Blog de Federico Vegas

Las pinturas de Altamira; por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 12 de febrero, 2016

La cueva de Altamira es una cavidad natural en la roca donde se conserva uno de los ciclos pictóricos y artísticos más importantes de la Prehistoria. Fue descubierta por Marcelino Sanz, un aficionado a la paleontología que estaba excavando una mañana en la entrada de la cueva buscando restos de huesos y sílex. Su hija, María Faustina, quien acompañaba a su padre esa mañana, se adentró hasta llegar a una sala lateral. Allí vio unas figuras en el techo y corrió emocionada a decírselo a su padre:

—¡Papá, allá adentro hay unos bueyes!

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Marcelino quedó sorprendido al contemplar el grandioso conjunto de pinturas de aquellos extraños animales que cubrían la totalidad de una bóveda que había sido utilizada a través de miles de años por generaciones que querían expresar sus triunfos, su gratitud hacia la naturaleza y sus ritos hacia Dioses hoy desconocidos.

Las pinturas y grabados de la cueva pertenecen a los períodos Magdaleniense, Solutrense, Gravetiense  y al comienzo del Auriñaciense. La cueva fue utilizada desde hace unos 35.600 años hasta hace 13.000, cuando su entrada principal quedó sellada por un derrumbe.

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Un día que venía caminando hacia la plaza Altamira, junto a unas paredes metálicas tan ocres como las de una cueva, observé una serie de fotografías y pinturas alusivas a los acontecimientos que ocurrieron en febrero del 2014. Sentí que se estaban desvaneciendo y decidí retratarlos.

Hoy, 12 de febrero del 2016, día de una juventud que he dejado atrás hace décadas, me pregunto: ¿A qué período y estilo de nuestra historia pertenecen estas pinturas de Altamira? ¿Qué triunfos y derrotas celebran? ¿Cuáles ritos representan? ¿A qué divinidad rinden culto?

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Pareciera haber algo prehistórico en sus texturas y gradual descomposición por efecto de las agresiones y el olvido, como si pertenecieran a un pasado remoto y extraviado en el que nadie quiere ya pensar. Esta aparente lejanía de una conmoción tan reciente me obliga a preguntarme qué pensaba yo hace dos años.

El 17 de febrero del 2014, escribí:

Abandonados por sus mayores, quienes ya no logramos ofrecer resistencia, los estudiantes han decidido emprender una lucha desesperada frente a un contrincante que sólo ha sabido manejar los rubros de la crueldad y del cinismo, dos categorías que ahora también han incluido en su enloquecido derroche.

El sacrificio de los estudiantes ya ha servido para quitarle la máscara a Maduro y desnudar ante el mundo una dictadura dispuesta a destruir el país, convencida de que en esa misma destrucción radica su fortaleza. Desde el inicio exhibieron en sus consignas sobre la patria una constante confusión entre la vida y la muerte. Ahora ya es evidente el camino que prefieren.

El gobierno quiere hacernos creer que mientras mayor es el infierno mayor será el paraíso. Esta es la explicación de por qué los oficialistas lucen tan impertérritos. La carestía y el descalabro los enorgullece, y siguen orando a ese Dios de la justicia social que anuncia sus milagros con el sufrimiento de todos.

Chávez continúa siendo el ángel vengador que vino a castigarnos por no haber hecho justicia en la tierra de la abundancia, y su venganza continuará hasta que no haya más que la aceptación de la culpa y la redención de la nada.

No podemos dejarle a nuestros niños la tarea de limpiar la incalculable carga de mierda que nos está entregando esa corte celestial e inquisidora, tan omnipotente y omnívora que se siente capaz de devorar a sus propios hijos.

Una semana más tarde, el 21 de febrero, insistí en el tema:

Nuestros estudiantes han tenido que asumir la versión más dura de nuestra realidad histórica, que es precisamente su amargo sabor de irrealidad, de demencia. Por años han estado sometidos a las normas cada día más rígidas que propone la concepción estática de este régimen. Esta es la situación que ha agudizado en ellos una concepción del cosmos dinámica y libre, abierta a interpretaciones y cambios. Es muy doloroso que se hayan visto obligados a  resolver sus vidas en las calles más inseguras del mundo, ahora convertidas en altares de sacrificio. Allí han tenido que encontrar sus sufrimientos y sus goces.

Y al llegar a este punto no puedo evitar una imagen dolorosa: las balas persiguen la belleza. Las tragedias siempre ofrecen augurios, providencias y casualidades, como la de una joven llamada Génesis que fue a su primera marcha porque creía en un nuevo comienzo. Esa fuerza de la belleza cubre con su manto a todos los estudiantes, al punto que muchos jóvenes inocentes, y sus padres, han querido creer que genera un escudo protector. Grave error, toda fuerza estética es esencialmente frágil.

El deseo de lograr tanto con tan poco parte de esa misma fragilidad. En apariencia, si solo medimos contextura y armamento, los estudiantes son un enemigo ideal para destruirlo, pero a riesgo de convertirte en un vil Goliat que tarde o temprano recibirá una pedrada del destino. Lo liviano se eleva, pero no desaparece en el cielo, pasa a formar parte de otra dimensión que es imposible contener, reducir, aplastar.

Quienes no logren advertir belleza en las hazañas de nuestros estudiantes, les será más difícil no percibir la fealdad que ha caído como una plaga sobre el gobierno. Esta semana de protestas ha decretado el final del chavismo y su envoltorio de promesas para dar comienzo a un intempestivo y frenético madurismo, con su enorme carga de reiteración y de farsa. Se puede enfrentar un cataclismo económico con encanto y carisma, pero no cuando eres insoportablemente previsible y monotemático.

Y entonces llegó marzo y llegó abril, y los políticos de la oposición comenzaron a hablar de que todo había sido un error, y el gobierno empezó a encarcelar y torturar estudiantes tan bajo tierra como les fuera posible. Y comencé a preguntarme si mis juicios habían sido precipitados, irresponsables. Y llegaron por fin las elecciones legislativas y la oposición venció arrolladoramente. Y aquellos hechos de hace dos años comenzaron a ser reseñados como el extremo opuesto de la estrategia adecuada para salvar el país.

Pero el país se precipita desbocado a un abismo con una aceleración que le da a los años una perspectiva de eternidad. ¿Podrá la Asamblea sola encontrar la solución antes de que el gobierno proclame orgulloso: “Hemos destruido todo, pero lo hicimos con amor”?

Repito las mismas preguntas que me hice hace dos años: ¿Cómo tender un puente ante un abismo? ¿Cómo dialogar con un espanto? Ya lo decía Duchamp: “Si no hay solución es que no hay un problema”. Y eso es lo que lograron revelar los estudiantes: El gobierno de Venezuela no constituye un problema, es un poderoso espectro, una ausencia que se sostiene mediante el miedo, la inercia y una pretenciosa terquedad. Lo han dicho sus propios líderes: “No puede haber fracasado lo que nunca comenzó”.

Federico Vegas 

Comentarios (2)

Diógenes Decambrí.-
13 de febrero, 2016

Federico condensa en una breve frase, todo el cinismo y la locura nihilista del inepto y corrupto régimen; “Hemos destruido todo, pero lo hicimos con amor”. No pueden evitar salir reflejados en su esencia, cuando intentan descalificar a la Oposición, se autodefinen como lo opuesto a lo que son, la paz y el amor, cuando sólo saben -obedeciendo órdenes de sus amos castristas- reprimir y negar la realidad. Esa realidad que les explotó en las caras el 6D, con la obvia MAYORÍA de los venezolanos gritándoles que están hartos del modelo cubano-estalinista y a favor del CAMBIO, que es la Democracia, el respeto a los Derechos Humanos, dos de los cuales son esenciales, el que protege la VIDA y el que protege LA PROPIEDAD PRIVADA, dos de las violaciones preferidas de los comunistas doquiera tengan algo de poder.

Georgette
16 de febrero, 2016

Siempre me maravilla tanta lucidez y la pasión con que narra nuestra realidad, muchas gracias

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