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¿País de mandones?; por Elías Pino Iturrieta

Por Elías Pino Iturrieta | 22 de mayo, 2017
De izquierda a derecha: Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez

De izquierda a derecha: Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez

Se tiene la idea de que la voluntad de los poderosos está hoy y ha estado siempre por encima de la ley. En una república a medias ha predominado la arbitrariedad, es decir, la preferencia que los asuntos públicos han dado a los representantes o a un representante del Ejecutivo frente a la disposición de las regulaciones codificadas, se ha sostenido hasta la fatiga. En consecuencia, cuando observamos o padecemos la influencia de una decisión personal, de una imposición cuyo origen es lo que un solo individuo poderoso considere porque le da la gana, o porque conviene a sus intereses, carecemos de motivos para preocuparnos más de la cuenta. Si así ha sucedido antes, desde cuando Venezuela es Venezuela, ¿por que rasgarnos las vestiduras? ¿No son situaciones habituales, violaciones que, debido a su reiteración, forman parte de nuestra vida y, por lo tanto, dejan de ser violaciones?

La sensación se refuerza a través del recuerdo de imposiciones personales que se han hecho célebres, hasta el extremo de alimentar una memoria de prepotencias sin las cuales no pareciera posible una explicación de la vida venezolana. En las reminiscencias más socorridas ocupan lugar de preferencia las petulancias de Guzmán Blanco, capaces de sellar la sensibilidad de tres décadas de evolución social; el miedo provocado por lo que pudiera decidir en una mala noche el Taita de la Guerra; peor todavía, el silencio de Gómez a través del cual se resolvía el destino de la nación sin necesidad de que mediaran las palabras. Hablamos de más de medio siglo de evolución, susceptible, no sólo de asegurar la existencia de una deformación recurrente de los negocios públicos, sino también de aconsejarnos cordura ante un entendimiento del gobierno que necesariamente pasa por esas trabas, o las permite sin alarma, o las busca para no perder hábitos ancestrales.

En esa presencia de las voluntades personales, a través de las cuales se puede sostener la idea de la existencia de un pueblo inepto que depende necesariamente de una voluntad superior e indiscutible; o, en el mejor de los casos, de un selecto grupo de personas que rodean con su consejo a los hombres fuertes, encuentra fundamento la teoría del gendarme necesario. Laureano Vallenilla, comunicador de la necesidad de un Cesarismo democrático capaz de encarrilar a las masas incompetentes que en el futuro se harán cargo de su destino después de que el César haga la pedagogía correspondiente, es el teórico de las mandonerías que hemos padecido, o a las cuales nos hemos venido acostumbrando hasta estimarlas como piezas imprescindibles de nuestro desenvolvimiento como sociedad.

El autor no parte de endeble base, debido a que busca y encuentra en las realidades del pasado las evidencias capaces de avalar su punto de vista; es decir, un repertorio de gamonales ante los cuales se ha rendido la colectividad a través del tiempo. De allí que otro teórico del positivismo puesto al servicio del gomecismo, Pedro Manuel Arcaya, hablara de la existencia de una “sociedad suicida” que no pasó a un cementerio profundo y ancho debido a la influencia de los caudillos que fueron capaces de controlar su instinto de muerte.

El imperio de las voluntades personales encuentra así una especie de apoyo “científico”, por si algo les faltara para que se las considerase como eje y médula de la marcha de unos hombrecitos ineptos y pusilánimes. Estamos ante interpretaciones dignas de atención, debido a que solo se detienen en un rasgo de la sociedad hasta el punto de permitir que la cubra con espesa cortina. Su peligro estriba en que no solo procuraron la legitimación de una dictadura como la de Juan Vicente Gómez, sino también en el hecho de ofrecer como rasgo predominante la sumisión de los venezolanos a los caprichos de sucesivos mandones para quienes no existía la legalidad. En consecuencia, la república no se concreta porque la sociedad prefiere otros escudos, otros salvavidas, otros alivios, se desprende o se puede desprender de tales argumentos. Ciertamente se ocupan de la valoración de una característica colectiva que no se puede subestimar, pero niegan la existencia de una parte esencial de la realidad que demuestra exactamente lo contrario.

Niegan, en primer lugar, la existencia de un pensamiento de cuño republicano que se remonta a 1810 y que no deja de divulgar el mensaje del civilismo frente al personalismo. Ignoran, por lo tanto, la presencia y la insistencia del influjo de mentes imprescindibles para el entendimiento de los negocios del poder en Venezuela: Roscio, Sanz, Yanes, Toro, Acosta, González, Guzmán el viejo, Lander, Larrazábal, Becerra, Riera Aguinagalde, Briceño Iragory, Mijares, Adriani, Picón Salas, Liscano y muchos otros que marcan con su luz un itinerario triunfal que recorre los siglos XIX y XX. Pero en especial, desprecian el experimento cabal de república que se lleva a cabo entre 1830 y 1848, en el cual se establece un sistema de frenos y contrapesos que impide la hegemonía de unos guerreros tan significados como Páez y Soublette, mientras se aclimata una sensibilidad liberal y laica que nos separa de los hábitos coloniales y de la sangre de la Independencia para la fragua de una civilización morigerada de orientación moderna. Un lapso prolongado de construcción en el cual se siembra una semilla cuyo cuidado procuramos en nuestros días, pero que los adoradores del personalismo califican como capítulo trivial y pasajero.

La subestimación de ese tramo de historia convenía a los teóricos del positivismo, y ahora conviene a los plumarios del actual personalismo de origen militar. De allí la necesidad de confirmar su existencia, ante los intereses de los adoradores de las autocracias y ante la ignorancia de una gran masa de destinatarios a quienes se ha escamoteado un conocimiento fundamental para que el presente tope con el aliciente de lo más enaltecedor del pasado. Para que nadie relacione las luchas de nuestros días con la superficialidad de un conglomerado que da palos de ciego porque nadie le ofreció una brújula. Para que sintamos cómo ahora nos apegamos a una vieja iluminación que no cesa de conducirnos. Para tener conciencia de que peleamos contra una anomalía.

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Elías Pino Iturrieta 

Comentarios (8)

Rafael Angel Martinez
22 de mayo, 2017

Y Bolívar, tan idolatrado no pudo crear el institucionalismo,gran guerrero y buen escritor, pero no fundador de República al dejar por ejemplo que Manuelita vistiese de coronela,manchó todo lo que había hecho,empezó a mostrar su “cesarismo”.Arcaya y Vallenilla ante el buen “Salvajismo” del pueblo creían en cesaristicos que lo metiera en cintura y no en educarlos creando republicanos como dijo Simón Rodriguez

Estelio Mario Pedreáñez
22 de mayo, 2017

Magistral este artículo del brillante historiador Elías Pino Iturrieta. Comparto su visión: Venezuela nació con vocación republicana y democrática y fue la guerra, sumada a la ignorancia, la que la sumió en la barbarie, el caudillismo y la arbitrariedad. En 1811 la Constitución que aprobaron los fundadores de la República de Venezuela fue federal y antipresidencialista (con un Triunvirato como Poder Ejecutivo sometido a grandes controles por el Congreso), luego en medio de la Guerra de Independencia, el Congreso de Angostura, en 1819, adoptó el modelo centralista y estableció un Presidencialismo cuyo modelo fue el Monarca Absoluto, el Rey de España antes de 1812, pero no aceptó la abolición de la República propuesta por el General Simón de Bolívar, nuestro máximo héroe, con el disfraz de “Presidente Vitalicio con derecho a elegir sucesor”, a pesar de ser un Congreso de apenas 26 Diputados, la mayoría militares y altos funcionarios sometidos al influjo del Primer Caudillo (Bolívar),…

Estelio Mario Pedreáñez
22 de mayo, 2017

…porque hombres ilustrados (no aduladores o ignorantes) como Manuel Palacio Fajardo le dijeron al todopoderoso General Bolívar, “es Monarquía” y rechazaron su propuesta (copiada del Presidente Vitalicio de Haití, General Alexander Pétion, quien se copió del sobrevalorado y traidor General Napoleón Bonaparte, “Cónsul Vitalicio”, quien se copió del traidor General Julio César “Dictador Perpetuo”). Y el empecinamiento del gran Bolívar, con sus tesis de “Presidencia Vitalicia” y “Centralismo”, terminada la guerra, lo llevaron a su ruina política. Y Venezuela rechazó tal personalismo. En el resto del siglo XIX tampoco hubo sumisión y la guerra civil era la vía de lograr el poder y los caudillos la utilizaron para asumir la Presidencia de la República. En 1903, derrotada la “Revolución Libertadora”, murió el nefasto expediente de la Guerra Civil para lograr el poder político y se impuso el control de un ejército moderno (por ser permanente y contar con armas modernas) para ejercer…

Brother Full
22 de mayo, 2017

Los muchachos que estan hoy en la calle reconstruyendo la Democracia, estan libres de los paradigmas prehistoricos indicados.

Estelio Mario Pedreáñez
22 de mayo, 2017

La galería de fotos que ilustra este artículo nos recuerda otro gran mal padecido históricamente por Venezuela: Que muchos de sus gobernantes han sido incapaces, ignorantes o ladrones, que se enriquecieron (ellos, sus familiares y asociados) saqueando el Tesoro Público !Tantos ladrones!: 1)Antonio Guzmán Blanco, endeudó a la República para enriquecerse robando al Tesoro Público, famoso ladrón y cobrador de millonarias comisiones en grandes empréstitos de la banca extranjera a Venezuela. Se fué a vivir a Francia con la fortuna robada. 2)J.V. Gómez, el mayor ladrón de Venezuela, reducida a su hacienda particular. A sus herederos les confiscaron todas las inmensas fortunas acumuladas por el saqueo permanente de la Hacienda Nacional durante 27 años.3) Pérez Jiménez, nunca enjuiciado por todos los asesinatos políticos, encarcelamientos arbitrarios y torturas que ordenó ejecutar, solo por corrupción fué condenado, y murió en España, donde vivió “a cuerpo de Rey” con “sus modestos ahorros”.

lincoln martinez
22 de mayo, 2017

La pequeña diferencia, hoy en día las comunicaciones son instantáneas, en la época en la que Ud. se refiere para llegar noticias de Caracas a San Cristóbal duraba tres meses o más, toda o la gran mayoría de la población están informadas del diario acontecer, se hace imposibles tratar de meter gato por liebre.

Eduardo
22 de mayo, 2017

El estilo de los mandones se encuentra muy cimentado en la conciencia de los venezolanos, de hecho Pérez Alfonso dijo que en Venezuela elegíamos un Juan Vicente Gómez cada cinco años, y pensar que no conocio los recientes 18 años ¿qué hubiera dicho?

Jorge Hernandez
23 de mayo, 2017

Sin desperdicio…. Pero ademas, el autoritarismo tiene una concrecion particular en lo economico. Se arguye, con frecuencia, que los venezolanos no sabemos tomar decisiones racionales sobre la administracion de nuestros recursos. De ahi la necesidad de un Estado que “administre” la renta petrolera….” De ahi la necesidad de controlar precios, ganancias, en general, la vida economica de los individuos. Y digo controlar, aunque regular pudiese ser necesario en situaciones de poder de mercado, precisamente para contrabalancear el poder de un “mandon” corporativo.

PD. Diculpen la falta de acentuacion. Escribo desde un teclado sin teclas de acentos para el castellano.

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