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Hamlet en Rusia; por Alejandro Oliveros // #LecturasDeAlejandroOliveros

Por Alejandro Oliveros | 19 de noviembre, 2016
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Boris Pasternak

De Yuri Zhivago, protagonista de la laureada novela de Boris Pasternak, no se conserva ninguna obra de teatro, si es que llegó a escribirla. En cambio, hemos sido afortunados al contar con un manojo de sus poemas, veinticinco en total. No muchos, en verdad, para un hombre que, durante largos años, compartió el ejercicio de la medicina con la escritura poética. Pero bastantes, si recordamos que eran tiempos aciagos aquellos de “Koba”, el sinisetro sobrenombre de Stalin, en los cuales escribir podía ser considerado como un acto terrorista, un ataque a la seguridad del estado y una muestra de alta traición. Testigos los muchos poetas y artistas desaparecidos en los remotos Gulags. Mandelshtam fue apenas uno de ellos; Solzhenitsyn, uno de los pocos sobrevivientes. Mucho de lo que se conservó de esta rica literatura, lo debemos a un ejercicio de nemotecnia colectiva por parte de los contados lectores. La viuda de Mandelshtam, Nadezhda, escribió unas tan terribles como hermosas memorias de estos años. Veinticinco, pues, son las poesías que se incluyen en el Cuaderno de Zhivago. Los temas e imágenes son familiares a los aficionados a la literatura rusa, y a la novela de Pasternak en particular: las noches blancas, el más ruso de los asuntos; los vientos siberianos que peinan y congelan las dilatadas estepas, y recorren con furia las avenidas y plazas de los pueblos y grandes ciudades, ese viento “que gime y llora”; los inviernos eternos (“Todo se pierde en la niebla gris/de las noches de nieve”); las separaciones, una palabra que en el contexto de esa dilatada geografía tiene connotaciones abismales y casi siempre trágicas (“En el umbral de su casa,/un hombre observa sin mirar/los signos de la devastación/que dejó su partida”); la nieve, a la vez física y metafísica (“La nieve entierra los caminos/y pesa sobre los techos./ Cruzaré la puerta y tú estarás frente a mí”). Y como siempre, la religiosidad, en uno de los países más devotos de Occidente, una devoción que no pudieron apagar los criminales soplidos de siete siglos de persecuciones e iconoclasia.

Los poemas de Zhivago fueron escritos entre 1946. Todos relacionados con los momentos más tensos de la existencia de este personaje de ficción. Como los del hombre solo ante la estepa animal y alucinante; la crisis política que dio fin al dominio zarista; la revolución bolchevique; la fractura del viejo orden y la imposición de uno nuevo, utópico, cruel, absurdo y corrupto; las relaciones con la improbable y amada Lara, o el refugio en los cantos y humaredas de la santa iglesia ortodoxa. Uno solo de los poemas tiene que ver con la experiencia teatral, una actividad que, ya sabemos, no fue de las que más atrajo la atención del médico poeta Yuri Zhivago. El poema es el primero de la colección y como título le fue dado el mismo del personaje más discutido de Shakespeare: “Hamlet”. A diferencia de Zhivago, Pasternak sí escribió, si bien no mucho, para teatro. La bella ciega es como se llama su drama inconcluso, y de su juventud son varias escenas de un drama sobre la revolución francesa, escritas en el marcador año 1917. Pero estos no fueron los únicos contactos del poeta con el teatro; notables parecen ser sus traducciones de Kleist, Goethe y Jonson. O las celebradas de Shakespeare; entre ellas, precisamente, Hamlet; adaptada de modo memorable al cine por Kozintsev. Pasternak traducía a Hamlet, mientras que Zhivago, su gran protagonista, escribía un notable poema sobre Hamlet que ha podido ser escrito por el mismo Pasternak.

Las primeras estrofas, la primera y la última, de “Hamlet”, fueron escritas en 1946 (el mismo año de su encuentro con Olga Ivinskaya, mejor conocida como Lara), poco después de la victoria ante los alemanes y la consolidación de Stalin, como padre de la patria, salvador de la Rusia eterna, líder infalible, semi-dios, si no el mismo Dios, para buena parte de la población. Tiempos de indigencia para artistas, intelectuales y poetas, como Ana Ajmatova y Pasternak, sobrevivientes de las pugnas exterminadoras iniciadas décadas antes. “Hamlet” es acaso un texto en clave y de una abrumadora tensión. El riesgo se siente en cada imagen, contenida y auto-censurada, como todo lo que se escribía en esos años. El destino del danés está en manos del público adverso y escrutador, con una actitud no distinta a la de la policía secreta que observaba atentamente cada paso y palabra del autor. Cualquier minuto en escena podía ser el último, una arbitraria orden podía terminar con la función y la libertad del actor. Las otras estrofas fueron incorporadas más tarde e incluidas en la primera edición de Doctor Zhivago. La traducción que sigue se basa en la versión al inglés de Ann Pasternak Slater, sobrina del poeta, y de la francesa incluida en la edición de las obras del autor ruso en Gallimard;

HAMLET

Se hace el silencio. Entro en escena
y, recostado en el quicio de la puerta, trato
de escuchar los ecos distantes
de lo que que el futuro me depara. 

La oscuridad me rodea mientras
cientos de binoculares me observan.
Si es posible, Abba, padre mío,
aparta de mí este cáliz. 

Consiento en este tu obstinado proyecto
y con gusto represento mi papel.
Pero otro drama se desarrolla en escena,
por esta vez, te lo pido, déjame fuera. 

Pero el orden de las escenas está hecho,
y el fin no puede ser alterado.
Estoy solo. Los fariseos me rodean.
Vivir la vida no es cruzar un campo.

El actor, que es Zhivago y también Pasternak, entra en escena a representar la tragedia de Shakespeare. Al apagarse las luces, se transforma en Hamlet, el joven danés de futuro incierto. Una tarea nada fácil y sabe que en su cumplimiento su libertad será sacrificada. No ha sido decisión suya, otro había sido su proyecto existencial. Será otro, nada menos que Abba, el Hacedor, quien ha escogido para él una suerte que acepta con resignación pero sin resentimientos. No se trata de un personaje sartreano, que se define en sus decisiones, Hamlet es un espíritu religioso que acepta, como los santos, las pruebas que les impone la vía mística. Todos lo observan: un fantasma con la voz de Stalin; su corte, no distinta a la danesa; la KGB, con sus cientos de ojos (en una época, uno de sus funcionarios leía y anotaba todo lo que salía de los labios del poeta); los pocos amigos, como Horacio, único sobreviviente a los secuestros y muertes violentas. Todos esperan algo del Príncipe. Pero, a pesar del silencio sepulcral del auditorio, no se entiende lo que dicen los ecos distantes sobre su destino. La tensión y la atención son insoportables; y el actor, solo en el centro de la escena, siente que su rol en el Gran Teatro del Mundo, es demasiado para sus cansados hombros. Y recuerda a otro hombre en situación parecida; el Jesús agobiado de Getsemaní, que pedía al padre lo relevara del papel asignado en la tragedia. “No quiero para mí tantas desgracias”, podría repetir si no fuera porque el resto de la obra ha sido escrito y el final es irrevocable. Los fariseos, con Claudio a la cabeza, están por todas partes. Difícil es hurtarse a su propio destino y nada ni nadie puede alterar el desenlace. La soledad aumenta de manera inexorable; pero mientras, Hamlet avanza hacia su muerte desdoblada para cumplir con el sacrificio; ni Zhivago ni Pasternak, conocen, aunque presienten, lo que les espera. En esas condiciones, ciertamente, a decir verdad, vivir la vida no es cruzar un campo.

En sus Comentarios a las traducciones de Shakespeare, Pasternak nos ofrece su particular visión del Príncipe de Dinamarca, más seductora, más de poeta, que las de Goethe o Freud:

El detallado relato que Shakespeare traza de Hamlet
es perfectamente claro y no implica la noción de una
supuesta debilidad psicológica. Se trata de un príncipe
de sangre que no ha olvidado ni por un instante sus
derechos al trono, hijo consentido de una antigua corte,
un ser dotado, seguro de sí mismo y de su gran talento.
En su conjunto está excluida cualquier falta de
carácter. Lo contrario, el espectador es invitado a
apreciar la inmensidad del sacrificio de Hamlet, quien,
con tales experiencias, renuncia a sus prerrogativas en
nombre de un fin más elevado. Desde el momento de
la aparición del fantasma, Hamlet renuncia a sí mismo,
para cumplir con la voluntad de “aquel que lo ha enviado”.
Hamlet no es el drama de la debilidad de carácter,
es el drama del deber y la abnegación; de un destino
superior; de la superación del yo y de la visión asumida
como prefiguración.

Profundamente cristiano, como todo converso, al final de sus notas Pasternak nos recuerda, que los del célebre monólogo, “Existir o no existir”, son los versos más estremecedores que se han escrito sobre la angustia de lo desconocido más allá de la muerte, con una emocionalidad tan intensa como las amargas expresiones en Getsemaní”.

El Hamlet de Pasternak es autobiográfico, como el de Coleridge. Pero, a diferencia del Príncipe del gran vate británico, marcado por la falta de carácter, en buena parte consecuencia de sus adicciones, el del poeta ruso da la idea de un héroe casi wagneriano, de voluntad nietzscheana y heroica capacidad de renuncia, una especie de Sigfrido ruso viviendo en Dinamarca. No de balde Pasternak fue un gran lector de Kant y alumno predilecto de Nicolai Hartmann durante sus años alemanes en la Universidad de Marburgo. Una etapa decisiva en la vida del que fuera “niño consentido” de una familia de la inteligencia rusa, privilegiada con la amistad de artistas e intelectuales como Musorgsky, Scriabin, Rilke y el mismo Tolstoy, para cuya Resurrección, el padre de Boris suministró las ilustraciones. Los años de formación en Marburgo, fueron también los de su “preocupación por el cristianismo, en el momento justo en que la individualidad, la manera de entender las cosas, la vida y el mundo estaban tomando forma”. El Hamlet de Pasternak es él mismo, desdoblado en doctor Zhivago, quien también sería sacrificado después de una larga existencia destinada a cumplir con la voluntad de aquel que lo había enviado.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

Elisabeth Roosen
20 de noviembre, 2016

Excelente este ensayo Profe !

Carlos Rojas Malpica
21 de noviembre, 2016

Un relato incandescente sobre la versión de Hamlet del genial escritor ruso. Tan intensa y vívidamente presentado, que vemos a Pasternak tiritando, no por el frío inevitable de cualquier relato ruso, sino por la paranoia como estilo de vida, escritura y supervivencia.

Me guardo estas palabras en algún rincón de mi espíritu:

“Vivir la vida no es cruzar un campo”

Carlucho

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