Blog de Raúl Stolk

Insomnio electoral, por Raúl Stolk

Por Raúl Stolk Nevett | 4 de Octubre, 2012
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No duermo. Estoy agotado, pero igual no duermo. Tengo rato así. Quisiera utilizar estas horas extra que me regala el trasnocho para escribir sobre otra cosa, pero no puedo. El Firewall que tengo en mi cerebro no me lo permite. En agonía he pasado horas frente al teclado, jurando que no voy a escribir nuevamente sobre el mismo personaje. Esto me lleva, directo y sin remordimientos, al infierno de los procrastinadores, Facebook. Un Firewall piche, definitivamente.

Pues bien, en estas andanzas insomnes en la red de redes sociales, me he encontrado husmeando entre los comentarios sobre el troleo a las personas que no van a votar en las elecciones del domingo. Esta morbosa actividad me ha cobrado valioso tiempo que hubiese podido utilizar para escribir sobre lo bonita que estaba la tarde, por ejemplo. Antes de seguir, aclaro que esto no es uno más de esos comentarios, no tengo la autoridad moral para regañar ni señalar a nadie, pero tampoco me interesa defender el honor y derechos de los troleados. Además, disfruto el toma y dame. Asqueroso, lo sé.

Así pues, fue en uno de estos torneos de insultos donde competía el “deber como venezolano” contra “tolerancia para no ser como los del otro bando”, que leí un comentario, de una persona a la que “…no me interesa tu opinión sobre si voto o no…” pero igual te contesto; quien muy a la defensiva esgrimía, “…aunque yo sí voy a votar…” —mentira del tamaño de una casa—, “…cómo se le podía pedir a una persona que arriesgue su vida para ir a Venezuela por unas simples elecciones…”. “¿Acaso ustedes no han leído historia?”, “…lo que viene es horrible…”, “…Guerra Civil…”  y “…que dios ampare a los que se quedaron allá.”

En mi cabeza, la imagen que genera este comentario es la de Charlton Heston paseando a caballo por playa Los Cocos y que, tras encontrarse con un viejo monumento turístico en ruinas, exclama: “oh dios mío, qué hemos hecho, destruimos al mundo”. Fatal analogía si consideramos al Macuto Sheraton como un viejo monumento turístico.

Pero lo peor del insomnio, aparte de estas rondas en las que se nos va la vida dándole a refresh mil veces, es el juego psicológico que trae a cuestas. Más que juego, y perdonen el lugar común, montaña rusa.

Un ejemplo. A las 12 de la noche Henrique Capriles es entrevistado por Luis Chataing y Erika de la Vega. Es una conversación amena y reminiscente de Ni tan Tarde, aquel Late Show de antes que Luis se convirtiera en un Colbert latino y Erika en una Chelsea caraqueña. El candidato Capriles lanza una anécdota de la última vez que se encontró con el presidente Chávez. Se dieron un apretón de manos fuerte y bromearon sobre la necesidad de verse más seguido. Al día siguiente, a pesar del afable encuentro, Chávez ataca al Gobernador con su clásica batería de insultos.

Luego del show, alrededor de la 1 a.m., recojo nuevamente el comentario del señor troleado en Facebook. Me río. Recuerdo que los venezolanos le tenemos miedo a la confrontación. Pienso en la parábola del encapuchado, no es lo mismo lanzar piedras al aire que a una persona, viéndola a los ojos. Me doy cuenta que lo que venimos viviendo en Venezuela no tiene parangón histórico. Si no por el momento que nos tocó, donde poco se le puede esconder a la historia, al menos por el hecho de que somos venezolanos y eso no está en nosotros. Que el camino lo venimos pateando desde hace rato. Que al gobierno se le venció el ticket hace diez años, pero que tomó todo ese tiempo para que entendiéramos lo que había que hacer. Y lo hicimos. Que la institucionalidad de las Fuerzas Armadas. Que la reconciliación nacional. Que la idiosincrasia del venezolano. Que el culillo. Que la cháchara.

Pero mientras me voy acercando a las 3 a.m., esa hora en la que ocurren las posesiones diabólicas y aparecen los lobos a merodear su presa, cambia el panorama. Guerra civil. Si lo ha dicho tantas veces es por algo. Milicia. Guerrillas. Balas. Sangre, tiene que haber sangre. ¿Cómo evitar el derramamiento de sangre si todos lo han vaticinado? Adriana Azzi, Orángel, Walter Mercado y Hermes el iluminado. ¿Y los Mayas? Ellos dijeron que el mundo se acabaría en 2012. ¿Y si estaban hablando de Venezuela? No hay salvación. Y yo, que no me he apertrechado de comida. No estoy listo. No tengo pasaje para Miami. Auxilio. Socorro. Petare. Los Chorros.

Sé que en la mañana estaré sobrio otra vez. El orden imperará de nuevo. Entenderé que no vivimos en un Disneylandia de país y que habrá que aguantar la respiración un par de veces en los meses que vienen. Y entenderé, también, que tampoco se va acabar el mundo —siempre que los Mayas no tengan razón—. Lo curioso es que en ninguno de mis estados mentales me he cuestionado el resultado de las elecciones. Quizás sea por la falta de descanso o, quizás, por la resignación al todo o nada. Para el domingo sólo veo un escenario: Ese momento agridulce luego de la contienda, cuando no se celebra la victoria igual que en los sueños, porque cae el peso del camino recorrido y lo único que se quiere es dormir. Y sin embargo, no se duerme. Porque no podemos esperar a que llegue mañana.

Raúl Stolk Nevett 

Comentarios (2)

Julieta
4 de Octubre, 2012

Esto es tan terrible que, ni a punta de Taffil, logro dormir bien >>> me consuela un poquitín saber que no soy yo sola. Gracias por el texto, nos refleja a muchos

Rosa R
6 de Octubre, 2012

No pude evitar reír por lo bien descrito en tu articulo sobre la especial manera que tenemos los venezolanos, aunque lo refieras como experiencia propia, de vivir el drama electoral del 7O y sus consecuencias posteriores. Ah, por cierto, lo sobrellevo a punta de lexotanil.

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