Club del libro Prodavinci

En torno a los capítulos IV y V de El ruido de las cosas al caer, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 24 de Agosto, 2011
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I

“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”, escribe Milan Kundera en El arte de la novela. Antonio Yammara y Maya Fritts participan de esa lucha al rememorar el origen de las cicatrices que el poder del narcotráfico ha dejado en sus vidas. Vuelven a ese pasado como quien averigua en los pliegues del dolor la frágil materia de la que están compuestos. Sin embargo, ese poder omnipresente no se muestra sino en los entresijos de su historia íntima y familiar. O más bien, está presente pero bajo la epidermis de otro poder no menos ubicuo y deshumanizador: el poder del miedo. Para Antonio Yammara y Maya Frits, la lucha contra el miedo es también la lucha de la memoria contra el olvido.

Los capítulos IV y V develan el pasado que Maya ha conservado de sus padres. Esa otra caja de recuerdos de la que Yammara extrae las piezas que le faltan para completar la historia sentimental de Enrique Laverde y Elena Fritts. La narración se remonta a finales de los 60 y comienzos de los 70, los únicos años en que ambos estuvieron juntos. Para ese entonces son apenas dos jóvenes que a su manera anhelan escapar de un presente en el que no se sienten a gusto. Del que no están orgullosos. Elena se avergüenza de su país, y su trabajo en los Cuerpos de Paz de Colombia tal vez busca aliviar esa mala conciencia que siente por la política de los Estados Unidos. Ricardo, por su parte, no comparte ni las ideas ni la forma de vida de sus padres. Ese mundo de apariencias de “las familias de buen pasado que un día se dan cuenta de que el pasado no da dinero”. Enrique se cree llamado para una empresa heroica que nada tiene que ver con las predicciones numéricas que realiza su padre, un actuario de seguros que lleva en su rostro la marca ocasionada por la catástrofe de Santa Ana. Enrique, sin embargo, asume ese accidente, esa cicatriz, como el origen de su vocación. Su futuro, piensa, no está en las fatales estadísticas de su padre, sino, paradójicamente, en el pasado de su abuelo: ese héroe de la aviación en quien ve un modelo de vida que él está dispuesto a prolongar. De modo que tanto Elena como Ricardo hallan en las culpas ajenas –o heredadas–, el motivo para soñarse una vida nueva: compartida. Digna y humanitaria, en el caso de Elena. Heroica y lucrativa, según las expectativas de Enrique. Esos ideales, junto al amor franco que se profesan, los mantendrán unidos hasta el instante en que las culpas comiencen a ser propias e insostenibles.

Porque la infidelidad también ingresa en esta historia de amor, pero no por la vía tradicional del engaño erótico. La traición opera en otro sentido, no menos devastador para su relación. Elena traiciona el propósito que la hizo abandonar su país: ayudar a las personas más desasistidas y explotadas de Colombia. Se desentiende por un tiempo de su trabajo en los Cuerpos de Paz, y cuando, ya casada, retoma sus labores, consiente que Enrique trabe oscuros negocios con Mike Barbieri –otro farsante de los Cuerpos de Paz– o soborne a los líderes comunales. El fin empieza a justificar los medios. Y los medios corrompen sus principios, y ensombrecen su conciencia: “Elaine se alegraba de haber podido trabajar por el bienestar de esos campesinos, aunque lo hubiera hecho menos tiempo de lo previsto, y entonces, como una sombra, como la sombra de un gallinazo volando demasiado bajo, se le cruzaba por la cabeza la idea de haberse convertido ahora en lo mismo que, como voluntaria de los Cuerpos de Paz, había combatido hasta el cansancio”. Enrique, aunque le confiesa a Elena que su trabajo como aviador consiste en transportar drogas, se traiciona a sí mismo al permitir que la ambición lo aleje de esa catadura heroica que pretendía alcanzar en la aviación. Ambos, finalmente, no sólo se corrompen al caer en la trampa del negocio del narcotráfico, sino que se van perdiendo la admiración y el respeto. Enrique no mira a los ojos a Elena cuando le confiesa la verdad sobre sus negocios. Es un gesto de vergüenza que indica lo que ambos han perdido en ese espinoso camino que es mentirse a sí mismos. Así, a medida que crece su riqueza, aumenta también la sensación de soledad y de temor. Nace la culpa. Ellos lo presienten, pero la soberbia parece pesar más que la precaución. O tal vez la ingenuidad de creerse invencibles mientras tararean la canción de Frank Zappa: “What’s  there to live for? / Who needs the Peace Corps”. No deja de ser también irónico el final del capítulo IV, cuando Elena le pide a Enrique que le pregunte si ya le cogió el tiro a la vaina, refiriéndose a su comprensión de Colombia, y ella responde que sí, sin prever la enorme vaina que la vida le echaría cuando Enrique sea capturado por dos agentes de la DEA, y caiga por primera vez y para siempre, desfigurado por la tristeza.

II

El ruido de las cosas al caer hace que el lector se cuestione a esta altura de la novela, si la desgracia que arruina la vida de Ricardo y Elena responde exclusivamente a su codicia e irresponsabilidad, o más bien a una especie de predestinación ancestral. Y también, si la malograda vida que llevan Maya y Antonio es heredera de esta secuela de catástrofes aéreas y ambiciones desmesuradas, o producto de sus propias inseguridades. Pareciera que la novela se inclina más, como ya se ha comentado, por la explicación trágica. En este sentido, resulta pertinente volver al pasaje en el que el narrador da cuenta de los efectos que el accidente de Santa Ana dejó en la familia Laverde: “Se hablaba del accidente, sí, y se hacía en todos los tonos y con todas las intenciones, para demostrar que los aviones eran cosas peligrosas e impredecibles como un perro con rabia (según su padre), o que los aviones eran como los dioses griegos, siempre ponían a cada uno en su lugar y no toleraban la arrogancia de los hombres (según su abuelo)”. Ambas interpretaciones se prestan para la lectura de esta novela en la que los hilos de la trama convergen en las siguientes interrogantes: ¿Es acaso la desgracia que azota la vida de los Laverde causa del azar o más bien un castigo a la “hibris” de los personajes? ¿Es la arrogancia del capitán Abadía al maniobrar temerariamente su avión en la catástrofe de Santa Ana un presagio de las futuras arrogancias de la familia Laverde –y del país–, castigadas severamente por unos dioses invisibles e implacables? ¿Son libres los personajes o están marcados por el fatum de la calamidad? ¿No hay entonces escapatoria al temor? ¿Es el miedo una herencia o más bien, como le dice Aura a su esposo por teléfono, algo contagioso?

III

Lo cierto en todo caso es que el miedo nos hace desconfiados. Para quien vive en el miedo, los otros son siempre una posible amenaza; un motivo para el sobresalto. La inquietud es el estado natural de quien observa el mundo desde el temblor existencial. Una sociedad atemorizada es una sociedad aislada: un conglomerado de solitarios que se vigilan con recelo, que viven a la defensiva. Y que además padecen la humillación de sentirse sometidos por un poder que los sobrepasa y anula. La soledad de quien vive atemorizado es una enfermedad que haya alivio, mas no cura, en la huida. “Somos todos escapados”, se titula uno de los capítulos de esta historia de seres que, para vencer la parálisis del miedo, escapan en el espacio, pero también en ese mecanismo de la nostalgia que es la escritura.

Maya Fritts y Antonio Yammara, aislados de la ciudad que temen, se refugian en la memoria compartida. Yammara no sabe cómo recuperar la convivencia afectiva que tuvo antes del accidente con su esposa Aura. Por eso escapa a La Dorada, lejos de Bogotá, no sólo para conocer el pasado de Laverde, sino para olvidar su presente. Para hacer una pausa en su vida mientras aclara ciertas cosas de sí mismo. Maya, heredera también de ese miedo generacional, ya no sabe vivir entre los otros, y acaso encuentra en la armonía social de las abejas, el mundo que echa en falta, por imposible. De allí que la mención, en apariencia risueña y fugaz, de Cien años de soledad, no resulte intrascendente.

Recordemos el instante en que Elena les escribe a sus abuelos contándoles que el padre de Enrique acaba de regalarle Cien años de soledad, libro que, admite, no logra atraparla. Elena no entiende por qué en Macondo todo el mundo se llama igual. Tampoco se explica cómo sigue apareciendo la “errata” de la “E” invertida en el título de la portada. Pareciera que estas observaciones no son sólo un guiño de parte de Juan Gabriel Vásquez a modo de homenaje a la que sin duda es una de las obras cumbres de literatura colombiana. Más bien subrayan la imposibilidad de Elena de ver en esa historia de García Márquez lo que, en escala real, ocurre en la Colombia que le ha tocado vivir. No logra prefigurar que esos nombres que se repiten en la novela, e incluso el signo de la “E” invertida, y el sino de una estirpe condenada a la soledad, tal vez le hablen metafóricamente de una cultura en la que el mito del eterno retorno no es sólo un mito, sino una constante histórica. Elena no consigue decodificar una novela que, sin saberlo, la incluye en tanto personaje, pues ella ya forma parte de ese mito y de esa historia. Pero  tampoco habría que juzgar a Elena con severidad. Muchos libros se nos revelan como espejo, como códigos secretos de nuestra propia vida, luego de haber pasado por ellos hace ya mucho tiempo.

Asimismo, es posible que la referencia del libro de García Márquez sirva a la vez como una clave más para la lectura de la propia novela de Juan Gabriel Vásquez. En su ensayo “El arte de la distorsión”, publicado en Letras Libres, Vásquez propone leer Cien años de soledad como una novela histórica, al margen de la ya descolorida etiqueta del realismo mágico. Pero aclara que no se trata de ver en la obra de García Márquez un trasunto de los hechos históricos más o menos disfrazados de invención, sino de leerla, tal como señala Kundera, citado en ese mismo ensayo, como un mundo de ficción en el que se expresa “la dimensión histórica de la existencia humana”. Ese tipo de novelas, dice Juan Gabriel Vásquez, “que se han enfrentado a los complejos procesos de la historia de maneras que a la historiografía le parecerán reprobables, pero que la historia misma (además de los lectores) agradece. Estos novelistas han descubierto que su patrimonio está en la libertad, la suprema libertad del creador de ficciones, que le da derecho para modificar las cronologías, cambiar los escenarios, destruir las causalidades. Sin formar escuelas, sin firmar manifiestos, varios novelistas de distintas lenguas se han dado cuenta de la posibilidad de otra novela histórica cuya fortaleza se concentra toda en algo que llamaré el arte de la distorsión. Una de esas novelas es, por supuesto, Cien años de soledad”. Y no cabe duda que El ruido de las cosas al caer pertenece a esta familia de novelas, por lo que también podría discutirse desde esta perspectiva, en tanto que se trata de una obra que se sirve de la época de los carteles de la droga en Colombia, pero no para cifrar los acontecimientos más relevantes de esos años, sino para, gracias a los mecanismos de la distorsión imaginaria, recrear el impacto que esas décadas de miedo y soledad tuvieron en la historia en minúscula de sus ciudadanos anónimos.

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En torno al primer capítulo de “El ruido de las cosas al caer”, por Luis Yslas

En torno a los capítulos II y III de El ruido de las cosas al caer, por Luis Yslas

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

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