#NadieSupo

El peso de la santa; por Oscar Medina // #NadieSupo

Por Oscar Medina | 9 de septiembre, 2017
Fotografía de Gabriel Méndez

Fotografía de Gabriel Méndez

Algo empezó a capturar mi atención y no era precisamente la historia. Aquel par de mujeres hablaban como recitando una lección aprendida a fuerza de repeticiones. Arrancaban con aquello y no había manera ni empeño que las detuviera hasta llegar al final. Fe, devoción, amor, gratitud, sorpresa: todo estaba ahí, en las modulaciones, en las inflexiones de sus voces. Nada faltaba. Y el misterio, claro, el gran misterio. Pero no era eso.

Lo curioso del asunto era que no se miraban entre ellas. Pero solo podías darte cuenta de ese detalle si lograbas zafarte del efecto cautivante de lo que contaban. Y no era fácil.

Marta Lucía fue la primera en hablar. Cabello corto, teñido con esos colores ya casi indescifrables que lucen las sesentonas, ni gorda ni flaca, de movimientos rápidos. Su voz es casi dulce cuando arranca el relato: ahí estaba su hija Consuelo, tres, cuatro días de fiebre, negada a hacerse examinar por un doctor, hasta que ya no tuvo fuerzas para ir al trabajo y ella misma la llevó al hospital.

Por supuesto que la trataron mejor que a nadie. Marta Lucía alertó a casi todos sus colegas médicos apenas al entrar a la emergencia del Madre Benigna. Algo le decía que ese estado casi desmayado de Consuelo no era cosa de una gripe normal.

Neumonía atípica termina siendo una fórmula para etiquetar uno de esos cuadros clínicos en los que no hay certezas y se apuesta todo al azar de un cóctel de antibióticos. ¿Cómo pudo ponerse así?, se preguntaban las compañeras de trabajo de Consuelo, la hija doctora que ahora languidecía en una cama de la unidad de cuidados intensivos. ¿Cómo, si vino estos últimos días a trabajar? ¿Cómo, cómo?

Un día pasó y nada. Ni leve signo de mejoría. Otro y menos. Todo lo contrario: Consuelo empeoraba. Las combinaciones de antibióticos no estaban resultando efectivas. Sus pulmones se llenaban de líquido. Tercer día, nada. Ahora sí todos los médicos del Madre Benigna estudiaban el caso. Buscaron ayuda. La sangre de Consuelo viajó en varios aviones, pero los laboratorios más modernos no arrojaron pistas seguras.

Algo estaba matando a la doctora Consuelo.

El tono de Marta Lucía pasó de la dulzura a la emoción desbordada, a la tristeza. Parecía estar reviviendo esos momentos. Al quinto día la sentaron, le sirvieron un té caliente y le dieron el pronóstico: esa iba a ser la última noche de Consuelo.

Y no lo fue, claro: Consuelo está sentada a su lado mientras lo cuenta. Y sonríe con algo parecido al desgano.

Marta Lucía salió aturdida. Buscaba el pasillo de salida del hospital, buscaba aire, buscaba algo. La enfermera Gómez la tomó del brazo. No hubo necesidad de explicar nada. Lloró. Gómez la sostuvo un rato, en silencio, hasta que se calmó. Fue ella quien le dijo que debía tener fe, que Dios es grande y todas esas cosas que se ensayan para reconfortar a quien ha perdido la esperanza. Y fue ella quien le sugirió que rezara, que le pidiera el milagro a la Madre Benigna. Poco a poco la condujo hasta la capilla del hospital.

La Madre Benigna había venido de Europa. De algún país frío de esos al norte del continente. Misionera, se asentó en esta tierra caliente y a su manera hizo mucho bien. Fundó una congregación de monjas dedicadas a trabajar con los más pobres, que eran y siguen siendo muchos. Y creó un rudimentario espacio para atender a los enfermos. Tras su muerte, ocurrida ochenta años atrás, se levantó el hospital que lleva su nombre: este mismo donde Consuelo se está muriendo y nadie sabe por qué.

Por una mudanza del cementerio un día abrieron la urna para trasladar los restos de la Madre Benigna. La sorpresa: su cuerpo, pasadas varias décadas, estaba intacto. Se generó, por supuesto, la ola emocionada: era una santa, se le atribuyeron milagros, enfermos que sanaron. Pero el tiempo pasaba y ya se sabe que el Vaticano se mueve a otro ritmo.

Mucho más no tuvo que decir Gómez. La vieja monja le entregó a Marta Lucía una reliquia: un minúsculo trozo del hábito de la Madre Benigna sellado entre dos papeles y la indicación de que debía iniciar cuanto antes el rezo de su novena milagrosa. Al llegar a este punto, la mujer sonríe –maneja la expectativa- y busca la mirada de la hija. Pero Consuelo clava los ojos en el piso.

Siguiendo instrucciones, puso la pequeña reliquia en el gorro de plástico que cubría la cabeza de la enferma y esa misma noche rezó por primera vez.  Casi no durmió esperando la llamada del hospital. En la mañana, la noticia era que Consuelo seguía igual. Aferrada a su nueva creencia, volvió a rezar. Y a esperar. Al día siguiente, una placa revelaba que el líquido que ahogaba los pulmones de Consuelo se había reducido considerablemente y sin explicación lógica. Esa noche rezó otra vez.

Cuarenta y ocho horas más tarde, su hija estaba despierta examinando ella misma la historia clínica de su caso.

Muchos atestiguaron el milagro. Ni los doctores más recalcitrantes atinaban a explicarse el cómo ni el por qué. Todo se documentó y la historia de Consuelo terminó por derrumbar el escepticismo de la burocracia religiosa en Roma.

Consuelo y Marta Lucía cargan con el honor –o el peso– de ser ellas mismas el testimonio en pie que llevó a la designación oficial: la Madre Benigna es una santa certificada.

Aquí interviene la hija: “Lo mío fue un milagro, no tengo la menor duda. Yo vi los papeles, yo evalué los exámenes, todas las pruebas que me hicieron. El tratamiento indicado era el correcto, era el mejor, pero yo no sanaba. La Madre Benigna me salvó”.  De su cartera saca el papelito, la reliquia. Da miedo tocarlo. “Agárralo”, dice: “No hay problema”. ¿Y cómo sabes que eso que está adentro es un pedazo del hábito de la monja? “Es que hay muchos así, eso lo venden en la capilla”. ¿Y cuántos trozos de esa tela puede haber? “Muchos, son muy pequeños”. ¿Como todos esos pedazos de la cruz de Cristo que circularon durante siglos? Esa pregunta ya no le hace gracia.

La entrevista termina. Marta Lucía y Consuelo se despiden y van saliendo del lugar. Pero antes de subir el primer escalón hay un breve momento de duda. Se detienen. La joven hace el amago de voltear como quien quiere dejar una última frase en el aire, completar algo que quedó inconcluso. La madre la mira con el rabillo del ojo y la toma del brazo. Un leve, levísimo, temblor en el cuerpo de Consuelo. Clava la mirada en el piso otra vez y ahora sí, se van.

Si estuviera frente a ellas habría visto de nuevo esa sonrisa ausente, desganada. Y un segundo –no más– de angustia en el rostro de la madre.

Oscar Medina 

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