Blog de Elías Pino Iturrieta

La Independencia de Venezuela y el Contrato Social; por Elías Pino Iturrieta

Por Elías Pino Iturrieta | 10 de julio, 2017
Firma del Acta de Independencia 1811, de Juan Lovera

Firma del Acta de Independencia 1811, de Juan Lovera

La Independencia no solo luchó contra sus enemigos naturales, los realistas y los partidarios de la tradición de cuño hispánico, sino también con las ideas de los padres fundadores. Los diputados del Congreso y los escritores de tendencia republicana tenían su propia concepción del mundo y quisieron concretarla en la sociedad que se separaba de España. Nada extraño, desde luego, porque los hechos siempre dependen de cómo sus protagonistas piensan en la víspera sobre las situaciones en general y sobre los hechos anteriores; de los libros que han leído y de los autores que los han marcado. Las circunstancias de un entorno determinan la acción de quienes son movidos por ellas, pero también, y en ocasiones no poco, las ideas de las cuales se apropiaron antes del reto que los conmina en situaciones de apremio.

El caso de la nueva hechura del mapa de Caracas, uno de los sucesos tratados con mayor insistencia en el Parlamento de 1811, sirve para ver la influencia de una idea o teoría célebre en un asunto concreto que se dilucida. Se debe cambiar el mapa porque una república, si quiere estrenarse con fundamento, debe remendar la topografía dispuesta por la monarquía contra la cual se ha reunido la asamblea. Pero también por un asunto de inequidad que molesta a los representantes de numerosos partidos y cantones: la Provincia de Caracas domina los debates porque cuenta con la abrumadora mayoría de diputados que les concede la extensión de su territorio y la cantidad de sus poblados. Además, muchos de los que hablan desde sus escaños no se sienten como parte de la provincia principal, a pesar de vivir dentro de sus confines geográficos, porque los intereses que han forjado en lugares distantes y desconectados no son los mismos que defiende la capital. No son caraqueños sino valencianos, por ejemplo, y quieren hablar y votar como tales.

Estamos ante un asunto provocado por las conminaciones del entorno, ante una pugna de factores creada a través del tiempo, frente a diferencias innegables que afloran justo cuando encuentran ocasión. Cuando topa con una primera oportunidad para manifestarse, el asunto de los regionalismos ocupa primer plano y lucha por sus fueros. Es de tal magnitud la pugna, que muchos temen por el inicio de una guerra civil aún antes de que se declare la Independencia, si se declara. Un negocio arduo que influirá en la sociedad durante lo que resta de siglo, por lo menos, anuncia que llega para quedarse. No crearemos una tiranía caraqueña, afirman en las tertulias del salón de sesiones muchos representantes que debutaban en política. Pero, ¿cómo argumentan por su causa en la tribuna?, ¿son solamente empujados por las particularidades regionales, o por un pensamiento forjado en la lejanía y acogido por la celebridad de su autor?

Vamos la intervención de Fernando Peñalver, diputado por el partido de Valencia, en la sesión de 18 de junio de 1811:

Los pueblos de América, desde el momento que depusieron sus despóticos gobernadores, repeliendo la fuerza por la fuerza, quedaron dueños de sí mismos para ligarse de nuevo como quisiesen. Desde este punto las ciudades capitales de las que antes eran provincias dejaron de serlo, y entraron como uno de los pueblos que recobraban su libertad, a formar el nuevo contrato que había de reunirlos en una sociedad común.

Agrega Peñalver que solo se ha formado, a duras penas, un acercamiento fugaz de los pueblos venezolanos que cesará al establecerse “el nuevo contrato político”.

La negación de todo tipo de vínculos debido al regreso del goce original de los derechos generales es el fundamento de esta estimación excesivamente apegada a una teoría. Peñalver quiere aplicar, cuando la historia ya ha hecho un recorrido largo, concreto y conocido, una doctrina que solo es aplicable a su inicio. Un entendimiento de los orígenes de la sociedad, que remonta a Epicuro, pasa por Locke y alcanza fama en las páginas de Rousseau, se convierte en el argumento estelar de un diputado regional para levantarse contra el poder ostentado por los caraqueños.

Todos los contactos de índole diversa que existen desde el período de la conquista española y han formado una comunidad concreta en 1811, son desestimados por la exagerada interpretación. Una ruptura total del orden establecido, producida por el apego absoluto a una explicación abstracta sobre la formación de las sociedades en los primeros capítulos de su existencia, podía dejar libre el camino para que los venezolanos que querían ser republicanos se hicieran cariocas, o vecinos del Virreinato del Perú, por ejemplo, si se les antojaba. Todo cabía en el excesivo discurso de Peñalver.

Como otros diputados apoyan la antihistórica interpretación, aplaudiéndola y haciendo ruidos, Francisco Javier Yanes, representante por Araure, jurisdicción de la provincia de Caracas, responde de inmediato:

Aunque se disolviesen los pactos que existían entre la América y la España, y aunque por esta disolución quedasen todos los pueblos en el goce primitivo de sus derechos, debe suponerse, pues que nada dijeron, que ratificaron tácitamente los vínculos de territorio y división política y geográfica a que estaban (…) reconociendo una soberanía colectiva en el cuerpo que se les anunció como depositario de la autoridad que cesó el 19 de abril. Estos vínculos existían cuando las provincias invitadas por Caracas vinieron a confederarse status quo: es muy claro que mientras el nuevo pacto expresado y sancionado individualmente por todos sus habitantes no los reduzca a una masa general, independiente de toda otra relación anterior, y que la confederación reconozca esta nueva existencia política de Venezuela, no pueden tener lugar las razones que acaba de alegar el anterior orador.

El razonamiento de Yanes encarna la inclinación sensata de la controversia, porque demuestra la inoperancia de la exposición de Peñalver. Indica que la existencia de evidentes vínculos entre las partes del territorio, impide la aplicación de un contratismo extremo. No se puede, sino solo en medio de quimeras, retornar a una estación en cuyo seno lo ya formado se transforme en “masa general”. No puede haber una “masa general” en la Venezuela de 1811.

Juan Germán Roscio, diputado por Calabozo, ante la resistencia de los voceros regionales no deja de considerar el interés de la doctrina del Contrato Social que se ha usado como soporte de las prerrogativas de los protestantes ante la preeminencia de Caracas, pero la limita en los siguientes términos:

La autoridad que recayó en el cabildo de Caracas el 19 de abril, emanó de la abdicación que hicieron en él los antiguos mandatarios, y aunque por la originaria del Gobierno de la península se disolvieron los vehículos del pacto social, no debe entenderse esto sino de las grandes corporaciones que gozaban de representación territorial, y no de aquellas municipalidades que permanecieron ligadas a sus respectivas cabezas de provincia. Pretender otra cosa sería destruir toda relación social, anular la dependencia del hijo del padre, del inferior al superior, del soldado al jefe, del esclavo al Señor, y venir a parar en la anarquía.

Roscio acepta que el movimiento de abril de 1810 concluyó el contrato con España, pero mediatiza los efectos de tal conclusión en beneficio de las “grandes corporaciones”. Caracas, por ejemplo, y otras capitales provinciales, cuya importancia en el entorno no pueden poner en tela de juicio unos principios primitivos que, si se aceptan a rajatabla, llevarían a la destrucción de la convivencia. Un argumento macizo, desde luego.

Lo interesante del caso consiste en que no se planteara en un aula para entendimiento de los estudiantes, sino en el congreso para detener una locura de corolarios incalculables. Semejante locura, en lugar de afincarse, para volverse cordura, en la peculiaridad de los espacios que representaba, en las evidencias que los hacían distintos y los llevaban a sentirse disminuidos frente a una influencia insoportable, se conformó con repetir un magisterio remoto y sin nexos plausibles con la coyuntura que se vivía. Aunque había un nexo, claro: el entusiasmo de unos lectores desprevenidos.

Cuando se refiere a los tiempos en los cuales supuestamente se suscribió el pacto social, Rousseau admite que reflexiona sobre “un estado que ya no existe, que ha podido no existir, que probablemente no existirá jamás”, pero sus acólitos venezolanos de 1811 remiten a una experiencia indiscutible del principio de los tiempos, sobre la cual se calcularán los poderes y los escenarios de una cohabitación que todavía no se ha formado. El descubrimiento de los valladares de la Independencia encuentra testimonios dignos de atención en asuntos como este contratismo nuestro de inicios republicanos.

Elías Pino Iturrieta 

Comentarios (2)

Estelio Mario Pedreáñez
10 de julio, 2017

Más que las ideas revolucionarias francesas, en 1811 se imitó el ejemplo de EE.UU.: Una República con amos y esclavos: No olvidemos que el proceso de Independencia de las provincias españolas en América que dará origen a las actuales Repúblicas Hispanoamericanas se dió ante la ocupación militar de la decadente España en 1808 por las fuerzas militares francesas del Emperador Napoleón Bonaparte (el sobrevalorado general que traicionó a la Revolución y República Francesas, restableciendo la esclavitud y en cabeza propia la monarquía, quien murió prisionero de los británicos y Francia vencida y ocupada por ejércitos extranjeros). “Los Indianos” decidieron no ser más súbditos de los cobardes e infames Reyes de España (Carlos IV y Fernando VII) ní del Emperador Bonaparte, y fundaron sus propios Estados Soberanos. Las Guerras de Independencias Hispanoamericanas se dieron fatalmente por la reacción española y la ausencia de consensos internos (p.e. Maracaibo, Coro, Guayana fueron “realistas”).

Dilfredo Ruiz
10 de julio, 2017

Ojalá hubiese tenido más influencia de Montesquieu que de Rousseau, probablemente se habría producido un desarrollo institucional que aún tendría consecuencias.

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