El Café de Pascal

El Café de Pascal: amarrando al loco de la ira

Por El café de Pascal | 14 de Noviembre, 2012
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En el número de otoño de Lapham’s Quarterly -”Politics”-, Lewis Lapham carga en su Prefacio contra el actual estado de la democracia en EE. UU., las próximas elecciones presidenciales como fondo. Los textos seleccionados para la ocasión, de muy distintas épocas, contienen “la fuerza de mente y espíritu ausentes de nuestro discurso político actual”, para el que “democracia” no sería más que el nombre antiguo de la tarjeta American Express. Según Thomas Paine, la fortaleza del gobierno y la felicidad de los gobernados provienen de la libertad de la gente común para apoyarse mutuamente, de la conjunción de todos los estamentos y oficios. Pero los founding fathers habrían compartido su desconfianza hacia la monarquía más no su fe en la gente común, y escribieron una Constitución que empleó medios aristocráticos para lograr fines democráticos. A principios del siglo XX, el presidente de Yale glosó lo que hasta entonces se había logrado: la división de Poderes de la Constitución de EE. UU. sería entre votantes por una parte y propietarios por la otra; la democracia de un lado, la propiedad del otro. Recién con el New Deal de F.D. Roosevelt se habría alcanzado ocasionalmente el espíritu de Paine; por momentos, el país pareció, como dijera Camus, el lugar en que “la simple palabra libertad hace latir más rápido los corazones”. Pero bajo el esquema reaccionario que estaría imperando desde hace 30 años, el pulso se ralenta y la sangre se congela. La concentración de poder y riqueza viene acompañada de la desconfianza en la capacidad de los ciudadanos y la construcción de un Estado policial, que se encuentra por encima de toda ley, y que deja caer en la ruina la infraestructura física que es la base del emprendimiento común. Para Lapham, sólo en el mundo fantasioso de un comercial, la democracia americana existe aún: los ciudadanos están invitados a convertir el ejercicio de ciudadanía en el arte de comprar.

Heródoto relata el debate de los siete conjurados, que derrocaron al Rey de Persia, para escoger la mejor forma de gobierno: para Otanes, el tiempo de las monarquías pasó y propone la democracia. Estado y pueblo son sinónimos, y nada hay más caprichoso que un rey, que puede hacer lo que le viene en gana. En cambio, el imperio del pueblo es la igualdad ante la ley, los magistrados son fiscalizados, y los asuntos públicos se debaten. Por su parte, Megabizo también rechaza a la monarquía pero considera que las masas no son más que una turba, por lo cual propone la oligarquía: “Sería intolerable escapar del capricho asesino de un rey para quedar atrapado en la igualmente despiadada brutalidad del populacho”. Darío comparte el rechazo al populacho pero objeta la oligarquía: provoca querellas grupales, que llevan al disenso abierto, que lleva a la violencia. Nada es superior a que el soberano sea uno solo, siempre y cuando éste sea el mejor. Sometido a votación el asunto, gana la monarquía. El futuro rey ha de ser escogido en competición entre los siete nobles. Otanes se retira, arguyendo que no desea “mandar ni ser mandado”. Darío gana la gesta, con trampa. Ni siquiera tiene que urdirla: la encarga a su palafrenero.

El número tiene varias entradas relacionadas a la igualdad de la mujer. La anarquista Emma Goldmann considera al sufragio universal el fetiche de su tiempo, y se opone al voto femenino (y al masculino). El sufragio universal es “una imposición que ha corrompido completamente al pueblo, haciéndolo presa de políticos inescrupulosos”. Si bien la mujer debe tener iguales derechos, asumir que “tendrá éxito purificando algo que no es purificable, es otorgarle poderes sobrenaturales”. La mujer es purista, su puritanismo se vanagloria de que en Colorado “los hombres de vida poluta” hayan sido alejados de la política por el voto femenino. Este logro es para Goldman terrible: “la actitud estrecha y purista de la mujer hacia la vida hace de ella un mayor peligro para la libertad, dondequiera que obtenga poder político”.

Daniel Alarcón comienza su artículo, efectivo: “Cada pabellón de la cárcel de Lurigancho está liderado por un jefe, una figura rankeada en el submundo de Lima, cuya autoridad en el pabellón es incuestionable. El pabellón siete en El Jardín, reservado a traficantes internacionales de drogas, es la excepción”. Allí hay democracia y estamos en elecciones. Dos planchas compiten. Hay promesas populistas, una terapia de schock “neoliberal” y compra de votos.

En 2007 el presidente de Kenia Mwai Kibaki, de la etnia Kikuyu, y sus partidarios se robaron las elecciones presidenciales, que habían perdido, con el antecedente de que las elecciones anteriores de 2002 y 2005 habían sido consideradas libres y limpias. Jeffrey Gettleman narra la caída de uno de los países más prósperos del África subsahariana en el lapso de una semana: “Era horriblemente claro lo que estaba sucediendo –la guerra tribal- y que un prometedor PBI o las estadísticas de alfabetización habían dejado de ser relevantes”. El Valle del Rift, que debido a su fertilidad había albergado durante años a las distintas etnias del país, pasó de ser una zona cosmopolita a epicentro de la violencia: “un hombre Kikuyu que vivía cerca de la iglesia incendiada me contó que la noche después de la elección una turba se formó a su puerta. Cuando su mujer y sus niños comenzaron a tener miedo, le dijo, no se preocupen, yo conozco a esta gente. Voy a hablar con ellos. Así que salió y le dijo a los jóvenes Kalenyin parados en el peldaño de la casa: Hola ¿qué es lo que pasa? Hemos sido amigos durante años. Pero la turba de Kalenyin lo miró fríamente y dijo hoy es hoy. Ya no eres nuestro amigo. Entonces quemaron todo lo que tenía”.

En Ultimas Noticias, Laura Weffer cuenta la historia de Luidig Ochoa: su cuerpo tiene 8 tatuajes, 15 disparos y varias puñaladas. Fue condenado a prisión en Venezuela. Su prontuario le permitió ubicarse como “lucero”, o lugarteniente de los jefes. En un cuaderno llevó un diario gráfico: Luidig sabe dibujar. Al salir, vendió su pistola para comprar una computadora y no sabía ni dónde se encendía. Ahora es el autor de una serie de animación que sube por capítulos a YouTube, llamada “Cárcel o Infierno”: tiene 7,5 millones de reproducciones y un extraordinario poder expresivo. Dice: “Tengo al loco de la ira amarrado”. La nota aparece en “Sucesos” y no en “Cultura”. Este es su canal. Aquí se muestra sólo el primer capítulo.

Imagen de previsualización de YouTube

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