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El juicio a Huber Matos. Fragmento de ‘Cómo llegó la noche’ #CitasProdavinci

Por #CitasProdavinci | 26 de marzo, 2014

El juicio

“Soy revolucionario desde antes de que usted hubiera nacido
y además me alcé para servir como médico del Ejército Rebelde”

hubermatos

Aquí, en la soledad de mi calabozo, quisiera demoler a golpes los muros y las rejas, para poder salir a la calle y alertar al pueblo cubano sobre la terrible noche que le acecha. Quisiera decirle la verdad de lo que está pasando y también poder refutar las calumnias que el líder de la Revolución lanza contra mí. Pagaría gustoso con mi vida por esa oportunidad. Pero el pueblo está fanatizado. Las multitudes entusiastas van hundiéndose en la oscuridad y yo no tengo fuerzas para romper los barrotes.

¿Qué puedo hacer en estas condiciones para esclarecer la verdad ante la gente? ¿Cómo desenmascarar tanta impudicia, despertar tanta conciencia adormecida por el asedio publicitario y la pasión? ¿Con qué armas combatir la hipnosis política que enajena a los cubanos?

Pienso en mi familia; especialmente en lo que mi esposa me ha contado sobre nuestro hijo mayor, Huber, de sólo quince años, que al ver ultrajado a su padre, reducido a la condición de reo por traición, y a la familia atacada y perseguida por el poder, se ha apartado de sus inquietudes de adolescente, asumiendo la actitud de un adulto valiente frente a la adversidad. Nuestro abogado ha logrado que él, María Luisa y mi padre puedan asistir al juicio. Mi viejo, con firmeza y serenidad, ayuda a los demás miembros de la familia a soportar este angustioso momento. María Luisa enfrenta la situación con singular aplomo y ha hecho cuantas gestiones están a su alcance para defender mi vida y favorecer mi defensa.

La familia está firme a pesar de saber que me encuentro en la antesala de una condena a muerte. El apoyo de ellos me reconforta.

Me llegan noticias de que dirigentes pensantes y honestos de la Revolución están descontentos con el espectáculo escenificado en Camagüey y la campaña nacional contra mí. Los avances de la Revolución en Camagüey tampoco son ignorados entre esta gente. Conozco, sin saber todos los detalles, de una discusión muy tensa ocurrida en el palacio presidencial entre Fidel y varios ministros a quienes les requirió apoyo en su decisión de fusilarme. El enfrentamiento principal fue con el doctor Faustino Pérez, ministro de Recuperación de Bienes Malversados, y con el ingeniero Manuel Ray, ministro de la Construcción.

Voy a juicio con muchas desventajas: la primera, el haber sido prácticamente condenado a pena de muerte, cinco días después de mi arresto, por una multitud de cientos de miles de personas, arengada y dirigida por el Máximo Líder.

Fidel, que primero ensayó infructuosamente mi ablandamiento, debe estar consumido por su soberbia y también por su temor. Yo lo conozco, es un hombre de teatro y corto de pantalones. Raúl, impulsado por su radicalismo jacobino y por su naturaleza rencorosa, tratará de sacarme físicamente de en medio.

Fidel tiene el monopolio completo del juicio. Me juzgará un tribunal militar seleccionado por él mismo en el que todos sus miembros le son incondicionales. También escogió al fiscal y a los funcionarios a cargo de las tareas auxiliares. Tribunal, testigos, lugar y público. Pero él será el verdadero fiscal y también se reserva el papel de testigo acusador. Él ordenará la sentencia al tribunal para que la comunique públicamente.

Pero llevo mis ventajas: estoy preparado para el peor escenario; no me hago ilusiones, creo que me van a fusilar. Voy a decir la verdad y me van a tener que escuchar. Vivo soy un problema para ellos; muerto también. Así que, me lleven a la cárcel o al paredón, ellos pierden.

Es el día 11 de diciembre de 1959.

En un autobús militar, con una custodia numerosa, nos trasladan desde El Morro hasta el lugar donde se montará el espectáculo. Mis compañeros y yo aprovechamos la oportunidad de estar juntos para intercambiar ideas sobre la mejor manera de encarar esta difícil coyuntura.

La caravana entra al Campamento Columbia, sede del Estado Mayor, y se detiene frente al cine-teatro. Ante el edificio se encuentran reunidos unos trescientos o cuatrocientos oficiales y soldados. Trato de identificar alguna cara conocida pero todo es demasiado rápido, cambiante.

Cuando bajamos del vehículo y recorremos los pasos que separan el estacionamiento y la entrada del edificio, muchos nos reciben con aplausos. Descubrimos algunos rostros de la tropa de Camagüey. Otros pertenecen a la guarnición regular del campamento y aplauden por contagio, o porque no creen que sus compañeros de la Sierra Maestra se han convertido en traidores. La sorpresa es muy grata; nos hace pensar que el juicio se inicia con buen signo.

Callados, entramos en el cine-teatro. Fidel ha dispuesto que el juicio sea presenciado por una gran parte de la oficialidad de las fuerzas armadas, es decir, del ejército, de la marina y de la fuerza aérea. Las lunetas, quizás unas mil quinientas, están ocupadas. Los han traído para que experimenten un escarmiento, es el teatro de los Castro. Quien se les enfrente correrá la misma suerte. Hay en el ambiente un clima de expectativa y temor.

Observo el tribunal, constituido por cinco comandantes. Preside Sergio del Valle, oficial a cargo de la Dirección de Operaciones del Estado Mayor, un hombre que no se destacó en la lucha ni después de ella, sino uno de esos personajes del régimen que Fidel coloca donde más le conviene. Otro es Universo Sánchez, jefe con poca historia y utilizable al máximo por quien todo lo dispone. Veo a Derminio Escalona, actual jefe del Distrito Militar de Pinar del Río, aquel teniente de guerrilla que conocí al arribar a la sierra cuando era agredido verbalmente por Fidel, sin capacidad de reacción ni caudal moral para defenderse. Hay un caso distinto en el tribunal, el de Guillermo García, un comandante competente y valiente, al que respeto mucho desde los días de la guerra pero que también se encuentra bajo la presión de los Castro. Completa este tribunal de incondicionales Orlando Rodríguez Puerta, jefe de la escolta de Fidel. El fiscal es Jorge Serguera, más conocido como Papito, un oportunista sin otros méritos que ser un cortesano en la piñata de Raúl Castro. Actuará como acusador en un juicio contra hombres honrados que han tenido una participación decisiva en las luchas contra la dictadura.

En medio de la expectación general, y luego de algunos preámbulos para cumplir las formalidades, me llaman a prestar declaración. Siento toda la atención sobre mí. Sé que lo que voy a exponer decidirá mi destino en la vida o en la muerte. Me concentro para que la verdad aflore en mi mente.

Antes de que intenten limitarme el derecho a hablar, expongo en una introducción, que vale como declaración de principios, algunas cosas que deben estar claras desde el comienzo del juicio.

Digo que ante la evidencia de que el tribunal está integrado por viejos compañeros de armas, no tengo interés en que éstos me miren con espíritu compasivo. Agrego, en tono firme y claro, que me considero con capacidad de afrontar todas las consecuencias de los hechos que se han de ventilar. Del mismo modo que he sabido enfrentar situaciones riesgosas en los tiempos de la lucha insurreccional, y asumir plenamente mis funciones militares y gubernamentales, aquí me mantendré en la misma posición de responsabilidad, aunque las circunstancias sean desfavorables. Lo que me interesa es que se ventilen todos los cargos que se me imputan, especialmente las acusaciones y difamaciones de Fidel Castro contra mi persona. Quiero responder a todo eso. Si a los miembros del tribunal no les interesa el problema de la calumnia, a mí sí. Voy a demostrar mi trayectoria transparente como ciudadano, como revolucionario y como hombre en función de gobierno o en la actividad militar.

Como sé de antemano que durante las sesiones tanto el presidente del tribunal como el fiscal van a interferirme con sus constantes argumentaciones técnicas —«a usted no se le ha preguntado eso» o «el acusado debe esperar su tumo para hablar»—, me adelanto a estas restricciones. Después de todo, en Cuba, como en cualquier país del mundo, al acusado debe considerársele inocente hasta que se demuestre lo contrarío.

Cuando me preguntan:

— ¿Jura decir la verdad?

Respondo, ante la sorpresa del presidente y demás miembros del tribunal:

— Sí, como no. Es a lo que he venido, a decir la verdad. No solamente como acusado sino también como individuo que ha sido difamado por representantes del Estado cubano. Sí, me interesa decir la verdad más de lo que ustedes creen.

— Usted va a responder a las preguntas que se le hagan.

— Por supuesto; pero también a expresar todo lo que tengo derecho a decir. He venido aquí después de que se me ha hecho un juicio público, sin mi presencia, ante cientos de miles de compatriotas que han sido competidos demagógicamente a levantar el brazo condenándome a muerte. No he podido defenderme porque estaba en un calabozo, sin poder hablar con la prensa ni con nadie. Ahora que estoy delante del tribunal voy a ejercer mi derecho a decir la verdad. El presidente del tribunal intenta callarme diciendo que me atenga a las preguntas. No le hago caso.

Explico a continuación y con detalle lo sucedido en Camagüey, circunstancia que han tratado de utilizar para señalarme como traidor. Desmenuzo mi razonamiento y pregunto de qué traición se habla, porque yo a mi patria le he entregado una lealtad irreversible, constante y notoria. «¿A quién he traicionado entonces, si no ha sido a Cuba? ¿Acaso me he vendido a algún enemigo? No; soy cubano, siento como cubano, defiendo los intereses cubanos y he podido morir mil veces aferrado a mi cubanía. Al decir Cuba, digo también pueblo, civilidad. Entonces, ¿qué es esto de la traición de Huber Matos?»

Sé que debo guardar argumentos para mi defensa final, pero no puedo dejar de aprovechar este momento inicial del juicio para fijar mi posición.

Afirmo ante el tribunal y ante el público que mi posición es diáfana; que en la etapa revolucionaria estuve, desde el comienzo, donde las circunstancias lo exigieron para dar fin a un gobierno como el de Batista. Con el respaldo de todo el pueblo, asumimos la obligación de restablecer la libertad en el país; fue así como los rebeldes logramos liberar a Cuba de aquel poder despótico y corrupto, llevando la Revolución a etapas transformadoras fundamentales para impregnarla de humanismo y democracia. Pero puesta en marcha la que suponíamos nuestra revolución, ha tomado otro rumbo. Afirmo que hay engaño a las esperanzas populares; cito las páginas leídas en el periódico del ejército, Verde Olivo, y señalo las designaciones que el Estado Mayor ha hecho en mi provincia, que evidencian la penetración comunista. ¿Para qué se hizo la Revolución desde la sierra Maestra y en todas las calles de los pueblos de Cuba? Por el triunfo de la libertad, la independencia y la justicia social; para crear escuelas; para darle tierra a los campesinos; para hacer valer los derechos del cubano… Y ahora resulta que todo eso a lo que contribuí de corazón se va transformando en un proceso diferente: en algo perjudicial y desleal para el pueblo de Cuba. Como no me pareció procedente ponerme a conspirar o sublevarme en los cuarteles con los hombres que me hubieran seguido, consideré lo más honesto enviarle una carta privada a Fidel Castro, en la que le digo que si tengo que plegarme a directrices que van en contra del rumbo original de la Revolución, lo consecuente es que no respalde esa situación con mi presencia y me vaya para mi casa. No quiero responsabilizarme, ni ante mi conciencia ni ante el pueblo cubano, con el rumbo que va tomando la Revolución.

En el cuartel no ha sucedido nada. Las renuncias de los oficiales, presentadas en este juicio, son casi todas posteriores a mi arresto. Además, son producto del escándalo que el gobierno y Fidel Castro han provocado en tomo a mi solicitud de licenciamiento. Sólo pedí retirarme formalmente del ejército y de mis responsabilidades como dirigente de la Revolución. Si la respuesta a mi solicitud se hubiera manejado de otra forma, no hubieran tenido que arrestar a nadie, ni se hubiera montado toda esta farsa, todo este sainete grotesco.

¿Qué sedición pudo haber existido en Camagüey? Esperé a Camilo Cienfuegos en mi casa, él me avisó que iba a llegar y mandé a recogerlo al aeropuerto con un oficial de mi mayor confianza. No hubo actitudes de rebeldía, ningún intento de sublevación. No se disparó un tiro, nadie desenfundó un arma, no se acudió a violencia alguna. Quienes crearon el desorden en el cuartel fueron los representantes de Fidel Castro; es el propio Fidel Castro quien discute con los oficiales y, como no puede convencerlos con sus mentiras, éstos terminan presos.

Se dice que he estado frenando la reforma agraria. Es del conocimiento público que la reforma agraria en Camagüey es la más avanzada en todo el país. Mucho antes de que se aprobara la ley existía ya en la provincia una oficina de la reforma agraria y un mecanismo provisional que permitió poner a producir terrenos inactivos, o de antiguos propietarios que huyeron de Cuba por su vinculación con la dictadura de Batista. El Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados puso esas propiedades en nuestras manos y las empresas que allí establecimos duplicaron su producción, como es el caso de la cooperativa de arroz Ignacio Agramonte.

Me acusan de haber escondido tractores en el Campamento Agramonte para sabotear las tareas agrícolas del proceso revolucionario. Aclaro ante el tribunal que fueron los organismos que debían distribuir esos equipos los que me pidieron, por razones de seguridad, que les permitiera depositarlos en el área militar antes de ser entregados a las cooperativas que se irían constituyendo, o a campesinos particulares. Tengo testigos y pruebas irrefutables que avalan esta aseveración.

Me interrumpen varias veces para decirme: —Al acusado no se le han hecho preguntas. Sigo exponiendo y relato las distintas conversaciones que tuve con Fidel sobre lo que considero el camino equivocado que sigue la Revolución.

He hablado larga y pausadamente. Pero falta aún la conclusión y ésta la expreso en forma precisa y con la mayor serenidad:

— Esta ha sido mi actuación en la Revolución Cubana y esta verdad está avalada por los hechos, a pesar de las inculpaciones que se me hacen. No obstante, si la Revolución o sus representantes entienden que para que se cumpla el programa nuestro, todo lo que prometimos, que la libertad sea un derecho en plena vigencia y que no se persiga a nadie por sus ideas; que los campesinos reciban en propiedad la tierra a través de la reforma agraria; que los niños puedan asistir a escuelas donde se preparen para la vida y se capaciten como ciudadanos libres; que nuestra nación disfrute y ejerza su independencia y su soberanía, sin mengua y sin ataduras con ninguna metrópoli; que los trabajadores gocen de sus derechos como corresponde en un Estado donde las leyes se basan en principios de equidad y justicia social; que nuestro pueblo disfrute de condiciones de vida aceptables, como el verdadero dueño de su destino, si para que todas estas promesas revolucionarias se plasmen en realidades hace falta que yo entregue mi vida, ¡bendita sea mi muerte!

La audiencia, formada en su amplia mayoría por militares que integran lo más selecto de la oficialidad cubana, responde con un aplauso cerrado.

Los miembros del tribunal se sorprenden por la reacción.

Llaman a declarar a otros acusados para contrarrestar la impresión favorable que se genera hacia nosotros entre la oficialidad, pero sólo consiguen reafirmarla. Con el propósito de diluir el efecto, sólo tienen la alternativa de dilatar el juicio.

Fidel y Raúl siguen los acontecimientos desde fuera de la sala del tribunal. Sabemos que Fidel está aquí en el campamento; que ha reunido en una barraca al personal militar que nos aplaudió cuando llegamos, para insultarlos con las peores palabras, y que ha ordenado su licenciamiento.

Uno de los acusados tiene un papel muy relevante en el rechazo de los cargos: es el teniente Dionisio Suárez, que esgrime el argumento de la lealtad a los postulados de la Revolución con objetividad y elocuencia. En general, mis compañeros no sólo rechazan los cargos, sino que demuestran, con los datos que aportan, la inexistencia de hechos concretos de traición o sedición; que la conspiración de Camagüey es una burda patraña. Que éste es un juicio político con el doble propósito de destruir a quienes se niegan a seguir el camino de la traición y de invalidar la denuncia de que la Revolución está virtualmente en manos de los comunistas, ya que en las instancias más altas de su liderazgo se promueve una entrega a la Unión Soviética.

Han pasado doce horas desde que nos trajeron al Campamento Columbia.

A la media noche nos conducen de regreso al Castillo de El Morro y me encierran de nuevo en el calabozo.

Me siento cansado pero, a la vez, como si me hubiera liberado de un peso agobiante, sin sospechar siquiera por lo que habré de pasar en el futuro…

Día 12 de diciembre de 1959.

Con el nuevo día, y otra vez en el banquillo de los acusados, viene el desfile de los testigos de cargo. Mis acusadores procuran que el juicio mantenga el rótulo de «conspiración». Por eso es que acusan a tantos de mis oficiales. Necesitan crear las condiciones que permitan fabricar esta «conspiración». La dilación del juicio les permite inflar su enorme globo, colocar suspicacias, intrigas, mentiras y, sobre todo, ficción.

Uno de los comandantes que me acusa abiertamente es Juan Almeida, peón de Fidel Castro. Habla y dice, entre otras cosas, que yo me había empeñado en los días de la guerra en crear una situación de independencia, en desacuerdo con las normas del Ejército Rebelde. Almeida señala que mi supuesta intención quedó al descubierto cuando se formalizó el Tercer Frente, del cual era él jefe; según él, yo deseaba actuar de forma autónoma.

Lo interrumpo varias veces recordándole, con palabras textuales, cómo le pedí instrucciones antes de comenzar mi campaña en el área, a lo que él había respondido desentendiéndose del asunto y augurándome el fracaso en la ejecución del plan de operaciones que Fidel me había asignado. No quiero decirle que fue su total incompetencia lo que me obligó a salir adelante en mi campaña sin esperar sus directrices o sugerencias, que en definitiva siempre rehuyó. Almeida no se atreve a mirarme a la cara mientras lo fustigo.

Debo soportar, pero a la vez contradecir con entera firmeza, las declaraciones que hace como testigo de cargo el comandante René de los Santos. Lo mismo sucede con el comandante Samuel Rodiles, hombre de Raúl Castro, que relata una historia absurda relacionada con una ametralladora capturada al ejército en los días del cerco a Santiago de Cuba. Algo que, en el contexto de la causa, no pasa de ser una anécdota sin importancia. Mis oficiales lo desmienten con argumentos que lo ponen en ridículo.

Llevan a otras personas a sostener acusaciones inconsistentes. Sé que muchos hombres con jerarquía dentro de la Revolución y el gobierno se han negado a participar en esta farsa. Uno de ellos, el comandante Castiñeira, jefe de la marina, se muestra sorprendido al ser invitado como testigo de cargo. Según conozco los hechos, Castiñeira dice al emisario de Raúl Castro:

— ¿Acusar yo a Huber Matos?…  ¿De qué?

Está también el caso de un ex jefe de policía de Camagüey, el comandante Carlos Hernández, quien podría tener motivos para sentirse agraviado, porque tuve que actuar en su contra por errores cometidos en el desempeño de su cargo en la provincia. Sé que ha manifestado a los emisarios de los Castro que no le parece correcto ir a señalarme ante el tribunal sin tener un verdadero motivo.

Día 13 de diciembre de 1959.

Finalmente aparece Raúl Castro. Viene decidido a neutralizar el ambiente favorable que tenemos entre la oficialidad presente y el poco significado que han tenido las acusaciones de otros testigos de cargo. Todos esperan de él una acusación por lo menos coherente.

Acudiendo a un recurso pueril, Raúl ataca a mi abogado defensor, el doctor Francisco Lorié Bertot, un profesional experimentado que no muestra temor alguno ante sus ataques. El trasnochado argumento de Raúl se basa en que el abogado fue agregado de la embajada de Cuba en México en los tiempos de Batista. Muestra unos papeles sin trascendencia para probar su afirmación. Dice que el defensor no tiene ninguna autoridad para participar en un proceso que se ventila en el Consejo Superior de las fuerzas armadas.

— Comandante Raúl Castro, el acusado es el comandante Huber Matos, a quien yo vengo a defender. El ataque contra mi persona no es lo que venimos a discutir aquí. Usted desvía la cuestión medular de este juicio porque no tiene argumentos válidos contra el acusado.

Lorié maneja con habilidad y talento las torpezas de Raúl, que, de pronto, se encuentra en medio de un careo con el defensor. Este lo toma un poco en broma, lo que irrita al comandante que ha pretendido, sin éxito, impactar a la concurrencia.

Raúl se ve en aprietos por la ironía del abogado, que le dice:

— Disculpe, comandante Castro, pero a mí me extraña que usted venga aquí de esta manera y me señale como lo está haciendo, porque aparte de que aprecio la obra de la Revolución, he sido y soy un admirador suyo.

Raúl pretende ser indiferente ante el halago. El defensor insiste:

— Comandante, le reitero que soy un hombre que lo valora y lo respeta.

— ¡Eso a mí no me importa! —responde abruptamente Raúl—. Lo que yo digo es que usted ha servido al dictador Batista.

El defensor, por tercera vez, habla positivamente de la personalidad de Raúl y éste responde en la misma forma que antes. Por fin el abogado, con expresión de aparente cansancio, pero con mordaz ironía, dice:

— Está bien, comandante Raúl Castro, está bien. La próxima vez dedicaré mi admiración a algo más fecundo.

Una risa general corea la respuesta del abogado.

Otra de las ocurrencias que el público festeja se produce cuando el abogado defensor se dirige al presidente del tribunal, Sergio del Valle, y le dice:

— Señor presidente: éste es un juicio de golpes bajos.

Del Valle no demuestra emoción alguna ante este argumento; pero al ser repetida una y otra vez por el abogado, le contesta:

— Bueno, está bien, éste es un juicio de golpes bajos si a usted le parece así. Otra vez el público ríe.

Raúl tiene los ojos encendidos de odio, la habilidad de mi abogado es más de lo que puede soportar. En un momento de su poco coherente exposición levanta un saco de nylon transparente con muchos papeles adentro. Lo agita ante el tribunal y ante el público y grita que tiene mucho que decir contra Huber Matos, que lo que le sobra son testigos y pruebas contra mí.

— Aquí traigo unos cheques firmados por Matos, que por su importancia como elementos probatorios de la conducta del acusado presento como pruebas en este juicio…

Como sé bien que si pido la palabra para refutarlo no se me concederá, me pongo súbitamente de pie y trato de imponer mi voz sobre la suya, mientras él termina diciendo en medio de mi protesta:

— … porque, señores del tribunal, aquí hay cosas fuera de orden…

— Lo único fuera de orden —le grito— son las alteraciones que ustedes pueden haber hecho; las falsificaciones que ustedes hayan introducido para hacerme daño. Guardo copias de todos los cheques firmados por mí y otras pruebas de mi limpio proceder. ¡Ustedes harán lo que les dé la gana! ¡Los datos que yo poseo sobre mi actuación son más convincentes que todas esas mentiras suyas!

Mis aclaraciones en voz alta ponen frenético y pálido a Raúl, que, con un rencor incontenible, me ataca diciendo que yo, en una oportunidad en que se celebraba una reunión del Estado Mayor, quise discutir las bases doctrinales de la Revolución, pero que el asunto aquella vez se pospuso. Él considera que este es el momento para que yo retome el tema y ponga sobre la mesa los puntos críticos que veo en los principios de nuestra causa. Es una trampa para desviar el debate hacia un tema en el que cree que le será fácil lucirse, apelando a su retórica demagógica.

No le doy tiempo para que se adentre más en el asunto, ni oportunidad para obligarme a ir adonde él quiere.

— Comandante Raúl Castro: cuando estábamos más o menos en igualdad de condiciones en las fuerzas armadas, yo planteé la necesidad de discutir esas cosas y usted rehusó hacerlo. Ahora que estoy arrestado, ahora que usan la fuerza contra mí, usted pretende discutir estos asuntos en un lugar y en un momento que no vienen al caso. Esto revela su concepto del valor personal: cuando estuvimos en condiciones de equidad, yo cuestioné algo y usted lo interpretó como un reto al debate y lo esquivó. Ahora que me tienen preso y quieren triturarme, viene a proponer ese debate. Sin duda alguna tiene usted una pobre idea de eso que se llama hombría.

Raúl irrumpe en exabruptos alejados de toda compostura y particularmente de la circunstancia que se está viviendo en este recinto. Aprovecho y le recuerdo que alguna gente de nuestro pueblo lo conoce como el «hombre odio». Raúl demuestra un desconocimiento absoluto de las formalidades que, como alto jefe militar, debe mantener ante sus subordinados; más aún en un juicio. No se da cuenta de que su comportamiento en el juicio lo delata como un sujeto resentido y acomplejado.

A pesar de la intimidación contra los testigos de la defensa que mi abogado llama a declarar —algunos de los cuales han sido amenazados por los emisarios de los Castro—, éstos concurren ante el tribunal.

El doctor Joaquín Agramonte, coordinador provincial del Movimiento 26 de Julio en Camagüey, quien renunció al cargo como protesta por mi arresto, me defiende respondiendo con precisión y firmeza al fiscal, que trata de subestimarlo.

La señora Olga Menéndez, líder sindical y dirigente del Movimiento 26 de Julio en Camagüey, prestó declaración sobre los hechos del 21 de octubre, y sobre mi trabajo en favor de la Revolución durante todo el tiempo en que estuve al frente de aquella provincia.

Dos hermanos de la fraternidad masónica, Manuel Bermúdez Oliver y Rafael Conde, ambos miembros de la Logia Manzanillo, de esa ciudad, declaran también ante el tribunal como testigos que acreditan mi conducta como ciudadano y educador.

El padre Rafael Escala, sacerdote de la catedral de Santiago de Cuba, y ex alumno mío en la Escuela Primaria Superior de Manzanillo, concurrió a declarar y dijo unas palabras de incuestionable elogio y reconocimiento para su antiguo maestro.

El profesor Aníbal Machirán, de Santiago de Cuba, que acreditó mi condición moral puesta en transparencia en las aulas y en el Colegio Nacional de Maestros.

El doctor Mario Casanellas, pastor bautista de gran prestigio y director de los Colegios Internacionales de El Cristo, en Santiago de Cuba, testifica dejando constancia del respeto que a través de los años ha ganado en él mi comportamiento.

Comparece también el doctor Miguelino Socarrás de Guzmán, capitán rebelde y ex director de la Clínica Militar del Segundo Distrito, la persona que me fue a buscar el 21 de octubre en la mañana para convencerme de que me marchara en su compañía fuera del país. El doctor Socarrás se enfrenta con el fiscal Serguera, que se atreve a cuestionar los antecedentes revolucionarios del testigo. Socarrás lo silencia con una concisa respuesta:

— Soy revolucionario desde antes de que usted hubiera nacido y además me alcé para servir como médico del Ejército Rebelde.

¿Qué sucede con Fidel a estas alturas? Se prepara para venir a rescatar lo que queda de un juicio que, tal como va, lo tiene perdido. Seguramente pensó que sería cosa rápida y del todo negativa para mí, pero ahora sabe que la partida anda mal. El comentario es que viene mañana. El tiempo para los testigos de cargo ha quedado atrás, pero a él nada le importa. Es el dueño del juicio, y sus reglas son las únicas que valen.

Día 14 de diciembre de 1959.

Todas las noches, tarde, nos llevan de regreso al Castillo de El Morro, nos separan y me llevan directo al calabozo. Al día siguiente, al mediodía, nos traen al edificio en que se nos juzga.

Estamos ya en el cuarto día del juicio, en medio de su todavía poco definido curso. Los cargos contra mí han sido débiles y mal organizados, formulados por testigos intrascendentes que han venido al juicio presionados por los Castro o haciendo méritos con éstos. Prefiero ignorar los nombres de algunas de estas personas, mas no a Jorge Enrique Mendoza Reboredo y a Orestes Valera, quienes en la madrugada del 21 de octubre nos insultaron por la radio de Camagüey con los adjetivos de «traidores», «hijos de perra* y otras cosas por el estilo, provocándonos persistentemente para crear una situación de violencia en la ciudad, que proporcionara evidencia de subversión. Los dos sujetos canallescos han venido a repetir sus acusaciones.

Avanza la tarde. La sesión lleva varias horas de trabajo. Hay indicios de que Fidel se dispone a arribar a la sala del tribunal de un momento a otro. Instalan un micrófono para la red nacional de emisoras cubanas y se nota la presencia de algunos de sus escoltas. Las cosas han llegado a un punto delicado para el gobierno y es necesario que venga Fidel a impresionar. Entra con sus guardaespaldas, no mira para donde estoy y comienza una extensísima perorata de varias horas.

Con poses olímpicas, y sabiendo que nadie se atreverá a contradecirlo, cuenta la historia de mi actuación en el Ejército Rebelde, refrescando las disputas que tuvimos en la Sierra Maestra y presentándome como un hombre oportunista, irresponsable e ingrato. Luego trae a colación una serie de argumentaciones sobre la Revolución y afirma que “la nuestra no es una revolución comunista. En Rusia habrán hecho una revolución comunista. Nosotros estamos haciendo nuestra revolución y nuestra revolución es una revolución humanista, profunda y radical”.

Las mentiras que dice ante la audiencia que colma el salón del tribunal me hacen salirle al paso. Su cinismo deforma los hechos. Cuenta a su manera algunos de los problemas que tuvimos en la sierra y relata el episodio de la ametralladora que Duque tenía que devolverle y que él creyó que yo había tomado para la Columna 9, pero lo describe falseando la verdad, silenciando datos y palabras; va añadiendo o inventando a su conveniencia para suplantar la verdad y exhibirme como un hombre carente de principios e inclinado por mi propia naturaleza a la traición. Me enfrento a él y a sus mentiras. En un momento afirma con el mayor descaro:

— Huber Matos tuvo que retractarse.

A lo que respondo:

— ¿Y por qué no prueba eso que acaba de decir presentando mi carta de respuesta? Usted ha venido con unos cuantos papeles.

— No, esa carta no la traje, creo que se ha extraviado; no sé.

— Es de lamentar que no la haya traído para respaldar su afirmación; no la trajo porque evidenciaría mi condición de hombre honesto y de principios, todo lo contrario de lo que usted está diciendo.

Fidel se molesta con mis interrupciones y reclama al presidente del tribunal que se le respete el uso de la palabra. Pero no puede impedir que yo, durante su interminable diatriba, me ponga de pie una y otra vez y lo refute, pues más que la magnitud del castigo que me impongan, me interesa que quede clara la verdad.

En su argumentación, que transmiten al pueblo cubano por radio, insiste en presentarme como un individuo que se sumó a las fuerzas revolucionarias, donde todo le resultó muy fácil. Que soy más un aventurero que un hombre de formación ideológica. Argumenta que es una mentira infamante insinuar que la Revolución va hacia el comunismo. Le resta valor a mi posición mostrándome como un calumniador, como un sujeto que está dándole un rótulo de marxista a la Revolución, “cuando es cubanísima como las palmas”.

En el curso de su exposición, Fidel involuntariamente pone al trasluz la farsa que es este juicio. Llama de entre el público al comandante Félix Duque, quien ya ha prestado declaración, para que haga otra diferente.

Félix Duque fue segundo en la tropa mía y conoce bien lo sucedido en Camagüey, por haber estado allí un día antes de mi arresto. Su primer testimonio ante el tribunal corresponde a la verdad de los hechos; no encontró conspiración ni sedición. Fidel lo ha presionado para que lo cambie y lo presenta de nuevo en el juicio en forma totalmente arbitraria. Duque comienza con tantas mentiras que, sin hacer caso de los custodios, me paro y subo al estrado, voy hasta donde está Duque, le quito el micrófono. Quedo a pocos pasos de Fidel, que con un micrófono en la mano se queda sin habla. Afirmo al público que se falsea la verdad con el mayor descaro. Analizo una a una las mentiras de Duque, que me observa asustado. Es fácil poner en evidencia sus contradicciones. Fidel, sorprendido, reacciona con temor.

El tribunal, al alterar las reglas de procedimiento, permitiendo que Fidel haga subir a Félix Duque con esta nueva declaración, pierde por el momento el control del juicio. Apelo a los presentes para que entiendan que ésta es una patraña colosal en la que se quiere destruir a un hombre con el artificio de una acción legal viciada por la inmoralidad y por el abuso de poder. ¿No es Fidel Castro quien ha escogido el tribunal, me acusa como testigo y, además, se da el lujo de llamar a declarar a quien él quiere? ¿Cómo puede un testigo, en el mismo juicio, hacer dos declaraciones tan marcadamente opuestas? Algo inadmisible.

Siguen los testimonios arbitrarios e ilegales. Hasta Armando Hart, quien en los primeros meses de la Revolución en el poder me pidió que le ayudara a resolver su situación con los Castro, que le habían dado la espalda, viene de atrás del auditorio, donde están los tramoyistas. Habla ante el tribunal sin que nadie lo haya autorizado a prestar declaración. Me acusa sin ser testigo del caso. También, sin ser testigo, irrumpe en la sala el capitán Suárez Gayol, a decir necedades ante el tribunal. El juicio se vuelve un espectáculo de circo romano. Es el jefe del gobierno quien ha provocado este desorden.

Fidel retoma la palabra y habla hasta muy tarde de la noche. Le interrumpo más de cincuenta veces para poner las cosas en su lugar cada vez que dice una mentira o presenta un asunto de manera tergiversada o capciosa, con su acostumbrado cinismo. Está molesto; no me importa. Me importa la verdad a cualquier precio.

Con su séquito, Fidel abandona el salón. La oficialidad que conforma el público cree que la sesión ha terminado y que continuará al día siguiente. Los miembros del tribunal toman parte en el juego porque se retiran de la sala, dando también la impresión que la vista ha concluido y que continuará al día siguiente. No dicen nada y el público se va. El recinto queda prácticamente vacío. Permanecemos en él los acusados, los hombres de la seguridad militar que nos vigilan y nuestros familiares, que por lo general no se retiran hasta que nos llevan de regreso al Castillo de El Morro.

Después de unas dos horas, como a la una y media de la mañana, vuelve el tribunal. El juicio va a continuar. El ardid les sale bien a los Castro. Indudablemente la oportunidad de hablar antes de que se dicte la sentencia la voy a tener ante un salón desierto. Expondré mi defensa una vez que el fiscal termine con su exposición, que resumirá con la petición de la pena de muerte.

El fiscal habla durante dos horas alargando de forma deliberada su exposición. Una forma más de irnos agotando física y psíquicamente. Estamos sentados desde las doce del mediodía de ayer y hemos pasado más de catorce horas continuas y agobiadoras, que en el banquillo de los acusados son unas cuantas.

Hace uso de la palabra mi abogado. Con precisión de jurista experimentado emplea menos de una hora en reducir a nada la pomposa retórica del fiscal Serguera. Analiza los cargos y deja al descubierto su inconsistencia y la carencia total de fundamentación.

— El tribunal puede pensar lo que quiera. Lo cierto es que no se ha podido demostrar ninguna de las dos acusaciones, ni traición ni sedición. Mucha hojarasca retórica y ninguna prueba concreta, ¡ninguna!

Termina diciendo:

— En el curso de este juicio se ha hecho evidente que mi defendido es inocente. Solicito del tribunal el veredicto absolutorio que en justicia le corresponde.

Hablan a continuación los otros dos abogados que tienen a su cargo la defensa de mis compañeros de causa. Uno de ellos es oficial de las fuerzas armadas y actúa como abogado de oficio. Contrario a lo que pensábamos, hace un papel brillante y corajudo, enfrentándose al fiscal con argumentos irrebatibles y entera valentía. Nos impresiona su valor, y comentamos: «Inevitablemente lo despiden, y suerte si no lo meten preso». A las cinco de la mañana, el presidente del tribunal dice que se va a dictar sentencia y pregunta si alguno de los acusados tiene algo que decir.

A las cinco de la mañana, el presidente del tribunal dice que se va a dictar sentencia y pregunta si alguno de los acusados tiene algo que decir.

Tengo mucho que decir. Dirijo una mirada a mis familiares, cuyos rostros expresan claramente su cansancio, aunque en ellos hay una admirable entereza. Reconstruyo los hechos tratando de ser lo más fiel posible a la realidad. Uno a uno desmenuzo los cargos que se me imputan, con autenticidad y respeto a la verdad.

Puntualizo las conclusiones:

— No hay traición. He sido y soy fiel a mi patria. He servido lealmente a la Revolución y es mi lealtad a la Revolución y el amor a mi patria lo que me llevan a reclamar, persuasivamente primero, y por último con mi renuncia, que no se suplante el programa democrático y humanista de la Revolución.

No hay sedición, pues no se ha hecho ningún planteamiento para subvertir el orden, ni existe un propósito ni un hecho para crear violencia. La provocación a la violencia vino de la parte oficial, de manera muy notoria. Además, este juicio es ilegal porque Fidel Castro, en su función de primer ministro y comandante en jefe, tiene de su parte al tribunal y concurre como testigo acusador. ¿Qué tipo de justicia es ésta? Hay algo más que señalar como violación flagrante que invalida este proceso judicial desde su inicio. Cinco días después de mi arresto y encontrándome incomunicado en un miserable calabozo, Fidel Castro, usando su autoridad de gobernante y su enorme influencia, me hizo condenar a muerte en un acto público, en el que cientos de miles de cubanos, a instancias suyas, levantaron el brazo aprobando mi fusilamiento sin tomar en cuenta mi derecho a ser escuchado. Este juicio es una farsa inmoral desde el comienzo y deploro que mis compañeros de armas que integran el tribunal se vean comprometidos en el desempeño de una función que no conlleva ni orgullo ni honra.

Acabo señalando lo que ya había reiterado en mis declaraciones previas: si es necesario entregar mi vida para que se concreten en hechos todas esas cosas hermosas que la Revolución ha prometido, estoy dispuesto a darla en bien de mi patria y de mi pueblo. «Estoy convencido de que en el sacrificio de los hombres está el camino que conduce a los pueblos a la victoria.»

El teniente Dionisio Suárez habla en representación de mis compañeros y lo hace muy bien, con nitidez y elocuencia.

Termina la sesión a las siete de la mañana, sin que se dicte la sentencia. Nos sacan del edificio y cuando vamos a tomar los vehículos que nos llevarán al Castillo de El Morro, una claque de diez o más militares grita: «¡Paredón! ¡Paredón! ¡Paredón!»… Un estribillo trágico que repiten y repiten para romperle los nervios a los acusados. Otra agresión de las tantas que han puesto en función los hermanos Castro.

A estas alturas poco me importan el rencor o las pasiones personales. Soy un hombre en el momento más crucial de su existencia. Paso frente a ese grupo hostil y los miro con total indiferencia. Los que no claudican han de estar siempre preparados para pagar el precio que las circunstancias demanden.

Nos llevan de regreso a El Morro. Llegamos como a las nueve de la mañana. Hemos pasado veinte horas ante el tribunal y necesitamos reponemos un poco para regresar esta tarde y escuchar la sentencia.

Todo lo que tenía que decir está dicho. He analizado previamente la perspectiva del fusilamiento y me siento preparado para esa eventualidad, aun cuando estoy consciente de que hemos ganado el juicio. Aunque sé que esto no significa mucho.

Día 15 de diciembre de 1959.

A las cuatro de la tarde nos regresan al tribunal. En los momentos previos a esta última sesión hablo con mi esposa, que se acerca tan llena de dolor como de secreta esperanza. Ella presenció, en horas de la mañana, aquel insistente: “¡Paredón! ¡Paredón! ¡Paredón!…”, que un pequeño grupo profirió ante las puertas del edificio donde nos encontrábamos. Eso la quebró un poco, pero ha tenido la capacidad de reponerse.

— Huber, te van a fusilar porque te has portado como el hombre íntegro que eres.

— Sí, quieren fusilarme, pero Fidel debe de tener sus dudas. Acuérdate de que detrás de toda su pantalla es un cobarde, y las cosas no le han salido como esperaba. Sé lo que está pensando. Sabe que hay mucha gente en el ejército que me apoya y, si me fusila, alguno puede tratar de cobrárselo. Él le tiene horror a un atentado; es su obsesión.

— Pero él no puede perdonar que lo hayas descalificado delante de todo el ejército; Raúl estaba fuera de sí. Tú sabes que si te condenan a muerte ésta será la última vez que nos veremos, de aquí te llevarán directo al paredón.

— Lo sé, tú y yo hemos estado juntos en todo esto, me has respaldado siempre. Lo más importante son nuestros hijos y tú los podrás sacar adelante. Allá, yo te seguiré queriendo y después de esta vida nos volveremos a ver. Te esperaré.

Pendemos de un hilo sobre el abismo. Minutos después abren la sesión en la que se dictará sentencia. Los Castro, poseídos por una pasión enfermiza, quieren verme caer ante el pelotón de fusilamiento y terminar para siempre conmigo.

— Pónganse de pie los acusados, el tribunal va a dictar sentencia.

Escucho estas palabras y me levanto del banquillo. Por mi mente pasa la idea de que cuando enfrente el pelotón de fusilamiento les voy a dar a mis enemigos un último ejemplo de lealtad a mis convicciones.

— Huber Matos: veinte años de cárcel.

En este momento, cuando sé cuál es mi condena, siento la inefable sensación del individuo que cree en su muerte inmediata y se entera de que seguirá viviendo. Esto, indudablemente, es bien recibido por la naturaleza humana, que en todos los casos quiere sobrevivir. Intercambio miradas de comprensión y solidaridad con mis compañeros de causa. Atravieso por un sinfín de estados emocionales, imaginándome a la vez la alegría que cubre interiormente a los míos. Vuelvo mi rostro hacia mi esposa, mi padre y mi hijo. Nos miramos, reconociendo en nuestras pupilas un brillo que señala una inesperada puerta al futuro, aun en la condición de prisionero por largos años en que me encontraré a partir de ahora.

Se leen a continuación las demás sentencias:

— Capitanes Miguel Ruiz Maceira, Rosendo Lugo y Roberto Cruz, siete años; capitanes José López Legón y Napoleón Béquer, tres años; tenientes Edgardo Bonet Rosell, José Martí Ballester, Vicente Rodríguez Camejo, Alberto Covas Álvarez, Miguel Crespo García, Rodosbaldo Llauradó Ramos, Elvio Rivera Limonta, Jesús Torres Calunga, José Pérez Alamo, Willian Lobaina Galdós, Carlos Álvarez Ramírez, Dionisio Suárez Esquivel, Manuel Esquivel Ramos, Manuel Nieto y Nieto, Mario Santana Basulto y capitán Raúl Barandela, dos años.

Junto con la condena, se ordena que me degraden. Tienen que arrancarme los grados deshonrosamente ahora. Ninguno de los oficiales aquí presentes, ni Fidel ni Raúl, se atreverían a hacerlo. Seguiré siendo exactamente lo que soy Ningún tribunal del mundo, por mezquino que sea, podrá despojarme del grado que he ganado luchando por la libertad de mi pueblo.

Regresamos al Castillo de El Morro con nuestras familias siguiéndonos en otros vehículos. Muchos nos esperan en la puerta de la prisión. Hay abrazos, besos, efusiones propias del momento. Los míos desbordan de alegría. Caminamos de un lado a otro fuera de la prisión, saludándonos y comentando lo sucedido. Podría intentar escaparme, aprovechando la algarabía y confusión del momento, pero no puedo abandonar a mis compañeros, ni tampoco permitir que el alerta que he dado al pueblo cubano se diluya en una fuga, que el régimen manipularía publicitariamente a su favor. Mi prisión será una condena para la dictadura.

***

Cómo llegó la noche. Memorias de Huber Matos
Editores TusQuets. 2003.

#CitasProdavinci 

Comentarios (5)

Gabriel Castro A.
26 de marzo, 2014

Lo ocurrido en Venezuela los últimos 15 años es una copia fiel y exacta del manejo de los instintos, las pasiones, el fanatismo, las leyes y la propaganda, en Cuba, todo amañado en favor de unos pocos y en perjuicio de las grandes mayorías. Gracias por reproducirlo.

Iñaki Matanza
26 de marzo, 2014

“Voy a juicio con muchas desventajas: la primera, el haber sido prácticamente condenado a pena de muerte, cinco días después de mi arresto, por una multitud de cientos de miles de personas, arengada y dirigida por el Máximo Líder.” Que criolla suena esta circunstancia en la Venezuela actual con los casticistas de turno.

javier monzon
27 de marzo, 2014

Tuve la suerte de leer ese libro, que en Cuba circulaba clandestinamente entre amigos y con mucho secreto. Recomiendo a todos leerlo; es algo terrible por todo lo que paso Huber Matos, mientras el tirano aparecia a diario por TV a diario -durante mas de medio siglo-con su peluda cara de santo, mientras en las carceles se cometian tantos crimenes y abusos. Los que cometen en Cuba esos abuso, son los “asesores” de los esbirros venezolanos en la actualidad.

Argenis
28 de marzo, 2014

Gracias por esta publicación, es de incalculable valor para muchos que, hemos sostenido desde décadas que lo acontecido con la “revolución” de los Castro no es tal y, lo que ocurrió con el Comandante Huber Matos lo demuestra, en este país al cual llegó la izquierda oportunista manejada por los Castro no se consigue el libro de “Cómo llegó la noche” pero, esta labor que desde aquí realizan nos permitirá difundirlo aunque sea por retazos y a través de octavillas, se les agradece.

luis e.
24 de abril, 2014

El comandante huber Matos, sufrio por su pais, observando el camino que la revolucion cubana tomaba, sometiendo al pueblo al peor de los sistemas de gobierno, “el Comunista” y bajo la tutela en ese momento del sangriento regimen sovietico, los años han pasado y el comandante Hubert Matos no se equivoco, los Hermanos castros se hicieron distadores de Cuba. Mi pais Venezuela, va por ese camino, tenemos un gobierno comunista, corrupto y que esta acabando con todos nuestros recursos. Yo no desearia que escribieramos un relato como ese para mi patria. El comunismo es el gobierno de los fracasados, envidiosos y corruptos.

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