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Lleno de peligros / “Enseres domésticos” de Vicente Verdú; por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 25 de noviembre, 2014
Lleno de peligros, por Patricio Pron 300

Una de las tareas más relevantes, una de las actividades más importantes de la literatura, y la razón principal por la que vale la pena prestarse a sus juegos (a pesar de las decepciones periódicas, pese a la defección de los autores y a los periódicos anuncios de su decadencia y reemplazo a manos de otros medios, bastante habituales entre los periodistas televisivos y los escritores expulsados de la literatura), es la de que la literatura permite pensar. No pensar sólo acerca de los grandes temas de la historia y la condición humana (por lo demás, tan habituales entre los escritores cursis, los autores de novela histórica y los que viven de los dineros públicos), sino también acerca de los más pequeños; o, mejor dicho, acerca de cómo los grandes temas permean completamente los supuestamente más pequeños, que (en ese sentido) son exactamente iguales a los más grandes.

 La literatura es una forma de pensamiento, y muy pocos piensan en España tan bien (es decir, hace tan buena literatura) como Vicente Verdú. A lo largo de las últimas décadas, Verdú ha ido construyendo una obra ensayística difícil de clasificar por la diversidad de sus temas, pero también por la forma en que los ha abordado: Verdú piensa muchas cosas (el capitalismo, el estilo, los matrimonios, las vecindades que establecemos con quienes nos rodean, las convenciones sociales, el periodismo, la decadencia física) pero lo hace con una rara coherencia; también, con una profundidad y una sagacidad inusuales en un país cuyos filósofos (incluso los más celebrados) no se elevan más allá de las alturas bastante bajas de la autoayuda, incluso de la autoayuda política y ética. A este mérito inusual se le suma otro, y es su sentido del humor, que lo distingue en un escenario de pensadores monótona, patéticamente serios, eleven la vista al cielo cuando hablan o la arrastren por un suelo, que (en mi opinión) es el sitio que corresponde al filósofo y el único al que debería aspirar.

 Enseres domésticos es otra muestra del talento de su autor para ir contra la corriente de una filosofía que (como la mencionada más arriba) no puede interpelar a sus lectores porque ya no tiene nada que decir o no sabe cómo hacerlo. Aquí, Verdú disecciona cincuenta y cinco prácticas y objetos con los que compartimos una vida en el hogar que algunos creen “dulce” pero que (y Verdú lo muestra magníficamente) en realidad está lleno de peligros: de los que derivan de la convivencia con objetos punzantes o cargados de electricidad (la maquinilla de afeitar, la tostadora), de las múltiples circunstancias en que estos se pueden perder (las llaves), desaparecer (los calcetines, de a pares pero más a menudo de forma individual), romperse (espejos, el teléfono, floreros), provocar enfermedades (las moscas, el polvo), crear problemas (las mascotas, los vecinos) o producir extraños olores (nuevamente: las mascotas, los vecinos), pero sobre todo, del peligro de que no pensemos en los objetos que nos rodean, que constituyen una segunda manifestación de nuestra identidad, una “segunda piel” (por decirlo así) que ni es particularmente doméstica (en el sentido de domesticada) ni muy privada.

 Enseres domésticos es un libro magnífico que propone una experiencia singular, semejante a la de dejar entrar a un desconocido a la casa de uno para que éste la analice y nos analice, la describa y nos describa. El libro retrata una condición que todos compartimos: la de creernos dueños de unos objetos que en realidad nos poseen a nosotros, determinan nuestros actos, nos definen, son nuestra intimidad, así que vale la pena pensar también (y sobre todo) en ellos. Vicente Verdú lo hace espléndidamente.

 ***

Vicente Verdú
Enseres domésticos. Amores, pavores, sujetos y objetos encerrados en casa
Barcelona: Anagrama, 2014

Patricio Pron 

Comentarios (1)

Rodrigo J. Mendoza T.
25 de noviembre, 2014

Para enaltecer a Verdú, Pron escoge el camino algo escabroso de emprenderla con quienes cultivan la novela histórica (socarronamente ubicados entre los escritores cursis y los parasitarios) y con los filósofos españoles, monótonos y patéticos, aves de corral por su vuelo bajo, a quienes invita a arrastrase por el suelo para no desnaturalizarse.

Vaya, Patricio, qué forma edificante de elogiar.

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