Blog de Alberto Barrea Tyszka

Escribir la historia; por Alberto Barrera Tyszka

Por Alberto Barrera Tyszka | 23 de julio, 2017
leo-alvarez

Fotografía de Leo Álvarez

“Cuando desperté nada podía hacer: seis revólveres me apuntaban a la cara. Abrí un ojo. Un vistazo soñoliento, brumoso, parcial. Podía ser una pesadilla. Fracciones de segundo para saber que estaba preso. Debía hacer algo. Seis revólveres.”

 No es el testimonio de un estudiante detenido injustamente en algún prisión del interior del país. Pero podría serlo. Tampoco es un fragmento de una carta de un preso político, llevado sin trámite legal y de madrugada desde su casa hasta El Helicoide. Las comillas con las que comienzo este domingo no fueron escritas en este tiempo y, sin embargo, dolorosamente, de pronto vuelven a formar parte de nuestro presente. Esas tres líneas con un hombre inocente frente a seis revólveres están en la primera página de una novela escrita por José Vicente Abreu en 1964.  “Se llamaba SN” es su título. Es un libro terrible y desolador, una denuncia sobre la brutal represión durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. SN era nombre del terror, las siglas designaban a la Seguridad Nacional.

Hoy en día no hay un solo cuerpo de destrucción, un solo nombre. Hoy está el SEBIN pero también está la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana, la milicia, los grupos paramilitares…Actúan sin temor, sin remordimiento, como si la violencia contra civiles que protestan fuera algo natural, como si la represión, la tortura y el asesinato formaran parte de una nueva normalidad.

Quienes invocaron el Caracazo para rebelarse en contra de los poderes establecidos, han terminado reproduciendo miles de Caracazos cada día. Han profesionalizado la ejecución institucional en contra de la población. Han hecho de la masacre no un evento esporádico sino un procedimiento legal; una rutina uniformada, con permiso para liquidar ciudadanos. El chavismo, en vez de combatir la represión, la ha sacralizado. La violencia militar en contra del pueblo es ahora un acto heroico. Atacar entre 7 u 8 a un estudiante, golpearlo con todo y donde sea, dispararle…merece un bono, una condecoración. Hay que entender que la represión que hemos visto y padecido durante todos estos largos días no es un acontecimiento aislado, no es una reacción repentina frente a la multitud indignada. Es un sistema. El mismo sistema que se aplica en las OLP o en la nómina de las empresas públicas.  El mismo procedimiento que aprobó el CNE y que define las bases comiciales para la elección de la Constituyente.  El Estado como arma de exclusión y aniquilamiento.

Pero hoy el discurso legitimador es mucho más potente, más delirante. Ahora el poder desarrolla y trata de imponer, con mucha más fuerza, su propia justificación. Las dictaduras militares que azotaron a Suramérica en el siglo XX trataron de excusar su violencia denunciando la amenaza comunista. El gobierno de Maduro invoca ahora la amenaza derechista. Pero actúa de la misma manera. El SEBIN y la Fuerza Armada funcionan con los mismos patrones de comportamiento que el crimen organizado. No tienen ningún control. Secuestran ciudadanos. Los desaparecen dentro de los túneles de las fortalezas oficiales. Se mueven al margen de la ley. Y acumulan muertos.  Imponen una justicia propia, sin respetar a los tribunales civiles. Y llenan las cárceles de presos políticos…Y siguen repitiendo que todo lo hacen por la paz, por el futuro, por el progreso, por el amor al pueblo y a la patria. También así hablaba Pinochet. Eso mismo también dijo Videla.

El discurso oficial es otra versión de las mismas prácticas represivas del Estado. Es una bomba lacrimógena o una ráfaga de perdigones sobre el orgullo, sobre el derecho a protestar, sobre el ánimo, sobre el sentido común.  Te disparan pero, además, te llaman asesino. Te golpean pero, encima, te acusan de golpista. Todo tiene que ver con la misma estructura. El discurso también forma parte del mismo sistema de producción de muerte. Existe para confundir, para desesperar, para generar sensación de impotencia, rabia, locura. Cada palabra y cada pausa, cada cita y cada omisión, tienen un espacio y una función en la maquinaria. No es azaroso el silencio selectivo que practica con demasiada frecuencia el Defensor del Pueblo, por ejemplo. Es otra versión de la violencia. Una forma de tratar de darle un nuevo orden al caos.

Cuando Nicolás Maduro dice que la Constituyente traerá la paz y el reencuentro de todos los venezolanos, lo único que hace es bailar nuevamente sobre los muertos. Cuando asegura que la Constituyente es un milagro, que relanzará la economía, que nos dará una nueva identidad, no está en el fondo diciendo nada. Solo trata de distraer. Habla para evitar decir. Y, mientras tanto, en alguna oscura celda, hoy como ayer, una mano tal vez raya unas líneas sobre un papel y escribe la verdadera historia del país: “Cuando desperté nada podía hacer. Seis revólveres me apuntaban a la cara”.

Alberto Barrera Tyszka 

Comentarios (6)

Rossana
23 de julio, 2017

“Habla para no decir” Nunca antes una metáfora había descrito tan bien el absurdo que nos toca vivir. Gracias por darle palabras y sentido a tanta rabia y tanta indignacion.

Gabriel Valenzuela
24 de julio, 2017

Apreciados amigos,mis felicitaciones por su valentìa al fundar este periodico,el que me permite leer a personas como Alberto Barrera.Gracias por tan dilectos comentarios.

Zen Ten Xiao
24 de julio, 2017

La historia… en nuestro caso es siempre un lugar común. Violencia represiva del estado que aquí se ha vestido de distintas formas, con muchos nombres, La Sagrada, Los Chacharos, Seguridad Nacional, SEBIM, GNB, PNB, colectivos (de malandros), etc. al final se llama igual, crueldad, brutalidad, barbarie. El signo que nos define es violencia. Hoy los niños juegan a enfrentamientos entre guerreros y guardias, usan escudos y sortean bombas lacrimógenas. hoy los niños le temen a los uniformes, lo asocian con abuso, le temen por igual al hampa y a la ley. Esta circunstancia de violencia nos roba futuro además de dignidad. La sociedad se divide entre indefensos, temerosos, rebeldes, resignados, impotentes, zombis, y un monton de pendejos, que como decia Cabral, son muchos y hasta eleigen presidente. Hemos perdido demasiado tiempo histórico en definiciones. Aún somos incapaces de convivir con reglas básicas y sentido común al amparo de leyes que garanticen la mínima convivencia y respeto.

ARICHUNA SILVA ROMERO
24 de julio, 2017

Otra excelente entrega. Que puede ser complementada con esta cita:

“-A medida que se agudizaba la oposición, y ustedes lo saben mejor que yo, la dictadura militar, se hacía más despiadada. Hasta nosotros, los oficiales de menor graduación, llegaban vagas noticias de lo que sucedía en las cárceles, aunque por lo general no las creíamos y nos limitábamos a comentar:`Deben ser exagetaciones de los políticos empeñados en labrar el descrédito del gobierno`”.

Relato del Capitán a sus compañeros de celda. Otero, M. (1980), La Muerte de Honorio p. 113

juan langas
25 de julio, 2017

Tuve la oportunidad de leer ese libro y la descripción encaja con la hecha por ud Alberto, recuerdo una frase del mismo que rezaba algo mas o menos así “el hambre es otra forma de tortura… ” , En esta Venezuela asfixiada por unos pocos la justicia se hará verbo y carne por los que se fueron, por los que no están, por los que regresarán y por sobre todo por los que estamos aquí.

Román Mercado
27 de julio, 2017

Excelente articulo. Alberto Barrera, con mucho tino desnuda toda la violencia y odio que destila las fuerzas del gobierno contra una sociedad que reclama justicia y derechos básicos de libertad y democracia. Es duro ver todos los maltratos en que estamos sumergidos, es complejo determinar hasta donde llegaremos, pero este articulo nos permite entender hasta donde la irracionalidad puede llegar -superando la realidad- pero nos invita a marcar distancia, para que la sociedad que se forja en el cambio, reencuentre caminos diáfanos de justicia y transparencia, desechando los odios que tanto daños nos ha caudado en nuestra vida republicana

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