Perspectivas

La nieta de la panadera; por Claudia Furiati Páez

Por Material cedido a Prodavinci | 20 de marzo, 2017
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Fotografía de Furiati Páez

Soy la nieta de la panadera. He “amasado” ese título, junto a mi hermano y otros 27 primos, por más de cuatro décadas. Honrosa distinción que como la levadura fue expandiéndose en nuestros corazones, al abrigo de la Nonna Irene. En su hogar, el aroma a recién horneado siempre nos daba la bienvenida y sin mediar cruzábamos el umbral siguiendo aquella deliciosa estela que finalmente se posaba sobre una olla ovalada con tapa de peltre negro.

Ante dicho “altar” nos deteníamos. Y allí divisábamos su diestra mano, gruesa, blanca y fuerte, tomando el asa, anteponiéndose junto a su pauta: “Primero a lavarse las manos pues vienen de la calle”. Y dócilmente transábamos para al final acceder a ese “boccato di cardinale”: el mostachón.

Nada más sabroso para aquella tropa de infantes que partir con las manos, en exactas medialunas, el panecillo redondo, suave a la vez que seco, espolvoreado de azúcar en su lomo. ¡Para luego sumergirlo en el tazón de café con leche humeante! ¡Y santa gloria de comunión!

Entonces, balanceando los pies, acompañábamos el zig-zag del péndulo del Big Beng colgado a la pared y del vaivén de la Abuela Irene sobre su mecedora. Ella nos observaba complacida para luego tornar sus almendrados ojos hacia el retrato del Nonno José, quien en la foto, ladeado, de suéter y corbata, asomaba su porvenir a la baranda de un vapor que lo traía de vuelta a estas prósperas orillas, desde su natal Aldea de Vibonati (la misma de la noche gerbasiana).

Una pregunta súbita e inquisidora le sacaba de su ensoñación: “Abuelita: ¿Y es verdad que en tu panadería había boxeadores?” A lo cual con acento itálico respondía: “Qué boxeadores, esas son zoquetadas de su papá, que me ayudaba en el negocio como sus tíos, y disfrutaba ver cómo los empleados, a puño cerrado, golpeaban fuerte la masa para sacarle el aire y compactarla.

Joseíto “tremendeaba” diciendo que Justo, uno de los cuatro panaderos, moreno de casi un metro noventa, era igualito a Lotario el luchado… “¿Tenían que boxear mucho esos señores?”, a lo que ella asentía.

Diariamente se hacían panes de a locha –hoy lo llaman francés–, pan siciliano, cachitos duros, bizcochos, pan dulce, pañocas…

Muchos clientes venían a la panadería, pues eran pocas entonces en Barquisimeto.

¿Y por qué le llamaron La Flor de Italia[1] y no … Flor de Venezuela, nonna?

“Porque a tu abuelo le gustaba sentirse de alguna manera cerca del terruño, al igual que muchos paisanos que venían a saborear los dulces tradicionales, como los struffoli”.

Y de inmediato se nos hacía la boca agua pensando en aquel racimo de bolitas de trigo y miel, típico de la navidad en toda la Campannia. La nonna entonces invocaba la sabiduría culinaria de Francisco Miraglia, a quien debía mucho de lo aprendido en los fogones y del gran horno de leña construido con ladrillos rojos y cuyo ahumado daba un bouquet especial a los panes junto a la cinta de hoja de plátano que los decoraba. Y siempre culminaba: “esos mostachones que se meriendan se los debemos a mi padrino”.

Doña Irene Manganelli de Furiati fue una gran panadera y mejor repostera. Un oficio que con humildad practicó durante toda su larga vida. Incluso luego de vender la panadería, porque el horneado le estaba afectando sus pulmones y su visión, siguió en la faena en su casa Marta de Nueva Segovia. Hasta allá muchos amigos y admiradores de su arte iban a comprarle sus hogazas.

Ella, orgullosa y agradecida, recordaba: “el pan nos ayudó a levantar a nueve hijos y ¡ahora los tengo a ustedes!” De esas furtivas ventas, ahorraba para, domingo a domingo, recibirnos con un “fuerte” (5 bolos nada devaluados) de mesada y un vasito de fresas de su huerto, bañadas de azúcar. Así era espléndida y laboriosa, a las que todo se le daba, germinaba, esponjaba, brotaba. Sobre todo el afán por moldear en cada uno de sus descendientes el amor por esta bendita tierra.

***

Agradecemos a José Antonio Furiati, “Joseito”, por sumar a sus registros de cronista familiar esta historia. Marzo, 2017

[1] La Flor de Italia funcionó por quince años en la Calle del Comercio entre calles 30 y 31 de la capital del Edo. Lara (1935 – 1950), convirtiéndose en ícono de la Barquisimeto emprendedora y de progreso. Una de las especialidades el pan de a locha se vendía en 8 unidades por 1 bolívar (hoy está regulado a Bs 150 c/u y disminuido notablemente en tamaño). Como los de su naturaleza, este comercio dio empleo a muchos jóvenes venezolanos e inmigrantes que más que amasar fortuna, buscaban encaminar su destino. En la Venezuela de hoy, el sector panadero se ha visto injustamente “desvalijado” desde el poder, bajo la consigna de “guerra del pan”, para justificar la ineptitud y fracaso del plan de abastecimiento de alimentos básicos del gobierno. El hambre callejera y casera en ascenso es evidencia de ello. La Federación Venezolana de Industriales de la Panificación y Afines (Fevipan) intenta establecer “puentes” de diálogo, mientras alerta que el 80% de las panaderías a nivel nacional (unas nueve mil) están con inventario en “0”. A todos estos empresarios y comerciantes que se han ocupado de continuar la tradición de sus ancestros ibero-itálicos, a los hijos, nietos y bisnietos de los panaderos, van dedicadas estas palabras de “alimento” para su resistencia.

Material cedido a Prodavinci 

Comentarios (4)

Olmar Centeno
21 de marzo, 2017

Si bien el panadero era (no se hoy dia) un artesano que se ganaba el pan haciéndolo para que comieran otras personas, es de notar que, desde que salio al mercado la harina PAN los venezolanos dejaron de pilar, cocinar y moler el maíz para hacer sus arepas. Probablemente mi bisabuela, en su Italia natal, en su casa hacia el pan con el trigo de su trigal que molia el molinero del pueblo y mis otras bisabuelas a su vez lo hacian, tambien en casa, con la harina que compraban en la bodega de la esquina. Pero, desde que aparecen las panaderias, las amas de casa dejaron de hacer pan. Por que sería? Es mejor el de la panadería (casi seguramente lo es), era mucho trabajo, exigía una instalacion que no la hay en las casas actuales o que otra razón? Lo cierto es que, aun cuando hubiera harina que solo en este siglo XXI si la hemos echado a faltar, desde el siglo XIX el pan se compra en la panaderia. Por su parte, el panadero indudablemente trabaja para ganar con que comprar el resto de su comida, pagar casa, luz, teléfono, el colegio de los chamos y demas. Pero, como trabaja para ganar debe limitar su creatividad a lo que el público compra. O sea a la demanda de los productos que vende. No creo que una panadería del centro de Caracas pueda vender mas de 200 cachitos al día y menos aún del hojaldrado croissant. Cuantas tortas? seis? Doce? Cuantos sandwiches? 100? O cuantos kilos de pasta seca? Cuanta harina para eso? Medio saco diario? Y por eso desbaratan 50 años de trabajo de unos pobres zoquetes que no se les ocurrió nada mejor que ponerse a hacer y vender pan?

Luia F Gutierrez C
21 de marzo, 2017

QUE BELLA NARRACION: Hermosa ojeada a toda una epoca de romanticismo y de historia familiar. Hermosisima. Lastima que esto ya se esta acabando. Las nonnas y los nonnos van desapareciendo, el tiempo no perdona, pero quedan los recuerdos y la herencias. Lo triste es que, ni eso, ni la esperanza de recordar y de soñar tiempos mejores, nos dejan estos gobernantes miserables. Para ellos, no hay tradiciones, no hay pequeñas historias familiares, no hay un pasado bello. Siempre he dicho que ser descendiente de inmigrantes es una de las cosas mas bellas que pueden haber. Siempre habran anecdotas, recuerdos de la vieja patria, ya sea Italia, ya sea Portugal ya sea España. Me refiero en especial a estas tres madres-patria, por su ayuda incondicional para realizar la patria que hoy tenemos. Esos inmigrantes de los 50’s que vinieron para quedarse, para hacer familia, para sembrar tradiciones.

Ruben Hurtado
23 de marzo, 2017

Sabrosa crónica, escrita con la frescura de quien, aun con juventud, puede hablarnos de historia, no de cuentos. Hace merecida justicia a esos magníficos seres que por voluntad propia escogieron estar entre nosotros, regaron su descendencia en este suelo, y sumaron al mestizaje que hoy luce las bellezas resultantes. Gracias por tan agradable narración, gracias por el reconocimiento al oficio del artesano.

Ana Maria Sacchini
24 de marzo, 2017

Gracias por esa hermosa historia. Me permití compartirla en Facebook. Pienso q más que una guerra contra las panaderías o cualquier negocio q funcione es una guerra contra la gente trabajadora y emprendedora……

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