Cariaquito Morado

El cáncer y la trama interrumpida; por Melanie Pérez Arias

Por Melanie Pérez Arias | 20 de octubre, 2014

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Los huérfanos de madre somos gente peligrosa. Si la perdimos en alguna etapa de la vida en la que pudiéramos experimentar el dolor con absoluta conciencia, crecemos con la idea de que nada –absolutamente nada– podrá lastimarnos tanto. Entonces, temerarios, vamos por la vida estrellándonos contra los afectos, buscando superar aquel umbral como un adicto que persigue el abismo de la primera patada de heroína.

Yo perdí a mi madre a los dieciséis años. Murió de metástasis ósea luego de luchar nueve años contra cánceres femeninos: de útero y de seno. Todos sus diagnósticos fueron tardíos. Cuando presentó problemas en el aparato reproductor le dijeron que era la menopausia. Cuando empezaron a dolerle los huesos le dijeron que debía bajar de peso.

El de Ysabel fue uno de los 12.66 millones de casos de cáncer que se diagnostican anualmente en el mundo, de los cuales 1.38 millones (39%) que es lo mismo que decir toda la población de Estonia, corresponden a cáncer de mama. Las estadísticas son crueles: el 98% de las mujeres pueden sobrevivir si la detección es temprana y el estadio de la enfermedad es localizado, pero sólo 9,25% de los casos cumple con ambos requisitos.

Siempre sonrío cuando la recuerdo. Solía dar unos consejos terribles; era, ahora lo veo con claridad, profundamente ingenua. Para ella la resolución de los conflictos consistía en desbaratarlo todo y volver a empezar con un ímpetu desbordado. Le encantaban los proyectos nuevos donde nada estuviera hecho, viajar a lugares a donde no tuviéramos mucha idea de cómo llegar, le aburría permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio e inventaba expediciones asombrosas que podían terminar en la Gran Sabana. Era sagitario y, como el centauro, podía patear muy lejos algún asunto que le disgustara para correr en la dirección contraria con los rizos al aire.

Amaba su cabello. Cuando se le cayó tras la primera sesión de quimioterapia lloró como una niñita. Todos en casa lloramos juntos. Luego nos reímos a carcajadas por lo graciosa que se veía: muy venezolanos en la tragedia. Compramos unas pelucas que terminaron usando mis sobrinas en los actos escolares. Como sufría de calor, decidió llevar su calva cáncer al viento. Nunca hubo nadie más valiente en todo el mundo.

Probamos de todo: cirugía, quimioterapia, radioterapia, helados curativos de Yaritagua, brebajes milagrosos del Doctor Fulano, peregrinaciones a Betania, sanación de chakras, batidos de proteínas, terapia de abrazos, terapia de risas, psicoterapia, llorar hasta quedar vacías, preguntarnos por qué, todos los días, conocer otras pacientes, vernos en su dolor. Aceptar. Soltar. Morirnos. Hicimos de todo hasta morirnos, incluso los que quedamos vivos, porque nadie regresa incólume de la experiencia de la muerte.

Desde entonces, las preguntas siguen allí. Qué pasa en ese cuerpo de mujer que no fue dócil, ni amable ni sabio cuando decide arremeter contra sí mismo. Por qué, justamente, los órganos que definen el género. Por qué tanta rabia profunda, ancestral, anquilosada, contra lo femenino. Mamá se murió sin que pudiéramos averiguarlo y he pasado demasiado tiempo preguntándome cómo se recomponen emocionalmente las fibras de un tejido dañado, porque eso es el cáncer: una fibra rota.

Decía Freud, con su particular misoginia, que el único invento destacable de la mujer en la historia de la humanidad había sido el tejido, que eso explicaba nuestra afinidad por el mundo de la moda. Quizás también explique la dolorosa realidad de miles de mujeres esclavizadas en maquilas, dedicadas al corte, la costura y la confección. La mano de obra barata de las grandes marcas de ropa es femenina y menor de edad, pero eso no lo previó el padre del psicoanálisis.

El tejido nos oprime o nos libera. Por eso, si usamos el símbolo a nuestro favor, el huso, la rueca, la aguja y el hilo, funcionan para unir aquello que está separado, algo que las mujeres hacemos con maestría desde el inicio de los tiempos, aunque a Eva la hayan tratado de convencer de lo contrario. Si sabemos cómo unir, si uno de nuestros súper poderes es el enlace, entonces nos debería faltar muy poco para liberarnos del cáncer de mama. Bastaría con que tratáramos de conectar nuestro dolor con el dolor de los otros en una trama de apoyos concretos.

Pero también de restituir el hilo que conecta a la mujer consigo misma. Con el reconocimiento, aceptación, hasta regocijo de lo que nos hace distintas, en el disfrute de nuestra capacidad de crear, sea un hijo, proyecto, empresa, comida, obra de arte. ¿Podría tratarse de algo tan sencillo como aceptar que soy mujer, me gusta y no me pesa? No lo sé, pero como descendiente de una víctima de cáncer femenino es lo que estoy intentando.

Los huérfanos de madre que murieron por estas razones somos legión, 1 de cada 42 pacientes muere dejando a un gentío herido por el mismo hilo roto. Porque aunque todas las postales del día de la madre –y hasta la propaganda oficial– digan que los muertos viven, te acompañan, te protegen y hasta guían las riendas del país, la ausencia es un hecho físico. Hondo. No puedo levantar el teléfono para preguntarle a mi mamá que haría ella en alguna situación o si quiere salir a tomarse un café. Tampoco puedo verla envejecer para hacerme una idea de las transformaciones que me esperan. Hablo del cuerpo y de los sentidos. De una proximidad que me fue negada. No puedo sentir su temperatura, apenas puedo recordar la textura de sus manos, ya no sé muy bien qué tan alta era. Y el problema no es que nada duela más que esto, sino que todo duele exactamente igual.

Días antes de que mamá muriera, mi hermana mayor descubrió que había heredado sus manos. “Cuando mis hermanas te extrañen yo les diré que tengo tus manos”, le dijo. Eso es lo único que tengo, las manos de mis hermanas a las que tejerme.

Pero también estoy yo aquí, me tengo como prueba viviente de que mi mamá pasó por la tierra. Tengo mi voz para decir: soy mujer, me gusta y no me pesa.  También tengo mis manos para tocar a los otros y tocarme a mí misma, porque nunca un eslogan fue tan acertado: ¡Tócate! Para detectar algo a tiempo.

Tócate para reconocerte. Tócate: tente contigo, no permitas que el hilo se rompa. No te separes de la trama.

Melanie Pérez Arias 

Comentarios (10)

Ursulaconbypass
20 de octubre, 2014

Gracias Melani por compartir con todos tu experiencia y tu sentir. Espero encuentres las respuestas que necesites para seguir adelante. Un abrazo fuerte y que el todopoderoso sea tu sustento.

Elsa
20 de octubre, 2014

Melanie, tu relato, emotivo hasta las lágrimas, trato de comprender tu sentír, pues a pesar de haber pasado también por la misma pérdida, fue diferente, ya que tuviste la mala experiencia, de verla sufrir por mucho tiempo. A pesar de todo, gracias a Dios te veo que sales adelante, superándote día a día, y eso tiene mucho mérito. Hay muchas cosas de la vida que desgraciadamente no le encontramos respuesta, por lo que tenemos que confiar y seguir adelante. Un abrazo tierno y cariño de mi parte.

Betzaida Franco
20 de octubre, 2014

Qué bello escrito Mela, fe felicito! Desde mi experiencia sólo te pediría insistir con quien quiera oirte / leerte que tocarse no es suficiente. Mi carcinoma nunca fue palpable (y mira que inisistieron!) Sólo los exámenes de imágenes permitieron detectarlo a tiempo. Besos + abrazos muchos.

Beatriz Calcaño
20 de octubre, 2014

Un relato conmovedor y tan cierto. Yo tuve cáncer de mama en el 2008 y lo descubrí a tiempo, un tiempo relativo porque igual el cáncer es traicionero Pensando en todo lo que dices y sientes sobre tu madre pensé en mis hijos y si ellos me recuerdan así como tu la recuerdas y eres capaz de contarlo de esta manera tan maravillosa, me daría por satisfecha de lo que sembré en vida. Un abrazo

Yanny (hermana mayor)
20 de octubre, 2014

Te amo mi Mel, Dios te bendiga. Gracias a Dios eres tan buena con las palabras, porque lograste darle forma a lo tanto que se le extraña. También me toco(me reconozco) todos los meses, mi niña y estoy absolutamente convencida que la herencia de mi mami es “algo tan sencillo como aceptar que soy mujer, me gusta y no me pesa”.

Edgard J. González.-
20 de octubre, 2014

Hermoso texto, escrito con vivencias dolorosas y recuerdos amorosos. Más nos identificamos con tu retrato en palabras de una tragedia familiar y personal, quienes pasamos por algo similar y también perdimos a nuestra madre a manos del maldito cáncer. Lo peor del cáncer, y otras enfermedades tan o más desgraciadas que esa, no es que te trunque la existencia prematuramente y no te deje disfrutar de los años que cada quien calcula y espera que le queden, para compartir con nuestros seres queridos, sino la maldad con que te hace sufrir ese tiempo de agonía que va del momento en que muestra sus síntomas (o es descubierto “a tiempo”) hasta que das tu último aliento, que para unos pocos privilegiados puede ser un lapso corto y benigno, y para otros con menos suerte, largo y muy doloroso (y sin que puedas eliminar el sufrimiento, que es no sólo físico, sino mental, por la convicción tenaz de que te extingues y todo se termina también, a pesar de lo que afirmen Obituarios y oraciones). Algo no me cuadra en estas cifras: “12.66 millones de casos de cáncer se diagnostican anualmente en el mundo, de los cuales 1.38 millones (39%) son de cáncer de mama”: Así como están dados esos dos datos, 1.38 M de 12.66 M sería el 10,9%

mary arias
21 de octubre, 2014

Que hermosa reflexión. Soy mujer me gusta y no me pesa. Bello el mensaje. Si ella si lo entendió. Eso fue conversado. Aunque siempre llore

carolina perez
21 de octubre, 2014

Siento que yo estoy viviendo lo mismo pero con mi padre. No puedo con tanto dolor .paso cada dia mirando noticias ver no encuentro esa cura milagrosa .mi papi tiene cancee de prosta esyadio 8con progresion osea es decir metástasis solo llevo 5 meses y ya siento que muero junto con el .mi padre es un luchador pero a veces se cansa y llora tambien es cuando pienso porq nunca fue al medico todo empezo con un dolor fuerte de cadera .hoy mi vida cambio .me levanto hago lo que tengo q hacer en mi hogar y me voy corriendo a cssa de mis papas alli paso el resto del dia y regreso ya pasada las 10 pm .cuando una puerta se me cierra abro otras .solo pido mucha fuerza para seguir luchando con el pero esta enfermedad te deja una huellas tan horrible con no puedes ni dormir por eso amiga wue bello tu escrito

Jaqueline
23 de octubre, 2014

Melanie, mis respetos por tocar el corazón utilizando las palabras. Qué hermosa manera de mantenerte en la trama.

Mary Carmen
3 de septiembre, 2015

Recuerdo perfectamente las manos de tu madre, eran blancas y suaves, ella le gustaba tocar y acariciar, recuerdo su cabello crespo y un cachito en el centro de su frente yo le llamaba Eddy por el hijo de los Monsters ella reía y le hacia mucha gracia, recuerdo fácilmente su risa y caminar…..fue mi hermana mi gran amiga, nos amabamos inmensamente, las dos estuvimos juntas cuando le hicieron su primera punción y estuvimos juntas cuando le dieron el diagnóstico fue valiente, fue una gran guerrera…….hoy al leer tu texto mis ojos se llenaron de lágrimas y mi corazón de gozo porque se que donde ella está se siente feliz y orgullosa de uds….y por supuesto de mi también jajaja un gran abrazo para uds.

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