Blog de Fedosy Santaella

El yate y los artistas (reflexiones tardías), por Fedosy Santaella

Por Fedosy Santaella | 10 de Abril, 2013
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¿Por qué nos impactó tanto el encuentro de los artistas con Capriles? ¿Porque hay un pequeño grupo que se ha manifestado a favor del oficialismo, y este acto, atestado de artistas, fue una respuesta contra los que «saltaron la talanquera»? No sé, quizás. Sin embargo, yo creo que debemos ir más allá. Ante todo, este acto de los artistas debe ser visto a la luz de otro «acto» público reciente: el de Los Juanes. Un hecho lamentable que, me van a disculpar, más que pornográfico, me pareció ostentoso y del mal gusto. El yate es el escenario de fondo, el reguetón es la música. Un país sin arte, es un país que se ve condenado al yate y al reguetón, un país sin arte es un país sin alma. Lo mejor que tenemos, también puede ser lo peor que tenemos. Se dice que el venezolano es alegre, que es «chévere», que el venezolano, incluso, es feliz. Somos tan chéveres que podemos terminar siendo Los Juanes. Somos tan alegres, tan fiesteros, que podemos terminar siendo la peor de las superficialidades. Nuestro feliz desparpajo, nuestra maravillosa capacidad para ser informales, flexibles y prácticos, bajo el despropósito de la exageración, puede terminar en Los Juanes.

¿Cómo hemos llegado allí? ¿Cómo alcanzamos este punto en el que un símbolo del bienestar es un yate y el soundtrack de nuestra vida un reguetón? Vivimos en un país donde la palabra libertad ha sido distorsionada hasta el delirio. Y no voy a caer en el facilismo de hablar de libertad y libertinaje en el caso de Los Juanes. No, esto es un asunto que merece ser visto más a fondo: el problema comienza cuando te dicen que eres libre, que eres un  venezolano libre de tener todo lo que quieres simplemente porque eres venezolano e hijo de Bolívar, el Libertador. Cuando te gritan desde una palestra que tienes derecho a todo, pero no te recuerdan tus deberes (grave, gravísimo error), ahí es cuando comienzan los problemas. Entonces empiezas a creer que tienes derecho a un cargo, a un puesto sin merecerlo, empiezas a creer que tienes derecho a hacerte de bienes, dinero y lujos de la manera más expedita posible, empiezas a creer que educarte no sirve de nada, que la educación es poca cosa, porque lo que importa es tener, porque tener es tu derecho.

En el país donde el petróleo es excremento del diablo, no se puede querer tener otra cosa que dinero, a pesar de todas las revoluciones. El chorro de dinero es demasiado grande y la conciencia del deber escasea. Y ahí volvemos al acto de los artistas. Cuando tener implica tener lo material porque lo material es lo que circula y domina, entonces la cultura queda tirada a un lado. Entonces empobrecemos nuestra alma, y el mayor bien no es un libro, sino un yate, y la mejor música no es Maestra Vida, sino el reguetón. Y no estoy hablando de bandos. No me interesa acá quién está con quién, sino el detalle, ese detalle de lo importante que se ha vuelto la imagen del artista. Se trata, queridos amigos, de un grito silencioso de nosotros mismos. Somos nosotros mismos recordándonos, quizás sin saber muy bien lo que hacemos, que nos estamos muriendo. Que un país no sólo es política, que un país no es solamente un chorro de dinero, que un país, incluso, no es en exclusiva el mentado pueblo.

Un país es alma, y parte de nuestra alma, un gran parte, está en el arte. Vaya, mire las imágenes de la cueva de Chauvet, vea la herencia de aquellos hombres que las habitaron: su herencia son las pinturas, la expresión de su alma, lo que, con todo atrevimiento, he de llamar, su arte. Quedó eso como legado, y no sus gritos, y no la imagen del líder, y no la lucha entre aquellos que lo adversaban, y no la miseria del poder. Una mente que sólo vive para exhibir su yate y poner a todo dar reguetón, es una mente en la que el arte ha sido erradico. Es una mente sin alma. Y cuando hablemos de arte, por favor, no caigamos en reduccionismos. El poeta ha de sentarse al lado del humorista, y el humorista al lado del músico de joropo, y éste a su vez al lado del actor de teatro o de televisión. Tampoco acá vamos a cuestionar las telenovelas: hay malas y hay buenas, así como hay mala poesía y buena poesía. Lo que me interesa resaltar es lo que se mueve por debajo: estamos ante un grupo de artistas, de artistas que se agrupan en un acto preocupado pero feliz, porque una energía profunda los convoca, porque el alma del país, cansada de tanto yate, de tanto reguetón, de tanto grito, de tanto odio, de tantas elecciones interminables, necesita sentir que hay algo más. Cuando el maestro Abreu es premiado afuera, y cuando, también afuera, se le rinde homenaje a Rafael Cadenas, cuando se publica un nuevo libro de un autor venezolano, cuando viene acá una artista extranjero y da un concierto, cuando un niño arma un papagayo, cuando se baila en el llano, cuando suena un tambor en la playa, cuando se exhibe el tejido de un indígena en un museo pero también una obra de Picasso, cuando sale un nuevo disco de Famasloop o de Gualberto Ibarreto con C4 Trío, cuando alguien se mete en un taller de escritura, cuando alguien compra un libro y de verdad lo lee, cuando alguien ve una obra de teatro, cuando alguien se conmueve en el cine con una película del país que sea, cuando alguien se ríe de una ocurrencia genial de Laureano, cuando te asombras con una obra de Carlos Zerpa, cuando escuchas a Loscher y a Polo por las mañanas, cuando se abre una nueva librería, cuando alguien, incluso, culmina luego de un largo ejercicio de concentración y paciencia un crucigrama, cuando todo esto, el alma aumenta unos centímetros de tamaño, y vivimos. En Venezuela, hoy más que nunca, necesitamos de los artistas y del arte, y ni un poquito, pero nada, de los yates y del reguetón.

Fedosy Santaella 

Comentarios (4)

Toledana
10 de Abril, 2013

Excelente profesor. Su análisis situacional del arte en nuestro país es digno de mí mayor elogio. Su posición es la mía y la de millones.

Magín Serfaty
11 de Abril, 2013

Mi muy apreciado Fedosy, Excelente punto de vista. El arte puede tener miles de facetas las cuales no todas pueden ser de nuestro agrado. Pero se deben respetar. Yo amo la salsa, pero no significa que no sepa apreciar a Bach. Odio las novelas de television, pero para muchas personas es el medio de aprender algunas cosas muy basicas, y así sucesivamente. Pero como decía mi abuela sobre ciertas “y que expresiones culturales” : “pies que no vieron alpargatas” Ojala que el cambio que esperamos tambien nos traiga esta elevacion de valores tan ansiada y que tanta falta nos hace en estos oscuros tiempos.

Norma
11 de Abril, 2013

Excelente fotograma de una película llamada Venezuela. A menudo resulta inevitable sentir que todo está perdido… Ese encuentro con los artistas me reconcilió con la esperanza, y estas reflexiones nos recuerdan que aunque la empresa es difícil, es posible salir de el oscurantismo que padecemos y que mucho duele… ¡Chapeau!

Andrea
12 de Abril, 2013

Excelente, sin palabras. Ojalá muchos llegarán a comprender esto.

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