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En torno a los capítulos II y III de El ruido de las cosas al caer, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 16 de Agosto, 2011
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Nunca será uno de mis muertos

Nada como el dolor físico para recordarnos nuestra transitoriedad. Para acercarnos, sin anestesias intelectuales, a la idea de la muerte.

Luego de haber sido abaleado junto a Ricardo Laverde, Antonio Yammara vivirá meses bajo los estragos de un sufrimiento corporal al que se le suman el miedo y el desconcierto. También la reflexión y la rabia. Su prolongada convalecencia en la clínica, y su posterior recuperación junto a su esposa Aura y su pequeña hija Leticia, muestran no sólo a un hombre enfermo, sino extraviado. Un hombre sin asideros. Su vida ha dado un giro inesperado, casi fatal, y Yammara apenas puede entender los hechos recientes desde el dolor y el temor a la muerte. En ese sentido, se integra por vía del padecimiento con el malestar de su época, pues “el miedo era la principal enfermedad de los bogotanos de mi generación”, según palabras de su médico. La enfermedad lo vuelve un ser atormentado, y lo conduce a un estado de inseguridad y vergüenza. Su cojera no sólo es física, sino metafísica; su disfunción, el equivalente orgánico de su caída. “Quiero catar silencio, non curo de compaña”, son los versos de León de Greiff que cita Yammara para que lo dejen en paz. Por eso rechaza la compañía de sus padres, pierde el respeto de sus alumnos y trata duramente a su esposa Aura cuando ésta trata de brindarle aliento. Las palabras de consuelo de sus seres cercanos le resultan, más que incómodas, ajenas. Para el enfermo, los otros pertenecen al mundo de los sanos, de la estabilidad y las certezas. Los otros le recuerdan aquello que a él le falta. De modo que el esfuerzo de Yammara por reintegrarse a su vida doméstica es una tarea fallida; una aporía. Pronto se da cuenta de que la vida que tuvo antes del accidente se ha atrofiado, o que tal vez él ya no pertenece a las personas y a los lugares que hasta ese momento han formado parte de su mundo. Algo de su vida se ha detenido en la muerte –y en el pasado– de Laverde. Es allí donde debe buscar y buscarse: en el ámbito incierto de ese otro cuya fantasmal presencia es también una forma de alteridad.

“Toda metafísica comienza con una angustia del cuerpo”, pensaba Cioran. Y esa metafísica se traduce, para Yammara, en investigar la vida del ex aviador que murió a su lado en una calle de Bogotá en 1996. Dos años después del asesinato, el íngrimo signo de interrogación colocado en el diario que su médico le sugiere escribir, es el punto de partida de esa búsqueda aún no definida del todo en su conciencia. Se produce entonces el primer desvío, casi de manera predestinada, hacia el lugar del crimen. Esa zona de la ciudad –el barrio de La Candelaria– que permanece inalterable al paso de los años. Un espacio con el que Yammara comparte un mismo estado de parálisis temporal, pero donde se siente menos aislado y perdido, como si la angustia cediera ante el deseo de saber, de explorar en lo ignoto. Por eso se abrirá frente a los desconocidos y no frente a sus seres más cercanos, porque nada de lo que hasta entonces le era familiar puede aliviar o explicar su abatimiento. Una vez allí, Yammara sabe que el siguiente paso es ir a la casa donde vivió Laverde antes de morir: desandar el camino que dejó incompleto.

Y es justamente la cicatriz de su vientre –el signo de su caída y su extravío– la que le abre las puertas de la pensión. Pocas señas concitan la confianza inmediata entre las personas como las heridas de una guerra compartida. En este caso, la guerra que libró Colombia consigo misma durante los años más duros del narcotráfico. Consu, la encargada de la pensión, parece entenderlo así. Y es tal la confidencia inmediata que se crea entre ambos, que ella no dudará en prestarle a Yammara uno de sus objetos más preciados: el casete que escuchó Laverde el día de su muerte. De nuevo, Juan Gabriel Vásquez recurre a la sobriedad estilística en el tratamiento de esta escena tan conmovedora como crucial en la trama. Por medio de un contrapunto en el que las voces de los pilotos y la del narrador se alternan en un logrado equilibrio, el lector se entera de lo que Laverde escuchó en la Casa de Poesía Silva: la caja negra del vuelo donde fallece su esposa Elena Fritts. Nada de estridencias emotivas ni efectos especiales. Sólo las voces de los pilotos cuyos nervios apenas se evidencian en los segundos finales, y el pensamiento de Yammara que imagina lo que Elena podría estar pensando en su asiento mientras el avión está a punto de estrellarse: adivinando la historia de esa vida que está próxima a desaparecer. Así, el accidente se describe elípticamente: en las palabras anónimas de dos pilotos que ignoran que van a morir. Leemos la inminencia de una catástrofe que no llegamos a ver, pero que cada cual reconstruye en su íntima caja de resonancia. Y esa habilidad para sugerir la sensación de la desgracia sin mostrarla, la subraya. La hace más permanente en la memoria de los personajes y de los lectores.

Luego de oír la grabación, Yammara piensa que él “no tenía derecho a escuchar esa muerte, porque esos hombres que mueren en el avión me son ajenos, y la mujer que viaja atrás no es, nunca será, uno de mis muertos”. Sin embargo, el lector sabe que el personaje se equivoca. Y acaso Yammara también. Pues estas palabras sólo pretenden rechazar algo que él ya presiente inevitable en su fuero interno: que esa muerte sí le pertenece. Que su vida de ahora en adelante no estará completa, o no será comprensible, sin las muertes de Laverde y Elena. El propio Yammara lo asume así al detenerse en el último sonido del vuelo 965 de American Airlines: “Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha”.

Un ruido que no termina de extinguirse. La caja negra como una memoria fragmentaria de la caída fatal. Los secretos de la novela se van develando, es cierto, pero dan la impresión de no mostrarse en su totalidad. De continuar moviéndose dentro de los personajes y de los lectores como un temblor que abarca otros compartimientos del misterio. Por eso la sorpresiva llamada de Maya Fritts al final del capítulo abre otra intriga luego de haberse descubierto la de la caja negra y, como un mecanismo especular, llevará a Yammara a la revelación de otra caja, esta vez de mimbre, pero también depositaria de los efectos personales de Ricardo Laverde.

La mirada de los ausentes

Con el agravante de la virilidad herida y sin comprender el gesto de su esposa al regalarle el vibrador (imagen desconsoladora que termina por ahuyentarlo de su casa), Yammara va dejando atrás –o entre paréntesis– su fracturada vida doméstica y la geografía conocida de su ciudad, para internarse en el territorio de esas otras vidas que puedan otorgarle sentido a la suya. Su próximo desvío es la casa donde vivieran Laverde y Elena hace más de veinte años, y en la que ahora lo espera su hija, Maya Fritts, esa mujer solitaria que vive dedicada a sus abejas y cuyo rostro era “como una fiesta de la cual ya se han ido todos”. Su viaje, lo entenderá pronto, es también un desplazamiento temporal, hacia las inesperadas historias de una época en la que su país empezó a perder cada vez más altura.

Esto explica que la técnica empleada con más frecuencia a medida que se avanza en la novela sea la de la caja china (o muñecas rusas), la cual consiste en incluir historias secundarias o complementarias dentro de la principal para acentuar no sólo la reciprocidad entre ellas, sino la complejidad y ambigüedad de la trama novelesca. Sin duda, el procedimiento estructural más acorde con el recuento que hace Yammara de unas vidas (y unas muertes) armadas entre varias voces.

Habrá advertido el lector además que los títulos de los tres primeros capítulos de la novela remiten a la muerte, y en el tercero, Yammara parte a La Dorada un viernes santo. No es casual, tratándose de una historia en la que la tragedia, en su acepción más clásica, pareciera modelar el devenir de los personajes. Sólo así puede comprenderse ese pasaje en el que Yammara le dice a Maya que le parece muy raro que “la esposa de un piloto se haya matado en un accidente de avión”, a lo que ésta le responde que eso no tiene nada de extraño cuando uno sabe ciertas cosas. Y seguidamente le muestra la crónica sobre el accidente aéreo en el que estuvieron presentes el abuelo y el padre de Laverde, en 1938. El mismo texto que le entregara Ricardo Laverde a Elena a modo de guía personal cuando eran novios: “una guía de emociones, con todas las rutas bien marcadas”. Como si la pasión por la aviación, pero también la desgracia ocasionada por esa pasión, se transmitiera por herencia genética, como un signo inexorable en el porvenir. Todo indica que Maya asume ese sino familiar como algo inevitable, por lo que no encuentra rara la muerte de su madre. Lo que a ella más bien le interesa, como a Yammara, es reconstruir la vida de su padre. Ambos saben cómo murió Laverde: lo que desean averiguar es cómo vivió, responder a esa perturbadora “mirada de los ausentes” que no los abandona.

Ese es el vacío común en el que se entrelazan las vidas de Antonio Yammara y Maya Fritts, contemporáneos de una generación que ansía comprender las entrelíneas de una historia personal pero también nacional: el origen de su miedo y sus heridas. De modo que si una extraña le permite a Yammara acceder a la caja negra del vuelo 965, es ahora otra desconocida –una entrañable desconocida, es cierto– la que lo invita a compartir el contenido de una caja de mimbre donde se hallan las “pruebas”: esas otras piezas del rompecabezas que es la vida de Ricardo Laverde. Un encuentro además en el que la cercanía entre los personajes se va cargando de una tenue pero perceptible sensualidad, hecha más de silencios que de palabras. Todo con el fin de dejar en el lector nuevas inquietudes no sólo sobre el pasado de Laverde y Elena, sino sobre el futuro inmediato de Yammara y Maya.

“La literatura es un miedo –afirma el ensayista Juan Carlos Santaella–, un lento miedo que se desplaza secretamente en el cuerpo meticuloso de la lengua y desde allí comienza a hablar”. La historia que Yammara va registrando es entonces la expresión de ese miedo que sólo adquiere ritmo y espesor en la piel del lenguaje literario. Porque, ¿no es acaso la novela que leemos el texto que Yammara escribe años después de los episodios trágicos que marcaron su vida? ¿No es ese cauce narrativo el más apropiado para transvasar la memoria del temor personal y generacional que condiciona su existencia? ¿No es la literatura la caja negra de las catástrofes privadas?

De poetas y aviadores

Releyendo los tres primeros capítulos de esta historia en los que la fatalidad aérea es la metáfora de otras tragedias de índole nacional y hasta continental, recordé un pasaje de la novela Necrópolis (2009), del también bogotano Santiago Gamboa. Allí se recrea un episodio de la vida del poeta portugués Ivo Machado, a mediados de los años 80, mientras trabajaba como controlador aéreo en el aeropuerto de la isla Santa María, en las Azores.

Una noche, el jefe de control le pide a Ivo que dirija un solo avión. Se trata de un piloto inglés que viaja en un bombardero británico de la II Guerra Mundial hacia Florida, para entregárselo a un coleccionista de aviones. Sin embargo, la entrega no ocurrirá. Debido a una tormenta, el piloto ha tenido que volar en zigzag durante horas, agotando casi todo el combustible. No le alcanza para llegar a América ni para regresar a Europa. Caerá pronto al Atlántico. La labor de Ivo es tranquilizarlo: acompañarlo durante los minutos previos a su caída.

Ambos empiezan a hablar en un tono muy íntimo, y confiesan su mutua afición por la poesía. De inmediato, intercambian versos de Whitman, de Coleridge, de Dickinson. “Pasó el tiempo y el aviador, ya más tranquilo –continúa el narrador–, le pidió que recitara los suyos propios, y entonces Ivo, haciendo un esfuerzo, tradujo algunos de sus poemas al inglés para decírselos sólo a él, un piloto que luchaba en un viejo bombardero contra una tempestad, en medio de la noche y sobre el océano, la imagen más nítida y aterradora de la soledad. ‘Noto en sus poemas una tristeza profunda, e incluso diría, un cierto descreimiento’, dijo el aviador, y hablaron de la vida y de los sueños y de la fragilidad de las cosas, y por supuesto del futuro, que no será de la poesía, hasta que llegó el temido momento en que la aguja del combustible sobrepasó el rojo y el bombardero cayó al mar”. Al día siguiente se supo el desenlace: el avión flotaba intacto sobre el océano, pero el piloto había muerto. Al estrellarse contra el mar, un trozo de la cabina se desprendió y lo golpeó en la cabeza.

“Aún sueño con su voz, me dijo en una ocasión Ivo, recordándolo, mientras tomábamos un whisky en Póvoa de Varzim, donde nació el gran escritor Eça de Queiroz, y lo comprendo –evoca el narrador de Necrópolis–. Todos los que escribimos deberíamos hacerlo de ese modo: como si nuestras palabras fueran para un piloto que lucha solo, en medio de la noche, contra una violenta tempestad”.

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Lea también En torno al primer capítulo de “El ruido de las cosas al caer”, por Luis Yslas y ¿Qué pasó con los hipopótamos de Pablo Escobar? (+ Video)

 

 

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (6)

Michelle Roche Rodríguez
16 de Agosto, 2011

Hola Luis,

La reflexión de Yammara, después de escuchar la grabación me parece la imagen central de la novela, como metáfora trágica de la violencia: piensa que “no tenía derecho a escuchar esa muerte, porque esos hombres que mueren en el avión me son ajenos, y la mujer que viaja atrás no es, nunca será, uno de mis muertos”. No son sus muertos, pero se han convertido en su vida. La tragedia viene de esa paradoja. El otro, al que nunca vi, se convierte en el mapa invisible de los desmanes de mi vida. Por eso parece extraño, al principio, el recorte de periódico con la historia de cómo el padre se hizo esa harroble cicatriz en la cara. Fue un hecho inexplicable que el piloto de aquella exhibición aeronátuica se pusiera a hacer piruetas -quién sabe para demostra qué- pero eso es justamente es una vida trágica: cuando un destino sobre el que no tenemos ningún control queda trazado sobre nuestras vidas.

Francisco Ramos
16 de Agosto, 2011

Quisiera primero felicitarlo por este extraordinario comentario al segundo y tercer capítulo. Y me gustaría detenerme en la pasión heredada de Valverde por la aviación.

“Una guía de emociones, con todas las rutas bien marcadas”. En efecto la intimidad entre Ricardo y Elena comienza, al menos para él, con esta revista. Y la carrera de Ricardo tomó peso notable no sólo por su habilidad natural como aviador, sino por el peso de su apellido.

Ello me lleva, tal vez incurra en lo que llama Umberto Eco la sobreinterpretación, a enlazar este dato con uno que se asoma, casi periférico en el primer capítulo: la tesis doctoral de Yammara sobre la locura temporal como factor eximente de responsabilidad penal en Hamlet.

Leemos como Ricardo Valverde tuvo como motivación primaria la de recobrar la gloria perdida de su abuelo el gran aviador, y no dejo de pensar en el intento inútil del Príncipe de Dinamarca en no sólo vengar la muerte de su padre sino recobrar el trono perdido. Mutatis mutandi, Valverde intenta en vano ocupar un lugar perdido en su imaginario aeronáutico. Esa identificación filiatoria para explicar su vocación, me lleva a preguntarme si no hay una sombra de Hamlet en nuestro protoganista; y el autor nos hace un “trompe d’ oeil” al inicio del libro.

Tal vez en la pasión aeronáutica de Valverde haya, además de la carga genética, una elección de vida con un dejo a lo Shakespeare, y la yuxtaposición de estos dos elementos definen esta otra tragedia que es la vida de este personaje, que encontró su punto final escuchando el ruido de las cosas al caer.

Luis Yslas
17 de Agosto, 2011

Mitchelle: Ciertamente, el fatum parece coartar el devenir de los personajes, pero la destreza del autor consiste en deslizar el sino trágico tan subrepticiamente en la historia que aquellos conservan cierto albedrío, cierta autonomía de vuelo. Que, además, en el caso de Yammara y Maya (y de Aura), puede ser una vaga esperanza.

Francisco: Perspicaz la observación de la referencia a Hamlet en la novela. En efecto, ese dato no es forzado ni fortuito, dada la atmósfera trágica que envuelve la trama. Más aun si pensamos que tanto Yammara y Maya buscan reconstruir la vida de esa imagen paterna que es Laverde para ambos. Incluso la propia Maya menciona su estado de orfandad como un motivo para esa investigación compartida. También hay un crimen y un asesino entre las sombras. Y como en Dinamarca, algo huele mal en el pasado personal pero también histórico de la familia Laverde (un anagrama de la palabra “develar”).

Lo mejor de compartir una lectura es poder intercambiar hallazgos e interpretaciones. Más si se trata de esta novela en la que la articulación de los hechos y las pistas van fortaleciendo, cristalizando, la unidad novelesca.

Gracias por sus comentarios.

sandra betancourt
17 de Agosto, 2011

Algo que me parece bonito en medio de la trama un tanto triste, es que el interès de Antonio por Laverde surge por la amistad posible que ambos se demostraban en el billar y que no pudo ser,pero creo que Antonio querìa a Laverde y viceversa.

Luis Yslas
17 de Agosto, 2011

Creo que era Camus quien decía que en una sociedad acosada por el miedo y la violencia, la amistad es una de las primeras víctimas, porque su atributo principal, la confianza, empieza rápidamente a desaparecer. Tienes mucha razón, Sandra: Antonio y Ricardo pudieron haber sido grandes amigos, se percibe desde el inicio la sintonía, la estima, a pesar de la brumosa actitud de Laverde. Y esa amistad interrumpida es también uno de los ruidos de la novela, otra de sus abruptas caídas.

Carlos Patiño
18 de Agosto, 2011

Además del tema del miedo y la sensación de vulnerabilidad que arropa a Yammara desde la balacera, hay otro tema igual de relevante pero un tanto menos obvio: La soledad. Yammara necesita estar sólo en su miedo, se evade de Aura y su hija, pero Aura también se siente sóla y frustrada por el trauma enfermizo de su esposo, como sóla también está Maya Fritts en La Dorada, tratando de conocer detalles de un padre que murió solitario. Otro aspecto es que el autor no se limita a la importancia de los sonidos, del ruido, sino que los sentidos prevalecen a lo largo de su narrativa, los olores, las imágenes, también toman protagonismo. Vale la pena resaltar que en una novela de un permanente tono trágico destaca un único chiste (hasta esta altura del libro) que me pareció genial por ser el personaje un abogado que dicta introducción al derecho y sus alumnos le escriban: “El profesor Yamamara la introduce al derecho”; cuando además Yammara es impotente desde el accidente.

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