Perspectivas

Foucault en Tocorón, por Francisco Toro

Por Prodavinci | 20 de Agosto, 2012
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Todos sabemos que las cárceles en Venezuela son como un infierno, pero habremos entendido qué tipo de infierno son?

Es lo que me pregunto mientras veo Cárcel o Infierno, la impactante serie web animada de Luidig Ochoa, hecha en base a sus vivencias como preso en Tocorón. La serie expone magistralmente la insoportable tensión del día a día del preso, el espeso caldo de amenazas y miedos en el que vive, y todo con base en unos pocos elementos gráficos y un diseño de sonido aleccionador.

Ochoa nos muestra el tipo de escenas que nos cuentan pero nunca vemos – cárceles desbordadas de armas y drogas donde la “autoridades competentes” no controlan lo que pasa adentro desde hace años. En las cárceles de Luidig, la Guardia Nacional se limita a vigilar el perímetro y a funcionar como transportistas de la carcel, metiendo y sacando presos y, muy ocasionalmente, entrando para contarlos.

Pero en el día-a-día del preso, la Guardia está ausente. El Estado está ausente. El único mecanismo de control que realmente opera en su entorno es el que impone el pran y sus causas. Los hábitos mentales que aprende, las estrategias que usa para sobrevivir, su manera de presentarse y portarse para mantenerse con vida están basados sobre el supuesto de que nadie “allá afuera” tiene cómo ver, y mucho menos controlar, lo que pasa “allá adentro.”

En ese sentido nuestras cárceles son el extremo opuesto al principio de Panopticon. Para Michel Foucault, una cárcel moderna es, antes que nada, un mecanismo para extender la mirada del Estado y así imprimir su poder en los recodos más íntimos del preso a través de un régimen despiadado de vigilancia y regimentación. Discutiendo la evolución histórica de la cárcel francesa a partir del siglo 17, Foucault subraya el abandono progresivo de técnicas que tienen como blanco el cuerpo – es decir, la tortura – y su adopción progresiva de técnicas que se centran en la mente.

La ilustración quiso creer que la tortura se abandonó por motivos humanitarios – como parte del progreso hacia una sociedad más esclarecida. Para Foucault, se trató sencillamente de refinar los sistemas de control existentes para mejorar su eficacia. La vigilancia permanente dentro de un sistema de reglas minuciosamente diseñado lograba cambiar el comportamiento del preso mucho más eficazmente que cualquier nivel de violencia física.

La ilustración, en otras palabras, se come su propio cuento al ver al panopticon como una mejora ética. En realidad, su atractivo tiene que ver puramente con los resultados. La conciencia de que alguien te puede estar vigilando en todo momento y que cualquier violación a las normas puede ser severamente castigada somete la voluntad del preso a la de su guardia con mucha más efectividad que la tortura momentánea. La conciencia de ser vigilado convierte al preso en su propio guardia, obligándolo a verse a sí mismo a través del ojo del guardia en todo momento, a imaginarse como su conducta sería vista por el poder constantemente y a alterarla para escapar castigos y merecer los beneficios del sistema de regimentación de la carcel. En el panopticon, cada preso es su propio guardia – ese es su principal beneficio.

Como buen radical, Foucault ciertamente creía que estaba produciendo una crítica feroz a un sistema inhumano, desnudando la ironía de que sociedades “liberales” se comportaran así – sobre todo porque luego argumenta que los sistemas de control inventados para las cárceles se expandieron por el resto de la sociedad. Esa posición está chévere para un intelectual que se dedica a beber café en los cafés de la Rive Gauche, claro. Pero siempre me pregunto si Foucault de verdad se sentó a considerar las alternativas. Cómo hubiese visto las cosas Michel Foucault si lo hubiesen metido en Tocorón uno o dos meses y se las hubiese arreglado para sobrevivir para contarlo.

Creo que rápidamente hubiese entendido que la alternativa es mucho, mucho peor. Que lo único más horroroso que un sistema de vigilancia permanente y regimentación detallada que se percola por los poros del preso es su total ausencia, y su remplazo por una pesadilla Hobbesiana de criminalidad descontrolada y miedo sin límites.

Lo que Foucault tomó como una denuncia es lo que nosotros tenemos que asumir como un reto. No basta que el próximo gobierno cree más de los mismos tipos de cárceles catstróficamente anárquicas que ya tenemos. Tampoco vamos a resolver el problema repitiendo mantras mágicos sobre la descentralización.

Hay que estar claro sobre lo que hay que hacer. Necesitamos cárceles que extiendan la mirada y el control del Estado más allá del perímetro y hasta el día a día del preso. Necesitamos cárceles lo suficientemente reglamentadas como para garantizar la seguridad de los presos, con suficiente vigilancia para reconocer y castigar comportamientos aberrantes al momento que se den, y reconocer y premiar los comportamientos adecuados con la misma rigurosidad. Necesitamos sistemas de vigilancia lo suficientemente sofisticados para empezar a convertir a los presos en sus propios guardias y crear hábitos de subordinación a la autoridad que evidentemente no existen.

Necesitamos cárceles que impriman estándares mínimos de comportamiento en personas que han violado la ley rutinariamente todas sus vidas, no que sean sitios para establecer y consolidar la ética malandra. Necesitamos cárceles que ayuden a desmontar el uso de la violencia como método rutinario para la solución del conflicto, no cárceles que extiendan ese uso y lo normalicen.

En Venezuela no existe la pena de muerte. Ni la cadena perpetua. Todo Venezolano que entra en una cárcel tendrá que ser reinsertado, tarde o temprano, a su comunidad. Necestiamos cárceles con suficiente personal, recursos e infraestructura física para que esa re-reinserción pueda ser realmente exitosa.

Porque lo realmente infernal de las cárceles que tenemos es que los presos son más anti-sociales cuando salen que cuando entra.

***

En inglés en Caracas Chronicles

 

Prodavinci 

Comentarios (1)

lucia alvarez-corvaia
20 de Agosto, 2012

la cárcel es una privación de libertad para: moverse por el territorio, visitar a tu mama, asistir a reuniones de trabajo, sociales y citas amorosas. la cárcel es para que veas que si te sigues portando mal con lo que la sociedad dice que debes ser y hacer, te vas a podrir allí dentro. estar preso también es una inmovilización, es una oportunidad, como todas las inmovilizaciones…para revisar lo que hiciste, lo que haces y lo que harás. las cárceles podrían ofrecer clases de yoga, Tai Chi y Chi Khun…los presos podrían ser mas saludables y reflexivos, y volver a su paz interior, que quizás fue lo que les fallo a la hora de delinquir. los presos están intoxicados, son los ciudadanos mas vulnerables de un sistema en transición que encontró sus victimas, son los chivos espiratorios de nuestra sociedad, de su familia, son seres que están pagando los platos rotos de quizás varias generaciones… una cárcel anarquica es un infierno, como lo es un régimen dictatorial afuera de la cárcel. a veces hay mas delincuentes afuera que adentro, pero legitimados. sobre la ultima frase del articulo de fco toro: creo que ya es un lugar común decir que “los presos son mas anti-sociales cuando salen que cuando entran”. hay que hilar mas fino.

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