Blog de Héctor Torres

Los mentirosos de siempre, por Héctor Torres

Por Héctor Torres | 16 de Enero, 2013
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mentiroso torres textoDos historias sacadas “de la vida misma”, como decían las viejas promociones de radionovelas. Ambas sucedieron en una misma ciudad. A los efectos de esta columna, más que dos historias, son las dos caras de una misma realidad. Omito los nombres porque no vienen al caso.

La primera involucraba a un aspirante a alcalde. Clase media, profesional, conocido locutor de una emisora de la localidad y criado en la ciudad a la cual aspiraba gobernar. Su plan de gobierno estaba lleno de buenas ideas. Su contendiente de más peso era un concejal fogueado en la astucia demagógica y conocedor de todos los mecanismos clientelares de su cargo, que, además, estaba apoyado por el gobernador de la región.

Una señora de mediana edad se tropieza en la calle con el aspirante y lo detiene para decirle, en dos platos, que si él le promete un empleo en la Alcaldía a su hijo que está desempleado, ella vota por él. El aspirante le explica amablemente que no sería honesto prometerle eso, razonándole que él necesita cinco mil votos para ganar y la alcaldía funciona con menos de quinientos empleados. “Si yo le prometo empleo a todos mis electores, les estaría mintiendo descaradamente”, concluyó.

El final de esta historia es predecible. Ganó el contendiente que, muy probablemente, le dijo que sí a la señora (o a otras que harían pedidos similares) sabiendo que no iba a poder cumplirle.

La segunda historia trata del encuentro entre un concejal y un viejo vecino. Se tropiezan en la calle (es una ciudad pequeña y todo el mundo se encuentra en sus calles) y el concejal lo saluda con el impostado afecto de la demagogia, pidiéndole que lo pusiera al tanto de su vida. El vecino, orgulloso, le comenta que se casa en dos semanas. “¿Sí? ¡Felicitaciones! ¿Ya compraste la caña?”. El vecino le dice que no y el concejal, entusiasta, le dice “¡No la compres! ¡Yo tengo contacto con la distribuidora X y te la voy a conseguir!” El vecino, obviamente, se alegra. Es una buena noticia ahorrarse un dinero que podrá enfocarlo en cualquiera de los gastos que se le avecinan. Con mucho tacto le pide seguridad y el concejal, con unas palmadas enérgicas le dice, mirándolo a los ojos: “¡Cuente con esa vaina!”.

Para no parecer ansioso, el vecino esperó durante la semana que el concejal se comunicara con él. Al llegar al fin de semana comenzó a llamarlo. Ya el martes las llamadas eran angustiadas. El jueves, desesperadas. El viernes salió corriendo a comprar la bebida al precio que le tocara pagarla.

No pasó ni un mes cuando el recién casado se consigue nuevamente al concejal por la calle. Éste lo saluda impertérrito y hasta le pregunta por la fiesta. El vecino, aguantando las ganas de ahorcarlo, le recrimina: “Hay que ser bien caradura para embarcarme y de paso venir a preguntarme por la fiesta”. El concejal, al escucharlo, cambió la cara de festejo por la de solemnidad (lleva consigo todas las que puede necesitar para cada circunstancia) y le dijo, como quien concluye algo trascendental tras una larga meditación: “Es verdad. Te embarqué. Lo reconozco. Pero… ¿no me vas a decir que no te sentiste bien cuando te prometí resolverte ese asunto?”

Son historias reales, en serio. Comprar esperanzas es un viejo hábito al que los electores nos acostumbramos. Mientras sea así tendremos de gobernantes los mentirosos que nos merecemos.

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (5)

R. Vivas
16 de Enero, 2013

Una democracia moderna fomenta el engaño y el disimulo de los candidatos por que es la unica forma de resultar electos . El candidato necesita ser en las palabras de San Pablo ‘todas las cosas para todos los hombres’ lo que por fuerza lo lleva a la deshonestidad, lo que es peor ,comporta a la postre el desencanto e ira de los votantes con un sistema que nunca puede dar lo que promete. Por eso Aristoteles creia que solo podia haber democracia en una ciudad pequeña , donde todo estaba a la vista , incluyendo el caracater de cada habitante que se postulara a una funcion publica .

LiLigia Istúriz (Seleccionada )
16 de Enero, 2013

Por tristeza, una síntesis de la realidad, generada por el rasgo del ser humano que le digan lo que desea oir, aun en las circunstancias opuestas a su factibilidad. ¡Me amas? pregunta el septuagenario adinerado a la veinteañera ambiciosa ¡Si! Ganaré la presidencia, interroga el candidato al que las Encuestas dan el 3% de aceptación ¡ POr supuesto! ¿Qué opinas de mi poema,? plantea el banquero sin talento literario ni musas, al crítico complaciente, que le pide una suma en préstamo ¡Me recuerdas a Cadenas! contesta con admiración fabricada el cliente. Así nace la adulación, el servilismo y, por supuesto, el engaño. ¡Cuánto merecimiento a esas “mayorías” de las que decía Bertrand Russell “no siempre tienen la razón”

Beto Mirabal
16 de Enero, 2013

Esta es nuestra triste realidad. Nos acostumbramos a pedir a los aspirantes a cualquier cargo ofreciéndoles a cambio votar por él. Por supuesto no se cumple, como decía Joselo “ni esto conti más esto” y la rueda de la cotidianidad sigue su curso y los desengaños y frustraciones acompañan al frustrado elector que espera una nueva oportunidad, no para desquitarse, sino para volver a pedir y, por supuesto recibirá la promesa de ser atendida su solicitu. Un círculo vicioso pues. Me gustó su artículo Héctor Torres.

Oswaldo Aiffil
17 de Enero, 2013

Me dijo una vez un amigo publicista que los candidatos a la presidencia eran para ellos “un producto”, y su labor consistía en “hacérselo comestible” a la gente para que votara por ellos, utilizando para ello la creatividad y el manejo de la psique del venezolano. Eso, nada más.

Andrea
19 de Enero, 2013

La victoria de un candidato siempre depende de los beneficios que prometa para sus electores. Eso es así en todas partes del mundo. Lo triste de países como Venezuela, es lo baratas que son sus aspiraciones. Mientras en países más avanzados las aspiraciones son: Tolerancia y derechos para inmigrantes, respeto a los DDHH de los homosexuales, seguridad social, derecho a la vida o despenalización del aborto; la aspiración de los venezolanos es curda y un trabajito burocrático. Somos un país de mendigos.

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