en que hay un número enorme de víctimas de la violencia de la criminalidad, que dan cuenta de los altos niveles de impunidad. Violencia del crimen organizado y policial. No necesariamente está expresada en esas cruces, pero el duelo está allí. Hay autores que hablan de un “duelo congelado”, que está en las familias, y que tenemos que procesar. Esos son procesos de reparación social. Es necesario sanar las heridas que toda la violencia social y política ha generado, en la ciudadanía y en la ciudad. Es un proceso largo que requiere atención y acompañamiento, políticas públicas que atiendan ese impacto que ha dejado esa violencia y esa conflictividad. Que resignifique buena parte de los espacios urbanos. En sociedades en conflicto que han pasado situaciones tan graves o peores que la nuestra, ha sido necesario crear símbolos unificadores. Espacios donde se reconozcan los sectores en conflicto, que construyan memoriales, como recuerdo de lo que vivimos con la intención de que no vuelva a ocurrir. Es una tarea pendiente enorme. Esos duelos sin atender deben conseguir un cauce, algún modo de reparación, aunque sea simbólica para poder convivir en paz.

—Pongamos el caso de los Acuerdos de convivencia, en Catuche, donde la violencia se había hecho crónica ante la ausencia de Estado en el barrio. Hasta que el dolor obligó a las madres a actuar y finalmente llegar a acuerdos entre ellas y los jóvenes para detener los crímenes. Ni un muerto en 10 años dentro del barrio. Pero afuera de este sí. Al final es también como una burbuja. ¿De quién depende más este proceso, de las instituciones del Estado o de la gente?

—No son excluyentes, son procesos simultáneos. Un proceso de reconstrucción y reparación social, para atender el impacto de la violencia social y política, es simultáneamente sociopolítico y psicosocial, porque supone luchas contra sus causas, acompañando iniciativas de memoria y reconstrucción del tejido social, que ha sido fracturado por el conflicto. En ese sentido, esa búsqueda de espacios y objetivos comunes de reparación, así como la ruptura de barreras físicas y psicológicas que limitan la confianza y el reconocimiento del otro, tienen que adelantarse y llevarse desde distintos espacios: familiares, escolares, comunitarios. Por supuesto, con políticas públicas claras. En ese sentido hay trabajos de grupos que pueden superar estereotipos y llegar a acuerdos mínimos, como grupos de madres y jóvenes deportistas, figuras con peso moral en esas comunidades.

Por supuesto, es necesario definir políticas públicas claras, explícitas, en relación a estos procesos, que pasan por comisiones de la verdad, procesos de compensación económica, atención médica y psicológica, prevención de la violencia, conmemoraciones, garantías de no repetición, entre otras, sin negar iniciativas que se den internamente en esos espacios. Es necesario construir nuevos discursos no polarizados, en espacios reales, virtuales, comunitarios, promover experiencias de encuentro, diálogo y debate.

—¿A qué te refieres con “nuevos” discursos?

—Hemos naturalizado el desconocimiento y el desprecio del otro. Se ha institucionalizado el odio desde el discurso público, y hay que detener estas expresiones que tienen origen, y aún siguen teniendo espacio, en instituciones estatales. No es asunto de un solo sector político. En todo caso, se trata de rescatar el respeto al otro y el reconocimiento de la pluralidad y la diferencia. En el caso de la violencia social atender todas las causas estructurales de esta, además de las coyunturales.

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

—Se alude a que ese odio es de vieja data, como para restarle importancia a esa impronta que se le ha venido dando desde las instituciones a la polarización. Antes se percibía el desprecio en la exclusión social, o el desprecio hacia el inmigrante colombiano, pero no odio. La mezcla social estaba muy presente en una suerte de promiscuidad urbana, un coqueteo entre clases sociales.

—Esa discriminación social y grupal no necesariamente se expresaba en forma de odio. Creo que no podemos confundir la profunda inequidad y exclusión social, que reconocemos en lo que se dio por llamar “democracia representativa”, con el odio social al cual ciertos sectores hacen referencia ahora. La discriminación intergrupal, de clases, étnica, de grupos etarios o de discriminación sexual, no es que no haya tenido expresiones de odio, pero el odio social al que se alude más recientemente está referido a la intolerancia, al no reconocimiento del otro. Tenemos que ser autocríticos. La reconstrucción del tejido social pasa por reconocer hasta qué punto hemos reproducido en nuestro discurso ese desprecio del otro y su consideración como enemigo en vez de como adversario. Todos los sectores políticos tenemos eso como tarea, porque han sido demasiados años de cultivar esa intolerancia. Debemos generar confianza, porque no es posible vivir en paz y democracia desconfiando del otro.

Iniciativas como la de Catuche, si bien son reconocidas como ejemplos que hay que difundir, no pueden quedar solo a título de individuos o pequeños grupos, porque quienes han pasado por eso han vivido procesos extremadamente dolorosos, como el de las madres que han perdido sus hijos. En todos los países hay expresiones, como las “madres de negro”, o las “madres de la plaza de mayo”, porque las madres buscan preservar la vida y adelantan esas iniciativas porque no soportan un hijo muerto. Pero no podemos dejar esa gran responsabilidad pública solo en manos de grupos y sectores que son, justamente, los más afectados. Lo hacen porque es la única manera de continuar.

—Caracas es una ciudad en la que muchos espacios se han convertido en un desierto con la llegada de la noche. ¿Desde la psicología social, cuán importante es la noche para la salud de la gente y de una ciudad?

—La noche es el fin de la jornada laboral o de actividades cotidianas y supone un momento de reposo y encuentro. Es un momento de repliegue y disfrute. Una parte de ese disfrute, que se da en el espacio público, está siendo limitado. Cada vez es menos posible, por la inseguridad o por los costos que supone. Los jóvenes que salían a “rumbear” ya no lo pueden hacer de la misma manera. Están limitados. Más bien se juntan en los espacios privados, más que en los públicos.

—La noche está muy identificada con la libertad.

—Totalmente. Cuando la gente sale del país, una de las cosas a las que alude con más frecuencia, es a que “caminaba en la calle hasta tarde en la noche”. Un placer que está restringido, limitado. Ese placer de sentirte tranquila y caminar por la ciudad en la noche, es lo que más reclama la gente. En esta ciudad, y en nuestras ciudades, que hay tan buen clima y que resulta tan agradable, no lo puedes hacer. Por la inseguridad, por el costo y por la precariedad de la vida cotidiana. Hay un repliegue, la gente siente que todo está bajo una “tensa calma”, que da cuenta de que “algo” puede ocurrir, pero también de un duelo colectivo, un sentimiento latente, porque hay mucho dolor acumulado, una sensación de impotencia y hartazgo, de frustración. Eso tiene consecuencias, por eso hablamos de “dolor social”.

—En estos tiempos se ha pensado mucho la comunidad como el espacio de resolución de múltiples problemas, desde las cloacas hasta la seguridad. Es una forma de entender la participación que termina correlacionándose con la fragmentación política y del espacio. Priva la visión de lo cercano, no de una ciudad amplia e integrada. ¿La salud de la ciudad en cierta forma no depende de que se rompa esa frontera entre el territorio comunitario, espacio de las identidades, y el espacio público, espacio del anonimato?

—La comunidad si bien es un grupo social que comparte necesidades y problemas, es también un espacio público, cargado de historias, relaciones, identidades, formas de organización, sentido de pertenencia y arraigo a un lugar, que no necesariamente significan fragmentación o distancia con otros espacios de la ciudad, que enfrentan problemáticas similares. Lo que creo es que muchos de los intentos de “solución” a los problemas relacionados con salud, vivienda, educación, ambiente, violencia, entre otras urgencias en las comunidades, han quedado atrapados entre la autogestión, el asistencialismo y la instrumentalización política.

Las prácticas clientelares y la instrumentalización política de los recursos del Estado en dichas comunidades, han sido una constante en la Venezuela rentista a lo largo de su sistema democrático. Pero la violencia simbólica del clientelismo en la búsqueda de lealtades, apoyo y voto popular ha asumido visos extremos en el gobierno bolivariano, y esto ha tenido un alto impacto en las formas organizativas, en la autogestión comunitaria, que por cierto han ido variando, ajustándose, compitiendo entre ellas para acceder a la complejidad y diversidad de recursos e intercambios con representantes e instituciones públicas, que van desde la oferta de su reconocimiento social hasta su conversión en clientes o fieles devotos, lo que traduce una afrenta tanto a la dignidad del sujeto popular, como a la propuesta socioeconómica y política que dice reivindicar la revolución.

La relación dinámica y fluida de interdependencia e integración, que permita superar las fronteras entre distintas expresiones de lo público en la ciudad, pasa por revertir esta lógica clientelar desde las instituciones y las políticas públicas. Pero también profundizar la autocrítica de las organizaciones comunitarias, para que redefinan sus formas de organización, de gestión, y para que recuperen su autonomía. El quehacer político del poder popular a lo que debe apostar es al bienestar colectivo.

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Saltemos a otro tema, me inquieta saber qué piensas sobre los jóvenes y la ciudad. Los adolescentes suelen ser etiquetados como un problema, prácticamente nunca se les consulta sobre el tipo de espacio que quieren habitar, pocas veces son bienvenidos en los espacios públicos, y terminan inventándose su propia ciudad.

—Los jóvenes en general son satanizados, pero también son idealizados. Quizás sean ellos quienes vivencian con mayor intensidad el caos y la fragmentación urbana, pero también son ellos quienes desafían y disfrutan las posibilidades de ese caos, desplazándose entre las fronteras cada vez más fluidas de la desterritorialización, entre los intersticios de lo público y lo privado, entre lo local y lo global. Por otra parte, los cambios profundos y acelerados de esta era digital globalizada, se refleja en las dinámicas cotidianas de la cultura juvenil, en sus prácticas y en sus identidades. Por supuesto, también en las rupturas, conflictos y violencias, como es el caso de las “maras”, o de muchas pandillas y otros grupos que se han insertado o que han quedado rezagados en medio de crisis socioeconómicas, migratorias o conflictos políticos. Esto ha sido muy bien caracterizado en nuestros países por autores como Rosanna Reguillo o Alfredo Nateras. Abordar esta relación problemática, común a muchas ciudades, entre jóvenes, ciudad e identidad es uno de los mayores desafíos en América Latina, especialmente en Venezuela, que se ha incorporado recientemente a la diáspora y a la exclusión juvenil en el marco de una grave crisis socioeconómica y conflictividad sociopolítica.

—A veces luce que Caracas es como una adolescente, que se rebela, que se niega a ser adulta.

—No sólo Caracas. Como decía el analista junguiano y mi querido maestro Luis Sanz: “Venezuela es una paciente acomplejada”. Su comprensión pasa por deconstruir su historia, el descubrimiento, la conquista, la independencia, la República. Pasa por el análisis crítico de su “complejo cultural”, lo que supone asumir la conciencia y memoria de nuestra historia. Nos toca lidiar con dinámicas de opuestos, de encuentros, desencuentros, traumas, arquetipos y complejos. Creo que esto lo vamos haciendo con profundo dolor, con desencanto y frustración, pero también con mucho entusiasmo, alegría y esperanza.

—Hablando de esperanza, ¿y los niños? Este es otro grupo etario al que no se le presta mucha atención en el diseño de nuestra ciudad.

—Yo creo que la situación general es tan grave con los niños que resulta extemporáneo hablar de ese diseño de la ciudad, aunque sabemos que es algo muy importante. Ahora el problema es más grave y elemental, porque vemos deambular y pernoctar por las calles de nuestra ciudad a muchas familias con sus hijos pequeños. Son niños, niñas y adolescentes mendigando, rebuscando en la basura, expuestos a todo tipo de abusos, a la violencia real y simbólica. Han sido muchas las denuncias de organizaciones defensoras de derechos humanos, de médicos, de familias, sobre el impacto de esta crisis en su salud, educación, seguridad y recreación. Sus muertes por deficiencias en el sistema de salud, son de los mayores costos y vergonzosa deuda que enfrentará Venezuela y sus próximas generaciones.

—Es muy dolorosa esta situación en nuestras calles. Luce cuesta arriba ponerse a pensar en el tipo de parques que tenemos cuando el deterioro llega a lo más esencial, como es la dignidad de la gente.

—Así es. Creo que se está expresando de manera masiva el malestar social, el descontento y el rechazo a las políticas públicas, y se están cuestionando las políticas gubernamentales que violentan nuestro derecho a la ciudad, que violentan e irrespetan el derecho a la participación social y política. Por eso interpelamos y resistimos en protesta pacífica y democrática tanto autoritarismo, el avance del totalitarismo que reprime y persigue la disidencia, que busca silenciar la pluralidad, la diversidad, que controla políticamente las instituciones, que busca mantenerse en el poder mientras niega la voluntad popular.

Pero, aún reconociendo las dificultades de este proceso y su imprevisible dimensión temporal, soy optimista. Considero que atravesamos un complejo y estimulante período de construcción ciudadana, de ruptura y creación social. Defendemos como ciudadanos la democracia, la libertad, la justicia y la paz en condiciones de extrema precariedad institucional y violación permanente de los derechos humanos. Nos estamos reconociendo como sujetos sociales, que estamos aprendiendo y ejercitando deberes y derechos. Creo que vamos incidiendo, modificando y reconstruyendo nuestro entorno personal, grupal y colectivo, y creo que seremos capaces de construir un proyecto de país inclusivo, de profundizar la democracia. Somos ciudadanía en tránsito constructivo. Un tránsito, claro, que responde a nuestro carácter dramático y algo anárquico, pero también a nuestras maneras festivas, llenas de humor y alegría. Es nuestra singular manera de celebrar la vida, la convivencia en paz y en democracia.

Para que entienda mejor lo que dice, Mireya saca de su cartera un papelito que desdobla. “Estas son estrofas que cantan las piloneras desde Caracas a toda Venezuela en este momento crítico:

iiioooo, iiiooo

…cantamos por convicción

sin violencia, sin mordaza

construiremos el futuro

con conciencia ciudadana

…heredamos democracia

y República también

todos los venezolanos

las debemos defender.

***

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Cheo Carvajal 

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