Perspectivas

Las cosas como son; por Rafael Osío Cabrices

Por Rafael Osío Cabrices | 24 de mayo, 2017
Fotografía de Leo Álvarez

Fotografía de Leo Álvarez

Finalmente ocurrió: se prendió un zaperoco.

Los que por años se quejaron de que en Venezuela no pasaba nada tienen ya la respuesta a su impaciencia. Pero como suele pasar con la realidad histórica, las cosas no son como nos hubiera gustado a la mayoría que fueran. Son lo que son, y de nada nos sirve evadir la tarea de verlas en toda su magnitud y complejidad. Vayamos más allá de las consignas del voluntarismo y de las no menos cómodas fórmulas del pesimismo profesional y tratemos de contemplar la carne viva de lo que está viviendo (si cabe el verbo ante tantas muertes) nuestro país en 2017.

Es evidente que lo que está ocurriendo no es una sacudida más, que dejará al Estado chavista fortalecido y a la oposición hecha pedazos.

En cada una de sus grandes crisis anteriores, el Estado chavista había ganado el duelo de la resistencia, combinando su poder de fuego, su capacidad de soborno, el control de las instituciones y la popularidad de su caudillo. Era una pirámide inexpugnable, obediente a su jefe, rica en petrodólares, con casi todo a favor. Pero esta vez, tal como el país ya no es el mismo, el chavismo -con lo cual me refiero al Estado chavista pero también a todos aquellos venezolanos que se consideran chavistas- no lo es tampoco.

El chavismo sigue y seguirá existiendo, pero ya no es uno solo. De hecho, en este momento me parece preciso distinguir al chavismo del régimen que tiene a Nicolás Maduro en el cargo de Presidente, porque en este momento es vital que todos contribuyamos para que el chavismo abandone a Maduro. De hecho este es uno de los componentes claves de la ecuación del presente venezolano, la posibilidad inminente de fragmentación abierta del chavismo, como en efecto ya ha empezado a ocurrir: fue el inesperado pronunciamiento de la Fiscal General, un actor importante del Estado chavista, ante dos sentencias del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) lo que hizo que esta crisis fuera distinta desde el comienzo. Podemos razonablemente asumir que Luisa Ortega Díaz no ha estado hablando solo por sí misma: ella es la punta de un iceberg, expresión de un sector del Estado chavista que se está desmarcando de Maduro.

Si apartamos al votante chavista y al funcionario que se siente chavista pero que no cree en Maduro y su guardia pretoriana, ni se beneficia directamente de la permanencia de esa gente en el poder, ¿qué queda, qué es lo que Venezuela tiene por gobierno? ¿Podemos acaso llamar gobierno a algo que no gobierna ni está ahí para gobernar? Es un régimen dictatorial, sí, que no obedece a restricción constitucional alguna sobre sus atribuciones y no rinde cuentas, pero no es tampoco una de esas dictaduras clásicas que tenían un férreo control sobre el país. Al contrario: pese a su obsesión con los controles y todo tipo de alcabalas, es poco lo que en realidad controla, y ha entregado al hampa cárceles y zonas enteras.

Prefiero denominarlo en adelante con una palabra que no está en el DRAE: malandrato. Pretende expresar con esto la naturaleza sistemáticamente abusiva y la realidad económica de un régimen que tiene a parte de sus titulares solicitados como narcotraficantes por entidades internacionales, que tanto se apoya en un hampa politizada como ejército represivo, y que tanto debe su permanencia en el poder a una enorme red de tráficos ilegales: drogas, armas, alimentos, medicinas, personas, recursos naturales, minería. No podemos saber con precisión la proporción de esta transformación, pero en el modo en que se relaciona con la sociedad venezolana y el resto del mundo, y en cómo se apoya más en una economía sumergida que en el petróleo o los impuestos, el anillo de intereses en torno a Maduro tiene hoy más de organización delictiva que de estructura política. Más que un generalato, entonces, es un malandrato.

Pues bien: hoy, a diferencia de abril de 2002, enero de 2003 o febrero de 2014, lo que estamos enfrentando no es el chavismo como un todo, sino al malandrato, que es abiertamente impopular, sacrificó a la gallina de los huevos de oro, es incapaz de resolver cualquier problema e hizo de Venezuela un país invivible hasta para los propios oligarcas. No puede producir las burbujas de consumo que antes ayudaron al chavismo a ganar elecciones junto con el control del CNE, y el cada vez más tenue fantasma del caudillo se le está volviendo en su contra como un desconchado escapulario de una era de bonanza, un recuerdo que hace aún más aguda la punzada del hambre y más helada la soledad del venezolano común ante el Estado que responde a sus quejas con atrocidades.

Es por todo esto que el malandrato se aferra hoy a la única herramienta que le queda, la violencia, porque solo puede amenazar, encarcelar y disparar. Ya ni la propaganda, lo único en lo que el Estado chavista fue realmente bueno, le sale bien. Sin la astucia y el carisma de Chávez, y con el quiebre de la economía y de la gobernabilidad, el malandrato no puede aspirar a sepultar la realidad bajo una alfombra de propaganda: es demasiada basura y además cogió candela. Los recursos que nos quitó para invertir en su imagen internacional se perdieron: el mundo, los gobiernos, los medios y las organizaciones relevantes ya ven al malandrato como lo que es, y eso es irreversible. Los pocos que aún se atreven a defender a la revolución bolivariana carecen de masa crítica y de influencia global para impedir su colapso. Ni siquiera el régimen castrista puede hacer mucho para evitar lo que tarde o temprano va a pasar: que el malandrato va a caer. Ni siquiera podrá salir adelante con su constituyente comunal para terminar de implantar un totalitarismo norcoreano; ojalá no me equivoque, pero al menos yo no veo de dónde sacará el apoyo material y político dentro del chavismo para llevar eso a cabo.

Así que el malandrato está condenado. Eso sí, prolonga su fin con brutalidad, y seguirá haciéndolo mientras pueda. La sociedad venezolana no ha tenido, desde Gómez al menos, un enemigo tan despiadado en el lugar donde debería haber un gobierno. Pero tampoco el malandrato se ha enfrentado jamás a un reto como el que tiene hoy al otro lado de sus cañones. No se ha alzado toda la sociedad venezolana, ni lo hará, pero el alzamiento es de una envergadura inédita. Esta rebelión, que no cesa ni siquiera con el endurecimiento de la represión, se ha extendido geográfica y socialmente, dentro y fuera del país, por una gama de demandas que va desde la provisión de medicinas hasta la renuncia de Maduro: la diversidad y exasperación de las exigencias de quienes protestan, desde Chacao en Caracas y El Trigal en Valencia hasta Santa Bárbara de Barinas, La Fría o Puerto Ayacucho, es del tamaño inmensurable de la devastación que el modelo chavista ha perpetrado. Sigue teniendo un fuerte sello de la clase media urbana, y es en áreas de clase media donde la represión ha sido peor, pero se ha ido solapando con la protesta económica en zonas rurales y ciudades medianas del interior.

Esto es la manifestación de arrechera colectiva más amplia y compleja que varias generaciones de venezolanos hemos vivido.

Ahora que establecimos lo que es evidente para todos, y que ya ha sido profusamente descrito por los testimonios en las redes sociales y en los expedientes judiciales o de las ONG de derechos humanos, así como en la magnífica producción periodística y fotoperiodística que la rebelión está produciendo, hablemos de lo que tenemos por delante, aunque nos cueste, aunque nos duela, aunque nos espante.

El adversario es el malandrato y es tan implacable como el peor malandro. Esto no es chavismo contra antichavismo, ni derecha contra izquierda. Esto es una sociedad diversa contra una experiencia de poder autoritario que la ha puesto al límite de la supervivencia. Del malandrato no podemos esperar compasión ni contrición. No hay ahí otro valor que la defensa de sus privilegios y el miedo a la miseria, la persecución, la venganza. El malandrato viene del anonimato y de la pobreza, a los que no quiere volver, y además ha hecho un daño incuantificable. La misma falta de límites en lo que concierne al lenguaje y a la propaganda, la ostenta el malandrato en cuanto al daño que está dispuesto a infligir para evitar ser derrocado; las mismas personas que están dejando a niños morir de hambre o por falta de medicamentos obviamente no tienen reparos en matar civiles desarmados que protestan contra ellas. Están atrapadas en su propia historia: no sueltan el poder para no hacerse vulnerables, pero mientras más resisten en el poder, más razones crean para ser luego perseguidas, y por tanto más temen al día en que ya no puedan resguardarse. Presionan a sus tropas para que los defiendan pero deben saber que un día ya no lo harán. Y que ese día tratarán de negociar su huida a un lugar donde puedan vivir de lo que saquearon. Tristemente, no es verdad que no podrán ir a ningún otro lugar del mundo: el planeta tiene santuarios para criminales, y unos cuantos tiranos han muerto ricos y a salvo. Pero los capos del malandrato no pueden garantizar que se salvarán, así que actúan con la fiereza correspondiente a sus métodos, sus recursos y sus circunstancias. Mientras más amenazados se vean, más peligrosos serán. Hasta que llegue la hora en que rueguen, como el Ricardo III de Shakespeare, por un caballo que les permita escapar, a cambio de su reino.

La verdad está tan escasa como los antibióticos. El malandrato miente sin cesar porque la verdad nunca corresponde a sus fines. El chavismo en general y el malandrato en particular han demostrado, desde hace más de una década, que no tienen límites para mentir, y si aún lo hacen es porque la mentira sistemática y masiva rinde frutos: un personaje como Donald Trump acaba de hacerse nada menos que presidente de Estados Unidos a punta de embustes sin sentido. Pero el chavismo y el malandrato no son los únicos que mienten: también hay gente haciéndolo desde el lado de enfrente. Sería hermoso confiar en que al final la verdad siempre prevalece, pero no es así. Lo que le toca a uno es no contribuir a los embustes, porque nunca ayudan a la causa del bien sino al contrario, y ser muy cuidadoso con lo que se lee y sobre todo con lo que se comparte por las redes sociales.

El malandrato mata desde el miedo, el odio y la impunidad. Esa matanza ha corrido por cuenta, hasta ahora, de tres actores, la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y los colectivos, aunque hay muertes ocurridas en el contexto de las protestas que no son claras; dentro de una protesta o de un saqueo muchas cosas pueden pasar. Los perpetradores matan porque vienen de un mundo en el que disparas primero, y no averiguas nunca, porque si no disparas el adversario puede luego dispararte a ti. De paso, hay una larga tradición de gatillos alegres en las policías y las fuerzas armadas de Venezuela, no lo olvidemos, y el malandrato las ha institucionalizado con las llamadas Operación de Liberación del Pueblo (OLP), esas razzias masivas que cosechan cadáveres por docenas en los barrios. Soy de los que cree que el resentimiento histórico e idiosincrático, más el adoctrinamiento que el malandrato ha extendido para mantener a esos efectivos protegiéndolo, les hace también matar por odio, y sentir incluso placer, orgullo, sentido del deber cumplido, cuando lo hacen. Pero también matan porque saben que no serán castigados (aunque en los últimos días el Ministerio Público y el CICPC han estado practicando detenciones por algunas de estas muertes). Y matan porque también saben que no recibirán plomo en contra. Sobre todo los colectivos: están acostumbrados a robar, aterrorizar y disparar a civiles que huyen de ellos o que cacerolean dentro de un edificio, y lo hacen protegidos por la GNB. En la gran mayoría de los casos, la represión se hace sobre gente desarmada e indefensa. No siempre será así, claro, y como ocurrió en 2014, ha vuelto a pasar: algunos de los que manifiestan, o de los que no han manifestado pero ven a los esbirros atacar sus hogares o a su gente, estarán cansados de poner la otra mejilla y tienen cómo disparar también. No nos hagamos los locos: en Venezuela hay muchas armas y una propensión a tratar los asuntos a plomo que ha estado ahí por siglos. Cuando el aparato represivo vea que también puede tener bajas, lo más probable es que intensifique su violencia. Lo que a su vez puede hacer que sus adversarios se vuelvan más letales también. Con esa espiral empiezan los conflictos armados y las guerras civiles.

Al malandrato le sirve la polarización. Han sido muchos años de confrontación, hasta en el seno de las familias, pero es vital que para que salgamos de esta encrucijada entendamos, y hagamos entender, que los venezolanos comunes tenemos que dejar de enfrentarnos. Con que dejemos de injuriarnos, ya es algo. Los opositores somos más que antes, pero necesitamos al chavismo descontento. Y el chavismo descontento nos necesita a nosotros. Tenemos que redirigir todos la ira hacia el verdadero adversario, el adversario común que es el malandrato, y mantenerla allí, sin distraernos y agotarnos con las viejas peleas, en los insultos estériles. El malandrato necesita mantener viva la polarización, que su caudillo instrumentó para conseguir y acrecentar su poder. Pero solo al malandrato le conviene su permanencia en el poder; a todos los demás, opositores, chavistas y ni-ni (si es que esta última categoría aún existe) nos urge que el malandrato sucumba para que podamos iniciar la reconstrucción.

Al hampa común le conviene el caos. Los malandros aprovechan las protestas para saquear, atracar o saldar cuentas. Serían los principales ganadores en la anarquía total que vendría si las fuerzas armadas son superadas por una escala mayor de las protestas, un Caracazo a escala nacional. Ellos son el mayor poder, porque el Estado del malandrato no solo es un Estado forajido, sino también un Estado fallido, que no puede contra el hampa, cuando no es el hampa misma. Los delincuentes están muchas veces en la cima de la cadena alimenticia del horrible ecosistema venezolano: al ciudadano común lo depreda la policía y el malandro, pero al policía también lo depreda el malandro. Sin embargo, los delincuentes son un poder atomizado y sin agenda política. Su lógica no es la del ciudadano común ni la del líder civil o militar que aunque sea un delincuente también es un político. Quien pone sus esperanzas en que la anarquía acabará con el malandrato, como si estuviera tratando de fracturar el orden del Imperio Británico sobre la India o del régimen de Hoenecker sobre Alemania Oriental, debe también sopesar lo que la anarquía significa para miles de violadores, piratas de mar y de tierra, saqueadores, secuestradores y asesinos que están dentro y fuera de las cárceles.

Al mundo no le conviene que Venezuela esté así. Los rusos y los chinos necesitan recuperar la plata que han prestado. Los colombianos, los brasileros y todos los Estados caribeños necesitan que Venezuela deje de ser una fuente de refugiados, contrabandistas y delincuentes peligrosos. A Colombia en particular no le sirve que un país entero, al lado, se convierta en santuario de los irregulares que tanto ha costado sacar del conflicto armado más longevo del continente. El régimen de La Habana, presionado por su propia necesidad de reinventarse ante su envejecimiento, ya sacó lo que iba a sacar de Venezuela. Este estado de cosas no le sirve a nadie. Por eso la presión internacional por una solución inminente se intensifica.  Lo que no significa que algún acto externo, por sí solo, nos vaya a sacar de este barrial. La ayuda internacional será clave en muchas cosas, pero el trabajo fuerte lo tenemos que hacer nosotros.

Hay que estar claros en el objetivo. La hora de la justicia y de la reconstrucción vendrá después. Hoy, ahora, hay que recuperar la condición republicana, con elecciones mínimamente confiables y separación de poderes. Necesitamos justicia, no venganza. Necesitamos una economía, no un saqueo. Necesitamos reemplazar al malandrato con un gobierno que intente ser funcional ante una Venezuela muy difícil de manejar, muerta de hambre y con el dedo en el gatillo. Los demócratas tenemos que apoyar un desenlace hacia lo institucional, porque no podremos esperar nada muy distinto a esto si son los militares, y solo ellos, los que sacan a Maduro de en medio.

Nunca seremos unánimes. Hay mucha gente que no está protestando y que nunca lo hará. La censura funciona, sobre todo con quienes no leen nada, ni Twitter; casi la mitad de la población no tiene acceso a Internet y solo se conecta con la realidad ajena a través de la radio y la televisión controladas por el malandrato. Por otro lado, hay gente que elige comprar las mentiras del malandrato, que cree que la guerra económica es un sabotaje y que los “guarimberos”, el nuevo insulto oficial, son agentes de una potencia invasora. Siempre hay gente así, en todos lados, en todos estos procesos. Que “toda Venezuela” despierte y se alce es algo que jamás ocurrirá. Pero nunca ha hecho falta que cada individuo de una sociedad se rebele para que una tiranía se derrumbe.

Todo confluirá en una negociación. Al final de cualquier camino, del más largo o del más cruento, nos esperarán dos factores: una negociación, y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El desenlace que esto vaya a tener no ocurrirá ante las cámaras ni en la Fajardo, sino a puertas cerradas. Tal vez ni siquiera nos enteremos nunca de los detalles: tal vez serán corrientes subterráneas las que terminen de llevarse al malandrato por delante. De nada nos servirá espantarnos con la idea: el malandrato no caerá si no es traicionado, y quienes lo traicionen demandarán protección y un espacio en el nuevo orden. Será la gente que hoy es parte de la dictadura pero sacará cuentas y decidirá que le sale mejor traicionar a sus actuales jefes que seguir con ellos hacia un final indeseable. A eso se refiere la idea de reducir el costo de salida, que hemos estado escuchando con creciente frecuencia. Ese desenlace pasará también, a juro, por lo militar. Los uniformados son inevitables: ningún escenario de resolución puede ocurrir sin ellos. El chavismo es en buena parte la historia de la restitución de su influencia sobre la vida venezolana; ahora están por todos lados. Al dividirse en torno a serle o no leales a Maduro, tendrán un rol esencial en el fin del malandrato. Pero no lo harán gratis, claro. Los que finalmente traicionen al malandrato o le pongan las esposas, lo harán a cambio de impunidad para los abusos que han cometido en esta coyuntura, o de que se preserven sus privilegios. Mejor nos vamos acostumbrando porque eso va a ser así, más temprano o más tarde: habrá una negociación y en esa negociación los militares estarán en la mesa. Esto no va a ser el triunfo absoluto del bien sobre el mal, en el que todos los villanos serán castigados. No; algunos villanos venderán a sus actuales amos a cambio de salir caminando, con la frente en alto y el bolsillo lleno, de esta polvareda.

No obstante, eso será mejor a que Venezuela se nos vaya en una guerra civil. Ese es el peor escenario de todos. Es incluso peor que la catástrofe actual. Pero eso es tema de otra nota.

Rafael Osío Cabrices 

Comentarios (16)

Miguel
24 de mayo, 2017

La desgracia más grandes que le a pasado a Venezuela es Hch F y su revolución los fraudes , robos , corrupción y entrega de la patria ingenuamente a un régimen cubano perverso y chulo ahora tenemos que calarnos el legado de un grupito de delincuentes organizados que han desbastado las arcas de la nación con todo tipo de negocios ilegales , realmente una desgracia y atraso tremendo para el país.

María Machado
24 de mayo, 2017

Prefiero llamarlo “Malandocracia” como lo describía Alexis Pirela

Joeif Duroim
24 de mayo, 2017

Sólo por agregar esta palabra: “malandrato”, se merece muchos aplausos el autor!

Enrique Rincon
24 de mayo, 2017

Sr. Osío: (en su frase de cierre) guerra civil entre quienes?

Estelio Mario Pedreáñez
24 de mayo, 2017

Interesante artículo. Muchas opiniones controversiales, muchas que no comparto, y otras desmesuradas, como la posibildad de una guerra civil en Venezuela, cuando Osío Cabrices afirma que “…Venezuela se nos vaya en una guerra civil. Ese es el peor escenario de todos…”. En mi opinión no existe tal posibilidad: Afortunadamente en Venezuela estamos libres del terrible mal de una guerra civil, ya que no existen dos sectores armados con decisión y capacidad para hacer la guerra (como España en 1936). Tan nefasto expediente quedó cerrado en 1903 cuando el Ejército pretoriano de Cipriano Castro, Presidente de la República por vencer su “Revolución Liberal Restauradora” en 1899, derrotó a la alianza de caudillos que lideraron la mal llamada “Revolución Libertadora”, un conturbernio entre caudillos desplazados, agentes de la oligarquía criolla y grandes capitalistas extranjeros. Y el peor escenario para cualquier República es involucionar y convertirse en una colonia de un país extranjero.

Isbelia Medina
24 de mayo, 2017

Excelente artículo, devela la mayoría de las arista de la compleja realidad que vive Venezuela. “…Están atrapadas en su propia historia: no sueltan el poder para no hacerse vulnerables, pero mientras más resisten en el poder, más razones crean para ser luego perseguidas, y por tanto más temen al día en que ya no puedan resguardarse…” esta, es una verdad demoledora

Rosario Lobo
24 de mayo, 2017

Entiendo sus planteamientos y veo mucha razón en todos ellos, debería ser de obligación lectura para nuestros estudiantes y personas en genral. Aparte, me encanta como escribe. Saludos.

Gerardo Alberto Santelíz Cordero
25 de mayo, 2017

El único escenario de guerra civil que veo posible se da si los colectivos no se dejan reducir. Impecable y consistente escrito. Gracias a Rafael Osío por publicarlo. Destaco en él las siguientes ideas:

“Pero el chavismo y el malandrato no son los únicos que mienten: también hay gente haciéndolo desde el lado de enfrente. Sería hermoso confiar en que al final la verdad siempre prevalece, pero no es así. Lo que le toca a uno es no contribuir a los embustes, porque nunca ayudan a la causa del bien sino al contrario, y ser muy cuidadoso con lo que se lee y sobre todo con lo que se comparte por las redes sociales.”

“Todo confluirá en una negociación. Al final de cualquier camino, del más largo o del más cruento, nos esperarán dos factores: una negociación, y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.”

Bolívar, de estar hoy, diría: “Chavistas y cubanos, contad con la muerte política y el destierro, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la Venezuela.”

Estelio Mario Pedreáñez
25 de mayo, 2017

El peor escenario para cualquier República es involucionar y convertirse en una colonia de un país extranjero. No permita Dios ni los venezolanos que eso le suceda nunca a Venezuela. En la Historia existen ejemplos de dicha involución: 1) Generalmente por causa de una catastrófica derrota en una guerra internacional la República vencida es abolida porque el Estado pierde su soberanía, su independencia política y queda a merced del vencedor y puede convertirse en su colonia. Sin embargo, al finalizar la II Guerra Mundial, las potencias aliadas victoriosas se mostraron magnánimas y a Alemania, Japón e Italia, potencias agresoras derrotadas, se les liberó de gobiernos totalitarios o autocráticos y se les impuso Democracias Parlamentarias. 2) También puede ocurrir por traición de gobernantes desnaturalizados que cedan la soberanía a una potencia extranjera, que explotará económicamente a su nueva colonia y dictará su política interior y exterior. Sun Tzu: “Derrotar al enemigo sin combatir”

Orlando
25 de mayo, 2017

Para el autor (Rafael Osío Cabrices), ¿en qué consiste “el control del CNE” al que hace referencia?

Alejandro Luy
25 de mayo, 2017

Coincido contigo. Nos tendremos que tragar unos sapos para poder salir del malandrato.

Jesus Ernesto Jurado R.
26 de mayo, 2017

Ciertamente, es ganancia definir e introducir el término “Malandrato”. Nos ahorra muchas definiciones posteriores. No son Chavistas, no son opositores. No son necesariamente militares. Son Malandros que gobiernan y actuarán como tal para mantenerse hasta donde puedan. Aclarar cuales son las características de ese “Malandrato”, hará que quienes quienes no son de naturaleza malandra, se desmarquen ( aún teniendo algunas culpas encima ). En algunas partes reprimen con la GNB, PNB o Colectivos. Pero en otros sitos el “Malandrato” muestra sus dientes y mantiene la censura y la “paz”. Ocurre por ejemplo en los Valles del Tuy (tierra de pranes)

Nathalie Briones
26 de mayo, 2017

Gracias por la claridad!

Pedro
26 de mayo, 2017

Parece q a usted se le olvida la influencia del plan made Cuba. Nada es casual el grupo q manda está dirigido desde La Habana y es el q pesa y manda.

Mónica Ortega
31 de mayo, 2017

Malandrato no existe, pero eso se llama en politología según Polibio, Oclocracia.

carmen l arocha
4 de junio, 2017

excelente,clarisimo,facil de leer y entender para los que descocemos el leguaje politico o sociologico

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