Blog de Leonardo Padrón

Los otros; por Leonardo Padrón

Por Leonardo Padrón | 5 de diciembre, 2016
"Sombras en tránsito", fotografía de Only J. tomada de su perfil en Flickr

“Sombras en tránsito”, fotografía de Only J. tomada de su perfil en Flickr

Nunca como en estos tiempos había sido tan difícil ser venezolano. La cédula de identidad se ha vuelto una lámina opaca y ruinosa. Nuestra historia reciente nos ha confrontado severamente con nuestro gentilicio. De ser un mapa de ciudadanos ostentosos, alegres y altivos somos hoy un territorio por donde deambulan a sus anchas el hambre, la aflicción y la violencia. De ser los más simpáticos del continente somos los más ruidosos en la depresión. Estamos viviendo el desencanto de ser venezolanos en el siglo XXI. Y para muchos eso ha significado quemar las naves, bracear hacia el exilio, buscar otra orilla para reinventarse la vida. Los anfitriones de antes son los desterrados de hoy. Los huérfanos de patria.

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¿Pero dónde queda la patria? ¿Queda en Chacao, en los cerros de Petare, en Naguanagua, en el hervor de Maracaibo, en la curva infinita de Choroní? ¿Queda en la postal del Salto Ángel? A todas estas, ¿cuántos venezolanos hemos estado realmente en sus aguas? ¿Cuántos selfies nos hemos hecho con un araguaney a nuestras espaldas? ¿Hemos construido nuestra infancia rodeados de tucanes y estepas llaneras? Una estricta mayoría solo entona esas palabras en canciones y arrebatos de frontera. Entonces, ¿dónde está eso que llamamos patria, que hace que tanta gente muera por ella, se despeche por ella, o se oculte de ella? ¿Está en ese tótem caraqueño que es el Ávila? ¿Está en los pinchos de sospechoso origen del Estadio Universitario? ¿En la entrañable Polarcita? ¿En la garganta de Oscar D’León, en las arepas de medianoche, en el humor eterno, en esa tragedia que llaman la viveza criolla? ¿Está en el miamoreo, en el buenos días con queso guayanés, en el chalequeo sin pausa? ¿En el oropel devaluado del Miss Venezuela? Quizás está en todos esos lugares y en ninguno. Quizás la patria es como el alma, un algo intangible, un territorio invisible que circula por nuestras emociones de forma escurridiza y magnífica.

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Hoy son muchos los que se han ido del país con las cenizas de lo vivido en el equipaje. Unos han sabido pasar la página, como quien supera una capitulación amorosa luego de un largo desfile de sollozos. Otros se han quedado atascados en la nostalgia. Y hay quien ha preferido renunciar de raíz a su propia raíz. Todas son formas de supervivencia. Porque irse de tu geografía tiene mucho de orfandad. Y ante ese frío mortal cada quien decide abrigarse como quiere. O como puede.

En estos años, tan marcados por la sensación de fracaso como sociedad, hemos aprendido a odiarnos. Y denigramos de lo nuestro. Y nos parece risible ser hermanos de la espuma, de las garzas y de las rosas (que tampoco es que son muy autóctonas las rosas). Y vemos por encima del hombro nuestro propio pasado. Y nos acusamos de vulgares y rústicos. Y decimos que somos demasiado maracuchos o excesivamente caraqueños.

Muchos afirman que el país donde nacieron ya no existe. Y es verdad. Pero tampoco es el de Guaicaipuro, ni el de Bartolomé de las Casas, ni el de Miranda o Boves, ni el de Teresa de la Parra o Rómulo Betancourt. Ni siquiera el de Reverón, Cabrujas o Vicente Gerbasi. No es el país de nuestros ancestros, ni será el de nuestros nietos. Los países van cambiando, como la gente, como la historia. Como esa embocadura de noticias que es la tecnología.

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Hay quien argumenta que es absurdo quedarse en un país que se hunde cien metros cada día. Que salvarse es lógico. Y sí. Uno tiene derecho a salvarse. Pero también tiene derecho a decidir si lo hace adentro o afuera.

Hay quien justifica su decisión de irse juzgando a los que se quedaron. Y también existe el terrible viceversa. Hay quien se atreve a prohibirle a todo el que esté afuera que opine, sugiera o se duela. Y está el que a millas de distancia decreta la mejor vía para llegar triunfalmente a Miraflores.

Hay tantas maneras hoy de ser venezolano.

Condenarnos unos a otros es un ejercicio infecundo y pernicioso. En rigor, es tan difícil irse como quedarse. Es imposible sobrevivir sin heridas a cualquier decisión que se tome. Sabemos que el verdadero exilio es emocional. Que la mente se va primero que los pies. Que el corazón gestiona sus propios pasaportes. Que podemos divorciarnos del país así sigamos durmiendo bajo su misma luna. Y también ocurre que hay quien ya en otra orilla no deja de destilar la punzante noción de desarraigo. Ocurre que el afuera te puede deformar la mirada. O afinártela. Todo depende de la forma en la que te asomes al país. Y de la ventana que elijas.

Pero el rizo se hace más doloroso cuando terminamos condenando a un gentilicio entero por los desvaríos de un grupo de bandoleros que corean estribillos revolucionarios. Y por nuestra torpeza o desencuentro para conseguir el remedio a esta desventura monumental.

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Nadie puede abandonar a un país del todo. Adonde vayamos, él irá con nosotros. Nos acompañará en la manera de descolgar nuestra risa, en la cadencia del habla, en el ímpetu de los abrazos, en el baile y en el paladar, en esa forma de ser cercanos y excesivos. Seguiremos siendo caribes en las calles de Lisboa o Montreal. Caraquistas o magallaneros en los suburbios de Berlín o en el metro de Nueva York. Vinotintos en la derrota y en el gol de última hora. Ruidosos y entrañables. Permisivos, sensuales e irresponsables. Pónganos usted el huso horario, la dosis de nieve, el idioma que desee, igual seremos lo que no tenemos más remedio que ser, a mucha honra para millones, a tanta pena para otros: venezolanos. Como lo diría un colombiano: supremamente venezolanos.

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El hecho es que se nos anda desgajando el corazón por los amigos que parten cada semana, los vecinos que migran en manada, los profesionales que saltan al vacío del quién sabe. Hoy discutimos en todas partes sobre esa herida en progreso que es el éxodo venezolano. Pero ese conflicto —hay que decirlo— solo lo tiene un sector de la población, pues para ejecutar esa operación de alto impacto ciertas condiciones aplican.

En cambio los otros, millones de otros, están rudamente entrampados en una pesadilla de distinto calibre. Una muchedumbre que sobrevive con el golpe seco de la resignación en su pecho. Esos otros no hablan de España, Panamá o Chile. Es una duda a la que no tienen acceso. Se montan unos sobre otros y no ven las costas de Florida. Se empinan. Se encaraman. Y nada. No ven más que incertidumbre en el paisaje de sus próximos años. Por más que lo deseen, no pueden irse. El mundo es del tamaño de su barrio, pueblo o caserío. Del grosor de su bolsillo. El pescador de Juan Griego, el agricultor de Timotes, el jornalero de Zaraza, el indígena de la Goajira, el motorizado de Catia, cada uno de ellos y su profuso entorno están atrapados en esta emboscada de la historia. No hay puerta de escape para ellos. Ni escalera de emergencia. Ni foto posible en el aeropuerto de Maiquetía.

Irse no es el dilema de sus insomnios.

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Los otros son muchos rostros. Rostros que hacen ocho horas de cola para comprar migajas de comida. Que ruegan a Dios de lunes a lunes. O que piensan que Dios está demasiado distraído. Los que no saben ni sabrán lo que es un Walmart, una clínica en Houston o un colegio en Madrid. Son los que se quedan porque no queda otra. Porque la vida no les alcanza para más.

Y están también los otros. Los que gritan patria con dólares a 6,30. Los que viven en clubes, aviones y capitales del primer mundo en nombre de Chávez. Los inescrupulosos. Los que decidieron saquear la última gota de petróleo en nombre de un resentimiento.

Se nos anda desgajando el corazón todos los días.

En nombre de los que lograron irse y no volverán. De los que apuestan por la migración del retorno. De los que reniegan del país. De los que lo añoran hasta el temblor. De los que se han enriquecido hasta la indecencia. De los que ya son cadáveres de un pillaje llamado revolución. De los que insistimos porque queremos. O porque no hay más remedio que insistir.

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Son tantos los otros que somos todos. El país. Todos. Tan distintos y tan en la misma palabra: Venezuela. La palabra que vamos a recuperar a pesar de tanto. La palabra que nos arropa y empina. La que decimos cuando preguntan de dónde venimos. La que pronunciamos cuando nos interrogan sobre tanta nostalgia. La palabra donde hemos sido mejores y necesitamos volver a serlo.

La patria, eso tan intangible y contundente, cabe en cuatro sílabas. Y todos, nosotros y los otros, los otros que somos todos, nos contenemos en ella. Y la convertiremos, así sea con dolor y terquedad, en una forma de victoria. No tenemos otra opción. No hay otra contraseña posible.

Leonardo Padrón 

Comentarios (12)

Diógenes Decambrí.
5 de diciembre, 2016

Una línea que condensa lo esencial de nuestro drama: “terminamos condenando a un gentilicio entero por los desvaríos de un grupo de bandoleros que corean estribillos revolucionarios”. Nuestra mayor contradicción consiste precisamente en que siendo obvia y tangible MAYORÍA, le seguimos permitiendo a ese “grupo de bandoleros” que nos matoneen a sus anchas, unos pocos malandros (algunos con togas, otros con bisutería en el pecho) cometiendo bullying contra todo un país. Me permito una ligera acotación sobre esta partecita: “Y nos parece risible ser hermanos de la espuma”. Muchas veces desde hace décadas he visto escrito que en algún momento ocurrió la distorsión de una palabra en la letra original del “Alma llanera”, que hacía referencia NO a “la espuma” sino a “los PUMAS”. Y ya no podemos preguntarle a los autores de la letra y la música (pero debe existir algún documento que aclare el asunto, y alguien con acceso a ese documento que se haga cargo de indicar el término original).

Hernan Cortez Regalado
5 de diciembre, 2016

Y uno se pregunta Como se enfrentan *los desvaríos de un grupo de bandoleros*? Esta es la única pregunta que tenemos que hacernos y una vez que estemos todos de acuerdo, actuar en consecuencia.

@manuhel
6 de diciembre, 2016

Ciertas condiciones aplican.

Y cada vez son menos las condiciones o más las ganas que tiene la gente de irse.

Y hay gente que está “sembrada” en Venezuela y lo viven resaltando a todo gañote. “yo de aquí no me voy porque voy a luchar por mi país”. Pero un día cualquiera terminan yéndose.

Y no es lo mismo el que emigra, quemando sus naves; que el el aun sigue en Venezuela aunque puede darse el lujo de salir del país al menos una vez al año a desestresarse, desconentarse, recargar energías, inventarios…

Hay gente que está en Venezuela echándole ganas y que no piensan irse, aunque tienen un salvoconducto emocional: llámese una apartamento en Miami, una cuenta en el exterior en dólares, un familiar que le ofrece trabajo en el exterior de cuando en vez.

Está el otro caso, mi caso. En mi barrio la opcón D.-emigrar; no existe. No podía permitirme otra opción que quemar lo poco que tenía y partir. No me arrepiento ni me siento aludido por terceros. Soy venezolano dondequiera que esté.

Javier Martinez
6 de diciembre, 2016

Excelente……Si eres Venezolano no puedes dejar de sentir algo ante estas palabras

Estrellas En Mi Cabello
6 de diciembre, 2016

Nunca mejor escrito. Duele el alma, se filtran las lágrimas hasta el corazón y no hay consuelo posible más que la fe y la esperanza…

Nelson Arocha Rojas
8 de diciembre, 2016

Excelente. Leonardo es definitivamente un ductor de pueblo. Lejos de atosigarnos con cifras económicas, nos diagnostíca la fiebre y el origen de la misma. Son líderes que surgen de la crisis que no están asociados a interés alguno y marcan la pauta a seguir del hombre de a pié. Nos refresca la mente y nos obliga a pisar la tierra.

Liseth Fernadez
8 de diciembre, 2016

Excelente artículo. Plasma el sentir de uno, de otros y de todos. No se puede dejar de leer sin que se te haga un nudo en la garganta.”Y la convertiremos, así sea con dolor y terquedad, en una forma de victoria. No tenemos otra opción. No hay otra contraseña posible”

Ramiro
8 de diciembre, 2016

Muchos piensan que el país de su juventud era Venezuela y unos bárbaros llegaron y se lo arrebataron. Los bárbaros siempre estaban aquí y eran tan representativos del gentilicio venezolano como ser “…ostentosos alegres y altivos..”. Nos creímos “…ser los más simpáticos del continente…” y superiores al resto de los latinoamericanos y se lo dejabamos saber. La venezolanidad se armo sobre el supuesto de tener plata y ahora estamos perdidos. Nos soportaban por la plata que malgastamos pero ahora cuando no tenemos dinero nos desprecian, como nosotros se lo hicimos. La Venezuela en nuestra memoria producto de nuestra experiencia personal/particular no existió por lo cual no puede volver.

Macu
9 de diciembre, 2016

Las lágrimas se hicieron lentas y gruesas. Desde afuera se llora diferente. Perfectas letras Leo.

Flor Bello
9 de diciembre, 2016

Como siempre excelente artículo, gracias. Yo soy “los otros que somos todos”

Emilse Quintero
10 de diciembre, 2016

Excelente,pero triste realidad ojalá ese sentimiento de desesperanza no aumente dentro de nuestra tan mal llamada patria.

Victoria I
11 de diciembre, 2016

Venezuela ..HOY..no es la hermana de la espuma..ni de los PUMAS..es un caldo de cultivo para lo que cada grupo quiera sembrar..Parece que los pueblos de tanto en tanto pasan por esta experiencia..y sus habitantes vayan donde vayan ..no lo olvidan..tampoco pasan la página..aunque sí la dejan momentaneamente suspendida..Recuerdo que mis Vecinos Croatas..suspendieron su real identidad por varias décadas, luego de huir de la yugoeslavia comunista..Una vez que lograron reinvindicar a su amada Croacia..del yugo comunista..Ufff..recuperaron su identidad y sus sentimientos patrios..Creo que muchos venezolanos allá , al igual que nosotros aquí.. ..queremos sembrar en nuestro ser UN AVE FENIX..que borre estos capítulos oscuros e inciertos de nuestra historia patria..y nos devuelva un País con la suficiente fuerza de voluntad para recuperarse y entrar de verdad, verdad ..en este nuevo milenio…Diosito por delante en este sueño…Amén..

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