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Los perros románticos / “Reyes de Alejandría” de José Carlos Llop; por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 24 de marzo, 2016

Los perros románticos Reyes de Alejandría de José Carlos Llop; por Patricio Pron 640

La Rue de l’Odéon tiene poco más de trescientos metros y se encuentra en el sexto distrito de París: comienza en la Place de l’Odéon y culmina en el Boulevard Saint-Germain; entre sus habitantes célebres se encuentran Thomas Paine, Sylvia Beach y Camille Desmoulins, y es también por esta calle por la que transita en Reyes de Alejandría José Carlos Llop, uno de los escritores más extraordinariamente personales de la literatura española contemporánea.

En realidad, el tránsito es doble: por los trescientos metros de la Rue de l’Odéon, pero también (y más importante aún) por el recuerdo de una época que su autor describe como un tiempo “en el que nada de lo que ocurriera era suficiente, ni demasiado” (58), presidida por una Mallorca cosmopolita y provinciana a la vez, por los flirteos con “el Partido” y la vigilancia de la policía de costumbres, la devoción por Ezra Pound, la liberalidad de Barcelona, la muerte de Francisco Franco, las sombras de la RAF y las Brigadas Rojas, las mujeres, los bares, los viajes y una música (posiblemente la mejor del siglo XX) que no sólo se escuchaba, sino en la que se habitaba como en una casa con vistas.

A lo largo de Reyes de Alejandría desfilan los nombres y las lecturas que definieron la sensibilidad literaria de una generación (Walt Whitman, Jorge Luis Borges, Maurice Blanchot, Michel Foucault, Gabriel Ferrater, León Trotski), pero también algunos de los miembros más conspicuos de esa generación (Jaume Sisa, Ocaña, Pau Riba, Leopoldo María Panero, Pere Gimferrer); perros románticos todos ellos, que, como los galgos liberados tras el cierre del Canódromo de Barcelona, “murieron atropellados, acabaron en las perreras municipales o en manos de desalmados” (89) después de disfrutar de una libertad dolorosamente breve.

Si es inherente a la juventud que ésta siempre acabe (parece decir Llop), quizás la suya haya merecido un final mejor y no el que le tocó: la transformación de la mayor parte de sus miembros en cadáveres bellos y jóvenes o en íconos de la respetabilidad literaria. Naturalmente, es un final triste, pero su tristeza se ve morigerada (si acaso) por el monumento, el cenotafio, que ha edificado para ella José Carlos Llop durante sus paseos por la Rue de l’Odéon, en un tono mayormente lírico y extático y una prosa deslumbrantemente repleta de aciertos y fulguraciones.

José Carlos Llop
Reyes de Alejandría
Madrid: Alfaguara, 2016

Patricio Pron 

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