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El Estado salvaje: gas contra todos; por Oscar Medina

Por Oscar Medina | 11 de abril, 2017
Cuerpos de seguridad lanzan bombas lacrimógenas a los manifestantes opositores en la marcha del #10Abr. Fotografía de Iñaki Zugasti

Cuerpos de seguridad lanzan bombas lacrimógenas a los manifestantes opositores en la marcha del #10Abr. Fotografía de Iñaki Zugasti

Ricarda de Lourdes González. Hay que grabarse ese nombre. Con dolor. Con rabia. No sabemos nada d ella, de su historia personal, de sus afectos. Una venezolana más que vio cambiar a este país hasta convertirse en la vergüenza que es hoy. Ahora la lloran sus familiares. Sus vecinos. Las amistades que aun tenía. O nadie. Porque estamos todos tan ocupados. Porque no era una celebridad. Porque la suya quizás haya sido una vida común y corriente, como la de cualquiera de nosotros. Ahora Ricarda de Lourdes González es la señora que murió en Caracas como consecuencia de los gases lacrimógenos lanzados a mansalva en Bello Monte.

Ella, de 87 años, es la primera víctima mortal de este aquelarre tóxico oficiado por los jefes y peones de la Policía Nacional Bolivariana y la Guardia Nacional. A Ricarda la mataron: no hay otra forma de asumir esta tragedia.

Cualquiera que alguna vez haya sentido el efecto de las lacrimógenas colarse por las ventanas de su vivienda puede tener una idea de lo que experimentó Ricarda. Esa angustia creciente a medida que se irritan los ojos, las mucosas. La desesperación de la piquiña en la nariz, la sensación de ahogo, de que hay que salir, de que hay que irse. Pero, ¿para dónde? ¿Para dónde podía correr Ricarda si el humo estaba por todas partes? ¿Cómo reaccionar rápidamente, tumbarse al suelo o huir con las limitaciones de sus 87 años?

La estrategia de represión nunca toma eso en cuenta: solo ve la odiada manifestación al frente, el desafío de quienes quieren llegar a un lugar para expresar su descontento. Están programados solo para repeler, para aplastar, para golpear, para ahogar a esos a quienes ven como enemigos. Lo que hay alrededor no cuenta. No hay casas, no hay edificios, no hay centros de salud, no hay ancianos, no hay niños, ni perros, ni gatos. Nada ni nadie más importa: hay que gasearlo todo para que no avancen. Si pudieran disparar balas en medio de ese frenesí lo harían, es posible que lo hagan pronto de manera sistemática. Porque la rabia de la calle no parece que amainará con promesas apaciguadoras.

Y los peones de casco y uniforme seguirán cumpliendo órdenes. Y sobrepasándolas porque la adrenalina, el miedo y el odio inculcado cuentan. Ya lo estamos viendo en Caracas. A la diputada Delsa Solórzano la golpearon de frente con una bomba. La vieron caer. La vieron desmayarse. Una patrulla de PoliBaruta la llevó a la Policlínica Las Mercedes. Allí la atendieron. Y mientras se recuperaba y empezaba a recibir la visita de sus compañeros parlamentarios algunos miembros de la Guardia Nacional decidieron demostrar la materia de la que están hechos, lo que se esconde bajo los uniformes: “La Guardia Nacional de Venezuela llegó a la Policlínica Las Mercedes y empezó a disparar bombas dentro de la clínica”, cuenta Solórzano en un audio que circuló ayer en la tarde entre periodistas: “Y decían ‘eso es para que sigan atendiendo a diputados allá adentro’. Lo más grave de todo esto no es cuanto me afecto eso a mí, a mi salud, sino que había un bebé dentro de la clínica que tuvieron que sacarlo para asistirlo en otro centro de salud porque se vio fuertemente afectado por el efecto de las bombas lacrimógenas que disparó la Guardia Nacional dentro de la clínica”.

A ese bebé también lo vimos todos: en fotos, atendido por los médicos en medio de una nube de gas. A ese bebé pudo haberle sucedido lo mismo que a Ricarda. Ese pequeño pudo haber muerto por ese maldito afán de hacerle daño a los diputados, a los enemigos con quienes hay que actuar de manera tan implacable sin importar las circunstancias: son cucarachas, hay que gasearlos aunque estén en un recinto hospitalario. Ese niño o cualquiera de las otras personas que se encontraban en la emergencia pudieron haber muerto. Gracias a dios no fue así. Y Solórzano terminó arrancándose la vía de la vena y salió del lugar para que dejara de ser objetivo de la Guardia.

La borrachera represiva del gobierno no pone límites. Los peones deshumanizados van con todo y contra todo. Las bombas que lanzan también tienen la intención de golpear. En Chacaíto y en Altamira impactaron en las cabezas de dos jóvenes, uno de ellos fue internado de emergencia en un hospital con un severo traumatismo en el cráneo. El reportero Román Camacho terminó con una fractura en la pierna: le dispararon una lacrimógena directo al cuerpo. Otro manifestante –no identificado- resultó con los dedos de una mano fracturados: la bomba iba a su rostro y logró cubrirse. En Las Mercedes los manifestantes vieron con pavor –y hay registro en video- bombas que caían desde el helicóptero de la policía que sobrevolaba el lugar.

Ayer los ciudadanos fueron atacados con saña. Con odio. Sin justificación alguna. Y el ataque comenzó cuando apenas estaban reunidos en el lugar de la convocatoria, en Chacaíto. La orden no fue contener, fue impedir. No fue evitar desmanes, fue provocarlos, causar víctimas. El salvajismo de la represión va en escalada, pero la rabia también. Descanse en paz Ricarda, los días que vienen auguran cosas peores.

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Oscar Medina 

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