Doble Equis

El delito invisible y la cultura de la violación, por Aglaia Berlutti

Por Aglaia Berlutti | 5 de diciembre, 2013

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Según cifras de la ONUDD (United Nations Office on Drugs and Crime), cada año se cometen  más de un millón de violaciones. Es una cifra estimada, por supuesto, porque no incluye a todas las victimas que no denunciarán, que serán presionadas por sus familiares, esposos, el miedo natural de la victima o quizás baste con la cultura del guardar silencio. Por ese motivo se insiste en que la violación es un delito invisible.

Muy pocos países tienen estadísticas claras sobre este rtópico y las muy escasas disponibles no reflejan la crueldad de una circunstancia que enfrenta a la mujer con una idea cultural que no controla y la supera. Cuando hablamos de violación, no hablamos de sexo: hablamos de poder, de destrucción de la identidad femenina. La violación no tiene nombre ni rostro: es un delito anónimo en la medida en que la víctima debe lidiar con la violencia y con la responsabilidad moral de verse estigmatizada por el peso de una culpabilidad ficticia. A diferencia de otros crímenes, en la violación se especula sobre culpabilidad y sobre cuánta responsabilidad puede tener la víctima en un hecho de violencia sin matices. Es sin duda ese terreno borroso, esa cualidad que supone interpretable el delito, lo que hace que una mujer violada sea dos veces víctima. Más allá, el silencio cómplice de una cultura que admite la violencia como manifestación de poder y que en ocasiones, incluso, intenta justificarla como idea social.

Durante siglos la violación no fue considerada delito, a menos que cumpliera especialísimas condiciones. En la Edad Media, sólo una doncella podía considerarse violada. Las víctimas de guerreros, casadas y viudas, eran ignoradas e incluso presionadas para ocultar por decoro la agresión que habían sufrido. En multitud de tribus y sociedades primitivas, la mujer de menor de edad era considerada propiedad de los varones y su desfloración, un premio en disputa. Incluso ese delito confuso llamado “estupro” nunca fue otra cosa que una manera de asegurar la virginidad de la mujer casadera, de la hija que sería entregada en prenda y en ofrenda al futuro marido. La mujer (y su sexualidad) estaba bajo el tutelaje del hombre: del hogar paterno la mujer pasaba al del marido y, el en tránsito entre ambos, el sexo quedaba prohibido. De manera que lo que en realidad protegía la ley no era a la mujer de la violencia sino al hombre de la vergüenza de sufrir el peor bochorno imaginable: una mujer desobediente.

La consecuencia más clara de que toda esta visión histórica sea una percepción de la violencia sexual como accesoria e incluso justificable.

Durante los años setenta se acuñó el concepto que define la llamada Cultura de la violación y que relaciona la violación y la violencia sexual con la cultura de una sociedad que normaliza, excusa, tolera y, además,  culpabiliza a la víctima. En una idea que se extiende más allá del parámetro legal e incluye a la sociedad que la admite hasta hacerla casi imperceptible, una sutileza que incluye el rol social de la mujer y la percepción que se tiene sobre su sexualidad.

Trabajos como la impactante serie fotográfica de Grace Brown, que retrata a victimas de violación mostrando en carteles las escalofriantes palabras que escucharon de sus victimarios durante el momento del ataque, resultan tan conmovedores como desconcertantes. Las imágenes de mujeres y hombres mostrando los verdaderos alcances de la violencia sexual hace mucho más poderoso su mensaje. Para esta fotógrafa, la esencia del proyecto es demostrar que una agresión sexual es una experiencia que puede destruir emocional y físicamente a la victima y que no tiene gradaciones ni admite ser atenuado por opinión alguna. Para Brown, las frases muestran la tragedia de la violencia en toda su crudeza y el proyecto permite “tomar el poder sobre las palabras que fueron usadas en su contra”, sensibilizando a la cultura que agrede a la victima con su necesidad de juzgar su conducta por encima de la agresión que sufre y más allá, la somete al silencio y la humillación.

Existe la idea de que una violación parece menos terrible si podemos entender qué ocurrió, que no es un acto de violencia gratuita, cruel y sin sentido. Por ese motivo, para muchos una violación debe ser un hecho sin matices, directo y evidente: la violación sólo ocurre si el caso es extremo y demostrable, que la victima haya sido maltratada, coaccionada, herida, violentada, aterrorizada. Sólo así la sociedad baja la cabeza, asiente con preocupación y murmura muy preocupada sobre lo salvaje del agresor, sobre el castigo que merece por haber cometido un crimen. ¿Pero qué ocurre si la violación es algo más que una paliza y sexo forzado? ¿Qué ocurre con las violaciones que no implican violencia física directa? ¿Qué pasa con las mujeres violadas que aceptan, aterrorizadas y sumisas, un hecho de violencia que las supera? ¿Cuándo la violencia es menos o más directa? ¿Qué ocurre con la mujer abusada por el esposo? ¿Y la que no fue golpeada, sino drogada? ¿Es menos violento el sexo no consensuado si la victima no puede o no sabe cómo defenderse? ¿Es menos cruel una agresión sexual por que la víctima vestía de una manera especifica? ¿Hacia dónde conducen todas estas interpretaciones y justificaciones sobre la posibilidad de la violencia sexual? ¿Existe un perfil que haga válida o creíble una violación?

Un caso emblemático en nuestro país es el de Linda Loaiza: Linda fue secuestrada por Luis Carrera Almoina, con quien había sostenido una relación romántica previa. Durante su secuestro, Almoina no solamente abusó sexualmente de la joven, sino que la sometió a torturas que desfiguraron su rostro y su cuerpo. Cuando finalmente pudo escapar de su cautiverio, Linda tuvo que enfrentar otro tipo de agresión, incluso tan cruenta como los vejámenes sufridos en manos de Almoida: se le señaló como prostituta y se le acusó de mentir e incluso de manipular la situación que sufría para someter al escarnio público a su agresor. Finalmente, el caso tuvo un desenlace vergonzoso: luego de un largo y difícil juicio oral, la jueza del caso público la sentencia absolutoria de quien fuera acusado de ser su agresor, Luis Antonio Carrera Almoina, alegando que no se logró demostrar de manera suficiente la agresión sufrida por Loaiza, basándose en motivos tan desconcertantes como su relación previa con Almoida y su conducta sexual. La opinión pública de entonces habló de tráfico de influencias, de corrupción, de arreglos y negociaciones, pero también sobre la visión mediatizada y tristemente limitada que en nuestro país existe sobre los delitos sexuales. Sin embargo, lo que persiste en la memoria cultural del país es la imagen de Linda Loaiza, con su joven rostro deformado convertido en símbolo del prejuicio y el menoscabo a la dignidad de la víctima que es posible en nuestra cultura.

Nuestra sociedad consume símbolos y nos convierte en observadores. Somos partícipes de una serie de mensajes que podemos comprender o no, asumir o no. Incluso aceptar o no.

Ejemplos sobran: este año, un caso de violación dividió a la Universidad de Ohio, en EE.UU., entre detractores y escépticos sobre la existencia misma de algo tan sutil como la Cultura de la Violación. Una joven en estado de embriaguez fue abusada sexualmente por un hombre. Lo más asombroso del caso es que la agresión fue grabada por dos jóvenes, quienes en lugar de ayudar a la victima se dedicaron tuitear sobre lo que ocurría en tono jocoso:  “Fue divertido mientras duró”“Oh dios, ja, ja”; se puede leer en el TimeLine de ambos. Como era de esperarse en una comunidad pequeña como un campus universitario, las imágenes se convirtieron en virales. En ellas puede también comprobarse que al menos diez personas fueron testigos de un gravísimo episodio de violencia sexual. ¿El motivo de la indiferencia? El estado de embriaguez de la joven que fue tomado por el grupo de observadores como una admisión tácita de una conducta sexual desordenada.

En 2007, el entonces gobernador del estado Carabobo Luis Felipe Acosta Carles generó polémica por colocar en distintos puntos de la ciudad de Valencia, una serie de vallas donde podía leerse “Incitar al sexo genera violaciones”. En las vallas podían verse fotografiadas mujeres en bikini, tomando el sol, comunicando que el cuerpo de la mujer puede provocar un delito sexual. La mujer, de nuevo, como victima de sí misma.

De nuevo, la responsabilidad del agresor parece estar directamente relacionada con su incapacidad para controlar sus impulsos mientras que la de la víctima aparece como “provocadora” del hecho de violencia que sufre. ¿En dónde se origina esta distorsión del análisis de un hecho criminal en estado puro? Más tarde, y sólo después de haber sido atacado por miles de internautas enfurecidos, Vance Blanc, el joven de 19 de años autor del video, se disculpó públicamente por lo que él mismo definió como “actitud inmadura”. En ningún momento mencionó su responsabilidad como cómplice en un crimen sexual. Tampoco se cuestionó el hecho que el video, convertido en un fenómeno viral a las pocas horas de su publicación, convirtiera la agresión sexual en un “sexual bullying” que menoscabó la dignidad de la victima y la llevó a convertirse en objeto de especulación y burla pública.

Y no obstante la cultura que sostiene y disculpa la violencia sexual parece formar parte de una idea social casi primitiva: en numerosos países orientales, el abuso sexual no se considera un delito, sino un fenómeno que trasgrede una rígida visión sobre el rol de género de la mujer. Uno de los casos más recordados es el llamado Qatif Rape Case. Una joven saudí secuestrada y violada por siete hombres en el año 2006 que, luego de un largo y controversial juicio público donde sus agresores fueron sentenciados, la víctima también fue declarada culpable de “provocar” la agresión y sentenciada a 90 latigazos y seis meses de cárcel por “estar en un vehículo en compañía de un hombre que no era un pariente”. Fue también conocido el caso de una joven marroquí de 16 años que se suicidó después de que un tribunal la obligara a casarse con el hombre que la había violado.

Muchas veces, la violación no es solo un acto de violencia, es una opinión social: una interpretación del papel de la victima dentro de la agresión que puede convertirla en provocadora. Los eventos citados pueden parecer dramáticos, exagerados e incluso extremos. No obstante, son ideas bastante extendidas, con las que sueles tropezar quizás con demasiada frecuencia.

En la invisibilidad de un delito y en la cultura de la violación parece prevalecer una peligrosa certeza que quizás se ha instalado demasiado en la sociedad que permite ambos excesos: se dice que quienes denuncian la violencia son demasiado sensibles, pero no que quienes la perpetran no lo son lo suficiente.

Aglaia Berlutti Bloguera desde 2008. Fotógrafa. En su blog para Prodavinci, Doble Equis, aborda una visión glocal de la nueva intelectualidad femenina y sus tópicos.

Comentarios (1)

José Manuel Sáez
6 de diciembre, 2013

Estoy de acuerdo con la autora del análisis. Este tipo de delito deberia recibir cadena perpetua.

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