Club del libro Prodavinci

En torno al capítulo final de El ruido de las cosas al caer, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 30 de Agosto, 2011
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I.

Todo lector presiente una forma peculiar de soledad al recorrer las últimas páginas de un libro que se resiste a abandonar. ¿Cómo salir de un mundo que, por unas horas o días, fue también suyo? ¿De qué tipo de dolor está compuesto ese desprendimiento? ¿Qué se remueve en su interior? ¿Qué mutaciones se producen? Un lector que se haga estas preguntas debe sospechar que ese libro no lo abandonará del todo, al menos, mientras siga resonando en su propia historia. Y aunque esa sensación de soledad que lo invade se viva de muchos modos, y en repetidas ocasiones, y a pesar de que es posible releer el libro más de una vez, el efecto de la primera separación jamás tendrá el mismo impacto. Eso también forma parte del oficio de lector: aprender a vivir con ese fin del mundo que se repite en cada lectura, interminablemente, como el amor o la muerte.

II

Puede que esa sensación haya acompañado a más de un lector durante el último capítulo de El ruido de las cosas al caer, en especial, porque la propia novela se sostiene sobre la memoria de la pérdida como mecanismo de recomposición –o aceptación– de la soledad. Ese dilatado y revelador encuentro de fin de semana santa entre Antonio Yammara y Maya Fritts es un viaje al pasado que les sirve a los personajes no para sanar sus heridas, sino para aprender a convivir con lo irreparable, con el estado de desolación que llevan como una borrosa huella de identidad. De eso se trata el aprendizaje que apunta el narrador al inicio de ese último capítulo: “Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios”. Víctimas de un país violento y corrompido donde, aunque pocos fueron inocentes, muchos sí fueron unos inocentes, Maya y Antonio encuentran una serie de causalidades que los ata y que, a modo de irónica solidaridad, les brinda la certeza de que en Colombia lo bueno es que “uno nunca está solo con su destino”. Ambos entienden que sus existencias son prolongaciones de otras, conocidas y ajenas, pero siempre ligadas a una persistente combinación de azar y destino, de la misma manera en que el recorrido de una bola de billar es la prolongación del golpe efectuado por la mano diestra, o inexperta, del jugador: la metáfora sobre la que gira toda la novela.

III

Uno de los aspectos más notables de este último capítulo es la urdimbre de simetrías que se conectan con los pasajes e imágenes iniciales de la trama. Eso le otorga una aparente circularidad estructural y semántica, pero también suscita la impresión de que la historia se despide también de sí misma al evocar, por medio de estas equivalencias y alteridades, su propio nacimiento, a la vez que refuerza el atributo de la causalidad como dispositivo integrador y existencial de sus protagonistas. Antonio y Maya descubren que ambos fueron por la misma época al zoológico de la Hacienda Nápoles en condiciones clandestinas similares. Viajan luego a esa hacienda, en el mismo Nissan donde Enrique Laverde y Elena Fritss hablaron sobre la posibilidad de tener hijos, para comprobar, in situ, la decadencia de un lugar que les resulta tristemente común. Volver a la mansión de Pablo Escobar, asomarse por sus ventanas y comprobar el deterioro de lo que alguna vez fue la cima del esplendor y del terror, pareciera ser un modo de ver de frente el origen del miedo y, quizá, de comenzar a vencerlo. El recuerdo como un espejo retrovisor que les permite avanzar sólo porque les muestra constantemente lo que van dejando atrás.

Pero las correspondencias prosiguen. Ya de regreso a La Dorada, Maya se baja del auto para contemplar a uno de los hipopótamos escapados de la hacienda –quizá uno de los que años después caerá acribillado tal como se describe en la primera página de la novela–, y pronuncia casi las mismas palabras que le oyó decir Antonio a Enrique Laverde cuando lo conoció en el billar de la calle 14: “Cuánto van a durar esos bichos, es lo que yo me pregunto… No hay quien los alimente, ni quien los cuide…”  Volverá a aparecer la imagen de la cicatriz –la que recuerda la herida del padre de Enrique, pero también la que sirvió para que Antonio se ganase la confianza de Consu– como lugar de reconocimiento de la desgracia, en una de las escenas más conmovedoras del libro, por su confusa carga de dolor y erotismo: “Pensé que los dos estábamos solos en esa habitación y en esa casa, pero solos con una soledad compartida, cada uno solo con su dolor en el fondo de la carne pero mitigándolo al mismo tiempo mediante las artes raras de la desnudez. Y entonces Maya hizo algo que sólo había hecho una persona en el mundo hasta entonces: su mano se posó sobre mi vientre y encontró mi cicatriz y la acarició como si la pintara con un dedo, como si su dedo estuviera embadurnado en témpera y tratara de hacer sobre mi piel un dibujo raro y simétrico”.

Asimismo, las voces de la caja negra reaparecen como sonido de fondo a una serie de confesiones entrecruzadas de Maya y Antonio, y remiten especularmente al día en que éste vio a Enrique escuchar esa cinta en la Casa de Poesía Silva. Sólo que esta vez no serán los versos de José Asunción Silva, sino de otro poeta colombiano, Aurelio Arturo, los que recuerde el protagonista como un ritornello –o una premonición– mientras regresa a su casa en Bogotá: “Yo os contaré que un día vi arder entre la noche / una loca ciudad soberbia y populosa… / Yo, sin mover los párpados, la miré desplomarse, / caer, cual bajo un casco un pétalo de rosa”. La poesía anticipándose siempre a las andanzas de la historia, marcando su ritmo como una música cuyos secretos sólo se muestran demasiado pronto o demasiado tarde.

Es cierto que el narrador va desatando ciertos nudos de la trama, pero, fiel al misterio que dio origen a la historia, deja también varias preguntas al aire. La novela entonces no es completamente circular. Está constituida más bien por una ristra de espirales de sentido que completa algunos cabos y deja abierto otros. Así, el lector no sabe con exactitud, pese a las especulaciones del narrador, qué mecanismos inconscientes hacen que Antonio niegue a su familia cuando Maya le pregunta si tiene hijos. Ignora en qué negocios ocultos andaba Enrique Laverde al final de sus días, ni quiénes ni por qué lo mataron. Tampoco es capaz de responder las últimas interrogantes sobre el futuro de Antonio junto a Aura y su hija Leticia. ¿Volverá con ellas? ¿Buscará de nuevo a Maya? ¿Permanecerá solo? Lo curioso es que el lector sabe que Antonio conoce las respuestas. Su narración comienza muchos años después de su viaje a La Dorada, por lo que esas ventanas abiertas que ha ido dejando a lo largo de la historia son intencionales: una forma de lealtad a los secretos que conforman su vida. ¿No es acaso este final una invitación a que la novela prosiga en los lectores, a que sean éstos quienes coloquen las piezas que faltan, o acepten que el silencio también puede ser un eslabón de sentido tanto en la ficción como del otro lado de las páginas?

IV

Muchas cosas caen en esta novela. Y lo hacen con devastadora contundencia. No son sólo caídas: son catástrofes que se desploman sobre los personajes como una tragedia histórica. Antonio y Maya, Aura y Leticia, son sobrevivientes de esos desmoronamientos individuales y colectivos, y todo parece indicar que acusarán sus efectos por el resto de sus días. La novela representa el enfrentamiento entre el peso de las cosas que caen y el esfuerzo por recobrar la altura perdida. La figura de los aviones adquiere así la imagen de un vuelo extraviado –un tiempo heroico, es decir, de valientes– que los personajes ansían recuperar. Recuperar el sentido de sus vidas es aprender de nuevo a pilotarlas sin temores. La memoriosa escritura de Antonio –quizás la novela que el lector tiene en sus manos– responde de esta manera a lo que Italo Calvino consideraba un valor y un ideal: “La literatura como función existencial, la búsqueda de la levedad como reacción al peso del vivir”. Los personajes se rebelan contra la pesadez del mundo, revelándose entre ellos lo que los mantiene atados a un pasado de miedos comunes. No se sabe a ciencia cierta si lleguen a lograr ese ascenso, ni hasta qué altura ni por cuánto tiempo, pero el último capítulo lleva el nombre de su deseo: “Arriba, arriba, arriba”.

V

También hay lectores cuya manera de prolongar el final de un libro es escribir sobre ellos. O mejor dicho: desde el estado de alteración existencial que provocó su lectura. Son obras que se imponen como un llamado a la escritura. Y lectores que responden con sus propias vidas a la pregunta que les formula la ficción. Digo esto porque pocas reacciones sobre El ruido de las cosas al caer han sido tan sobrecogedoras como el texto “La huida” (puede leerlo pulsando aquí) de Cristina Rojas Rosas que leí hace unos días: una venezolana que huyó a Buenos Aires, escapando del miedo caraqueño.

Con la mención (y recomendación) de ese texto quisiera finalizar estos comentarios sobre una novela cuya resonancia literaria, como demuestran las palabras de Cristina, logra traspasar la experiencia de lectura e instalar el ámbito de lo imaginario en esa otra zona de la experiencia que insistimos en llamar vida real. Porque a lo mejor las novelas que nos marcan no terminan del todo, quedan circulando en nuestras propias palabras y gestos, prolongándose en el recuerdo de lo que hemos sido, o en lo que vamos siendo, como un ruido que no deja de acompañarnos porque ya se hizo nuestro.

***

Lea también: En torno a los capítulos IV y V de El ruido de las cosas al caer, por Luis Yslas

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (4)

Rodnei
31 de Agosto, 2011

Muy pocas novelas se leen como esta, estaba guardando mi comentario justo para el final de la discusión, estaba animado, era el tema de la violencia contada de otra forma, una historia de amor, con tantas imágenes hermosas, con una carga poética como pocas, pero, que decepción, se merecía un mejor desenlace, el autor arreglo el final de la peor forma posible, después de conocer la historia de Enrique Laverde y Elena Fritss a través de Maya, esperaba otra cosa, pero no, Yammara lo que hizo fue negar su familia, a su hija, sin motivo que es lo peor, que Aura lo haya abandonado es lo menos que se merecía.

Georgia
31 de Agosto, 2011

La caida es en espiral, o en barrena, depende la resonancia del texto en cada lector que hemos leido con expectativa, sobrepasadas en mi caso, de un libro que no solo es el pasado y presente de un país y de unos actores, activos y pasivos del mismo; el ruido es la resonancia que esa lectura deja en quienes estamos pendientes en ubicar unas claves literarias y metaliterarias en ese relato, que se puede abordar desde tantos ángulos pero que es la historia de personas que esperan dejar atrás lo que ya no puede cambiarse ni lamentar.

sandra
31 de Agosto, 2011

Serà que el autor no le quiso dar el toque de final feliz que a muchos nos hubiera gustado, o dejò a cada lector escoger el desenlace que mejor le pareciese, yo opto por pensar que se quedò con Aura y Leticia, a quienes Antonio definitivamente amaba y representaban su futuro, el pasado es todo el libro.

Luis Yslas
2 de Septiembre, 2011

Rodnei, también a mí me incomodó el pasaje en el que Antonio niega a su familia. Ahora bien, ese es un juicio moral que nos permite juzgar al personaje desde un ángulo humano, pero no sé si a la novela en lo que respecta a su verosimilitud literaria. Esa reacción, me parece, se ajusta al momento de inestabilidad y fragilidad de Antonio. También él se encarga de explicar las posibles razones de esa respuesta, y aunque parecieran no ser convincentes a una escala, digamos, ética, sí lo son en lo que respecta a la complejidad del personaje, a sus vacíos y miedos. A su coherencia narrativa. Quizás como señalan Georgia y Sandra, el pasado posee en esta novela toda la fuerza protagónica y simbólica, y del porvenir (novelesco pero también, a escala metafórica, del futuro colombiano) el narrador tenga poco que decir pues aún se mantiene en estado de transformación, de advenimiento. Ignoramos si para bien o para mal, claro. Además, creo que ese final abierto le resta poderío al desenlace trágico que uno podría prever en la historia, y le agrega un horizonte enigmático en el que cabe también la esperanza para los personajes, y para ese mundo de catástrofes que les ha tocado padecer y heredar.

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