Blog de Willy Mckey

En defensa de lo roto. Apuntes durante el matrimonio de Bette y Boo; por Willy Mckey

Por Willy McKey | 11 de Noviembre, 2012

0. Algunos acuerdos previos. (Uno. Estos apuntes surgen de una butaca cómplice. Cerca del teatro como lo que es: un acontecimiento. Tienen que ver con El Matrimonio de Bette y Boo, que el GA 80 ha vuelto a ponerlo en cartelera, con parte del elenco original y prometedoras juventudes de los nuevos miembros. Dos. Estas son notas que se mudan de una libreta a la luz ajena de lo digital y en el camino hay cosas que se corrigen, que se omiten, que se suman. Tres. El teatro venezolano se acomoda 17 años entre el estreno y estas segundas nupcias. No hubo divorcio. Me he reído hasta desencajarme. Esta pieza me sigue teniendo muy cerca, sólo que más vulnerable que en 1995. Cuatro. Esto no son más que reflexiones para este blog. Pueden leerlas y llevarlas puestas a la función que decidan ir a ver, pero vayan a verla. En ayunas o intoxicado por lo que haya leído, pero siempre atento a sí mismo. Porque estamos rotos. Porque el teatro cura poniéndose cerca y vivo. Por todo eso.)

1. Dios bendiga a Bette y Boo. Todos somos invitados potenciales al matrimonio de Bette y Boo.

Eso no habla bien de nadie.

Ese clásico del Grupo Actoral 80, que revolucionó la escena teatral en 1995, se nos planta en frente con la licencia que da el teatro de Christopher Durang para amenazar con cucharadas soperas de reflexión que entrarán en nuestra boca durante la indefensión de la carcajada.

Eso habla bien del teatro.

Este montaje es un ejercicio de memoria pero también una bisagra. Sin los espejismos con los que nos suele entrampar la nostalgia, volver a “El Matrimonio de Bette y Boo” pone en evidencia la inmortalidad del teatro.

No. Perdón. No es la inmortalidad del teatro, sino su capacidad infinita de resurrección. Ésa que nos dice que no hay que arrancar de cero y que el inventario de cuánto se ha hecho es tan importante como saber cuánto debe hacerse.

Uno se ríe hasta desencajarse y bendecir. ¡Dios bendiga a Bette y Boo, al primer elenco y al de ahora, Bette y Boo! Sin las distracciones del exilio infinito ni la tontería de los especialistas, sino en el teatro de verdad. Ése que nos mete los dedos en los ojos. Ése que hace que nos riamos de nuestro exceso. Ése que nos pone delante de nosotros mismos. Ese teatro: el siempre resucitado y oportuno.

El teatro toma forma después del aplauso, rumbo a casa.

2. El inevitable ejercicio de vestirse para una boda. Asistimos a una celebración y las celebraciones tienen su orden interno, propio y acordado por todos. Celebrar la alegría del otro, por ejemplo, es una convención. Y esa convención se ha convertido en ritos de buen augurio que ameritan cierta preparación.

Ver en la alegría conjugada del otro una oportunidad para nosotros, entonces, es otra convención. Quizás menos desinteresada, ¿no? Pero una convención. Las habrá también con respecto a la desgracia. Nuestra fe, por segundos, está puesta en vernos bien cuando la diosa Fortuna pase cerca y en no dejar que las Furias se nos arrimen demasiado.

Nos acicalamos para asistir a la suerte del otro [para estar a la altura] y nos ausentamos de aquello que conjure la desgracia [para no molestar]. Occidentales que somos, también hemos aprendido a celebrar los divorcios y las partidas. Incluso todas las ausencias. Celebrar es una convención, así se atraviese una tristeza en ese goce.

La carcajada revive. En la carcajadas somos dos: uno ríe y el otro espera. ¿Y qué es la gris tristeza de uno ante la colorida alegría de dos? Nada: otra convención.

3. La violencia de sombrero. En el teatro de Christopher Durang la violencia es mucho más que el golpe, el insulto y el ataque. Hay violencias que leudan en el silencio y mutan.

En El Matrimonio de Bette y Boo asistimos a la memoria de Matt. Cometer la tontería de exigir verosimilitudes es desconocer el esfuerzo que amerita recordar. Nadie puede replicar su memoria sin ejercer la violencia de moverse de lugar. Cuando recordamos, en cierto modo nos arrastramos a nosotros mismos hacia regiones en las que somos extranjeros.

Tenemos la violencia adentro. Se nos volvió otra convención. Pero el teatro las salta todas. La cotidianidad del insulto cotidiano, por ejemplo, puede hacer conveniente una sordera. Y así la repetición de la muerte. Y la reiteración del hastío. Y la rutina del evangelio. Y así…

Todos damos, tarde o temprano, con el “switche” capaz de cambiarlo todo y permitirnos el abrigo de la risa desvariante.

Lo verdadero, para serlo, hoy tiene que estar roto. Ya nada nos sorprende.

Nada.

Unas veces estaremos del lado de los invitados de Bette Brennan. Otras del lado de los invitados de Boo Hudlocke. Los asistentes a una boda se quedan allí, instalados, como parte de una profecía incapaz de calibrarse. Hemos asistido a la de La Pulga y El Piojo, preguntándonos hasta el cansancio qué es lo que falta para poder terminar con todo de una vez. Y ya ni la muerte del padrino puede sorprendernos. Hemos asistido a la boda sin novio de la embarazada Beatrix Kiddo [o Black Mamba o La Novia] en Kill Bill. Y ya ni la venganza puede sorprendernos. Ahora iremos a la de Bette Brennan y Boo Hudlocke. Y tendremos que sorprendernos de nosotros mismos. Porque estamos rotos. Porque el teatro cura poniéndose cerca y vivo. Por todo eso.

Hay cosas que nos indignan, sí. Y que nos entristecen, también. Pero ya nada nos sorprende: podríamos pasar años sentados, viendo llover niños muertos y no pasará nada. Nada. Porque tenemos la violencia adentro y está sola y no consigue asidero y eso da miedo. Nos reimos de nosotros: en la carcajada somos dos. Siempre.

Más o menos eso debe sentirse estar muerto: que nada te sorprenda.

La resurrección, quizás, consiste en poder reírnos de lo que nos da miedo. No evadirlo, sino subrayarlo y convertirlo en exceso. Amontonar cada temor y ponerlos en un lugar donde contemplarlos sea posible, potable, menos feroz.

Lo ya dicho: si estamos rotos, sirvámonos de los pedazos.

Hagamos algo. Hagamos ruido. Al menos eso: ruido.

Pero hagamos algo. No nos acostumbremos a nosotros mismos. Pero nunca traten de cambiar a nadie. El tiempo puede sorprendernos desvariando. Y eso es fatal si mantenemos la violencia dentro.

En la carcajada somos dos. Perdón. Dios bendiga a Bette y Boo. Dios nos bendiga a todos.

 

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (1)

José Luis Quintero
11 de Noviembre, 2012

Excelente Willy!

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