Club del libro Prodavinci

En torno al primer capítulo de “El ruido de las cosas al caer”, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 9 de Agosto, 2011
16

I

El ruido de las cosas al caer es una sucesión de secretos. O un solo misterio compuesto de varios secretos que empiezan a advertirse –y adherirse– aun antes de abrir el libro. El primero es la ilustración de portada de Jesús Acevedo: la silueta de un hombre sin rostro inclinada sobre una mesa de billar. El brazo derecho flexionado hacia atrás, en el gesto previo al golpe que ponga la bola en movimiento. Una imagen que nos sitúa ante la inminencia de una acción e invita a observar, y acaso a participar, de ese juego de precisión, azar, suspenso y apuesta que es también la literatura. Luego están las once sílabas métricas de un título que es síntesis y preámbulo de la novela: El ruido de las cosas al caer. Endecasílabo que nos hace pensar en la cualidad e intensidad de ese ruido de connotaciones ontológicas, y cuya resonancia traza las correspondencias entre narrativa y poesía que articulan la ficción. El pacto armónico entre sonido y sentido que requiere toda escritura para alcanzar esa levedad tan propia de la música como del misterio.

II.

Y lo primero que cae en la novela es un hipopótamo. Uno de los animales más pesados de la naturaleza se desploma en las primeras líneas “como un meteorito recién caído”, acribillado por dos balazos. Así, ese misterio mayor que es la muerte se instala con contundencia desde el comienzo de una historia en la que pareciera que todo tiende a descender de manera brusca y casi siempre enigmática. La muerte de este hipopótamo extraviado, proveniente del célebre zoológico de la hacienda de Pablo Escobar, es también un disparador –magdalena proustiana devenida en artiodáctilo– en la memoria del narrador, el joven abogado Antonio Yammara, quien empieza a acusar la insistencia de un recuerdo: la vida de Ricardo Laverde. Es el año 2009 y Yammara, próximo a cumplir 40 años, se ve obligado a iniciar el recuento de esa vida, o al menos de un fragmento de esa vida, como un “asunto de urgencia”, casi contra su voluntad, pues no deja de sorprenderle “con qué presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria, que a fin de cuentas nada trae de bueno y sólo sirve para entorpecer nuestro normal funcionamiento, igual a esas bolsas de arena que los atletas se atan alrededor de las pantorrillas para entrenar”. Y tal vez sea ésa su urgencia: la necesidad de comprender, o de reconstruir hasta donde le sea posible, la historia de Laverde, y en ese ejercicio retrospectivo, librarse de esa carga, de esa bolsa de arena –ahora fantasmal–, con la frágil esperanza de aligerar su vida de incómodos misterios. Porque ya su intuición le anunciaba, desde la vez en que lo conociera en los salones de billar de la calle 14, que Laverde no había sido siempre ese ser intimidante, cuya dejadez de “terreno baldío” lo hacía lucir envejecido y enfermo. Yammara presentía desde ese año de 1995 que ese hombre “era otro hombre antes”. Hacia esa dirección apunta el principal secreto de la historia, y en ese recuento irán apareciendo, necesaria e inevitablemente, las décadas de miedo y violencia que vivió Colombia bajo el imperio del narcotráfico.

De modo que la vida de Laverde se muestra de forma recortada, se asoma entre las líneas de sombra y humo que se proyectan en los billares, se presiente en los lacónicos diálogos con Yammara. Pero ese saber fragmentado es suficiente para despertar la curiosidad del lector. La técnica eficaz para dejar que el suspenso opere como un atributo del misterio. Porque acaso lo mejor de una novela sea ignorar adónde nos llevan sus personajes y, sin embargo, dejarse llevar por ellos: abandonarse al enigma que se nos va mostrando paulatinamente, sin la promesa de la revelación absoluta.

III

En varias entrevistas, Juan Gabriel Vásquez cuenta que el origen de El ruido de las cosas al caer se remonta a sus años de estudiante de Derecho, cuando asistía con frecuencia a la Casa de Poesía Silva, la residencia bogotana del poeta José Asunción Silva, que aparece como escenario decisivo en la novela. Vásquez recuerda que uno de esos días en los que escuchaba poesía con auriculares en los sillones de cuero de la casa, frente a él hacía lo mismo un hombre de aproximadamente 50 años. De repente, ese hombre empezó a llorar de manera tan desconsolada que la imagen se grabó indeleblemente en su memoria. ¿Qué escuchaba ese hombre? ¿Qué sonido lo venció de esa forma? ¿De qué historia proviene ese llanto? Son las preguntas que años después se hará su personaje Yammara frente al llanto de Laverde, mientras éste escucha, en esa misma casa, la misteriosa grabación contenida en un casete Basf.

Laverde –ex aviador y ex convicto– es un ser que se sabe roto, pero su encuentro en la vida de Yammara ocurre justo cuando desea reponer esa fractura. “Porque lo que importa no es cagarla… –confiesa–, sino saber remediar la cagada. Aunque haya pasado el tiempo, los años que sean, nunca es tarde para remendar lo que uno ha roto. Y eso es lo que voy a hacer”. Laverde no sospecha que la vida le tiene preparada una sorpresa fatal, que su deseo de recomponer “el error” –recuperar el amor de su esposa– se verá frustrado por una tragedia cuyas características, dada su experiencia como aviador, resultan no sólo devastadoras sino de una ironía siniestra: su esposa, la estadounidense Elena Fritts, con la que esperaba reencontrarse después de casi 20 años de separación, muere el 20 de noviembre de 1995 al estrellarse el avión que la traía de regreso a Bogotá. Una suerte de justicia –o azar– implacable que le impedirá a Laverde, esta vez para siempre, remontar el vuelo de una existencia errática.

La tragedia que asola a este personaje ocurre casi al mismo tiempo en que Yammara empieza a vivir junto a Aura y aguarda el nacimiento de su hija Leticia. El prominente profesor y abogado contempla su futuro como un vasto campo de posibilidades, y por esos primeros días de 1996 –inmediatamente posteriores a la tragedia del vuelo 965 de American Airlines–, sólo alberga la emoción de su inminente paternidad. La estela de muerte que impregna la vida de Laverde da la impresión de no alcanzar el estado de vitalidad y cambio que vive Yammara, hasta el momento en que sus vidas se entreveren de manera definitiva en su último encuentro.

IV

Lo que se percibe además en esta primera –y precisa– pincelada de los personajes es cierta inestabilidad que suele manifestarse en un temor casi congénito. De allí que los billares sean descritos como esos lugares “donde busca algo de estabilidad la gente cuya vida, por la razón que sea, es inestable”. Pero no sólo Laverde, quien halla en los billares el único espacio para sentirse “en sociedad”, padece ese estado de inseguridad y desamparo. También la joven Aura es víctima de un temor que arrastra desde la infancia, debido en gran medida a la conducta de unos padres nómadas y misteriosos, con los que ella nunca ha dejado de sentirse prescindible. Por eso, al elegir el Derecho como carrera, Aura admite que lo hace para poder quedarse quieta en un mismo sitio, para hallar en esa disciplina un camino hacia la “impostergable estabilidad”. No resulta extraño entonces que la decisión que toman ella y Yammara de tener un hijo sea expresada entre dubitativos susurros, y luego Aura se abandone a un “llanto callado pero sostenido que sólo cesó con el sueño”. Son esos susurros los que marcan además el tono de lo que se va contando en este primer capítulo colmado de sugerencias y silencios.

V

Pero el clímax de este magistral inicio de la novela ocurre cuando se entrelazan, en un acertado compás binario, las coincidencias entre los versos del célebre poema “Nocturno” (pulse aquí para leer el texto completo) de José Asunción Silva que Yammara escucha en la Casa de Poesía, y el llanto de Laverde al oír el arcano contenido del casete. Se trata del fatal encuentro de dos tristezas sin fondo: la del poema que el vate colombiano escribiera inspirado en la muerte de su hermana Elvira, y la de Laverde ante lo que sea que esté escuchando. (¿Qué escuchaba ese hombre? ¿Qué sonido lo venció de esa forma? ¿De qué historia proviene ese llanto?) Recordemos que el poema de Asunción Silva recrea tres momentos del dolor ante la pérdida de la amada: el escenario de la agonía –“una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas”– donde, a pesar de la inminencia de la muerte, las sombras de la pareja permanecen juntas. Luego se hace referencia a la ausencia de la mujer y lo que antes eran sonidos de misteriosa música, ahora son ruidos –“ladridos de los perros”, “el chillido de las ranas”–, que refuerzan la desolación del poeta y acentúan su sombrío semblante. En los versos finales, el poeta se abandona a la senda solitaria y se encuentra –en el más allá o en la irrealidad de su fantasía– con la sombra de la mujer: “Se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas! ¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas…!” De este poema será la imagen que se repetirá Yammara al salir en búsqueda de Laverde: Una sola sombra larga. Las palabras exactas para nombrar tanto la enigmática figura del personaje devastado como el capítulo inicial de una historia hecha de sombras, murmullos y extravíos.

Además, este cruce entre los versos que Yammara escucha y la enigmática grabación que desata las lágrimas de Laverde es el anuncio de lo que, en las líneas siguientes, empalmará las vidas de ambos personajes en una aciaga alteridad. “Quienes oyen poesía –dice el narrador– saben que eso puede suceder, el tiempo marcado por los versos como por un metrónomo y a la vez estirándose y dispersándose y confundiéndonos como el tiempo de los sueños”. Cuando Laverde le confiesa que su esposa viajaba en el avión siniestrado, Yammara admite que “en un breve momento de confusión Aura tuvo el nombre de Elena, o me imaginé a Elena con la cara y el cuerpo embarazado de Aura, y creo que en ese momento tuve un sentimiento novedoso que no podía ser miedo, no todavía, pero que se le parecía bastante”. Era quizá el presentimiento de lo que sucedería minutos después: el estampido de las balas que asesinan a Laverde y hieren a Yammara. La caída de ambos personajes al final del capítulo traza una circular simetría con la caída del hipopótamo abaleado al inicio de la historia. Un animal que escapa de un pasado otrora fascinante, pero cuya decadencia termina expulsándolo y, con los años, alcanzándolo mortalmente. Porque no sólo son las balas destinadas a Laverde las que alcanzan a Yammara. También es la vida, o la oscuridad de esa vida que se derrumba a su lado, la que lo alcanza y termina por confundirse con la suya.

VI

Es innegable que todo este juego de claroscuros que despiertan el interés y galvanizan el suspenso de la historia, sólo es posible gracias a una escritura dotada de persuasión y eficacia. Si el ritmo es el latido cardíaco del lenguaje, la literatura de Vásquez bombea con saludable vigor narrativo. Su prosa discurre sin remilgos ni pirotecnias verbales. Es un estilo más bien ponderado, de párrafos extensos y correctos, donde la narración y la descripción no exhiben más de lo que se pretende sugerir, al menos en este primer capítulo, y en los que incluso el narrador se permite reflexiones sobre, por ejemplo, la memoria o el sentimiento paterno, que, lejos de interrumpir, iluminan el relato. A esta maestría de la contención estilística, que no se apresura en dar más detalles de los necesarios, hay que añadir la sobria pero adecuada dosis de sabiduría y sensibilidad así como el hábil manejo de los tiempos narrativos, que se trasladan con sutileza del pasado al presente, como quien combina con naturalidad los recuerdos de lo que desea contar. Se trata de uno de esos escritores que ha sabido hallar en el tratamiento clásico del idioma la manera idónea de ser contemporáneo. Mucha razón tiene Rodrigo Fresán al decir que al leer El ruido de las cosas al caer, se tiene “la inequívoca sensación de estar leyendo algo instantáneamente clásico y permanentemente moderno”.

VII

No todos los capítulos de una novela poseen la esfericidad de un cuento. Es decir, no todo capítulo es capaz de tener esa unidad circular que lo haga un planeta lo suficientemente habitable e independiente del resto del sistema novelesco, y al mismo tiempo, poseer tal fuerza sugestiva que expanda el deseo de indagar más en la intimidad de los personajes. “Una sola sombra larga” es a la vez un relato redondo y una magnífica entrada a esa arquitectura de secretos que es El ruido de las cosas al caer. Bienvenidas entonces sus impresiones sobre este primer capítulo cuyas líneas y entrelíneas sirven de abrebocas para la discusión literaria.

 

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (16)

AL
9 de Agosto, 2011

sta novela plantea varias reflexiones generacionales para los adultos contemporáneos de América Latina. Preguntas como ¿Cuál es nuestra relación con la violencia?. ¿Cuánto nos afecta la cruenta batalla silente entre la ciudadanía y la delincuencia? y ¿Qué pasa en nuestro fuero interior cuando la delincuencia nos toca e carne propia y deja de ser una fría estadística? son elementos que nos esperan en las páginas del colombiano Juan Gabriel Vásquez. Creo que son un buen punto de partida para las reflexiones posteriores sobre El Ruido de las cosas al caer.

sandra betancourt
9 de Agosto, 2011

Lo que me gustò de la novela desde el principio es lo que ud. dice, que el autor no utiliza “pirotecnias verbales” y sin embargo lo envuelve a uno sin que se pueda dejar de leer hasta el final. Aùn siendo un tema sobre la violencia el escritor tiene gran delicadeza en el manejo de su trama. Me fascinò.

María Alejandra Bello
9 de Agosto, 2011

“El ruido de las cosas al caer”: cuántas cosas caen sobre nuestras vidas, y llevamos a cuestas? cosas pequeñas, grandes, cosas que suenan, cosas que al caer son silenciosas. El miedo es una de esas cosas que suenan silenciosamente en nuestras vidas…pero que retumban nuestras mentes hasta dejarnos sordos. Este libro es el reflejo de ese ruido ensordecedor que puede agobiarnos a muchos latinonamericanos: el miedo.

Dan Myers
9 de Agosto, 2011

Luis, hablas de las esfericidad del cuento, para referirte al primer capítulo de esta novela. No había relacionado la caída de los hipopótamos con la caída de los dos hombres. Me gustaría, de ser posible que ahondaras un poco en el origen del concepto de esfericidad en la literatura. Abrazo y gracias por esta extraordinaria oportunidad.

Adriana Romero Puche
9 de Agosto, 2011

Creo, como dice Luis, que este primer capítulo es una unidad. Sin embargo, debo confesar que estuve a punto, durante las primeras páginas, de abandonarlo. Después descubrí el porqué de ese error: el temor a que se abrieran viejas cicatrices. La historia de Antonio, con sus temores y aciertos, comienza a develar (en mi caso y seguro que en otros también fue así), nuestra propia historia. Creo, sin duda, que el cierre de este primer capítulo es magistral. No es una tarea para los débiles escuchar a la memoria. Sigo pendiente del próximo texto. P.D. Me encantó la cita de Fresán sobre la novela

Luis Yslas
9 de Agosto, 2011

Estimado Dan Myers, uso aquí el término esfericidad en el sentido que le da Julio Cortázar cuando explica su noción del cuento, que proviene además de aquello que exponía Poe en sus ensayos sobre la composición narrativa. Es decir, Cortázar se imagina el relato como una esfera verbal, cuya historia se encuentra dentro de una estructura cerrada en contraposición con la estructura más expansiva, abierta y fragmentada de la novela. La importancia de la forma cerrada del cuento es primordial para que el cuento se desarrolle, pues la esfericidad condensa la historia dentro de unas fronteras definidas. Si uno lee el capítulo “Una sola sombra larga”, puede sentir que en las últimas líneas el relato no sólo se cierra circularmente y metafóricamente –los dos balazos que recibe el hipopótamo hallan eco en los dos balazos que reciben los personajes–, sino que estamos en presencia de una esfera narrativa que condensa la tensión al máximo y conduce al lector hacia un desenlace inesperado, ese efecto final que deseaba Poe para los cuentos. Y sin embargo, a pesar de generar esa sensación de estructura esférica, el capítulo tiene la virtud de dejar abierta la curiosidad, de trabajar también para la intriga novelesca, para la expansión. Digamos que la esfericidad de este primer capítulo no es absolutamente cerrada; más bien podríamos verla como una esfera maleable que además facilita los vasos comunicantes necesarios para prolongar la historia de los personajes, y nuestra sed de lectores. Si quieres ahondar más en el término de la esfericidad, te recomiendo dos ensayos de Julio Cortázar: “Aspectos del cuento” y “Del cuento breve y sus alrededores”. Te copio el link de la página Ciudad Seva donde puedes leerlos: http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/maestros.htm.

Y en efecto, como señalan Al, Sandra, María Alejandra y Adriana, la novela nos colma de preguntas no sólo sobre la violencia exterior, social, sino sobre los miedos íntimos, sobre las flaquezas internas, sobre la memoria de aquello que muchos prefieren engavetar por incómodo, perturbador o doloroso. Todo además contado con un lenguaje que fluye sin prisas, de modo sencillo pero con lucidez, Una prosa que atrapa y que da en el blanco de nuestra curiosidad, o más bien, de nuestra necesidad de hallar algo de nosotros en la ficción. O para usar la imagen de Adriana, que abre la vena de ese lector que extiende el brazo, dispuesto a la transfusión de palabras que implica toda lectura que presentimos estremecedora.

María D.
9 de Agosto, 2011

Luis, hablas de la contención estilística del autor. Me he dado cuenta que administra bien adjetivos y adverbios. Por otra parte, el exceso de adjetivación y de adverbios siempre se ha dicho que es una de las característica más clara de los que escriben mal. Ahora, me gustaría tu opinión sobre el tema de los adjetivos y adverbios en la narrativa y si nos abuso que nos ilustraras con ejemplos ( y para no salirnos del tema, pudiera ser que los ejemplos sean del libro de Juan Gabriel Vásquez). Gracias.

Dan Myers
10 de Agosto, 2011

Muchas gracias Luis, muy enriquecedora tu respuesta. Me surgen otras preguntas para tí pero las dejo para después. Por cierto Adriana, siento empatía por lo que te sucedió. Un libro puede hacernos remover mucho. ¿Puede un libro o una lectura llegar a hacernos daño? El protagnosta de esta novela asume la memoria para reconstruirse o reinterpretarse, pero es eso lo mejor desde el punto de vista de nuestra siquis?

María Alejandra Bello
10 de Agosto, 2011

Dan tuve la oportunidad de hablar con un escritor y en su caso me confesó: en mi próxima novela me meteré en la psiquis del lector, le haré mella en su yo interior.

En lo personal creo que los libros te hablan, en mi caso creo que hay libros que no deben ser leídos en determinado momento de tu vida, porque en definitivamente te harán daño, o te removerán sentimientos que creías escondidos. Aunque también hay otros que, en caso contrario te dan respuestas a preguntas que tenías o soluciones a problemas.

Los libros tienen su momento…

Luis Yslas
10 de Agosto, 2011

Estimada María D., por fortuna, en la escritura de ficción, no hay reglas fijas ni formas ortodoxas. Es cierto, el exceso de adjetivos y adverbios ha sido considerado por muchos escritores como un defecto de la escritura literaria. De hecho, es el tipo de escritura con el que más simpatizo como lector. Sin embargo, pienso que no existen fórmulas rígidas que establezcan una escritura “ideal”. Así como los cuentos de Hemingway o Carver, por las características de sus historias y personajes, requieren de un lenguaje más depurado, más ajeno a las oropéndolas de idioma, también es verdad que algunas novelas, como las de Carpentier o Lezama Lima, por su necesidad de abarcar metafóricamente una realidad americana abundante y barroca en muchos sentidos, se ajustan mejor a un uso más prolijo de adjetivos y adverbios. Tal vez el discurso periodístico, sobre todo en el siglo XX, ha influido de manera poderosa en la noción de una escritura más concisa y precisa, más depurada de ripios, como aconsejaba Quiroga en su decálogo. Yo creo que cada estilo es un mundo aparte y singular, una forma que debe calzar como un guante al imaginario de cada autor. Y ese imaginario es tan plural y diverso en registros formales, que unas veces el exceso (o la ausencia) de adjetivos o adverbios puede ser un acierto o un defecto. Creo, como señala Vargas Llosa en ese libro de gran utilidad para la discusión de estos asuntos (“Cartas a un joven novelista”) que la eficacia de una escritura “debe responder a la coherencia interna de la historia”. Y si la coherencia de lo que se desea escribir, exige un uso menor o mayor de adverbios, adjetivos o conjunciones, pues es eso lo que determinará la eficacia de la prosa. Pienso que un autor, si bien debe conocer la gramática, debe prestar más atención al ritmo de su escritura. Se escribe más con el oído y menos con el diccionario, aunque éste sea de mucha utilidad. Si la “musicalidad” de lo que se escribe le pide al autor ciertas palabras para ajustarse “rítmicamente” a lo que desea expresar, pues bienvenidas las palabras que sean. Pienso, por ejemplo, que uno de los inicios de novela más célebres, el de Cien años de soledad (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento”), sólo en la primera línea ya incluye dos adverbios, y eso no le resta expresividad ni acierto. En el caso de la novela de Vásquez, me parece que la contención estilística en el uso de adverbios y adjetivos responde a esa coherencia interna de la historia de la que habla Vargas Llosa, dado que se trata de una trama en la que priva el misterio, sobre todo en este primer capítulo en el que todo es sugerido, como dicho entre sombras, con la finalidad de despertar el interés del lector, sin revelarle todas las pistas de entrada. Así, la reducción de aquello que acompaña o modifica a la acción (adverbios) y a la descripción (adjetivos), tiene aquí un sentido pertinente y rítmicamente apropiado. Basta recordar esa magnífica y sucinta descripción de Laverde (p. 21), hecha con algunas ligeras pinceladas que reafirman su apariencia enigmática, para comprobar que el uso de las palabras, de las funciones gramaticales, se ajustan a la atmósfera de misterio de la trama y de los personajes.

Luis Yslas
10 de Agosto, 2011

Dan, has hecho una gran pregunta. Una de esas preguntas con las que se encuentra todo lector alguna vez luego de leer un libro que desgarra, que, literal y literariamente, nos sacude emocionalmente. “¿Puede un libro o una lectura llegar a hacernos daño?” Esa interrogante nos lleva a cuestionarnos incluso la “idealización” que algunas personas hacen de los libros, al considerarlos objetos incapaces de provocar efectos negativos, o como señalas, dañinos. Me parece que los libros son productos humanos, es decir, complejos, llenos de contradicciones y claroscuros, de bellezas y vilezas, de alegrías y penas, de consecuencias inesperadas. Sobre todo aquellas obras cuyo impacto emocional en los lectores llega a ser impredecible y hasta peligroso, por las altas dosis de bienestar o daño psicológico (o de otro tipo) que pueden generar. Leer implica también cierto coraje, sin duda. Pero veamos qué tienen que decir los otros lectores al respecto.

LP
11 de Agosto, 2011

Desde el primer Capitulo el libro de atrapa y no lo puedes dejarlo hasta que lo terminas. En cuanto a si un libro puede hacernos daño? Esto depende si se te ves reflejado en los que estas leyendo y la forma en como esta narrado

Michelle Roche Rodríguez
12 de Agosto, 2011

Luis,

Qué buen análisis del primer capítulo. Creo, como tú que lo clave de acá es la imagen de la caída y una que le viene muy cercana la de la bala. Esta es una novela que habla sobre el miedo, un miedo que yo (como Adriana) siento mío, porque soy latinoamericana. La caída es la desaparición y la bala, que nunca se sabe de quién viene, es un poco como el destino trágico de los que habitamos esta reacción: nunca se sabe en qué momento nos toca a nostros sobrevivir o perecer víctimas de una bala disparada por algún ser sin rostro. La idea de que el criminal no tiene rostro es lo que a mí me cautivó desde el primer capítulo. Creo que en el libro no se nombra a Pablo Escobar más de dos o tres veces y eso me parece otro asunto crucial, porque Escobar es apenas una manifestación del subdesarrollo.

Encantada de leer, Michi

Luis Yslas
14 de Agosto, 2011

Querida Michelle, mencionas dos palabras muy oportunas para la comprensión de los capítulos siguientes, que de alguna manera se anuncian en el primero: miedo y tragedia. Por ahí, literalmente, van los tiros de esta cautivadora novela.

María D.
14 de Agosto, 2011

Gracias Luis. Entiendo que no hay reglas y que los autores tienen objetivos distintos en cuanto a su obra. Pero hay oraciones, frases, párrafo mejores escritos que otros, ¿no? y aveces el exceso de adjetivación es una de las razones de la diferencia.

Gracias Luis.

Luis Yslas
14 de Agosto, 2011

Sin duda, María. En el caso de los adjetivos, siempre es mejor que falten y no que sobren. Razón tenía Carpentier al calificarlos como las arrugas del estilo.

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