Ínsulas extrañas

Góngora y su tiempo, por Antonio López Ortega

Por Antonio López Ortega | 15 de Noviembre, 2012
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La Biblioteca Nacional de España programó en meses pasados una amplia y hermosa exposición del gran poeta cordobés Luis de Góngora (1561-1627), uno de los pilares del Siglo de Oro español y cumbre del barroco hispánico. Manuscritos, ediciones originales, cartas, retratos, muestras de su delicada caligrafía, nobles o mecenas que lo protegieron, son algunas de las señales que se nos mostraban para entender su oficio, su temperamento, y también sus sufrimientos. Hombre grave (inmortalizado por el cuadro de Velásquez), calvo prematuro y de nariz huesuda, se comentaba que en privado era afable y hasta condescediente. Tuvo los apremios que todo artista de su época tuvo y que también siguen teniendo los de hoy: vivir de oficios extraños, complementarios, que no eran precisamente los artísticos. Góngora debió abandonar muy pronto su Córdoba natal y arrimarse a las cortes de Madrid, donde algún principal lo acogería o le aseguraría sustento. De ahí las pomposas dedicatorias a condes o duques que todos los escritores y artistas del Siglo de Oro hicieran en sus importantes libros: era el gesto mínimo para retribuir los favores recibidos. El mecenazgo de la época, como se verá, era claro, convenido y hasta ramplón.

La ruta de la época entre Madrid y Córdoba no dejaba de ser una senda polvorienta en verano y empantanada en invierno. Se desaconsejaba fuertemente transitarla, porque además era insegura, y sin embargo Góngora la prefería mucho más que tomar el camino de Barcelona y embarcarse en un navío que lo acercara por el Mediterráneo, que era lo que la mayoría de los viajantes hacía. Dicen que del tránsito polvoriento a su ciudad natal rescataba las visiones del paisaje, que por vías siempre misteriosas iban a parar a sus magníficos sonetos, especies de esculturas vivientes. Hay que tratar de imaginar al gran poeta en una especie de carreta que lo llevaba a trancos mientras montañas, praderas o riberas inmovilizaban su sensibilidad: hasta de las morcillas supo hablar el cordobés con encanto sin igual, pues cuando su verbo tocaba los referentes los trasformaba en piedras preciosas.

Cuentan que de su última morada en Madrid fue expulsado sin previo aviso, aun con la renta al día. Fue un hecho bochornoso e incomprensible. Tiempo después se descubriría que uno de los dueños de la pensión era nada menos que Quevedo, su archirival y siempre dispuesto competidor. Pero también Quevedo, con todo y su ojo crítico, con toda y su acidez legendaria, debía arrimarse a las cortes para buscar favores. El tiempo que dedicaban a la creación era de alguna manera cedido por los aristócratas, quienes sumaban a su séquito vates y artistas como quien suma enseres o ajuares. Épocas muy distintas a las actuales, donde se supone que las políticas públicas deben asegurar los espacios de creación y también los mecanismos de difusión.

Antonio López Ortega ... ... ...

Comentarios (1)

Lucho
17 de Noviembre, 2012

No me gusta mucho Góngora. Dice las cosas muy enredadas y cree que eso es gracia. Me acuerdo de una poesía que teníamos que estudiar en bachillerato: empezaba ” Donde espumoso el mar siciliano el pie argenta de plata al Lilibeo” y era sobre un gigante Polifemo que por cierto estaba enamorado y tenía un solo ojo. Podía haber sido un cuento de lo más entretenido, pero el autor lo volvía un enredo y una lata espantosa. Si era así enamorado, es de temblar lo que sería Polifemo cuando le dieran calabazas. No, nada que ver el Góngora ese. Lástima que la inquisición lo pasó por alto, pero igual lo atacaron en su tiempo. Es más entretenido Quevedo, y Calderón, que tiene una comedia que se llama “No hay burlas con el amor” y la vi en Madrid, y es muy bonita y cómica, que te caes de la risa. Luego leí que también en el siglo XVII se caían de la risa viéndola. Que bien. Hoy los pedantes le buscan tres pies al gato a todo eso, pero en realidad fueron escritas para entretener y divertir.

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