Blog de Rafael Rojas

La revolución de febrero y el error de Clemenceau; por Rafael Rojas

Por Rafael Rojas | 13 de marzo, 2017

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En las páginas introductorias a su monumental Historia de la Revolución Rusa (1932), León Trotski enmienda la plana al primer ministro francés Georges Clemenceau, quien decía que “las revoluciones había que tomarlas o desecharlas en bloque”. Trotski objetaba que la frase no pasaba de ser un “ingenioso subterfugio”, ya que “¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico aquello que tiene su esencia en la escisión?” Según Trotski, lector de los grandes historiadores franceses del siglo XIX, el error de Clemenceau era producto de la “confusión en que se halla el descendiente ante sus sombras”.

Es saludable releer al Trotski historiador en estos días, que comienza a escribirse sobre el centenario de las dos revoluciones rusas de 1917, la de febrero y la de octubre, que, a su juicio, conformaban un mismo drama en dos actos. Asombra escuchar a clásicos de la historiografía, como Richard Pipes, quien recientemente ha afirmado que “nada hubo de positivo” en aquella revolución, o a comentaristas, de un polo u otro de la ideología, que despachan la de febrero como una “contrarrevolución” y la de octubre como “un golpe de Estado”.

El libro de Trotski sigue siendo lectura recomendable hoy porque tiene más de un punto de contacto con la mejor tradición historiográfica, marxista o liberal, sobre el 17 ruso. En contra de la historia oficial estalinista que ya comenzaba a construirse a fines de los años 20 y principios de los 30, cuando escribió su libro en una isla turca, Trotski pensaba que ambas, la de febrero y la de octubre, eran “revoluciones”, aunque sus objetivos fueran contradictorios. De hecho, el líder bolchevique llegaba a reconocer que, a diferencia de otras revoluciones “democráticas” –el término que usaba-, la rusa de febrero era la que más libertades había ofrecido al movimiento obrero.

Por supuesto que Trotski era sumamente crítico con los líderes de aquella revolución: el príncipe Lvov, Alexander Kerensky, Vasily Maklakov, Pavel Miliukov y los “kadetes”, como eran conocidos los miembros del Partido Constitucional Democrático, que intentaron el tránsito de la monarquía absoluta a un régimen constitucional y parlamentario. Aquellos miembros del gobierno provisional, a su juicio, hicieron lo imposible por retrasar las reformas sociales que demandaban los obreros, los soldados y los campesinos, pero, ciertamente, ampliaron los derechos de asociación y expresión que necesitaban los socialistas y comunistas.

“El punto de partida de la Revolución rusa fue la revolución democrática. Pero planteó en términos nuevos el problema de la democracia política”, dice Trotski, insinuando una comparación con las revoluciones inglesa y francesa de los siglos XVII y XVIII. Y agrega que las nuevas libertades públicas ganadas por el régimen parlamentario de febrero fueron mejor aprovechadas por los bolcheviques que por cualquier otra corriente política. La zona politizada de la burguesía rusa era minoritaria, mientras que el movimiento obrero contaba con una amplia capa ilustrada, de clase media, que actuó con astucia.

Marxista al fin, Trotski pensaba que las revoluciones no podían pensarse en blanco y negro, desde un maniqueísmo histórico. Sus observaciones sobre los elementos “positivos” de la Revolución de Febrero son tan aleccionadoras como los juicios más equilibrados de historiadores actuales de la Revolución de Octubre, como Robert Service, Orlando Figes y Sean McMeekin, que han cuestionado el consenso revisionista sobre la continuidad entre bolchevismo y estalinismo, sostenido por Robert Conquest, Richard Pipes, Sheila Fitzpatrick y otros académicos de la Guerra Fría.

Rafael Rojas Rafael Rojas es autor de más de quince libros sobre historia intelectual y política de América Latina, México y Cuba. Recibió el Premio Matías Romero por su libro "Cuba Mexicana. Historia de una Anexión Imposible" (2001) y el Anagrama de Ensayo por "Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano" (2006) y el Isabel de Polanco por "Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la Revolución de Hispanoamérica" (2009).

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