Blog de Alejandro Oliveros

Dos poemas de Philip Larkin; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 26 de noviembre, 2016
Philip Larkin

Philip Larkin

AUBADE

No deben ser pocas las alusiones a otros autores en este estremecido poema de Larkin (1922-1985). Es lo menos que podemos esperar de un poeta que trabajó buena aparte de su vida en una biblioteca, la de la Universidad de Hull, en el norte remoto de Inglaterra. Llega un momento en que un buen poeta, algo que se agudiza en el caso de un poeta-bibliotecario, ya no sabe si las imágenes en su texto son suyas o las de un muerto en los estantes; si las palabras le pertenecen o son la propiedad de otro. Al fin y al cabo, el lenguaje es un gran condominio donde vivimos todos. En “Aubade”, sin saberlo, Larkin es Hamlet en su famoso soliloquio. Nada tiene de extraño: príncipe y bibliotecario, son cortesanos de la muerte, la experiencia común a los habitantes del condominio. Cuando Hamlet dice, The undiscovered country from whose bourns no traveller returns (“El país sin descubrir del cual ningún viajero regresa”) es el mismo Larkin que escribe The sure extintion that we travel to (“La extinción segura hacia la cual viajamos”). No estoy seguro de cuánto tiempo pasó desde que Hamlet pronunció su parlamento, “Existir o no existir”, hasta que muriera envenenado. Pero no debe haber sido demasiado. Tampoco fue mucho, apenas unos años, el tiempo transcurrido entre el poema de Larkin y su propia muerte. Lo cierto es que, con diferencia de tres siglos, son dos de las expresiones más acabadas que se han escrito sobre la muerte “existencial” (no la “mística” de Santa Teresa) en la poesía moderna de Occidente. Seamus Heaney, buen lector de poesía y, por eso, buen poeta, ha relacionado a Larkin con Dante. Y lo hizo utilizando imágenes y palabras que prefiguran las de “Aubade”: “Si Philip Larkin hubiese escrito una versión de la Divina comedia, probablemente se habría encontrado a sí mismo no en una selva oscura, sino en el túnel de una vía férrea que se dirige hacia el centro de Inglaterra.” Su Inferno propio comenzaría poco antes del amanecer, en una aubade poblada por la muerte. Dante, Shakespeare, y aun otros, conviven con Larkin en su crónica de la premonición de la muerte antes de la llegada de la aurora de rosáceos dedos.

EXPLOSION

Antes de expresar su opinión, Seamus Heaney, en su revelador ensayo sobre Larkin, había recordado unas líneas de “Explosión”; uno de los poemas más permanentes de su autor, una muestra que desmiente la consideración simple de Larkin como un poeta de la cotidianeidad. Y de la cotidianeidad británica. Que uno imagina como la más aburrida del planeta. La que protagonizan unos ingenios que aseguran que la máxima aspiración de un súbdito de Su Majestad es poder contar con “un jardín y un amigo”. Larkin es un poeta de ese mundo, es cierto; muchos de sus poemas tienen como asunto “personas reales en lugares reales”. Pero Larkin es más que eso; y en sus mejores textos, sentimos que supera el jardín y canta una “metafísica desesperada”. Nada que ver con la metafísica “light” de los poetas al uso. “Explosión” es uno de esos textos que envidia un poeta serio. Resultado de una epifanía verdadera y no de una impostura literaria, no importa lo eficaz y efectista. Larkin se imagina la revelación de un grupo de viudas, madre, hermanas, mujeres de los mineros muertos en una explosión; y al imaginarla la siente suya y la vive como experiencia profunda. Lo que expresa el poema es la presencia de lo numinoso, el misterio, en el más improbable de los escenarios. Una humilde iglesia de la campiña inglesa. Larkin se pasó la vida desmintiendo las posibilidades de un “más allá”, que es la angustia que insinúa “Aubade”. Pero en “Explosión”, lo sobrenatural, como suele suceder, terminó por imponerse. Y no le quedó otro camino que consignar en hermosos versos la veracidad del mundo allende el mar de los sentidos. A los treinta años de su muerte, Larkin hace pensar en la estatua de Nelson en Trafalgar Square. Nada más inglés ni más permanente. “Aubade” fue publicado originalmente en una memorable entrega del Times Literary Supplement (29.XII.97) y “Explosión” en High Windows (1974). Ambos fueron recogidos en sus Collected Poems, de 1988. Larkin fue el más distinguido representante de la generación de escritores ingleses de la segunda post-guerra, con John Osborne, Kingsley Amis, John Wain y Alan Sillitoe; precedida por la de Auden, McNeice, Day Lewis, Spender, Dodds et al, y continuada por la de Hughes, Heaney, Mahon o Hamilton. Nunca, desde Thomas Hardy, un poeta inglés había ¨sonado” tan inglés.

 

AUBADE

 Trabajo todo el día y al llegar la noche ya estoy ebrio.
Despierto desde las cuatro y, en la oscuridad silenciosa, observo:
dentro de poco la luz se extenderá por el borde  de las cortinas.
Hasta entonces, veo lo que siempre ha estado allí:
la muerte incansable, cada día más próxima.
Imposible pensar en otra cosa, salvo en cómo,
cuándo y dónde he de morir.
Una pregunta estéril. Sin embargo, el miedo
a morir y estar muerto
relampaguea de nuevo, atrapa y horroriza.

Ante el resplandor, la mente se confunde. No por remordimientos
-el bien que no se hizo, el amor que no se entregó, el tiempo
desgarrado y sin usar- ni míseramente, porque una sola vida
toma mucho tiempo para librarse
de un mal comienzo, y tal vez no lo consiga,
sino en el imperecedero vacío total,
la extinción segura hacia la cual viajamos
y en la que nos perderemos para siempre. No estar aquí
ni en ninguna parte y rápido;
nada más terrible ni más cierto.

Ningún truco disipa esta particular manera
de sentir miedo. La religión lo intentó,
ese enorme brocado musical lleno de polillas,
creado para pretender que no morimos nunca,
y el plausible argumento, ningún ser racional
puede temer algo que no sentirá, sin percibir
que esto es lo que tememos -sin vista, oído,
tacto, olfato o gusto-; nada con qué pensar,
nada para ser amado o para relacionarse,
el anestésico del cual nadie regresa.

Y de este modo, en el borde de la visión, se mantiene
un pequeño borrón desenfocado, un escalofrío constante
que retarda cada impulso hasta la indecisión.
La mayoría de las cosas puede que no ocurra,  pero ésta sí,
y darse cuenta nos enfurece y aterra
cuando somos sorprendidos solos o sin tragos.
Tener valor es inútil: sólo significa
no asustar a los demás. Ser valiente
no es bastante para escapar de la tumba.
La muerte es igual si gemimos o resistimos.

Poco a poco la luz se hace más fuerte
y el cuarto va tomando forma, simple como un armario,
lo que sabemos, lo sabemos desde siempre, que no hay escape,
pero no podemos aceptarlo. Una parte tendrá que irse.
Mientras, los teléfonos agazapados, se preparan para repicar
en oficinas todavía cerradas. Y el intrincado mundo, alquilado
y descuidado se comienza a despertar.
El cielo, sin sol, es blanco como la tiza,
los carteros, como médicos, van de casa en casa.

 ♦ 

EXPLOSIÓN

El día de la explosión
las sombras apuntaban hacia la puerta de la mina;
la escoria dormía bajo el sol.

Los hombres avanzaban con sus botas,
tosiendo, maldiciendo y fumando pipa,
envueltos en un fresco silencio.

Uno de ellos persiguió unos conejos y se le escaparon,
pero regresó con una cesta de huevos de alondra,
los mostró y los  guardó entre la hierba.

Así pasaron, con sus barbas y pantalones de pana,
padres, hermanos, sobrenombres, risas,
a través de las altas puertas abiertas de la mina.

A mediodía se sintió un temblor. Las vacas
dejaron de comer por unos segundos. El sol,
envuelto en la calina, oscureció.

“Los muertos marchan delante de nosotros,
cómodamente sentados en la casa de dios,
ya los veremos cara a cara.”

Tan simple, se decía, como inscripciones
de capillas. Y por un instante, las esposas
vieron a los hombres de la explosión.

Más altos que en la vida real, dorados,
como en una moneda, caminando
desde el sol hacia ellas. 

Uno  mostraba los huevos de alondra sin quebrar.

 

 

(Traducciones  A.O.)

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (3)

Sheyla Falcony
28 de noviembre, 2016

¿QUE ES AUBADE ? Es una forma siniestra de congelar el alma, sin sentir miedo. Es aquella sombra cotidiana, lenta, silenciosa que se asoma a un vitral, luego desaparece en medio de un tedioso y fantasmagórico sueño. Es la nada delineando velos trémulos, bajo la tutela envolvente de inútil romería. …………..AUBADE ES UNA BRUMA EXTRAÑAMENTE HERMOSA.

Sheyla (28-11-2016).

Sheyla Falcony
30 de noviembre, 2016

AUBADE ES… …Estar y no estar …Descorrer cortinas en el horizonte, en medio del mar …Andar caminos..sin ver huellas en el prado …Ver imágenes densas,donde la mirada se pierde sin reencontrarse …Fantasear sobre un miedo que silba desde las nubes …Una baranda que está en algún lugar y nos despide …Un cuenta gotas de los plazos que la muerte nos va dando …Una vida..una muerte que dice adiós y nos abraza …Un Poema Denso..inolvidable

sheyla..30-11-16

Tropicana
19 de enero, 2017

Gracias Sheyla..hermosa descripción..

Alborada ( aubade en inglés)…sí realmente es un canto mañanero a la …vida-muerte….para que nos anide en sus plumas blancas y negras ..para que nos reciba y nos despida al mismo tiempo …Y Por ahora..un abrazo mañanero para continuar el camino ..Saludos

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