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La “vida” de Oskar Kokoschka, parte II; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 25 de febrero, 2017
Bride Of The Wind (1914), de Oskar Kokoschka Date: 1914

Bride Of The Wind (1914), de Oskar Kokoschka

Pero no todo era fractura, locura y suicido en aquella Viena fin–de-siècle. Nunca los cafés, la más respetable de las instituciones “culturales” vienesas, estuvieron más visitados de talento y creatividad. En el Central, por ejemplo, “vivía” el poeta Peter Altenberg y recibía las visitas diarias de Adolf Loos, Karl Kraus y Kokoschka, donde discutían acaloradamente el contenido del último número de la revista de Kraus, Die Fackel. Como siempre, sería Stefan Zweig en su Mendel, el de los libros, quien nos dejaría la más pintoresca descripción de este pequeño mundo de los cafés de la capital imperial. Es cierto que en Berlín y París la vida no era menos excitante, pero ni en Alemania ni en Francia sus ciudadanos estaban sometidos a las tensiones neurotizantes de vivir “los últimos días”. Después de la Primera Guerra, los alemanes, como fue el caso de los austriacos, también pierden un imperio. Pero el káiser Guillermo II para nada representó el papel de Francisco José, ante el cual, como frente al padre, la indiferencia no es probable: o se le ama o se le odia. Esa es la cuestión, los austriacos no sólo pierden a su emperador en 1916, pierden, asimismo, la figura paterna y la identidad, Lo que vino después es la historia del psicoanálisis.

La autobiografía de Kokoschka es un libro revelador. El artista fue uno de los mejores protagonistas de un tiempo trágico y privilegiado. No fue el único, la diferencia con los demás es que supo ilustrarlo con su arte y describirlo con su escritura. Su estilo es casi periodístico en su precisión, sin las oscuridades conceptuales a las que nos tienen acostumbrados los autores germanos. A uno de los episodios más difundidos de su existencia, los tres años de relación con Alma Mahler, dedica el espacio necesario para que entendamos los alcances de este turbulento affaire, cuya turbulencia quedó dramáticamente expresado en su famoso autorretrato con Frau Alma Zemlinsky-Mahler-Gropius-Kokoschka-Werfel. Oskar reproduce en su libro un poema que compuso al final de sus amores con la mujer amada, quien se negó a tener un hijo suyo y en una oportunidad escribió: “Tuve miedo de lo que podría gestarse dentro de mí; temí que pudiera heredar la ferocidad de Kokoschka”. Estos son las líneas finales del poema del artista. No es difícil entender los temores de Alma.

Un macho y una hembra estrangulan una serpiente.
El uno ve con miedo la ventaja del otro.
Y el uno a manos del otro perdió su fuerza.
El gusano surge entonces retorciéndose de los picos chillones.
Dejó caer un pedazo de papel, arrugado por el forcejeo”.
Lo tomé y lo leí, inclinado sobre el polvo.
Los labios ríen a la engañosa paz.
“La felicidad está en otra parte”.

Y al leerlos uno agradece a los dioses que hayan estimulado más sus enormes talentos como artista plástico, que su menguada vocación de poeta. Sin embargo, lo que distingue a Kokoschka, como a todos los buenos pintores de todos los tiempos, fue su amistad con los poetas. En un par de páginas, describe la visita que le hiciera Georg Trakl. Una de las mejores precisiones que conozco del carácter del gran lírico austriaco. Kokoschka cuenta cómo el poeta se presentó una noche, poco antes del comienzo de la guerra, en su taller. El artista trabajaba en el autorretrato con Alma y lo único que pudo ofrecer al visitante fue un barril vacío, como silla, y un poco de vino, y siguió con su trabajo. Trakl había apenas llegado a Viena:

Había llegado de Salzburgo completamente empapado
por la lluvia, pues le gustaba caminar largo rato
ensimismado, sin importarle si era de día o de noche…
El gran cuadro que nos representa a mí y a la mujer
amada sobre una nave naufragada en
medio del océano estaba ya terminado. De repente, el
silencio se vio roto por la voz de Trakl, una voz que
parecía surgir de otro yo…
 Trakl llevaba luto por su hermana gemela,
recientemente fallecida, a la que había estado
unido en un amor más que fraternal…
Su aflicción era como una luna que surgiera frente
al sol y lo oscureciera. Y de pronto comenzó a recitar,
 estuvo hablando lentamente para sí
mismo, palabra por palabra, rima por rima. Ante
mi cuadro, Trakl concibió el singular poema “La noche”,
dándole forma hasta que lo supo de memoria:

 

“… sobre escollos negruzcos

se precipita ebrio de muerte

el temporal abrasador…”

 

Con su mano pálida, señaló el cuadro y lo llamó
Die Windsbraut (La tormenta). Poco después, como
auxiliar sanitario en el frente, moriría de una sobredosis de
fármacos en el hospital militar de Cracovia, desesperado
por la matanza que le tocó contemplar en Grodek.

A Kokoschka le tocó su propio baño de plomo; su paso bajo las “tormentas de acero” y su inmersión en los mares de sangre de aquella la más estúpida y menos gloriosa de las guerras modernas. Como cadete de caballería, fue herido por disparos de una ametralladora rusa y, ya en el suelo, un soldado enemigo le hunde su bayoneta en el costado izquierdo. Hijo de montañeses, Oskar era un joven fuerte y sobrevivió a sus dos heridas. La descripción de los sucesos es casi clínica. Habla de sus lesiones con la objetividad de un viejo corresponsal de guerra. Poco después de su recuperación, fue enviado de nuevo al frente y nuevamente fue herido. Con trastornos irreversibles de equilibrio, Oskar terminó su protagonismo en el conflicto bélico que acabó con la juventud europea, “todo por una vieja puta desdentada”, como cantó Ezra Pound.

“Donde está Helena, está Troya”, dejó alguna vez un ingenio injustamente olvidado. Al final de la crónica accidentada de sus dos años en el frente, con sus tres participaciones voluntarias y sus dos heridas casi fatales, Oskar reconoce la pulsión autodestructiva que animaba su participación:

“Entretanto, yo me había despejado del todo y empezaba a ordenar mis pensamientos. Me había metido en la Guerra Mundial por culpa de mi asunto amoroso; para ser sincero, lo que había pretendido era huir de una situación aparentemente desesperada. Hasta ahora había escapado al destino de incontables congéneres que habían perdido la vida”

El encuentro con un Dr. Neuberger, referido por un amigo también médico y psiquiatra, debe haberlo ayudado a dar con la etiología de su neurosis: “Según me escribe, usted quiere acabar consigo mismo… Usted, Herr Kokoschka, debería explotar el talento que le ha sido dado. Sería una lástima que fuera a parar a una fábrica de jabones”.

En 1926, Oskar Kokoschka visitó por primera vez Londres, la primera de una serie de viajes que lo llevarían a refugiarse en esa ciudad durante los años previos a la Segunda Guerra. Alemania vivía los años de la tregua posterior a 1928. El partido Nazi atravesaba sus momentos más oscuros. En la elecciones de 1924, no habían conseguido más de 14 puestos en el Reichstag, frente a la mayoría social-demócrata y los 45 escaños del Partido Comunista. Pero nadie percibió que se trataba del huevo de la serpiente y menos que nadie la mayoría de sus filósofos. En una correspondencia a Karl Jaspers, le confesaba Martin Heidegger que se había, por fin, “enamorado de Kant”. Un sentimiento que, por desgracia, no compartía la mayoría de sus colegas. En aquellos tiempos de dramática indigencia en Alemania, los que precedieron el ascenso de Hitler, la filosofía crítica del profesor de Königsberg era la más necesaria. No obstante, la idea hegeliana del Weltgeist y su metafísico evolucionismo, terminaría seduciendo a la academia, del mismo modo que Hitler, lo haría con el pueblo alemán. En la misma carta, Heidegger se lo advierte a Jaspers, desde Marburgo:

“Entre los participantes, hay algunos hegelianos con los cuales, desafortunadamente, no tengo comunicación. Están de tal modo hegelianizados, que no saben ni siquiera donde tienen la cabeza. Son hegelianos sin sustancia. Pero de todo esto la cosa más bella es que comienzo de verdad a amar a Kant”

Dejando de nuevo de lado la razón, y manifestando síntomas de lo que llamo “SOG” (“Síndrome del olvido de Goethe”), los alemanes iban directo al precipicio con un entusiasmo digno de mejores causas.

De las memorias de Kokoschka, sólo debemos lamentar su brevedad . Se queda uno esperando un segundo tomo, o un tercero, como con los diarios de Jünger o la autobiografía de Bernhard. Más, a diferencia del capitán Jünger, Kokoschka quien, a su vez, fue teniente del ejército austriaco, rehuye las consideraciones metafísicas y va al grano. A pesar de eso, nos dejó en su Mein Leben algunas opiniones necesarias, como ésta sobre el expresionismo alemán, del cual fue, como hemos dicho, uno de sus más lúcidos y versátiles exponentes:

Lo que hoy en día se etiqueta como expresionismo sólo podía surgir en Alemania, donde se sentía la necesidad imperiosa de llevar el arte a las masas, al “hombre nuevo, a diferencia del “modernismo”, que se conformaba con embellecer la superficie y no se dirigía a la dimensión íntima del ser humano. El expresionismo estaba llamado a converger con el descubrimiento del psicoanálisis de S. Freud y la teoría cuántica de Max Planck. El expresionismo era la manifestación del espíritu de la época, no una moda artística.

Poco más adelante, acude al ejemplo de las Cruzadas de los Niños para exponer una de las defensas más apasionadas del movimiento más influyente del moderno arte austríaco y alemán.

Laboriosamente, Herwarth Walden consiguió mantener unidas las distintas facciones en el seno de su revista Der Sturm hasta que los nacionalsocialistas y los dirigentes soviéticos, en sus respectivas áreas de influencia, pusieron fin a la inquietud espiritual de la juventud. El destino del expresionismo alemán recuerda, en su situación igualmente trágica dentro de la historia del espíritu, a las Cruzadas de Niños en la Edad Media y a los iconoclastas surgidos en las guerras de religión.

Como historiador quisiera decir que ni el bigote del káiser Guillermo segundo ni el de Stalin igualan en importancia, al movimiento conocido como expresionismo, a pesar de que este fue en todas partes un fugaz manifiesto de minorías. Quizá hubiera en él una oportunidad para la supervivencia espiritual de Europa, una oportunidad que aun hoy estamos dejando pasar. En los años en que la escoria gobernó Alemania, en los años del envilecimiento de todo lo humano, el expresionismo como “arte degenerado” fue lo primero en sucumbir.

La naturaleza transgresora del expresionismo alemán, su insistencia en el potencial liberador del arte y la poesía, lo convirtieron en el principal enemigo del totalitarismo nazi. Esto ocurre con todos los expresionismos y todos los totalitarismos. En Venezuela, el expresionismo vivió sus mejores momentos, y el totalitarismo se confunde con el “viridianismo”, en referencia a la escena del banquete, en la inolvidable Viridiana, de Luis Buñuel.

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Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (3)

Sheyla Falcony
25 de febrero, 2017

Distinguido Poeta, sus escritos siempre le dan luz a mi cerebro y lo llevan a escudriñar más en el tema o autor que Ud. asoma a este portal de Prodavinci..Gracias !!!

Amo el impresionismo de la pintura francesa de Monet y otros, tal vez por mis raices francesas y porque siempre prefiero la LUZ, antes que las formas con exacta identidad. Saludos !

Sheyla Falcony
26 de febrero, 2017

EXPRESIONISMO….( sorry ).

H.Augusto Pietri
27 de febrero, 2017

Recomiendo un excelente trabajo sobre Oskar Kokoshka escrito por Frank Whitford, donde se retrata el tiempo y los acontecimientos alrededor del pintor, su obra y sus tormentosos amores ( incluido un capítulo completo sobre la muñeca réplica de Alma Mahler).

De ese movimiento vanguardia de la creación plástica de la primera mitad del siglo 20, derivarían muchos otros artistas hacia la América, siendo importantes docentes e impulsores del arte de la Post guerra. No en balde la escuela de New York, tiene sus raíces en ese “arte degenerado” como lo calificó Hitler y debió pasar algunos años, para que el expresionismo tuviese su justo reconocimiento. Muchos de los miembros de ese movimiento fueron docentes en la Bauhaus: Klee, Loos, Itenm, Kandisky, Groz, etc. Excelente artículo, hace justicia al artista y al docente que fue O.K.

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