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Ínsulas extrañas

La condición intelectual, por Antonio López Ortega

Por Antonio López Ortega | 19 de Octubre, 2012
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La condición intelectual nunca pudo ser igual después de las tres grandes pestes del siglo XX: Nazismo, Comunismo, Fascismo. En el pasado, los poetas o cronistas pudieron alimentar sus versos con tragedias bélicas o epidemias religiosas, pero nunca la negación de la condición humana tuvo las proporciones infernales que vimos en el fenecido siglo. Se diría que, a partir de esos sucesos, una especie de antivirus debería correr de manera natural por el torrente sanguíneo de la condición intelectual, y prender las alarmas de manera preventiva. Sorprende, sin embargo, cómo la desmemoria o la irresponsabilidad hace campo en mentes que suponemos luminosas. Los desmanes siguen ocurriendo, en una proporción u otra, y frente a ellos los intelectuales se comportan como juglares. La situación del intelectual creyente, que puede abrazar una u otra causa, quedó hecha añicos en el siglo XX. Ya sólo hay lugar para la duda, para la vigilancia, porque el poder en sí mismo es nefasto, corroe todas las instancias, y ante él el ejercicio intelectual sólo puede aspirar a volverse muro de contención frente a los abusos y los engaños.

En la Francia que sobrevive a la Segunda Guerra Mundial, dos modelos de conducta intelectual quedan enfrentados. Uno es el de Jean Paul Sartre, con su denominación del engagement (compromiso), que modeló tantas conductas, sobre todo en el campo de lo que conocemos como izquierda. Otro es el de Albert Camus, para quien la condición intelectual no podía ser ya la misma, pues credo que se abrazara conducía irremisiblemente a la decepción, a la quiebra de la ilusión. Según Camus, la solvencia moral obligante era la de la vigilancia, la de la duda perpetua, pues la condición humana dista mucho de ser perfecta, y muchas veces son más los demonios que nos visitan que los dioses que nos orientan. Después de haber traído el infierno a la superficie en pleno siglo XX, con campos de concentración y bombas atómicas, la fe en causas humanas requiere al menos una dosis de escepticismo. Es el mejor remedio para las visiones mesiánicas, unívocas e invariables que todavía nos visitan. Descreer siempre será más sano que sumarse ciegamente a los designios de otros.

Antonio López Ortega ... ... ...

Comentarios (1)

manuel gilaroca
19 de Octubre, 2012

Los intelectuales han ido desapareciendo. No deseo plantear aquí el problema profundo de qué es un intelectual. Permanezcamos en los linderos de la tradición y evoquemos al intelectual como un sabio, dotado de luces superiores, por su formación y ardua acuciosidad, por su observación de la realidad humana, que debe llevarle no a una posición de negativismo universal, sino, al contrario, a una positiva toma de conciencia de que ve más que otros y, en consecuencia, está obligado a gritar antes que otros sobre los desastres que se prevén y que, si no ponemos coto, nos arrastrarán como un tsunami. Estamos viviendo situaciones extremas, fuera de Venezuela. Siria, Irán, Israel, Turquía…todo entrelazado pueden crear las condiciones -ya las están gestando- que hagan parir conflictos de proporciones incalculables. En América Latina, en proporciones menos cruentas, pero sí de gran intensidad, se están gestando políticas y contra-políticas, que nos pueden llevar a fracturas graves socio-políticas y socio-económicas. Los intelectuales -no los ideólogos de pacotilla, que tanto abundan- tienen la obligación de gritar y señalarnos los límites pasados los cuales, el abismo se hace presente sin posibilidad de marcha atrás. Como los cazadores de mamuts que empujaban a las bestias hasta el borde del precipicio para obtener una presa completa. Hago un llamado apremiante a esos intelectuales para que no callen y nos adviertan, en profundidad y en conciencia, dónde está el borde del precipicio. Conocen el problema de la tendencia independentista de Cataluña en España. Un importante grupo de intelectuales, filósofos, escritores y actores, ha expuesto en una excelente carta al gobierno y a los ciudadanos catalanes, los límites y condiciones de una tal actitud. Eso espero de América Latina y, en particular, de Venezuela.

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