Blog de Alejandro Oliveros

Diario literario: días del 2010; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 16 de septiembre, 2017
Busto de Homero. Tipo de Epímedes. Copia romana de un original griego del S. V a.C.

Busto de Homero. Copia romana de un original griego del S. V a.C.

Anales de la revolución

El país en calma durante estos días en los que que el gobierno, en un homenaje a la desidia, decretó una semana de asueto. Pero se trata de una calma que no parece normal, “something is cooking”. La administración está inquieta por la pérdida de apoyo entre vastos sectores que tradicionalmente la apoyaban. Esta caída de la popularidad es el resultado de la crisis de la economía que había servido para subsidiarlo. Las finanzas están a punto de colapsar y lo que queda es para comprar solidaridades, antes de las elecciones parlamentarias de septiembre. Algo se trae entre manos este gobierno transgresor y psicótico. Esta calma puede costarnos caro sino sabemos entenderla.

Por lo pronto, la oposición al régimen se organiza, o parece estarlo haciendo, después de descubrir, a través de  arduos razonamientos, que la unidad es fundamental para salir con ganancia en la próxima consulta. Un moderado y saludable optimismo se extiende entre los sectores opositores.  pero los pesimistas no escasean, y no dejan de ser necesarios. Ante el irreductible negativismo de un amigo, quien no ve salida al conflicto actual, propiciado por el abuso de poder, los rasgos totalitarios tan acentuados del  mandatario y la anulación de la institucionalidad republicana, le recordé la parábola de la “bosta de caballo”. Hacia 1880, la ciudad de Nueva york contaba con más de 150.000 caballos, que se encargaban de tirar los tranvías sobre los rieles de hierro. Se trataba de una nueva forma de transporte que vino a sustituir a los buses viejos  también de tracción de sangre. Ahora bien, ese enorme rebaño de equinos consumía alrededor de diez kilos de alimento diario, lo que implica que las heces de los cuadrúpedos alcanzaban fácilmente las cuarenta y cinco mil toneladas mensuales. Manhattan, especialmente en los meses de calor, literalmente, hervía en medio de las emanaciones excrementales. Una gigantesca alfombra de heces de caballo cubría las calles de la metrópolis. Al principio, los agricultores se aprovechaban del abono y colaboraban a aliviar la situación, pero rápidamente la oferta superó la demanda.  Y los residuos se acumulaban en terrenos desocupados donde las moscas establecían su señorío.  El problema se agravaba, los depósitos de excremento se levantaban como colinas y se calculaba que, de seguir así, la altura de los depósitos, en veinte años, alcanzaría la altura de un tercer piso. Hacia 1898, se reunió la primera convención de planificación urbana, cuyas discusiones estuvieron centradas en el problema de los excrementos animales en las grandes ciudades. A los tres días, se disolvió la reunión: no había salida al problema, no había solución, como si de una fatalidad se tratara.  Que es la postura de mi amigo, el pesimista, y de cientos de miles, si no  millones como él en este momento en Venezuela.  Pero de pronto, en aquella Nueva York pestilente, sin que los gobiernos se lo propusieran o los planificadores, la tecnología encontró la solución, estimulada por el ingenio de privados, como Henry Ford. Para 1912, había más carros que caballos en  la ciudad y, en 1917, el último tranvía de tiro animal realizó su paseo por las calles, sin excrementos, de la urbe. La “parábola  del excremento de caballo” ha sido retomada por dos distinguidos investigadores norteamericanos, Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, en su reciente Superfreak Economics. La  conclusión debe ser meditada por todos los que militamos en  la oposición a las pretensiones dictatoriales del “comandante presidente”:  “Cuando la solución a un determinado problema no se presenta justo ante nuestros ojos, lo más fácil es concluir que no hay solución.  Pero la historia, una y otra vez, nos enseña que esta  presunción es errónea”. (The Newyorker, 16.XI.09)

Valencia, domingo 4 de abril de 2010

Homero. La cuestión homérica

Mientras más averiguamos sobre este asunto menos sabemos.  He dedicado buena parte de las lecturas de mi vida a Homero y sus comentaristas y mucho me temo que no es mucho lo que he adelantado en esos cuarenta años.  A estas alturas puedo decir que estoy seguro de muy pocas cosas.  Una de ellas, y no la menos crucial, es que el gran aeda no estuvo en Troya, la cual ocurrió unos tres o cuatro siglos antes de la primera redacción de los poemas.  Otra es que  tuvieron que ser escritos después de 776, cuando aparecen las primeras formas de escritura griega, con su alfabeto derivado del fenicio.  ¿Qué más?  Que antes de ser  puestos por escritos fueron difundidos de manera oral por toda la Grecia oriental, la del  Mar Egeo, y que memorizar dilatados fragmentos del epos era una asignatura obligatoria del  estudiante de los liceos griegos y que fue esta una de las razones por las cuales sobrevivió antes de ser escrito.  Asimismo, que quienes lo compusieron y los que lo oyeron eran analfabetos. Otra cosa, aprendida de G. S. Kirk, “Homero”, antes de la adopción de la escritura, era lo que llamamos un género literario.  Se incursionaba en él como otros lo hacían en el drama o la poesía lírica; un género con sus  reglas y limitaciones.  Por ejemplo:  era, necesariamente, oral; el metro era el hexámetro y el asunto, los sucesos de Troya y sus consecuencias.  Los grandes protagonistas eran obligados, así como el destino de cada uno de ellos.  Ulises, por ejemplo, al final llegaba a Itaca sólo versiones post-homéricas hablan de su regreso a la aventura.  Los poemas eran escritos para ser contados, que para eso eran aedas, con un acompañamiento básico.  No era mucha la espontaneidad, como ocurre con todas las afición serias.  Si mucha memoria y capacidad para imaginar para inventar nuevas situaciones a partir de una data heredada. Memoria, imaginación, improvisación y, sobre todo, continuidad.  El poeta se sabía miembro de una antigua e ilustre profesión, una actividad relacionada, como los sibilas y otros oráculos estrechamente con los inmortales. También sé, porque se lo leía algún comentarista serio o me lo imaginé a partir de las tesis de  Pound,  que cada poeta hacia  nueva la tradición (“Make it new”) no la hacía de nuevo. De modo que cuando son puestos por escrito ambos poemas, Iliada y Odisea, habían atravesado un largo proceso de renovación y perfeccionamiento. Así, hasta llegar Homero, con el cual termina la tradición oral y comienza, gloriosamente, la épica escrita.  Pero, antes de esto, se calcula que cada jornada de recital debía durar unas tres horas, siempre de tarde o de noche, en las cuales el cantor-poeta cantaba una cantidad imprecisa de versos a un público que, como el de Shakespeare, conocía previamente la historia y estaba tan interesado en la ejecución como en la continuidad de la historia sin fin del ciclo de Troya.

Valencia, lunes 5 de abril de 2010

En verdad que es bien poco lo que sabemos sobre el padre de la poesía occidental.  Pero es una ignorancia que me resulta de lo más estimulante.  Que era ciego, lo dicen todos.  Aunque algunos de ellos le atribuyen a esta ceguera una cierta connotación simbólica.  El poeta que busca en su interior el secreto de la vida.  Ciego o no, estamos seguro de su nombre.  De lo que no estamos seguros es que alguien con ese nombre haya escrito los poemas.  O, de haber existido un Homero de carne y huesos, no sabemos si escribió ambos textos haya escrito ambos poemas.  Variaciones en el estilo y vocabulario parecen demostrar que fueron los dos autores.  Un primer  aeda sería el autor de Ilíada y otro, posterior el de Odisea.  O habrían sido escritos por el mismo Homero pero en épocas distintas. El autorizado Longino (Sublime 9.13), entendió a la Odisea como escrito por un Homero ya viejo, experimentado y sabio.

Debo dejar lo de Homero por un corte de electricidad que me dejo “ciego” y sin aire acondicionado. Aprovecho para contar las páginas que llevo escritas en lo que va de año y me deprime constatar que son apenas 45 de los 95 días que han pasado.  Siempre me he puesto como meta escribir por lo menos 365 páginas del Diario cada año.  No son pocas  las veces que lo he logrado, pero dificulta que el 2010 sea una de ellas.  Tendría que escribir mínimo 2 páginas diarias en los próximos tres meses para alcanzar el calendario, una empresa absurda e inútil.  En marzo no pase de las diecinueve, y en los cinco días que van de abril sólo llevo cinco. Cansa escribir.  No sólo, como le escuché a Martin  Amis el año pasado en Cartagena el esfuerzo mental, pensar que es lo que se va a decir, recordar lo que se ha dicho antes para no repetirse, tratar de decirlo lo mejor posible, todo eso, sino la participación física del hecho de escribir.  Estas sentado, mal sentado casi siempre durante horas, casi siempre con problemas de la columna, eso cansa, y cansa bastante.  No es que sea algo desagradable, hacer el amor también puede fatigar si a eso vamos, sino que produce fatiga, tanto como cansa al artesano zapatero hacer sus zapatos.

De la falta de páginas en lo que va de mi Diario 2010, me consuela pensar que en años, como el 2005, escribí casi cuatrocientas páginas que acabo de corregir con las del 2004.  Hace cinco años estuve de sabático en la universidad y, a pesar de las enfermedades, pude dedicarme a la escritura a tiempo completo.  Con dilatadas lecturas  de Eurípides o Sebald.  Ha sido una lectura estimulante la corrección de estas pruebas.  Por primera vez, en lo que va de año, siento que he regresado al “right  track”, como dicen los gringos para decir que alguien ha regresado al camino correcto.

Valencia, martes 6 de abril de 2010

Todos los militares en el gobierno son iguales. Unos mejores como De Gaulle y otros simplemente incapaces, como la mayoría de los latinoamericanos.  Pero son innumerables las actitudes que los igualasen. Las pretensiones hegemónicas, desde Julio César, es apenas una de ellas.  Un comandante al mando del Estado es la negación de la democracia. César estaba acostumbrado a que sus tropas lo obedecieran ciegamente y no otra cosa esperaba de los ciudadanos de Roma. Napoleón lo logró de modo efímero, pero lo logró. De  Gaulle, con las limitaciones de  los tiempos, también lo hizo y se hizo redactar una constitución perfectamente bonapartista donde el único poder era él, “Le géneral”. Pero los franceses habían protagonizado cuatro revoluciones en un siglo y estuvieron a punto de inventar una quinta si De Gaulle no abandonaba el Eliseo. Y lo abandonó. Otra de las inclinaciones de los militares en el poder es la compra de armamentos. De Gaulle se hizo de unas cuantas, inútiles bombas nucleares. Y así todos los mandatarios castrenses. Los peor es un militar con altos ingresos en el poder. El caso de Venezuela es el más dramático; el mandatario-comandante firmó ayer con el primer ministro ruso un acuerdo para la compra de juguetes bélicos por más de cinco mil millones de dólares.

Mientras, la infraestructura avanza hacia la ruina total; hospitales, universidades, vías de comunicación, servicios básicos, la industria petrolera, el menguado parque industrial, todo, para ser breves. Cinco mil millones de dólares es el presupuesto del Ministerio de Sanidad para dos años. Vivimos en un país gobernado por un militar mediocre, cuya conducta errática es lo único que lo distingue. Tristemente.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (1)

@manuhel
20 de septiembre, 2017

Nostalgia pura y dura.

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