Blog de José Ignacio Hernández

La virtud democrática: a propósito del centenario del natalicio de Ramón J. Velásquez; por José Ignacio Hernández

Por José Ignacio Hernández G. | 28 de noviembre, 2016
Ramon J.Velasquez.Luis Beltran Prieto Figueroa y Hugo Briceño Salas.Congreso Nacional.Años 60

De izquierda a derecha: Ramon J. Velásquez, Luis Beltran Prieto Figueroa y Hugo Briceño Salas. Congreso Nacional. Años 60. Imagen cortesía del Archivo de Fotografía Urbana

I

Hace cien años, en San Juan de Colón, estado Táchira, nació Ramón J. Velásquez. Historiador, político, periodista y jurista, fue uno de los actores esenciales de nuestro siglo. Como concluyen Catalina Banko y Ramón González Escorihuela, en la biografía publicada este año dentro de la Biblioteca Biográfica Venezolana, cuando “se haga el necesario balance de la Venezuela del siglo XX, la figura de Ramón J. Velásquez resaltará con nitidez en el claroscuro de la escena histórica”.

De la labor de historiador, resalta su legado en la preservación de nuestra memoria histórica. Dentro de esa obra, y además del Archivo Histórico de Miraflores, destaca en especial las colecciones destinadas a la recopilación del Pensamiento político venezolano de los siglos XIX y XX.

El empeño puesto por Ramón J. Velásquez en la recopilación y estudio del pensamiento político venezolano me parece una obra fundamental por muchas razones. Una de ellas —que creo, es de vital importancia en estos tiempos— es comprender mejor eso que Velásquez llamó la “virtud democrática” del pueblo venezolano.

II

En su último libro, Caudillos, historiadores y pueblo, Ramón J. Velásquez reflexionó sobre cómo se ha transformado el pueblo venezolano, y cómo el pueblo venezolano ha promovido la transformación del medio político y social.

El libro se inicia con un ensayo sobre El Congreso Constituyente de 1811. Más que estudiar los hechos relevantes de aquel Congreso, interesa al autor estudiar cómo el Congreso de 1811 ocupa un lugar central en la configuración histórica de la virtud democrática del pueblo venezolano.

Sobre ese Congreso, y en especial, sobre nuestra primera Constitución de 1811, pesa todavía el juicio que considera a tal Constitución como una simple quimera. Hace no mucho, en un coloquio en el que participé en la Universidad Católica Andrés Bello, un prestigioso profesor me decía que vista la efímera vigencia de esa Constitución, era inútil pretender reflexionar sobre la influencia de tal texto.

El error de esa conclusión —que me temo, es muy común en nuestras Escuelas de Derecho— lo pone en evidencia Ramón J. Velásquez en el texto que comento: el Congreso de 1811 se desarrolló en un tiempo en el cual “se perfilaron las tendencias fundamentales del proceso histórico nacional”.

1811 es, de esa manera, la época en la cual se definieron nuestras tendencias fundamentales. Tales tendencias son resumidas al señalarse la “virtud democrática” del pueblo venezolano. ¿Qué significa esto? Que a lo largo de nuestra historia, el pueblo venezolano ha procurado la transformación de nuestro entorno social y político por medio de “normas legales”, o sea, a través del Estado de Derecho. De esas normas, sobresale la importancia dada a la Constitución.

III

Cuando algún alumno me pregunta cuántas Constituciones ha tenido Venezuela, suelo responder que demasiadas: 26 textos constitucionales son, a no dudarlo, todo un récord mundial. ¿Por qué ese empeño en ordenar nuestra sociedad a través de la Constitución?

Hay en ello un “drama nacional”: a lo largo de nuestra vida republicana, las constituciones han tenido fugaz existencia. En no pocas ocasiones, la Constitución no ha tenido ninguna aplicación práctica, lo que lleva a Ramón J. Velásquez a formular esta pregunta:

“¿Por qué a un pueblo como el nuestro le ha costado tantos años y tanta lucha canalizar sus aspiraciones por las vías del derecho y la justicia?”

Al estudiar nuestras constituciones —todas, derivadas del modelo asumido en la Constitución de 1811— aparece un claro divorcio entre lo que la Constitución plantea como el deber ser y la realidad que deriva del modelo político imperante. Como lo apunta Velásquez: ha habido a lo largo de nuestro proceso histórico evidentes desacuerdos entre nuestra realidad, siempre cambiante, y las normas que nos rigen.

IV

¿Acaso implica ello que nuestras muchas constituciones han sido, simplemente, una mentira? Es esta una conclusión en exceso simplista. Por el contrario, y como reflejan las páginas comentadas de Ramón J. Velásquez, nuestras muchas constituciones demuestran el infatigable esfuerzo del pueblo venezolano por procurar las transformaciones necesarias bajo los principios democráticos y del Estado de Derecho.

Por esta razón, el hilo de la historia —escribe Velásquez— lo lleva en sus manos el pueblo venezolano, lo cual se traduce en “una constante alentadora de nuestra vida nacional, dirigida a conquistar, consolidar y mantener los objetivos fundamentales que un día de 1811 un grupo de héroes civiles, ideológicos y políticos, entregó a Venezuela como programa y bandera para su organización permanente”.

En pocas palabras: la historia del pueblo venezolano se explica a través del largo camino de lucha contra el despotismo. Un camino que ha tenido altos y bajos, paradas y arranques. También, desviaciones importantes. Pero un camino, en fin, continuo, orientado a transformar nuestra realidad de acuerdo con los principios que quedaron condensados en 1811.

V

Esto ayuda a entender la utilidad de la historia: ella permite el registro de ese largo camino, que fluye —en palabras de Velásquez— como una corriente permanente. Por esta razón “constituye casi una obligación el estudio de la historia”.

Si se prescinde de la historia, si se desechan nuestros anteriores esfuerzos republicanos como simples experimentos sin relevancia alguna, el panorama no solo es desolador. De hecho, es algo peor: un brumoso panorama en el cual no se tiene registro del camino recorrido.

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Esta bruma empaña nuestra visión histórica, sin la cual, no podemos tener plena consciencia de lo que hoy somos.

Por el contrario, la consciencia histórica del camino recorrido nos permite comprender, en palabras de Ramón J. Velásquez, que en materia histórica no hay fenómenos prematuros”. Son las circunstancias, derivadas de ese empuje del pueblo venezolano, las que determinan los cambios históricos. Y tales circunstancias se dan en el momento oportuno: ni antes ni después.

El centenario del nacimiento de Ramón J. Velásquez es ocasión propicia para renovar ese esfuerzo por comprender mejor la infatigable virtud democrática del pueblo venezolano, que hoy —como ayer— avanza en la larga lucha contra el despotismo.

Los trabajos citados de Ramón J. Velásquez aparecen en su libro Caudillos, historiadores y pueblo, publicado por Fundación Bancaribe en 2013.

José Ignacio Hernández G.  José Ignacio Hernández es abogado venezolano, Doctor en Derecho de la Universidad Complutense de Madrid y Profesor de la UCV y UCAB. Puedes seguirlo en Twitter en @ignandez

Comentarios (2)

Estelio Mario Pedreáñez
28 de noviembre, 2016

Excelente artículo del brillante jurista José Ignacio Hérnandez sobre Ramón J. Velásquez, Orgullo de Venezuela. Nos recuerda a los venezolanos que en nuestra contemporaneidad contamos con brillantes políticos e intelectuales (no parleros charlatanes o tarifados repetidores de mentiras y/o loas a la ignominia), preparados y decentes, como Ramón J. Velásquez, democrata cabal, quien, como verdadero intelectual, conocedor de la Historia de Venezuela y lúcido escritor, ante la asonada golpista del 4 de febrero de 1992, dijo estas premonitorias palabras: “En Venezuela se salió el genio de la botella ¿Cuánto tiempo y sufrimientos se necesitarán para regresarlo allí?”. Se refería al “genio” maléfico del militarismo. Velásquez logró mantener la conducción civil de la República y celebrar las elecciones, ante el acecho de los ambiciosos golpistas deseosos de manejar el Tesoro Público, en tiempos agitados surgidos por la decadencia moral y política (agravada por la improvisación y torpezas del…

Eduardo
3 de diciembre, 2016

En Venezuela gustan más los dirigentes tipo caudillos montoneros, groseros y violentos por encima de los hombres probos, estudiosos y que se han acercado al poder para servir y no para perpetuarse en él

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