Blog de Willy Mckey

Mandela y los otros, por Willy McKey

Por Willy McKey | 26 de junio, 2013

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Un país, en algún momento de su historia, es apenas una persona. Y la historia es, también, un pacto ficcional.

Siempre que los ojos del mundo han estado viendo hacia Sudáfrica, están viendo hacia Nelson Mandela, el buen Madiba. Así fue en 1990, en 1994 y ahora. Incluso en 2010, cuando el Mundial de Fútbol, lo que el planeta veía girar no era un balón de fútbol sino la historia de una nación que parecía imposible y él hizo realidad.

Pero hasta los hombres que logran dividir la historia tienen una propia, íntima y capaz de rebasarlo por ser finita.

En los medios sudafricanos, se lee que a la casa de Qunu acudieron “los viejos del clan” para trazar en conjunto el final del hombre grande. Han sido consultados y conminados a decidir. La línea de hombres y mujeres de los clanes vinculados con Mandela se reunieron en torno al cuerpo de un hombre cuyos ojos, a pesar de estar cerrados desde hace cuatro días, replantearon la visión global de su continente.

Una nota en el periódico Times afirma que allí estaban todos aquellos que pueden hablar de la muerte de Mandela. En la tradición africana, un hombre debe morir con los suyos. Incluso éste, cuyo mérito mayor pudo haber sido enseñar que es posible vivir entre los otros.

Cuando ingresó en el Colegio Universitario de Fort Hare, en 1938, dos de los objetivos que se propuso fueron aprender inglés y conocer la historia de las civilizaciones occidentales. A muchos les pareció que eso, antes que ir en detrimento de la causa africana, iba a favor del poder blanco. Hay quienes, poniéndose cerca de las doctrinas, terminan alejándose de las ideas. El hombre que de niño escuchaba atento a los ancianos hablar de su pueblo libre antes de la llegada de los blancos, y que de adolescente fue tutelado por el rey de los tembu, estaba levantando una de las bases fundamentales de su lucha: conocer al otro como primer paso, el escalón obligatorio para poder sumarlo sin someterlo.

En pocos días, Internet estará repleta de narraciones pormenorizadas de la gesta de Nelson Mandela. El bufete con Oliver Tambo. La fundación en 1948 del temible Partido Nacional Sudafricano y su apartheid. La Campaña de Desobediencia Civil de 1952. El Congreso del Pueblo, en 1955. La Carta de la Libertad. El Congreso Nacional Africano y sus rupturas. El Congreso Pan-Africano. La Masacre de Sharpeville, en marzo de 1960. La resistencia armada convocada por el propio Mandela como La Lanza de la Nación. La mismísima Organización de Naciones Unidas, en el extravío de los informes oficiales, declarando a Madiba como un terrorista. Los años de prisión. La libertad. La presidencia. Suráfrica y su siglo XXI. Mandela, el hombre-nación.

Sin embargo, quienes se reúnen a su alrededor no son líderes de Estado, ni miembros destacados del Ejecutivo ni la militancia de un partido: son sus parientes, incluso los más lejanos, esa familia extensa que la tradición africana reviste con dimensiones distintas a las nuestras. Ya no es él quien actúa, ni quien activa ni quien decide. Ellos, juntos, son su espíritu.

Madiba se marcha. Sus ancestros lo llevan fuera de este tiempo donde quedamos nosotros, sin saber si hemos aprendido la lección de Mandela. ¿Hemos decidido, cada uno, entender el universo del otro aprendiendo cómo lo nombra? Porque entender no es pactar: es conocer y tener conciencia de que hay otra mirada igual de posible. ¿Hemos decidido evitar cometer los mismos errores de quienes se excedieron ejerciendo el poder, desconociendo al otro? Porque conocer no es convencer: es acercarse al otro para tener noticias de sus diferencias. ¿Nos hemos decidido a argumentar con la palabra? Porque argumentar no es tener la razón: es dar las razones propias y contrastarlas.

Conocer al otro. Reconocerlo. Sumarlo sin someterlo.

Madiba se marcha. No Suráfrica. El referente está allí. El país no fue mejor porque Madiba naciera allí, sino por lo que él hizo y cambió allí.

En apenas unos días estará resumido en el periódico que usted lee, en los web-sites que visita, en los noticieros que sintoniza, en cada conversación. Mientras tanto, nosotros seguimos en este presente contenido, preñado de día siguiente. Pero ese tiempo que vamos siendo no debe olvidar que cuando Madiba levantó su voz la primera vez no era el hombre-nación que ya se ausenta. Era uno más. Uno de los habitantes de este tiempo compartido. Era él y era el otro.

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (7)

Nixon Piñango
26 de junio, 2013

Siempre he pensado que el verdadero héroe de la historia fue De Klerk, pero fue, es más emocionante cuando el personaje usa armas para lograr un cometido, así como Chávez.

@manuhel
27 de junio, 2013

Increible que siendo Willy McKey un hombre tan letrado, tan versado, tan abierto de mente; reduzca semejante gesta (como lo fue el fin del apartehid) a la figura de Mandela.

Mandela tiene sus méritos y bien ganados y correspondidos que le han sido. Eso no se le niega.

Pero hay muchísimos otros que promovieron y provocaron ese desenlace (según cuentan los propios sudafricanos y la Historia), que es caer en un lugar común decir que Mandela fue el artífice de todo esto.

Es dejarse llevar por la publicidad y lo que dicen los medios. Es lo fácil, lo romántico, lo hollywodense, lo que vende.

La otra Historia está allí. Basta hurgar por encimita para descubrirla y contener los elogios hacia un hombre, evitando así el culto a la personalidad.

Willy McKey
27 de junio, 2013

No pretendo tal reducción, @manuhel. Creo que las primeras dos líneas del texto advierten claramente mi visión de la historia acordada. Repasando la lectura, intento ver dónde pudo haber leído que reduzco el final del apartheid a la figura de Mandela y no doy con esa línea. Sin embargo, si existe esa posibilidad de lectura, me excuso. La intención del texto era repasar la idea de considerar al otro como una posibilidad y no confiar demasiado en la verdad que cada quien tiene en su mano: no puedo hacer menos. Agradezco su lectura y las consideraciones hacia mí con las cuales inicia su comentario y, nuevamente, lamento que el texto haya generado ese malentendido.

Ramón Nuñez
27 de junio, 2013

Recuerdo que en 1983, cuando se celebró el bicentenario del natalicio de Bolívar, el gobierno decidió entregar el Premio Simón Bolívar a una persona que reflejase los valores del pensamiento bolivariano según como era conocido en aquél entonces.

Para mi sorpresa, no hubo un solo recipiente del premio sino dos: El Rey Juan Carlos I de España y Nelson Mandela. Los motivos fueron, en el primer caso, por guiar a España de una terrible dictadura a una democracia plena y en el segundo, por su lucha incansable en pro de la igualdad racial.

Recuerdo que en aquél entonces el Rey recibió su premio en el Teresa Carreño y por Mandela, que estaba preso, lo recibió Oliver Tambo. En esos tiempos, yo no conocía quién era Nelson Mandela, así que investigué lo más posible acerca de tal personaje en tiempos que no existía Internet, así que había que ir a bibliotecas y hemerotecas para investigar.

Me encontré con un hombre que había pasado por varias etapas en su lucha en contra de la injusticia, desde el radicalismo armado hasta el llamado a la no violencia, con todo el camino intermedio entre tales extremos. Tuvo el apoyo de la Unión Soviética y Fidel Castro, y el desprecio de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Los unos lo apoyaban por lo que interpretaban como su posición antiimperialista, sin que él fuese comunista personalmente, y los otros lo rechazaban por considerarlo un peón de Moscú y La Habana.

Lo metieron preso durante ventisiete años (en realidad era prisión perpetua), condenado a trabajos forzados (es decir, picar piedra en canteras y cosas así)por atentar contra la seguridad del estado sudafricano (más exactamente, contra los afrikaners). Él no fue el único, otros sufrieron aun peor suerte, como Steve Biko y los mártires de 1976, además de incontables hombre y mujeres hechos presos, torturados y asesinados por los policías afrikaners.

Sin embargo, Mandela se convirtió en un símbolo. El símbolo que necesitaban los sudafricanos para luchar por la democracia. Su prisión se convirtió en un arma de lucha pacífica, y así el clamor de “Liberen a Mandela” se escuchó en todo el mundo. Ya para mediados de la década de los ochenta el Partido Nacional estaba claro que su dictadura estaba próxima a un fín, y que debían escoger qué tipo de fín querían.

Se buscó iniciar una guerra civil entre la población negra (es decir, entre los zulúes y los Xhosas), para demostrar que los negros no estaban calificados para gobernar y que para impedir el caos se necesitaba un gobierno blanco de mano dura. Quién no recuerda aquella bárbara forma de asesinar llamada “el collar”?

Al final, Frederik De Klerk, como líder afrikaner, se dio cuenta que la única solución viable era la pacífica, y el único hombre que podía lograrla era Mandela. Lo demás es historia.

Hay personajes que en los libros de historia son pies de página o alcanzan a ser nombrados en algunos párrafos. Otros tienen capítulos enteros. Mandela es de estos últimos. Gracias, Willie McKey por tu artículo.

Don Anónimo
28 de junio, 2013

Muy bien

¿Qué debo sacar de la lectura?

Seguramente, que debo esperar mientras llega el hombre que me guiará hacia el objetivo deseado y por el cual trabajé a brazo partido, año tras año.

La presencia de Mandela, más que animarme me desanima, hombre de principios, rectitud, de analizar riesgos y cambiar rumbos. Muchos o casi todos los lídres se parecen a Mandela en el campo de las promesas, todos me ofrecen el Buen vivir, pero a veces olvidando que para el buen vivir se requiere un sitio para desarrollarlo. Mandela, hombre de acciones, en sí me dice que quedan pocos y la humanidad está como descarriada, tomando baratijas como bandera. Metamensajes transmitiendo que porque uso bolsas de papel voy a salvar a la humanidad. Los mandatos de la Constitución reflejan que aun falta mucho por hacer. Discriminación (cualquiera de ellas) falta de jubilación universal, falta de seguridad social, una pelea bestial por unas cuantas monedas, me dicen que Mandelas hacen falta en cualquier esquina, porque perdimos el norte, estamos para ensalzar al hombre, pero tomarlo como ejemplo, se lo dejamos al vecino.

Somos apaces de decir que gran hombre, pero mirar introspectivamente nos impide decir que grandes hombres somos.

Vivo en una sociedad, donde trabajan los niños situación expresamente prohibida por la Constitución, muchos al ver esto voltean para otro lado y dejan míseras monedas en la iglesia para lavar sus culpas.

Dijo Mandela “No podrás encontrar ninguna pasión si te conformas con una vida que es menos de la que eres capaz de vivir.”

Y aquí estoy tratando de vivir, una vida que es menos de lo que pensé vivir, con un mísero sueldo de profesor universitario, pese a haber entregado (y aun continúo) mi mayor esfuerzo, mientras muchos ni siquiera entienden el por qué de mi lucha. Pero ensalzar a Mandela les lava las culpas, imitarlo jamás, en muchos casos.

Yo más no puedo hacer. Mandela, te digo, baja tranquilo al sepulcro, te seguiremos recordando doscientos años después.

Susana
1 de julio, 2013

…”Él era y era el otro”. Gracias Mandela. Ánimo para todos los que hemos amado a éste hermoso ser humano.Él siempre existirá.Su legado es infinito.

boris muñoz
5 de diciembre, 2013

Quedó redondo.

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