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El flâneur en el ciberespacio, por Armando Coll

Por Armando Coll | 13 de Junio, 2012
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El flâneur, espécimen un tanto esquivo de la Belle Époque más parisién, figura que remite por igual a Baudelaire que a Proust, por inaprensible, ha dado pie a conceptualizaciones complejas.

En principio, el flâneur es una variante del dandismo, un paseante tan singular como poco visible. Practica la vagancia, pero no se le confunda con el vulgar merodeador. Vaga literalmente, en lo que para Walter Benjamin es su elemento, los passage couvert, esas primorosas galerías de arcos de cristal, que marcaron un instante de la modernidad francesa hasta ir desapareciendo, casi por completo hasta hoy (En Caracas se conserva alguna decorosa imitación, oculta en algún lugar del denostado casco central)

El flâneur es hoy una añoranza de arquitectos y urbanistas que no se hallan en las megalópolis del nuevo milenio, no encuentran en ellas las condiciones para el trotacalles de alta exigencia estética, el espacio para la flânerie.

La concreción intelectual del flâneur sería una obra bosquejada por el genio atormentado de Benjamin, que terminara quitándose la vida en una encrucijada de la Segunda Guerra Mundial antes de llevarla a cabo. El poeta venezolano Alejandro Oliveros condensa así lo que habría sido Passagen-Werk, (El proyecto de los pasajes): “Un montaje de fragmentos que se propone reproducir la experiencia del flâneur. Ese ‘paseante solitario’ que encuentra el motivo de sus ensoñaciones, no en el contacto y diálogo con la naturaleza, como en Rousseau, sino en el intercambio con la movediza y efímera iconografía urbana. En una de estas muestras de escritura epigramática, se refiere al empleo de las citas, el fundamento del Proyecto: ‘En mi trabajo’, escribe Benjamin, ‘las citas son como salteadores de caminos que irrumpen armados, y despojan de su convicción al ocioso paseante’”. (En “Ética y estética en los paisajes” prodavinci.com)

El paseante solitario de la web

La imagen del último flâneur podría ser la de Marcel Proust, confinado por voluntad propia a su insonorizado piso aledaño al ruidoso boulevard Haussman.

Nadie duda de los peligros que la megalópolis actual depara a ese caminante absorto y, a la vez, atento al entorno, que se deja rozar por la multitud sin participar de ella. Ni hablar de Caracas, donde todo el mundo va de un lado a otro en constante estado de alerta máxima.

Como Proust, en su momento, ante los embates de transformación urbanística de su París, quien hoy tenga parecida vocación por ese devaneo citadino, reducido por peores causas a un habitáculo que bien podría estar en una inhóspita ciudad dormitorio,  hallaría equivalente solaz entre las frías e irreales galerías agazapadas en las infinitas intersecciones de la alguna vez bautizada superautopista de la información, Internet.

Pero el fin para el paseante solitario de la red de redes, parece haber llegado también, con el advenimiento de la web 2.0. Al menos ese es el parecer del ensayista Evgeny Morozov, quien publicara en días recientes en el New York Times, un artículo titulado “The Death of the Cyberflâneur” (La muerte del ciberflâneur)

Si aquellas románticas galerías del pasado, de techo acristalado, cedieron al avasallamiento de un mecanismo urbano cada vez más condicionado por la masa, los recovecos de la web empiezan a desaparecer detrás de fenómenos en extremo gregarios y totalizadores como Facebook que, por ejemplo, impone el consumo de una neo lengua común a sus cientos de millones de usuarios alrededor del mundo, de muy diversa cultura.

Las redes sociales atentan contra dos atribuciones irrenunciables al flâneur: la posibilidad cierta de departir incógnito con la multitud y el no ceder al consumismo ni otros reduccionismos.

“El arte del maestro del flânerie es el mirar sin ser sorprendido en ello”, ilustra el sociólogo Zigmunt Bauman, citado por Morozov.

Armando Coll 

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