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Los problemas de Aristóteles; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 17 de septiembre, 2016
Los problemas de Aristoteles; por Alejandro Oliveros-1

Aristóteles contemplando el busto de Homero (1653), de Rembrandt

No es poco lo que se conserva de todo lo que escribió Aristóteles, pero probablemente es más lo que se perdió e incontable lo que se le ha atribuido. De lo último, lo que más ha interesado a pensadores y artistas son los Problemata (Problemas), una forma expositiva que consistía en una pregunta que planteaba precisamente eso, un problema, acompañado de la correspondiente respuesta. Son muchos los Problemas que se le han adjudicado al filósofo macedonio, de los cuales sólo sabemos que no son suyos. Entonces, si no fueron redactados por él, ¿porqué fueron incluidos en la autorizada edición de Oxford (1926), basada en la referencial de Teubner? Al prologar el volumen VIII de la edición oxoniana, donde se reúnen los Problemas, el profesor E.S. Forster nos explica que, además de haber escrito el mismo Aristóteles una obra con ese título, los Problemas contienen elementos que seguramente derivan del original extraviado, además de otras correspondencias con tratados que se conservan como su Historia Natural.

De los tantos Problemas que conocemos, ninguno ha llamado tanto la atención de la sensibilidad moderna como el XXX, 1. Y no es para menos. En esta oportunidad, el autor, quien quiera que haya sido, se plantea la pregunta de las preguntas, una que ya había llamado la atención de los primeros filósofos, y que no ha dejado de seducir, desde el Renacimiento a críticos, artistas y poetas: “¿Porqué los hombres excepcionales en la filosofía, en la política, en la poesía o en las artes son ostensiblemente melancólicos?”. A mediado del XX, la cuestión estuvo en el origen de uno de los más admirados despliegues de erudición de la historia del arte. Por supuesto, nos referimos a Saturno y la melancolía, de Raymond Klibansky, Fritz Saxl y Erwin Panofsky. En sus 400 páginas, profusamente ilustradas, los autores registran los orígenes y desarrollo de la inquietante asociación genio-melancolía. No es casual que esta exhaustiva investigación sobre el tema se haya realizado durante el siglo pasado. Ningún período de la historia occidental ha sentido tanto la atracción por los mentidos encantos de la melancolía como el novecientos. Salvo el cervantino “Siglo de Hierro”, con sus guerras religiosas y persecuciones, un tiempo de hondos desengaños a nivel individual no menos que colectivo. Tanto que se hablaba de poblaciones enteras que, como si se tratara de una peste, eran tomadas por el indeseado “mal negro”. Así que es lo más natural, que el más ambicioso estudio sobre el asunto, The Anatomy of Melancholy, haya aparecido en 1638, obra de ese hidrópico lector que fue sir Robert Burton.

La Edad Media no parece haberse sentido especialmente atraída por la inquietante pregunta del Problema XXX, 1. San Agustín no la menciona, más preocupado por la “felicidad eterna” que esperaba a los privilegiado en la Civitas Dei. Y es una lástima, porque el gran pensador africano es el típico hombre de genio, y alguna melancolía tiene que haber experimentado en su condición de converso. Ni siquiera el enciclopédico Isidoro de Sevilla se refiere al asunto en sus Etimologías tan exhaustivas. Y se limita a consignar la hipocrática teoría de los humores, sin referirla a la genialidad de algunos melancólicos: “La melancolía toma su nombre de la bilis negra. Los griegos llaman melán a lo negro y cholé a la bilis. La epilepsia se produce en la fantasía; la melancolía en la razón; y la manía en la memoria”. Nada de hombres excepcionales que sean “ostensiblemente melancólicos”. Klibansky Et Al reconocen que, “durante los primeros mil doscientos años después de Cristo, la idea del melancólico altamente dotado parece haber estado completamente olvidada”

Durante el Renacimiento, el Problema XXX, 1 tomó un segundo aire que habría de durarle hasta nuestros días. A mediados del XV, el gran Marsilio Ficino, Philosophus Platonicus, Medicus et Teologus, a la cabeza de la recuperación del pensamiento griego, releyó el texto “aristotélico” a su neoplatónica manera y propuso una analogía entre la melancolía de la pregunta original con la locura divina de Platón. La renovada atención en el hombre de genio melancólico era sólo natural en aquellos tiempos no precisamente ayunos de genios. Bruneleschi, Massaccio, Piero, Mantegna, Boticelli habían sido tocados por los rayos del sol negro de la melancolía. Lo mismo que Miguel Angel, la más clara y conmovedora ilustración de la relación genio-melancolía. La visión moderna de la asociación es en buena parte obra de Ficino: “Fue él quien realmente dio forma a la idea del hombre genial melancólico y se la reveló al resto de Europa” (Kiblansky & al.). De los cientos de ilustraciones que sobre la melancolía nos transmitió la iconografía del Renacimiento, hay dos que debemos recordar. Una es Melencolía I, aguafuerte de Durero, cuya inquietante simbología todavía espera por una interpretación precisa. Todo en el grabado es hermético, desde la airada expresión del ángel hasta las figuras geométricas que descansan a su lado. Campana, sierra, cepillo de carpintería, clavos, damero, esfera, poliedros, reloj, escalera, balanza, compás, grillo, fogata, perro, murciélago en un apretado tejido de símbolos y alegorías. Que Durero haya leído a Ficino en alguno de sus viajes a Italia no es improbable. Quien con toda seguridad lo leyó fue Rafael Sanzio, autor de la segunda imagen de la melancolía que nos interesa. Se trata del mejor retrato que le hicieron a Miguel Angel, y para el cual nunca posó el maestro del techo sixtino. Sanzio lo habría hecho de memoria, como un homenaje al que fuera su único rival en aquellos años del renacimiento romano. Rafael lo incorporó tardíamente a su soberbio fresco La escuela de Atenas en las estancias vaticanas. Allí, ligeramente excéntrico, en una postura que deriva del ángel dureriano e identificado como Heráclito, el filósofo que “sintiendo piedad y compasión de esa misma condición nuestra, tenía por ello el semblante apenado continuamente y los ojos llenos de lágrimas” (Montaigne). El Heráclito-Buonarrotti de Rafael no llega a tal histrionismo, pero todo en él es tristeza; desde el hábito morado de nazareno, hasta la mejilla apoyada en la mano, atributo inconfundible del melancólico. Rafael sabía lo que pintaba cuando pintó a Miguel Angel en esa pose. No le eran desconocidas las tinieblas de la depresión y ya alguno de sus contemporáneos lo había consignado: “Rafael es un hombre inclinado a la melancolía lo mismo que todos los hombres de excepcional talento”. No parece que el Buonarroti se haya visto nunca en este retrato, la mejor descripción de su semblante y temperamento. Sólo comparable al autorretrato que esculpiera para la última de sus Pietà, concebida como ornamento de su propia tumba. No hubo una sola expresión de su genio que dejará de estar marcada por la melancolía. Y menos que nada su poesía, cuya infinita tristeza habría de ser musicalizada en el XX por Dimitri Shostakovich, seguramente el más melancólico de los compositores de su tiempo.

El novecientos heredó el culto a la melancolía con otros tantos atributos del romanticismo tardío. Una herencia que pudo legitimizar con los estragos causados por las reiteradas guerras y revoluciones. Melancólicos fueron los más admirados héroes de su narrativa, y no fue precisamente alegría lo que caracterizó la iconografía de sus mejores artistas. La melancolía volvió a ser endémica y se convirtió en uno de los atributos más admirados entre los creadores del novecientos. Un tiempo en cual parecían prohibidas las manifestaciones públicas de alegría, y la felicidad se consideró obscena. Los protagonistas de las ficciones amanecían un buen día convertidos en cucarachas y podían pasar lo mejor de sus días esperando lo que nunca iba a llegar. El amor era sólo fuente de desórdenes mentales y el sexo una causa de existenciales fracasos. A mediados del siglo, se impuso definitivamente la imagen del poeta como hero demens. La locura se asumió como muestra de genio y la visita al psiquiatra, o la reclusión, formaban parte del bildung del vate. El alcoholismo fue uno de sus sucedáneos y más tarde las drogas. El poeta alcohólico o drogadicto se convirtió en la expresión misma del héroe. Tan importante como la calidad de los libros publicados, llegó a ser el dudoso privilegio de haber conocido los rigores de una institución psiquiátrica. El poeta y el artista enfermo fue convertido en santo por los admiradores. Ahora sí, todos los reales, o supuestos en su mayoría, “hombres excepcionales… eran manifiestamente melancólicos”.

En las primeras décadas del XXI, y ya desde los últimos años del XX, la sensibilidad postindustrial ha protagonizado un previsible distanciamiento de la pregunta formulada en el Problema XXX, 1. A pesar de la caída de las ideologías y la desaparición (¿pasajera?) de las amenazas radicales, la sociedad sin historia ha propiciado la extensión de los síndromes depresivos en la sociedades económicamente desarrolladas. Así, lo reconocía hace unos años Jean Clay al reseñar el asunto: “Los slogans mil veces repetidos sobre una sociedad positiva son desesperantes y cada mañana producen millones de depresivos”. Es más que probable que esto ocurra en las sociedades postmodernas con su servidumbre tecnológica. Pero en las sociedades de la periferia, donde han reaparecido las viejas utopías socialistas, la depresión responde a una causalidad más tangible, menos virtual: la desesperanza, el hambre, la enfermedad y la violencia son apenas algunas de las causas que, aquí también, cada mañana produce miles de depresivos. Hay una circunstancia, no obstante, que emparenta ambas sociedades, las del norte y las del sur, y es la sana desconfianza ante la “aristotélica” asociación entre genio creador y melancolía.

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Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

Sael Ibáñez
17 de septiembre, 2016

Alejandro como siempre excelente en sus reflexiones. Yo he tomado para mí y la he desarrollado en relatos y poemas la idea de que la melancolía es el único sentimiento que piensa.

Hernando Herrera
18 de septiembre, 2016

Recibe un cordial saludo, Alejo, y retengo esto que escribiste: “Así, lo reconocía hace unos años Jean Clay al reseñar el asunto: “Los slogans mil veces repetidos sobre una sociedad positiva son desesperantes y cada mañana producen millones de depresivos” para expresar que efectivamente las sociedades del Norte y del Sur generan tantos sujetos depresivos, en razón de lo que llamaba Aristóteles la “ética Nicomáquea” es decir se llega al mismo resultado en ambos casos: unos por exceso y otros por defecto, para explicar la regla del término medio. Recibe mi abrazo fraterno.

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