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La Escuela de Frankfurt is Back!; por Alejandro Oliveros // #LecturasDeAlejandroOliveros

Por Alejandro Oliveros | 15 de octubre, 2016

La Escuela de Frankfurt is Back por Alejandro Oliveros LecturasDeAljandroOliveros

En un estupendo ensayo para The Guardian, Stuart Jeffries, autor del reciente Grand Hotel Abyss: The Lives of the Frankfurt School, al referir la reactualización de las teorías marxistas de los años treinta, recuerda un episodio de la estupenda novela de Johnattan Franzen, Las correciones, donde el protagonista, un profesor de literatura inglesa que fuera excluido de la universidad por un asunto de faldas, enfrenta una grave estrechez económica, justo antes de tener en su casa para cenar a Julia, la atractiva joven que está en vías de convertirse en su amante regular. Ante tal aprieto, Chip Lambert, que es como se llama el personaje, decide vender parte de sus amada biblioteca en la conocida librería de viejos neoyorkina Strand, cerca del Village. Las primeras víctimas de la limpieza bibliográfica, son los libros de marxismo escritos por los brillantes miembros de la Escuela de Frankfurt y sus seguidores, “recordando muy bien que cada uno de ellos había significado una promesa de crítica radical de la sociedad tardo-capitalista… Pero Jürgen Habermas no tenía las piernas de Julia; ni Theodor Adorno despedía el aroma frutal de lujuria que emanaba de ella; ni Fred Jameson dominaba las mismas técnicas linguales de Julia”. La decisión de Chip no es tan irracional como podría aparecer. Todo ocurre a comienzos de los noventa, después de la caída del Muro de Berlín, cuando parecía claro el “fin de la historia” y el triunfo irreversible y vitalicio del capitalismo postindustrial. La “burguesía es eterna”, se comentaba con mal disimulado regocijo en los círculos académicos de la derecha. El gesto del personaje de Franzen, su “prosaica” decisión debe, entenderse como una metáfora, del desencanto de todos los que, como él, confiaban en una alternativa de izquierda alejada de la ortodoxia soviética. Se asistía, en ese momento, al fin de las ideologías y al triunfo hegemónico de los teóricos de una sociedad abierta.

Creo pertenecer a la misma generación de Chip Lambert. En todo caso, buena parte de los títulos que él sometió al despiadado comercio usurero de Strand, todavía los conservo en mi biblioteca: las ediciones, irregularmente traducidas de Adorno en la editorial Sur o las más decentes de Monte Avila; las de Benjamin o Habermas, más cuidadas de Taurus; Marcuse en Joaquín Mortiz, o su Razón y revolución publicado por la Universidad Central de Venezuela. Como buen representante de aquel excitante año 1968 (fue una maravilla haber sido joven para vivirlo) me dejaría convencer por Marcuse y su prédica anti-consumista y liberadora. Mi Eros y civilización data de 1969, pocos meses después del simbólico, romántico, primaveral y fascinante levantamiento parisino. Desde la primera página de sus estudios, el distinguido filósofo, se extendía en las afirmaciones más atractivas para un espíritu “contestatario”, como el de mi generación, la misma del imaginario Chip Lambert. Escribía Marcuse: “La intensificación del progreso parece estar ligada con la intensificación de la falta de libertad”. No menos atractivos y convincentes resultaban otros conceptos como el de “represión sobrante”:

“Dentro de la estructura total de la personalidad reprimida,
la represión sobrante es esa porción que es el resultado
de condiciones sociales específicas sostenidas por el espíritu
específico de la dominación. El grado de esta represión sobrante
provee el nivel de medida: mientras más pequeña es, menos
represivo es el momento de la civilización”

“Represión” era la palabra clave, el término que justificaba toda actividad protestataria. No era el caso de escoger si uno estaba de acuerdo o no. No había escogencia, se trataba simplemente de un deber generacional, un compromiso histórico que justificaba nuestro juvenil ser en el mundo. De esos años setenta provienen los primeros títulos de la Escuela de Frankfurt en mi biblioteca. Hasta ahora no me he visto en el estado de inopia que llevó al protagonista de Las correcciones a vender los suyos. Pero, en un momento dado, más o menos cuando él toma la decisión de acudir a Strand, mis convicciones no eran muy distintas. Es decir, que después de la desaparición de la bipolaridad a la cual los Estados Unidos y la URSS nos tenían acostumbrados, me pareció que había llegado el momento de reubicar todos estos volúmenes en mis sobrepoblados estantes. Era hora de darle paso a otros autores injustamente relegados, como Popper, Aron, Lucien Rebatet, Joseph Roth, Julien Green, Sartre, Primo Levi, o mal leídos como Stefan Zweig, o no leídos, como Sándor Márai. Nuevas portadas vinieron a ocupar los espacios ocupados, durante años, por la brillante banda de pensadores judíos que animaron la influyente Escuela de Frankfurt.

Jonhattan Franzen publicó Las correciones en 2001, pero lo que narra sobre la decisión de su personaje, se sitúa a comienzos de los noventa. En su ensayo para The Guardian, Jeffries alude al difundido El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, que apareció en 1992. En el escatológico título, el autor, miembro de la misma generación de Chip Lambert, se referió al fin de las ideologías, de las luchas para imponerlas y de los riesgos, individuales y colectivos, que la empresa suponía. Fukuyama reconocía que “el fin de la historia supone tiempos muy tristes”. Porque sin ideologías a qué nos íbamos a oponer, a favor de qué íbamos a dedicar nuestro esfuerzos:

“La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar nuestras
vidas por un fin puramente abstracto… el coraje, la imaginación
y el idealismo serán reemplazados por cálculos económicos,
la resolución de problemas puramente técnicos, la preocupación
por el ambiente y la satisfacción de sofisticadas urgencias
consumistas”

Lo que nos esperaba era el aburrimiento, el onanismo intelectual y la alienanción del consumo, sobre la cual había advertido tanto el gran Marcuse. En ese lamentable estado, se encontraba Chip Lambert cuando tomó la desengañada decisión de vender sus libros de la Escuela de Frankfurt. Para Fukuyama, el fin de la historia era una situación irreversible. A menos que, de tanto fastidio, el hombre occidental despertara para recuperar su rebeldía. O libertad, como diría Sartre. No obstante, como señala Stuart Jefrries, no fue el fatal aburrimiento el que habría de propiciar un regreso a las “viejas” teorías marxistas de la Escuela de Frankfurt como el que estamos presenciando. La publicación del estudio de Jeffries es un signo de que el río piedras trae. Pero es sólo uno de estos signos. Otras piedras comenzaron a hacer ruido desde hace años. Y el personaje de Franzen no ha debido comenzar por allí su limpieza bibliográfica. Tanto él como el escatológico Fukuyama, han debido recordar que nada en la historia es definitivo, por más que los datos objetivos nos hagan pensar que es así. Fue lo que le ocurrió a los filósofos del Renacimiento italiano cuando confiaban, como buenos revolucionarios, en que la noche de la dominación religiosa había quedado atrás. O a los alemanes de nuestro tiempo cuando creyeron, incluyendo a pensadores tan lúcidos como Habermass, que la división de Alemania era irreversible.

Apenas diez años después de los asuntos que cuenta Franzen en su novela, el milenio habría de conmover la seguridad de los defensores del capitalismo tardío con impensados acontecimientos. En el Lejano Oriente, dos de las administraciones más irreductibles en sus convicciones marxistas, China y Vietnam, comenzaron un firme acercamiento hacia las antaño despreciadas economías de mercado. Mientras que en Occidente algunos países manifestaban cierta nostalgia por las abandonadas políticas de izquierda. A pesar de la brutal asimetría entre los países del primer mundo y los del resto, todos coincidían en el creciente malestar de sus poblaciones ante el fracaso de los diversos capitalismos. En los Estados Unidos, la insatisfacción se ha manifestado con una virulencia inédita y las muestras del malestar se han hecho cada vez más ruidosas y extendidas. Por otra parte, en nuestros países la mala distribución de la pobreza se ha hecho más injusta.

Ante el estupor de académicos y observadores, las ideologías dan señales de regresar, como diciendo que no estaban muertas sino de receso. Una nueva terminología fue implementada para proponer más de lo mismo. Como “socialismo del siglo XXI” se difundió en Venezuela, y sus efímeros e interesados satélites, lo que no era más que marxismo del XIX. Sus ideólogos, para llamarlos de alguna manera, se saltaron a la torera las formulaciones de la teoría crítica y prefirieron el aliento profético, enrarecido y básico del Manifiesto Comunista. Se jerarquizó la recuperación de una dignidad supuestamente perdida y se extendió el más irracional de los proteccionismos. A la vuelta de década y media, lo único socializado fue el hambre, y la famosa dignidad, como en la modélica Cuba, se convirtió en indigna actitud mendiga y humillante abandono. La corrupción se impuso entre los pocos y la miseria se hizo colectiva. La reactivación que Stuart Jeffrey señala en su ensayo para The Guardian, es una manifestación más de asimetría. Es probable que tenga razón cuando dice que, en este momento, a Chip Lander le hubiesen pagado bastante más por sus libros. Pero eso puede que ocurra en Nueva York o Londres; en Venezuela, las obras de estos autores —Adorno, Horkheimer, Marcuse, Fromm, Habermass—, todavía se consiguen a precios accesibles en las ventas de viejos de la Avenida Fuerzas Armadas, de Caracas. Es innegable que la urgencia de una relectura de las intuiciones de los pensadores de la Escuela de Frankfurt, es, para utilizar un término al uso, global. Pero esta urgencia hoy, en Venezuela, es una necesidad imperiosa. En, 1977, en una entrevista con Habermass, el maestro Marcuse parece haber pensado en el futuro de Venezuela cuando dijo: “Una sociedad fascista, esto es, una sociedad que precisamente descansa sobre la activación y reactivación de la energía agresiva y destructiva, no puede ser una sociedad mejor”.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (6)

elmer jesus
15 de octubre, 2016

espectacular escrito pero habría sido la guinda del pastel haber realizado la traducción del reportaje publicado en el the guardian de londres (the marxist intellectuals) desde el consumismo y el auge y llegada al poder de hitler y los nazis

Cristian Uzcátegui
16 de octubre, 2016

Excelente lectura como ya nos tiene acostumbrados.

Estelio Mario Pedreáñez
17 de octubre, 2016

Las sociedades humanas funcionan con muchas o pocas injusticias, pero siempre con injusticias, por eso la Humanidad, por su naturaleza gregaria, siempre buscó, busca y buscará eliminarlas, de allí nacen las utopías. El gran pensador Karl Marx, cuyo mérito fue agregar la dimensión económica para comprender mejor el funcionamiento y la evolución histórica de las sociedades humanas, cometió el error de reducir la complejidad de los hombres a su sola dimensión económica y guíado por su sed mesiánica se lanzó a profetizar y propuso una nueva utopía, que pretendió “científica”: El “Socialismo Marxista”, otra propuesta más del antiquísimo ideal comunista, muy inspirado en las ideas del revolucionario francés Francois Babeuf y su “Manifiesto de los Iguales”, publicado en París 50 años antes que el famoso “Manifiesto Comunista”, sin olvidar las influencias del “Espejismo Espartano”, por la antigua Esparta, primer antecedente en Occidente de un Estado Totalitario nacido de la reingeniería social

Estelio Mario Pedreáñez
17 de octubre, 2016

Es comprensible que muchos intelectuales y políticos, y más aún, nosotros, los hombres de a pie, estemos decepcionados ante la monumental estafa que significó la aplicación práctica de las utopías marxistas, que degeneraron en la negación de todo derecho para las personas por un Estado Totalitario que las sometió al hambre y a la servidumbre, gobernado no por una “Dictadura del Proletariado” sino por nuevas oligarquías en manos de monarcas jefes de los Partidos Comunistas (unos nuevos Reyes de carácter dinástico, como en Cuba o Corea del Norte, o electivo, con el nombre de “Secretario General”, como en los restantes países del “Socialismo Real”), pero esa dolorosa realidad de la falsa utopía marxista, usada por muchos demagogos, politiqueros y dictadorzuelos como simple máscara para tiranizar, oprimir, esclavizar y enriquecerse, puede ser útil para no errar más el camino: Nunca debe sacrificarse al Hombre ante el Estado, la Democracia es irrenunciable y los Derechos Humanos son la Meta

Estelio Mario Pedreáñez
17 de octubre, 2016

Finalmente, admirado poeta y ensayista Alejandro Oliveros, lo felicito por su muy lúcido artículo y me sumo a su recomendación: Debemos leer a los maestros de la “Escuela de Frankfurt”, creadores de la “Teoría Crítica del Marxismo”, siempre a los clásicos griegos como Aristóteles, Platón y Epicuro; y para comprender mejor la realidad histórica de Venezuela, también recomiendo leer a nuestros historiadores, y muy especialmente a los eminentes Germán Carrera Damas, Jhon Lombardi (norteamericano de origen que enraizó en Venezuela), Elías Pino Iturrieta, Guillermo Morón, Manuel Caballero, Inés Quintero, Ramón José Velásquez, José Gil Fortoul, Mariano Picón Salas, Mario Briceño Irragory, Simón Alberto Consalvi, Jorge Olavarría, Luis Ugalde y Rafael Arráiz Lucca. Sin olvidar que debemos conocer más de la muy nefasta Dictadura del sanguinario Juan Vicente Gómez (1908-1935), creador del Ejército Gomecista para afianzar su tiranía, matando y reprimiendo civiles, sin defender jamás la Patria.

Eduardo Cámara
17 de octubre, 2016

Muy interesante su artículo. Me hizo recordar una discusión (sana por supuesto) que tuve con Simón Sáez Mérida sobre el “Fin de la Historia”, estando en la Escuela de Sociología de la UCV. Evidentemente Fukuyama estaba equivocado en algunos aspectos y el tiempo se encargó de contradecirlo. Con respecto a la relectura de los monstruos de la Escuela de Frankfurt, sería bueno que alguno de los intelectuales criollos plantee una crítica del “Proceso”, desde la perspectiva del Marxismo.

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