Blog de Alejandro Oliveros

La “vida” de Oskar Kokoschka; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 18 de febrero, 2017
Naturaleza muerta con cordero sacrificado, 1910. Oskar Kokoschka

Naturaleza muerta con cordero sacrificado, 1910. Oskar Kokoschka

He comenzado la relectura de un libro que estuve postergando durante muchos años.   No existía ninguna causa aparente para esa demora.  Desde que fue traducido al inglés en 1986, estuve interesado en este libro, que habría de acompañarme desde 1988, cuando fue publicado en su versión castellana, mejor traducida, por una vez, que la anglosajona. Ahora   disfruto el enorme placer de volver a las páginas de Mi vida, la  extraordinaria autobiografía de Oskar Kokoschska, uno de los pintores a los cuales he sido más fieles desde que comencé a enseñar “Arte del siglo XX” en la Escuela de Arte Arturo Michelena, de Valencia, a mediados de los setenta.  Desde la primera línea, he sentido lo que le pasa a uno cuando lee el libro de un amigo, que uno sabe, o cree saber, lo que va a ocurrir.  No es mucho lo que conocía de la vida del maestro vienés: que fue un destacado miembro del  expresionismo alemán; que su pintura fue prohibida en Alemania; que, como todos los sobrevivientes de la catástrofe, huyó a Estados Unidos; que tuvo una relación tormentosa con Alma Schindler, viuda de Mahler  y ex de Walter Gropius; que pintó un gran lienzo donde aparecen ambos; que nunca fue muy sociable, y cosas así. Pero, después de las primeras páginas de su libro, todo lo que dice me resulta extrañamente familiar.

Kokoschska  fue un protagonista privilegiado de buena parte del siglo que pasó.  Al menos en su mitad más apasionante, la que llegó a su fin con los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki.  Nació súbdito del imperio de Francisco José y sufrió persecuciones en el Reich de Hitler.  Ocho años mayor que Joseph Roth, pertenece por tanto a esa generación huérfana de patria, que se quedó sin pasaporte con el tratado de Versalles de 1918.  En su caso, tal vez  fue menos grave esta circunstancia.  Al fin y al cabo, había nacido en las afueras de Viena y no en alguna oscura localidad de la vasta geografía imperial, que fue el caso de Roth.  A todo esto se refiere con singular lucidez en este libro de memorias, publicado a los 84 años, de los 94 de su vida.  No es un libro de recuerdos como los de Malraux o Neruda, escritos por  plumas profesionales.  Más bien es producto de la colaboración con algún ghost writer que puso  en el papel lo que le dictaba el artista.  No quiere decir que hubiese sido ajeno al oficio de la escritura.  En su juventud, escribió poesías y dramas que fueron irregularmente recibidos.  Los dos primeros libros con títulos que prefiguraban su  filiación expresionista:  Los jóvenes soñadores (1908) y Asesinato: la esperanza de las mujeres (1909). De Los jóvenes… son   estas líneas de lo que originalmente era un libro de poesías para niños:

Rojo pececito,
pececito rojo,
te voy a cortar en dos
con mi cuchillo;
voy a separar tus mitades
con mis dedos
para poner fin
a tus vueltas en el agua.

Del segundo, una obra de teatro, son estas líneas desesperadas:

Soledad, hambre y silencio
me tienen confundido,
no hay aire,
esta va a ser una larga noche.

No fue  Kokoschka, por supuesto, el primero en reaccionar de esta manera en contra de los lánguidos cisnes y damas agonizantes del simbolismo tardío, pero sí uno de los  más precoces.  Y aunque no se hubiese inmortalizado como poeta, se debe reconocer que esta lírica, provocadora y violenta, gravitó de modo decisivo sobre la lírica de otros vates del expresionismo alemán: Trakl, Heym, Benn, Lasker-Schüler.

El libro de Kokoschka abunda en revelaciones inquietantes.  Doblemente valiosas, cuando recordamos la figuración del maestro en el origen del arte del siglo XX.  Y de la literatura también, habida cuenta de la temprana aparición de sus escritos.  Dos son las afirmaciones a las que me quiero referir en esta ocasión.  En la primera, alude a una condición de la modernidad artística en la que no muchos se han detenido.  Dice OK:

Del mismo modo, la situación social ofrecía un cuadro cada vez más deteriorado.  Se demostraba la validez de la antigua sentencia según la cual nunca se habla tanto de la necesidad de reformar como cuando no se sabe por dónde y cómo empezar.  El movimiento que se llamaría modernismo nació con la firme voluntad de emprender una renovación de la existencia humana….     

Lo importante de esta afirmación es la insistencia en resaltar la verdadera ideología del modernismo.  Que no se trata exclusivamente de una postura estética, sino que tiene una connotación marcadamente ética y colectiva.  Y lo ha sido así desde sus lejanos fundadores.  La huida al lejano Pacífico de Gauguin, es la más aparatosa repulsa a la sociedad de su tiempo, donde todo comenzaba a revelarse con la siniestra fisionomía que, ochenta años después, será sujeto de anatomías filosóficas como las de Marcuse o Adorno.  A su manera, más tranquila pero no menos radical,  Georges Seurat insistirá en que su iconografía fuera protagonizada  por una fauna de lamentables fantasmas que, en el horizonte borroso, ven alejarse tiempos de una armonía perdida con la naturaleza.  “Mi sufrimiento es cuando no estoy en armonía”, dirá Ungaretti en una iluminación.  Y, seguramente equivocado en sus objetivos, Marinetti, amigo y animador de Ungaretti, no se propondrá menos que la “renovación de la existencia humana”, cuando fundó el movimiento origen de todas las modernidades y que bautizó, con acierto envidiado, con el nombre de  futurismo.  Esa voluntad de ir de la estética a la ética y la sociología, fue extremada por la “vanguardia rusa”,  de la misma manera que extremado fue su aniquilamiento por Stalin y sus secuaces, para los cuales la existencia humana estaba bien como estaba, y apenas debería ser reformada para mantenerlos en el poder.  Rápidamente entendió el  dictador soviético que el modernismo era uno de los peores enemigos del estado totalitario.  Ya lo había precisado ese fundador de todos los totalitarismos que fue Mussolini.  Y de ese modo lo entendería Hitler, el más destacado de sus discípulos.

En su siguiente afirmación, Kokoschska intuye la causa del desastre que fue la aparición forzada de la sociedad moderna.  Aquella que superó los perfumes marchitos de la “belle epoque”, para ceder su lugar al siglo XX, un tiempo de tecnologías mal entendidas y deshumanizaciones sostenidas:

Podemos preguntarnos si esto no sería acaso debido al hecho de que la revolución técnica llegó precipitadamente, arrancado a la sociedad de un      estilo de vida conservador antes de que pudiera surgir otro capaz de sustituirlo.

 Antes de comentar esta opinión referida a la Europa de la primera preguerra, me gustaría añadir un par de líneas sobre lo que ocurrió en Venezuela casi cincuenta años después  cuando, finalmente, la modernidad se estableció entre nosotros.  Fue algo más complejo que esto, pero, a mediados de los cincuenta, el gobierno emprendió una cantidad de obras públicas aprovechando una de las recurrentes bonanzas petroleras.  En un gesto inexplicado, el dictador de turno convocó a los mejores arquitectos, venezolanos o no, para que se encargaran del diseño y construcción de los numerosos proyectos.  El más destacado de este grupo de profesionales, Carlos Raúl Villanueva, asumió el encargo de la Ciudad Universitaria, el más ambicioso de todos. El resultado es bien conocido, uno de los mejores conjuntos arquitectónicos de la América Latina de su tiempo.  Villanueva no era ningún desconocido.  Había participado en los planes  urbanísticos de gobiernos anteriores y en su lenta evolución se había ido acercando a un estilo claramente internacional.  Pero, antes de inscribirse de manera irreversible en la aventura del arte moderno, le había dedicado cuatro años (1941-45) a la reurbanización de El Silencio, un proyecto de alcance social que no descuida la estética y que era la evolución más adecuada de la arquitectura colonial y post-colonial.  Era de esperar que esta salida a la tradición arquitectónica se extendiera por toda la capital y el resto del país.  Pero no fue así.  A la vuelta de escasos diez años, Villanueva y la administración que lo apoya, y el conjunto de jóvenes talentos que lo sigue, toman la decisión de modernizar compulsivamente a la capital y a algunas ciudades del interior.  Se produce la ruptura con la tradición y vastos sectores de la red urbana, de buenas a primera asisten a una transformación radical.  De la casa de  zaguán y modestos apartamentos, se pasa  a la vida en modernos edificios  sin ninguna experiencia previa.  Las pequeñas residencias de un solo plano son sustituidas por modernas y altas  construcciones, dotadas de modernas tecnologías arquitectónicas: ascensores, luces de mercurio y  dinámicas vías de acceso.  La muestra más elocuente es el hermoso proyecto para la Universidad Central, al cual Villanueva dedicó los mejores veinte años de su existencia.  El resultado es uno de los conjuntos que mejor ilustran las posibilidades de la arquitectura moderna.  Pienso en esto cuando releo las líneas de OK y no puedo dejar de creer que tiene razón.  En Venezuela, la modernidad se impuso de una manera tan violenta, que pasamos cincuenta años tratando de incorporarla a un proyecto nacional.   Nunca se logró, y los grandes logros de la modernidad en la Venezuela actual, signada por el retroceso como política de estado, quedaron como piezas de museo, como la empresa heroica de un grupo de talentos que soñó con una Venezuela audazmente moderna, una utopía malentendida y que propició la visual fracturada de los paisajes urbanos de Venezuela.

Oskar nació un primero de marzo de 1886, el mismo año que vio nacer a Gottfried Benn en Brandemburgo y por lo tanto  súbdito del segundo imperio de habla alemana de esos días.  El primer imperio, por antigüedad, que no por fuerza, era el  austro-húngaro de Francisco José, al cual perteneció Kokoschka.   Georg Trakl, también austriaco, de Salzburgo, nació apenas un año más tarde.  Kirchner era algo mayor (Aschanfeenburg 1880, en Alemania).  Emil Nolde, 1867, tal vez sea el mayor de los maestros del expresionismo   también de origen germano. Elsa Lasker-Schüler, también  alemana y la menos joven nació en 1869. Georg Heym, de la alemana Silesia, fue el más joven de todos, y el más efímero, pues apenas vivió veinticinco años 1887-1912.  No son todos los expresionistas, son los que recuerdo en este momento, un periodo en el cual siento que todavía no ha superado los efectos adversos de una irregular difusión.

Pero todos, protagonistas de vidas desgarradas, existencias fracturadas, como la época que les tocó vivir.  Freud trató de curar, con su psicoanálisis, a esta generación pero fracasó.  Sus neurosis no eran tan edípicas como creía y más pudo el Zeitgeist (el espíritu de lo tiempos) que las secretas pulsiones de cada uno.  Todos tenían algo de enfermos, y algunos mucho.  Tal vez se trató de un error diagnóstico.  A las que había que psicoanalizar era a las naciones y no a los ciudadanos.  Y de esta manera pensaba el imaginario doctor Silberstein, autor del también imaginario El niño nervioso y gran lector de Dostoievsky y Poe, uno de los más fascinantes personajes de imaginados por el vienés Stefan Zweig.   Un brillante médico cuya incapacidad para llevar a término su estudio, La neurosis de las naciones, es una circunstancia que no  deberíamos terminar de lamentar.  Del vasto proyecto, sólo escribió el primer capítulo, el dedicado a Grecia, donde ofrece una versión de las disposiciones mentales de los griegos, que, en literatura y filosofía, tenía un equivalente en   Nietzsche, que es lo que expone Zweig en su poco conocida, por desgracia, novela Clarissa. Aun ficticio, el nombre del libro de neurología nunca publicado, es de lo más elocuente cuando tratamos de entender el devastador efecto que la decadencia y caída del imperio austro-húngaro produjo en la psique colectiva.  La neurosis de las naciones, y de eso se trataba, de una serie de países neurotizados ante el ocaso de un sistema político centenario con no poco de patriarcal.  Las naciones que integraban el imperio de los Habsburgo no eran pocas, y sus habitantes los más numerosos de Europa:  Austria, Hungría y otros estados federados:  Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia, República Checa, además de vastas regiones de Transilvania, Polonia, Veranea y el Alto Adige italiano así como Friuli-Venetto  y Trieste.  La amenaza era la orfandad.  Un riesgo que lo acentuaban la avanzada edad del emperador y la debilidad de su sucesión.  Francisco José se había quedado sin hijo varón y el que seguía en la línea era un  poco simpático archiduque.  Nadie expresó mejor este desamparo que el último de los iluminados, el gran Georg Trakl.  Unas líneas sólo de uno de sus textos más reveladores, “Revelación y caída”:

Extraños son los caminos del hombre.
Cuando iba sonámbulo por la habitaciones de piedra.
Y en cada uno ardía un solitario candil, un candelabro de cobre
y, cuando presa del frío, me fui a la cama,
reapareció en la cabecera la sombra negra de la extraña,
en silencio oculté el rostro en mis manos ….  

Pero cuando descendí por el sendero de piedras,
me asaltó la locura y comencé a gritar en la noche;
y cuando con mis dedos plateados
me incliné sobre las aguas silenciosas,
vi que mi rostro me había abandonado.
Y la voz blanca me dijo: “Acaba con tu vida”
Con un suspiro se levantó en mi la sombra de un niño
y me observo radiante y con ojos cristalinos:
entonces caí llorando bajo los árboles
y la poderosa bóveda de las estrellas.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (3)

Liz Roosen
18 de febrero, 2017

Muy bueno querido Profe!

Alexandre Daniel Buvat Irazábal
19 de febrero, 2017

Sólo decir, que es excelente el escrito, como todos los suyos

Victoria I
20 de febrero, 2017

” Extraños son los caminos del hombre “….

Y el de Nuestro querido Profesor Oliveros son cargados de nutrida enciclopedia. Gracias !!

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