Blog de Leonardo Padrón

La casa grande; por Leonardo Padrón

Por Leonardo Padrón | 27 de julio, 2015

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Tiempo de tormenta. Turno de decisiones. Clima de borrasca y viento. Luz difícil.

Desde hace meses no dejo de recibir invitaciones a charlas, conversatorios y tertulias que gravitan alrededor del mismo tema: las razones para seguir apostando por el país, para quedarse y lidiar, para no irnos en desbandada. No es un tema fácil. Es complejo por inédito, por extraño a nuestro hábito, por subjetivo y personal. Es un tema espinoso por el espinoso país que hoy vivimos. Por el caos que nos rodea. Por la violencia de la marea que golpea nuestras certidumbres y ataduras.

Ahora bien, ocurre que habitualmente uno no anda explicando las razones que tiene para no irse de su casa. Uno, simplemente, está, permanece, hace hogar en ella. Construye familia. Teje su día a día. Come allí, duerme en ella, la pasea descalzo, se demora en sus ventanas, erige su biblioteca, pone su música, doméstica su almohada, conoce sus ruidos y caprichos. Es el lugar donde pugnas con tus gripes, tus despechos o tus resacas. El espacio donde ocurren tus epifanías y descalabros. Donde más has celebrado la navidad, los pequeños triunfos y cada nuevo centímetro de altura de tus hijos.

Mi casa, si me pongo específico, limita al norte con la fiesta que es el Caribe, al sur con la selva fantástica de Brasil, al oeste con kilómetros de vallenato, cumbia y hermandad y al este con la vastedad del Atlántico y ese litigio histórico, otra vez de moda, que es Guyana. Mi casa tiene el techo azul casi todo el año. Mi casa es un clima de mangas cortas y risa fácil. Mi casa tiene un catálogo de playas irrepetibles. Y si la camino a fondo me topo con la belleza de sus abismos de agua, con la neblina a caballo de sus páramos, con sus árboles redondos, con su sol de tamarindo y papelón. Mi casa tiene 30 millones de habitantes. Tiene un océano de mujeres hermosas, nocturnas y sensuales. Mi casa es una geografía vehemente y delirante. La han llamado Tierra de Gracia, Pequeña Venecia, Norte del Sur, El Dorado, Crisol de Razas, Paraíso Perdido. En mi casa se baila en todas las esquinas, se toma cerveza sin piedad, se coleccionan abrazos, se hace el amor en cada vestíbulo, y se hace el humor hasta el amanecer.

En mi casa está mi infancia, mi ventana y mi lámpara, mi postre favorito, mi carro, mi lista de amigos, mi cine recurrente, mi ruta de librerías, mi estadio de beisbol, mi zona de costumbre y apegos. El sol nace y se pone en mi casa.

Resulta que mi razón de ser, lo que me explica y define, limita por todas partes con mi casa. Este es el domicilio de mis entusiasmos y obsesiones.

Tengo una vida entera en ella. Y una vida entera es mucho tiempo. Es todo el tiempo. Una vida amueblada por mis años, mis logros y mis mejores fracasos.

Y sucede que a pesar de todo eso, tengo que explicar por qué no me quiero ir de mi casa.

***

Generalmente, cuando no llega el agua a mi casa averiguo, pregunto, resuelvo, compro, instalo un tanque. Cuando aparecen filtraciones busco, llamo, persigo al plomero. Cuando la basura se acumula en el depósito reclamo, toco la puerta, hablo con la junta de condominio. Cuando se agrietan sus paredes, cuando se colma de insectos, cuando la cubre el polvo, cuando se trastornan sus aparatos, cuando la polilla ataca, en todos esos casos, no suelo irme, no desisto, no salto por la ventana. Sencillamente, me ocupo. La lleno de atenciones. Busco prodigios que la sanen.

Sí, en estos tiempos las goteras se han vuelto absurdas, el techo se ha corrompido, el agua sale negra, la luz es escasa, el tronar de las armas eclipsa el bullicio de las guacamayas, la nevera se ha llenado de vacío y nostalgia, a los insectos se le han sumado alimañas impensables. Mi casa es hoy un tesoro arruinado, malbaratado, saqueado. Pero es mi casa. Me cuesta no atenderla. No procurar remedios. No aportar la cal de mis opiniones, la despensa de mis esmeros, el martillo de mi insistencia y su tanto de ética, perspectiva y confianza.

Mi casa está rota. Y yo me sumo a la reparación. No al adiós. Irme es un verbo posible. Tengo derecho a hacerlo. A veces me intoxico de ganas. Pero entiendo que en cualquier otro confín seré un extranjero. Un emigrante. Un nómada accidental.

Es una opción válida, legítima. En ciertos casos, emocionante, y en otros, atemorizante. Es irresponsable juzgar a quien se va. Irse posee el calibre de las desgarraduras. El exilio es una palabra llena de piedras. Quien parte intenta llevarse el peso existencial de la casa. Busca sostenerla desde la distancia. Toda mudanza es incertidumbre y desvelo. Es una acrobacia espiritual.

Hay vecinos que se han ido, otros que están haciendo maletas, ensayando un nuevo idioma, aprendiendo a usar un GPS. Mis hijos se despiden de sus mejores amigos. Mi pareja se despide de sus mejores amigos. Mis mejores amigos se despiden de sus enemigos.

Le pregunto a mi hija de 13 años por qué no se iría del país. Me suelta una ráfaga de sustantivos: la gente, el clima, el idioma, la comida, el paisaje, los amigos. Y agrega algo inesperado: “me gustaría estar cuando se arreglen las cosas y ver el cambio”.

***

Hace poco leí en el blog de alguien un concepto interesante. Decía Daniel Pratt: “migrar es aceptar que tu lugar y tú no pueden continuar juntos, rendirse, asumir que no hay manera de arreglarlo. Tienes que divorciarte, perder, naufragar (…) Desde el momento que partes eres extranjero siempre, hasta en tu propio país”.

Y, vamos a estar claros, hay mil razones para irse, y quizás solo diez para quedarse. Pero esas diez razones pueden justificar tu vida.

En estos tiempos los venezolanos estamos viviendo una experiencia inédita. En esta época de ideologías y militancias extremas, el desencanto ha hecho que el país esté advirtiendo el mayor de los éxodos de su historia. Me he topado con la conmovedora circunstancia de ver a una madre hacer todo lo posible por separar a su hijo de ella. Apurándolo para que se vaya a estudiar a Calgary. Lejísimo. Para salvarlo. Para saberlo seguro.

Y, ciertamente, las migraciones son tan antiguas como la especie humana. No debería alarmarnos tanto. Cada ser humano está obligado a vivir sus propios renacimientos.

Pero la casa no puede quedarse sola. Necesita la atención de sus propietarios. Este extrañamiento, este estupor colectivo, nos hace comprometernos aún más con el momento histórico que estamos viviendo.

***

¿Es este el fin del país? No. Los países no concluyen. Es este un episodio severo. Amargo. Ruinoso. Se habla de la inflación más alta del mundo. De la escasez más pavorosa que hemos vivido. Del corrimiento del sistema de valores. De una violencia sórdida y copiosa que ha convertido al mapa entero en sangre y luto. Así de grave está la casa, así de extrema la inundación. Sí, hacemos agua por todas partes. Los pronósticos del tiempo anuncian sólo noticias oscuras. Entonces, ¿desertamos?, ¿desmantelamos lo que queda? Es una opción, pero ¿realmente queremos renunciar a nuestra casa?

         Si esta es la piedra fundacional de nuestros días, ¿qué estamos haciendo para detener su ruina? ¿Basta con el largo quejido que hoy somos? Si no nos involucramos, toca renunciar, incluso estando adentro. Dejar que otros impongan la ruta de nuestros afanes.  Es fácil ser ciudadano de un país cuando el viento es benigno, cuando el subsuelo es oro, cuando el peatón ejerce la alegría como contraseña, cuando la comida abunda, cuando el mar es amable y no hay marea alta en el horizonte.

Pero también hay que ser ciudadano cuando el país está enfermo, acosado por la indolencia, atascado en un pantano de errores, cuando es víctima de sus propias contradicciones. El país, nuestra casa mayor, nos necesita en su adversidad, en sus fiebres, en la penuria y la borrasca. Querer a alguien es también lidiar con su infortunio. Si tu pareja se enferma de cáncer, ¿la abandonas?, si tu mejor amigo cae preso, ¿renuncias a visitarlo?; si tu hijo sucumbe a las drogas, ¿le das la espalda?, si tu madre comienza a sufrir de Alzheimer, ¿le sueltas la mano y dejas que camine sola hacia el olvido? Supongo que no. Pasa igual con el país. Si los que aquí insistimos no nos comprometemos en buscarle cura a sus desvaríos, en otorgarle coherencia y sensatez, entonces no vale la pena quedarnos.

Los optimistas (dicen que es una raza en extinción en el territorio nacional) saben que toda crisis genera una mina de posibilidades. Repito a Francois Guizot en su afirmación de que los optimistas son quienes transforman al mundo. La lección ante nuestros errores acumulados ha sido amarga. Pero es hora de responder. De apostar duro. De vivir cada día como construcción. De devolverle a esta tierra de gracia todo lo que nos ha dado, empezando por el derecho a existir y crecer en su aire, en su luz, en su maravilla, maravilla que vamos a devolverle con nuestras ganas de seguir perteneciendo a un gentilicio, de seguir viviendo en la casa grande de nuestra existencia.

Leonardo Padrón 

Comentarios (29)

luis villafane
27 de julio, 2015

desgarrador relato y me conmovio la exquisita definición de “mi casa”, pero diría que ahora limita en todos lados x inseguridad y esta inmersa en crímenes. gracias leonardo

maria de lo angeles
27 de julio, 2015

Hermoso… con un poco de León Felipe y otro tanto de Aquiles Nazoa, aterrizamos en el fondo de la verdadera venezolanidad, la de verdad, la que se vive y se construye día a día y así trasciende, la que no depende del son puntual para reinventar una nacionalidad sobre arenas movedizas.

Edgard J. González.-
27 de julio, 2015

Leonardo, hago mío todo tu bello texto, comparto tu visión y tu querencia. Y debo citar al poeta Andrés Eloy Blanco, quien dijo que a Venezuela, “el hijo bueno se le muere afuera, y el hijo malo se le eterniza adentro”. Por supuesto que nuestro grande Andrés Eloy se refería a las breves dimensiones del exilio al que fueron empujados él y varios centenares de venezolanos, por oponerse a la anterior dictadura militar. No imaginaban, ni él ni cualquiera de nosotros, que en este tercer milenio el país sería víctima de esta plaga que está ahuyentando a nuestros mejores recursos, los más preparados, los más jóvenes, aquellos por cuya seguridad y vidas estamos dispuestos a dejar que nos rompan el corazón al saberlos lejos, pero íntegros. Ahora la existencia en el exilio se expresa en cientos de miles, si esto sigue tendremos fuera más hijos buenos convertidos en musiúes, y habrán quedado a sus anchas, para terminar de regar su podredumbre y sus resentimientos, esta cáfila de hijos malos, que se regodean cada vez que logran sacar de nuestra casa a un ciudadano, para ocupar su espacio con un súbdito, acrítico y maluco. Yo tampoco me voy, a pesar del lamentable cuadro clínico y moral que presenta nuestra Venezuela, le vamos a bajar la fiebre y a exterminar los microbios. Luego lavamos, barremos, emperifollamos, y nos preparamos para recibir de vuelta a los familiares y amigos que ahora añoramos con lágrimas y este inmenso dolor en el pecho.

@manuhel
27 de julio, 2015

Para uno que se hizo profesional en la industria petrolera y que de repente aparece en una lista negra de PDVSA y no puede trabajar ni camuflado porque los patriotas cooperantes han sensibilizado aun más su olfato.

Para uno que va a trabajar con el temor de que si comete algún error, un gaje del oficio, algo tan normal equivocarse, lo van a acusar de terrorista, lo van a señalar e incluso intentar meter preso, no porque te equivocaste (como muchos antes se han equivocado sin mala intención) sino porque te agarrarán de chivo expiatorio para justificar negligencias ajenas.

A uno que el Gobierno lo ha declarado enemigo íntimo por el simple hecho de haber manifestado abiertamente que no apoya al chavismo ni va a vestir una franela roja con unos ojos miserables en el pecho, las puertas se le cierran más que a otros y las tripas se le abren.

Uno que aparece como “firmante 2002”, es a veces menos venezolano que otros en la industria petrolera.

Entonces uno se encuentra con la ecuación invertida. Resulta que te das cuenta que tú tienes mil razones para quedarte y una sola para irte. Y tienes que hacer de tripas corazón.

Y tus abuelos, padres, hermanos, amigos y conocidos saben que te vas obligado y a ellos también les duele algo.

Venezuela para mí -que ya voy para cuatro años afuera- sigue siendo el mejor país del mundo. Y cada año voy de visita aunque sea un ratico, aunque la despedida sigue siendo tan traumática como la primera vez.

No le recomendaría a nadie que se vaya a menos que tenga que hacerlo. Cómo saber eso: “cuando te sientes extranjero en tu propio país”.

Irma Sànchez de Dìaz
27 de julio, 2015

Señor PADRÒN, esa definiciòn entre la Casa Grande y el Paìs, es perfecta, para mi PATRIA, es la màs linda y querida, y no pienso irme, yo opino como @manuhel este es el mejor Paìs del mundo, y cuando uno decide irse, debe ser como le pasò a èl que con un pito, un ordinario del cual no quiero acordarme, nos quitò los mejores trabajadores de PDVSA. Por eso yo quedo en Venezuela, la esperanza es lo ùltimo que se pierde, mientras la tengamos hay vida, tengo fè mi Paìs saldrà de esta Terapia Intensiva, y se le quitaran los tubos. Es todo

Lillian Kerdel Vegas
27 de julio, 2015

Demasiado bello, conmovedor ya que se trata de la QUERENCIA

Denis Flores
27 de julio, 2015

Mil felicitaciones a LEONARDO PADRÓN, excelente su artículo, tan bueno que me hace felicitar a: Luis Villafane, María de los Angeles, Edgard González y Manuhel, por sus comentarios tan acertados y de tantos buenos sentimientos, además quiero decirle a Manuhel, parafraseando al GRAN ANDRÉS ELOY BLANCO ¨CUANDO SE TIENE UN HIJO, SE TIENEN TODOS LOS HIJOS DEL MUNDO¨, por eso Tu siempre serás uno de los hijos de VENEZUELA y pronto volverás

pedro vegue
27 de julio, 2015

Leonardo Padrón ,escribe bien y su visión de la vida la comparto, parece que el optimismo va siendo una actitud de los mas viejos, pedirle a un joven sobrevivir en nuestro actual país es comprometedor,que bueno seria jóvenes, viejos todos de manera macomunada trabajando para lograr un país mas habitable menos hostil mas humano, yo tampoco me quiero ir , pero quiero vivir mis últimos años en libertad, no soy muy exigente solo me gustaría que el derecho a vivir no lo trunque cualquiera. Pregunto será posible controlar la violencia en todos los sentidos, en la que transcurren nuestros dias

Olinto Méndez
27 de julio, 2015

Una prosa hermosa que nos invita a reflexionar. Brillante señor Padrón. Yo tampoco me voy porque tengo fe en que veré el final de la tragedia que estamos protagonizando.

miriam harrar
27 de julio, 2015

Leo ,como siempre hago lo que escribe Leonardo Padrón,esta vez sobre Venezuela y la posibilidad de irse y me conmueve.Estoy pasando unos días fuera con dos de mis tres hijas,con tres de mis cuatro nietos a los que fuerzo a entenderme,La otra hija y el otro nieto están afuera igualmente,lejos de nosotros,sus padres.que vivimos en Venezuela.Leo a Leonardo Padrón y aseveró con mi cabeza.Es difícil describir tan hermosamente lo que somos.Veo a mis hijas profesionales exitosas graduadas en Venezuela que añoran cada día su pais.Veo a mis nietos inmersos en otros valores.Veo como nos necesitan y como los necesitamos,siento desde ya el dolor de la despedida y pienso en cuanta razón hay en las palabras del escritor,nuestro cielo,nuestra alegria,nuestra gente.Hablo por teléfono con mi esposo,no consiguió huevos,a la vecinita adolescente intentaron secuestrarla,en la cola del mercado le compro a una señora una caja de pañales ya que solo le vendían dos…pienso en Venezuela y el azul,nuestro verde,nuestra alegría ya no son tanto..nubes grises los acompañan.

Zulma Bermudez Guere
27 de julio, 2015

Yo si digo y es verdad me estoy yendo desde 1999 y para Australia ,bien lejos como para no regresar mas nunca, pero tengo el ombligo enterrado en esta casa grande, Nada mas el sábado mientras compartia con algunos amigos,mientras ellos hablaban de pelotas ,colas y demas cosas yo pensaba ¿como me sentiria yo fuera de mi país en forma definitiva,porque claro es diferente cuando uno lo piensa sabiendo que va a regresar, Como me sentiria yo,que al escuchar a Betin Osborne cantando Venezuela y estando aquí,lloro y de solo pensarlo lloro.¿como me sentiría yo, que me muden de mi ciudad adoptiva a otra y me regrese en menos de 6 meses porque me sentia una extraña por no estar con mi gente. Por eso digo solo cuando estoy molesta: ME QUIERO IRRRRR, pero se que no abandonare el barco.Sin embargo ruego dia a dia por mi país por esta gran casa grande y ojalá muchos lo hicieran y pusieran algo de su parte para curar las herida o grietas que tiene esta casa grande

Morelia
27 de julio, 2015

Hay que leerlo . . . Lo difícil es no llorar al hacerlo. Siempre llegas con tus escritos.

Ana Teresa Párraga
27 de julio, 2015

Buen artículo.Creo que en las crisis hay más oportunidades de hacer “cosas”, siempre y cuando seamos capaces de verlas. Lo realmente negativo es el estado anímico establecido en el país: la frustración, el temor, la ansiedad, el dolor…la rabia!No sabemos que hacer con los sentimientos,porque somos ineptos emocionales, inmaduros emocionales. Como adolescentesnos arropan los sentimientos y no sabemos que hacer. Las historias familiares están llenas de adolescentes que abandonan sus familias porque pretenden controlarlos o que se casan para independizarse…creando más problemas. Venezuela es un país de adolescentes. Deberán pasar al menos dos generaciones para que lleguemos a ser adultos. Mientras tanto:educacion y más educación

Flor Bello
27 de julio, 2015

Gracias Poeta, la comparación que hace del País con la casa que habitamos es exacta, yo no abandonaría mi casa por estar deteriorada, por eso cada día vivo con la esperanza que esta pesadilla pasará y recuperaremos al país, igualmente tengo esperanza que familiares y amigos que por una u otra razón tuvieron que irse, regresen.

Jorge J Melet P
28 de julio, 2015

Hermosa, conmovedora e inutil retorica. El país no está al alcance de mis esfuerzos para hacerlo mejor y la sobrevivencia es la única opción de la de que dispongo, haga lo que haga. Es el momento de irse.

Adriana Pertuso
28 de julio, 2015

Para los que ya dejamos una casa para habitar ésta y hacerla nuestra el dolor puede ser doble. Como divorciarse dos veces o dejar pasar la oportunidad de amar por segunda vez. Me aferro incondicional al paisaje multicolor que describes y a la posibilidad de tener un asiento en el teatro cuando exhiban la obra de cómo todo un día cambió, como tu hija. Gracias…

Adriana Pertuso
28 de julio, 2015

Para los que ya dejamos una casa para vivir en esta el dolor puede ser doble. Como divorciarse dos veces o dejar pasar la oportunidad del amor por segunda vez. Me aferro ingenua y decididamente a la posibilidad de seguir habitando esta casa multicolor, como tu hija, a la de estar sentada en una butaca en el teatro cuando exhiban la obra del día en que todo cambió. Gracias…

Gerardo Alberto Santelíz Cordero
28 de julio, 2015

Gracias, Leonardo, por traer a colación a este diezmado equipo que integramos los optimistas; suelo definirme como un consistente optimista mínimo. Pero me temo que el tema no es únicamente de derechos: tenemos el derecho a pretender y por ende a exigir un país mejor, un país que se respete a sí mismo, un país con autoestima que no sea el hazmerreír de la comunidad internacional. Mas no basta con esa voluntad, con nuestra idea de cómo ha de ser el país que queremos y merecemos o en base a cuáles reglas de juego determinarlo o sobre qué escala de valores acotarlo. Falta la acción. Desafortunadamente, para llevar adelante la reconstrucción de Venezuela debemos estar en las esferas de decisión, en las de poder. A estas alturas del partido, el norte es y sigue siendo el país, cada vez más categóricamente, pero a él llegaremos sustituyendo a los actuales gobernantes. No hay de otra; es una condición sine qua non. Nada hacemos con no marcharnos de Venezuela ‘por amor’ si no despedimos a estos destructores de la democracia, a estos destructores de nuestra historia contemporánea y comenzamos a accionar nosotros. Poniéndolo en tu contexto: por circunstancias que no escapan de mi responsabilidad, “mi casa” tiene unos inquilinos que también se sienten con absoluto derecho de habitarla, de ensuciar las paredes, de no recoger las hojas en el jardín y hacer escandalosas e interminables fiestas que molestan a los vecinos. A ellos sí les conviene que yo me vaya de mi casa y hacen todo lo posible porque eso suceda para que se las deje libre. Ya hoy, no veo comunidad posible: son ellos o nosotros.

Ivan Diaz
28 de julio, 2015

Comprendo los que se van de casa. Me uno al dolor de mi pueblo. Lloro por los niños que no van a recibir quimioterapia, en el Hospital de niños.Lloro por los que perdieron su libertad injustamente. Me preocupan por los que no pueden vivir en una casa, por los que nunca van a conseguir trabajo. Me angustia los que perdieron su empresa. Me preocupan los que pasan trabajo. Me preocupa morir de mengua porque no se hace nada. Sin embargo doy gracias a Dios porque todavía puedo vivir en casa

Inrra
28 de julio, 2015

MI CASA , mi país, mi tierra , el país de mi bebe de apenas 1 año a quien mi esposo y yo con todo el amor y la astucia posible tratamos de disimularle la carencia de lo más básico si pero también de lo más noble que son los valores. Irse es tan difícil, me duele tanto …. Con lágrimas en los ojos en este momento sólo pienso si haré buen en abandonar mi casa, mi tierra la tierra de mi hijo,de mi niño venezolano!!!!!

De Pierre
30 de julio, 2015

Buen artículo.

En mi caso lo que me pasó Leonardo es que desde hace años no me sentía en mi casa. No sé, tal vez como si uno sale un fin de semana a la playa y le hicieran una transformación de esas expresas que se ven en programas de televisión. Luego vuelves y aunque físicamente es el mismo espacio, ya no te sientes en tu casa.

También tengo entendido que le pasa a quienes han pasado por nefastos episodios de altísima violencia en sus hogares con firma del hampa. Luego “ya nunca es lo mismo”, y sí alguno podría decir “que no sea lo mismo no quiere decir que sea peor”, pero… cuando pasan estas cosas ya sabemos que no suele ser para mejor.

Y así me pasó, hace ya muchos años no me sentía en mi casa. Comparto toda la belleza natural el techo azul, las playas, etc. Pero ya no me sentía en casa, lo peor, empecé a notar que cuando estaba en ausencia de “vecinos”, por ejemplo en una playa sola un martes, o en la inmensidad del llano, lograba recordar mi casa, pero por el contrario cuando tenía vecinos cerca (rojos o azules o de cualquier color) ya no me sentía en casa.

Tendemos a pensar que el problema está en los vecinos rojos y que los huecos del techo comenzaron hace 14 años, pero… los vecinos problemáticos están a la vuelta de la esquina y los huecos aunque ciertamente no tan grandes como los actuales, tuvieron su comienzo décadas atrás.

Saludos a todos.

Leohardt Adenauer
30 de julio, 2015

Celebro su estilo Sr Padrón, pero difiero respetuosamente de su idea, estoy seguro de que no todos los casos son iguales, pero para muchos venezolanos, seguir viviendo en una zona de riesgo puede costarnos la vida. Los fundamentos de nuestras casas van erosionándose aceleradamente y las nubes anuncian tempestad, no se trata sólo de la lluvia de balas que eligen a diario a sus víctimas tan caprichosamente, sino de la imposibilidad cada vez más dramática (Al menos para algunos venezolanos) de conseguir (O pagar) alimentos y medicinas. Me parece inadecuado e injusto que compare a los hermanos que se van a otro país con aquellos que abandonan a su madre enferma, al hijo en problemas o al amigo en dificultades, me parece grosero que se refiera a los emigrantes como “Nómadas Accidentales” cuando muchos de nuestros vecinos, amigos y en algunos casos, familiares, también fueron “Simples extranjeros” lo cual no creo que comprenda ninguna pena ni gloria particular para quien ostente el titulo. Quizás su artículo esté dirigido a quienes aún todavía pueden mantenerse a salvo de los verdugos caprichosos y acostarse sin hambre y pueden tomar la decisión de irse o quedarse en función de un cielo azul, una playa que pueden visitar de vez en cuando y el sabor del pabellón criollo que pueden preparar en casa cualquier domingo, en tal caso, debería indicarlo al principio de sus posteriores escritos para evitar estos malentendidos. A los que estamos considerando emigrar, aquellos que nos sentimos como nómadas accidentales en una casa que ya no se parece a la que recordamos, a los que no queremos ver a nuestros seres queridos morir asesinados para entretener a tanto gatillo alegre, a los que no soportamos hacer una cola más para conseguir migajas, no nos venga con chantajes emocionales, por favor.

Alejandro
30 de julio, 2015

Y si la casa está invadida por nosotros mismos? Maravilloso texto, eso sí. Me hizo recordar a Garrik, el de “Reir Llorando”. Este casi millón de kilómetros cuadrados con más de dos mil kilómetros de playas inverosímiles y sus flores y su fauna no son la casa, no lo comparto. Tenemos más que eso y con más quiero decir peor. Eludir la realidad me parece como insistir en esa ingenua postura de vivir en “la matrix” (discúlpenme la alusión exotérica). La emigración de jóvenes no es una tragedia, la tragedia sólo pasa en las telenovelas en las cuales sufrir es la idea. Los jóvenes que salen (y los no tan jóvenes también), tienen miedo, se sienten más solos que los que nos quedamos; pero ellos crecen, maduran y se consolidan como personas de mundo. La tragedia sería que no regresaran a disfrutar y a reconstruir este paraíso donde nacieron cuando el mismo les brinde el espacio para continuar haciéndolo. Imaginemos esa misma casa con grietas y puertas desvencijadas pero que en el cuarto de arriba hay cuatro malandros armados (sic) que deambulan por sus pasillos y que, encima de todo, en la de más allá, la habitación más grande, hay otros tantos sujetos -con peores mañas- con los que no tienen rollo -algunos tan elegantes y tan uniformes- y ni siquiera tienen que hacer túneles. Imaginemos otra vez y démonos cuenta que en el sótano creció otro grupo de seres sin formación educativa, ni económica, que parasita en la casa. Eso sí sería una buena historia. Ahora sí tenemos la casa, la cual, además, continua deteriorándose con grietas y tuberías vencidas que desbordan aguas negras. El verdadero drama pareciera ignorar que la casa no es el problema. Son los inquilinos. Y no sólo aquellos del cuarto de arriba, o más allá, o los del sótano. Y que la solución al problema no es botarlos de ahí para que se vayan a otra parte a echar vaina, cual tierrita debajo de la alfombra. No nos encerremos en el cuarto, ese del cual aún creemos tener control del seguro. La casa es lo de menos. La gente es lo de más. Se trata de cambiar nosotros desde las entrañas sin orillarnos a la cicuta, se trata de mirarse al espejo. Así lo contaba el profesor Antonio Cova: somos todos igualitos, pero en dimensiones diferentes. Nos comemos la luz, nos coleamos en la fila, nos brincamos los impuestos, subpagamos a la del servicio, al del aseo, al policía, al maestro… Pero seguimos mirando al techo pensando cómo se repara una gotera.

Ivan
3 de agosto, 2015

De Pierre, Alejandro, Leohardt dieron en el clavo. Yo agrego, la gente que nos rodea nos expulsó. El sonriente indolente que vitoreaba cuando expropiaron, dictaron cárcel por TV o le pareció simpático un déspota narcisista. O el político que nos traicionó, dejando libre a un golpista,o el militar que vendió su país, el periodista o el “intelectual” que firmó carticas de bienvenida a un tirano o le dio sitial de honor en su canal o periódico para luego arrepentirse de su necedad. Son demasiados sinverguenzas, o demasiados indolentes que por más que les advertimos nunca nos acompañaron ni en marchas ni en protestas ni en nada. Porque nosotros somos don nadie. No tenemos canales,ni periódicos, ni nos hacían caso. Solo éramos profesionales o simples trabajadores angustiados. Sin ser genios de la política ya sabíamos lo que se venía, pero para un psicópata que llegó a rector de la UCV éramos la generación boba, y para otras grandes y soberbias nulidades, la república se salvaba poniéndo a un tropero ignorante de presidente. Ahora gracias a twitter y la internet en general tenemos una voz, y muchas veces no les gusta a ninguno de los dos bandos. Lo siento Sr. Padrón, pero ya estoy hasta el cogote de la casita linda con playas bonitas, salto Angel y mujeres buenotas. La convertieron en un gigantesco rancho. No le tengo respeto al simpático de chiste fácil y piernas ágiles para bailar. Ni al fiestero que banaliza todo y rumbea en la playa. Ya venían dañados del siglo pasado. Ahora me temo que todo terminará muy mal y con mucha mayor violencia, pero ya puse a mi familia a resguardo en otro país y otra vida, que en un par de años ya les dio más oportunidades y progreso del que hubieran tenido en 20 años en su propio país.

Gerardo Alberto Santelíz Cordero
5 de agosto, 2015

Mejoran los comentarios y fijan posición. Gracias Iván, por tan buena claridad. Definitivamente, si lo que queremos es recuperar “nuestra casa” habremos de desalojar a los indeseables inquilinos y de hacerle una buena refacción porque el daño ya es tremendo. Insisto: son ellos o nosotros.

Carlos sanabria
24 de agosto, 2015

La inseguridad,y la carestia.son,una,pesadilla.

thaislabrador07@hotmail.com
7 de septiembre, 2015

me encanta su articulo muy aleccionador, los que hemos tenido la oportunidad de viajar sabemos que en otras latitudes, asi uno tenga 20 años viviendo, siempre sera un extranjero, soy una sra. jubilada, venezolana de nacimiento y estoy viajando desde el 1999(ecuador, mexico, madrid, paris, munich,peru y ecuador) y pienso que venezuela es el mejor pais del mundo, solo que estamos pasando un mal momento. saludos.

Yvon Velasquez
9 de noviembre, 2015

Anoche tuve la Bendición de ver a Leonardo Padrón y escuchar de el La Casa Grande,Sr no me resta sino decirle lo mismo que le dije anoche en oportunidad que tuve cuando me tome la foto con usted..Que Dios lo Bendiga..!!!

Teodosio García
6 de agosto, 2016

Buena definición de Venezuela. Me alegra que Alguien la supiera definir y cómo me gustaría que otro Alguien lo cantara; como se hizo con el Alma llanera. Que ya en el año 70 viviendo yo en España me la aprendí y aquí vine a vivir. Los que han emigrado volverán; como lo hicieron los españoles, italianos, árabes, chinos, japoneses, alemanes, y pare usted de contar en los paises africanos. Y todos ellos insertaron nuevas ideas, nuevos proyectos, nuevas sangre que revitaliza y, como el ave Fénix, hará volar en contra viento a esta mía, tuya, nuestra y vuestra Venezuela. Cuando aprendamos a amar a mi patria, a tu Patria, entonces y, sólo entonces la Casa Grande sera hermosa como lo cantamos en el Alma Llanera Venezolana

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