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Blog de Fedosy Santaella

Humor, revolución y Asamblea; por Fedosy Santaella

Por Fedosy Santaella | 8 de Mayo, 2013
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¿Saben que me preocupa? Me preocupa que en estos días ni la creatividad ni el humor se salvan. Vamos a estar claros, el acto de los diputados de la oposición el día que fueron agredidos, ese acto en sí fue lo que muchos podrían clasificar como una «burlita». Sí, puede ser, para los ofendidos fue una burlita, un chistecito, con un fondo, a según y para colmo, de maldad soterrada y de violencia potencial. Para los ofendidos de siempre cualquier acto de creatividad que contenga incluso cierta dosis de humor es una «burlita». La falsa seriedad en todo ve una «burlita». Así es, principalmente, cuando esa falsa seriedad proviene del poderoso. El poderoso que se ha vuelto insensato carece de humor, porque el humor es una linterna, porque es de verdad rebelde, porque no le dice que sí a todo, porque no pone su rodilla en tierra. Qué levantisco es el humor, qué inasible, qué poco complaciente. El humor es David contra Goliat, el arma del más débil contra el bully grandulón.

Aunque también puede haber una especie de pésimo humor ejercido desde el poder absorto en su egoísmo y su locura. En el humor del poderoso, la famosa «súbita gloria» de Hobbes (esa sensación de superioridad que se tiene ante la desgracia del otro), es de carácter físico: somos más, somos más fuertes, somos, incluso, más astutos (inteligencia bully y fortachona) y te podemos joder. La «súbita gloria» del débil, en cambio, se transforma en el siguiente consuelo: por lo menos nos queda la inteligencia, esta capacidad de no estar de acuerdo contigo y de no aferrarme a un pensamiento único. El humor del poderoso, en realidad no es humor, es bota que pisa, insulto, cinismo.

Sí, hay poderosos que se sienten superiores, grandotes, agresivos y que ríen a carcajadas frente a sus víctimas. Pero el humor nunca deja de ser aquel heraldo que le iba diciendo al emperador en los desfiles: «Acuérdate que eres humano, acuérdate que eres humano…» Hasta el emperador aceptaba a ese heraldo; todo lo contrario ocurre con aquellos revolucionarios en el poder que, ante un gesto creativo cargado de humor, vale decir, cargado de pitos, charrascas, vuvuzelas, un casco y una pancarta, reaccionan con violencia, indignados, ofendidos. Señores, si no me dejan hablar, si no me dejan ejercer mi libertad, yo reacciono, pero no lo hago de manera violenta: yo saco mis pitos y mis flautas (y mis cacerolas). El mal educado no soy yo, el mal educado es usted que no me deja hablar. Usted me pisa con una bota la boca, yo protesto con pitos y charrascas. Pero no hay argumento que valga para el revolucionario en el poder. El humor es inteligencia, una mirada crítica a la realidad. ¿Qué hacen el revolucionario en el poder ante tamaño portento? Se altera, incapaz él de comprender la crítica.  Y acá debemos detenernos, porque esto resulta curioso. Nuestro revolucionario, ese genérico que así llamamos y que nos gobierna y que por lo tanto hemos de llamar revolucionario en el poder, pretende ser un crítico de la realidad. El revolucionario a secas siempre ha estado al otro lado de la línea, siempre mirando al poder desde la otra acera, siempre en la resistencia. Pero este otro revolucionario que ya hemos llamado revolucionario en el poder, debe disimular el poder mismo, y por lo tanto, debe seguir atacando y proyectando su idea de país hacia un futuro que nunca llegará. ¿Por qué nunca llegará? Porque si algún día el revolucionario en el poder llega a su meta, dejará entonces de ser revolucionario y sería simplemente poder, y eso lo mata. Mientras tanto, mientras nunca llega el futuro (de esta contradicción nace el cinismo), el revolucionario tiene una misión: seguir criticando a los poderosos (siendo el mismo revolucionario el nuevo poderoso), que se transforman en su mirada de urgencias populistas en el enemigo exagerado, en el enemigo imperialista y burgués. No se puede tener humor, se ha de ser serio y se ha de estar constantemente iracundo, porque lo que está en juego es la vida misma del revolucionario como revolucionario.

De allí que la creatividad y el humor causen picazón en nuestros días entre poderosos, o mejor, entre revolucionarios poderosos. Pero la creatividad y el humor son necesarios en el quehacer político, entre aquellos que saben que sólo en libertad —nada más libre que el humor y la creatividad— se puede disentir y vivir sin cinismos.

Al inicio dije que me preocupaba, y claro que me preocupa que la violencia se disfrace de seriedad, y que el cinismo se disfrace de carcajada, y que cada vez más la reacción ante la inteligencia y el humor sea la agresión.  Cuando el cínico ríe y muchos ríen con él, entonces estamos muy mal. El humor es una sutileza del alma, y el coliseo, redil barato del entretenimiento, nunca quiere hacerle un lugar al humor y a la inteligencia. Ya se sabe, ya quedó comprobado.

Fedosy Santaella 

Comentarios (2)

Víctor Celestino
9 de Mayo, 2013

El humor es una especie de comunión con la vida. Sin embargo, quienes llevan la vida sin humor, parecieran estar en una pelea constante con el mundo. Un rechazo total a la jocosidad, porque lo identifican con debilidad, un lujo que no pueden darse aquellos empeñados en cambiar la sociedad. No cabe en ellos el arte de reir. Para ellos sólo tiene sentido si prevalece el desprecio. Pero este tipo de planteamiento diario debe ser de un aburrimiento total y el humor sirve hasta para enamorarse y no creo que en este tipo de sociedad sin humor,la gente se enamore. Hacen el amor por convicción política.

Cecilia Requena
10 de Mayo, 2013

Certero y esclarecedor comentario. ha puesto en pocos palabras lo que muchos pensamos

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