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Desde la soledad y el silencio; por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 4 de enero, 2016
Desde la soledad y el silencio; por Federico Vegas 640a

Interior de la cabaña de Thoreau en Walden Pond

Acabo de leer en El País el ensayo “Provincianos y cosmopolitas” de Rafael Argullol. Al autor le preocupa el síndrome provinciano de viajar mucho sin llegar a conocer nada, de tener acceso a una gran cantidad de información universal para formar parte de una secta universalmente desinformada, de recorrer vastos espacios mientras la imaginación, o falta de imaginación, queda atrapada en un territorio pobre en referencias y en pensamientos.

Al otro extremo, Argullol coloca a los “cosmopolitas”, seres deseosos de habitar la complejidad del mundo, amantes de las diferencias, ansiosos siempre de explorar lo múltiple y lo desconocido, conscientes de que el conocimiento de los otros es finalmente el conocimiento de uno mismo. Si el cosmopolita quiere saber, el provinciano global quiere acumular mientras va eliminando o aplanando las diferencias que tanto teme.

Pareciera que los venezolanos somos provincianos atrapados y atormentados por un alud de información que no digerimos. Apenas recibimos una noticia la reenviamos como una papa caliente hasta quitárnosla de encima, y así tener estómago para una próxima barbaridad que tampoco lograremos digerir. Vamos careciendo de un espacio y un tiempo íntimo donde meditar sobre nuestros dolores y angustias, esperanzas y alegrías. Viajamos dando vueltas sobre nosotros mismos en un cuarto de espejos, y esos continuos giros pueden impedirnos reconocernos, mirarnos de frente.

Formamos parte de una realidad que si no sabe verse a si misma, se convertirá en un puro transcurrir. En las últimas elecciones hemos dado un paso inmenso que nos convoca colectivamente, pero ese paso necesita concretarse dentro del interior de cada uno de nosotros para lograr un verdadero cambio desde las raíces hasta los frutos.

Antes había que buscar la información, ahora hay que filtrarla, soportarla sin aturdirnos. Queremos estar tan actualizados con lo que ocurre y está por ocurrir en la política nacional que no meditamos sobre los principios fundamentales de la democracia. Sentimos que estos se han ido quedando atrás, rezagados, mientras se van desdibujando como un antiguo testamento. No renovamos nuestros votos. Decimos “No hay nada nuevo bajo el sol”, y resulta que el sol tiene que salir todos los días.

Una buena guía para empezar a meditar, a adentrarnos en nuestras propias sombras, es el libro de Pablo D’Ors, Biografía del silencio. Cuenta Pablo que cuando comenzó a meditar le dolían las dorsales, el pecho, las piernas, “a decir verdad, me dolía casi todo”. En vez de tratar de evadir el dolor decidió enfrentarlo, convertirlo en el centro de su meditación: “¿Qué me duele?”, “¿De que manera me duele?”, “Qué significa este dolor”. A través de este proceso, Pablo encuentra que “la pura observación es transformadora”. Se siente feliz, animado, pues esta conclusión lo conecta con una escritora que venera, Simone Weil, quien afirmaba: “No hay arma más eficaz que la atención”.

No es casual que, según San Agustín, uno de los posibles orígenes de la palabra religión sería el verbo “religere”, sumirse en una atención profunda, lo contrario a negligere, ocupación favorita de los negligentes.

La palabra “atención” tiene también una etimología muy bella. El verbo “atender” une la idea de “tensar” con la de “dirigirse hacia algo”, tal como se tensa un arco para llegar a un punto.

Al meditar estamos ejerciendo una penetrante atención que nos permite expandir un espacio para estar más cerca de algo, y ese algo es uno mismo. Es hermosa la idea de extender para abarcar, de abrir los brazos para abrazar. Esta posibilidad puede ser muy inspiradora para una Asamblea.

Hay muchas maneras de meditar, yo las desconozco todas. Soy un principiante que teme esa faena y apenas comienza a asomarse al silencio. Pero cuánto me atrae. Recuerdo la historia de un seminarista que le preguntó a su director espiritual si podía fumar mientras meditaba. La respuesta fue tajante:

 —No debes hacer nada que te desconcentre.

Otro tuvo más tino y preguntó si podía meditar mientras fumaba. La respuesta fue más sabía:

—Cualquier momento es bueno para meditar.

Es cierto que en todo momento y lugar se esconde un tesoro, pero no es casual que muchas de nuestras meditaciones, o, en mi caso, temerosas aproximaciones, se den en la intimidad de nuestra habitación.

Hace veinte años escribí sobre ese cuarto del que siempre parto y al que siempre vuelvo. Venía de visitar una exposición sobre la obra de José Sigala, donde John Lange, había colocado en una esquina los objetos que el fotógrafo solía tener en su habitación.  Me conmovió la atmósfera de refugio, de guarida, y, al mismo tiempo, de epicentro del mundo. Era aquel un lugar para llegar, pero también un punto de partida, de descanso y a la vez de creatividad.

Esa noche, al llegar a mi propio lecho, me quedé pensando en cómo ha sido mi relación con el entorno que descubro al despertarme, o con los últimos objetos que me acompañan antes de dormirme. Estuve horas en silencio, emprendiendo lentos paseos con la vista, como si observara una gran ciudad desde una montaña.

Gracias a esa larga sesión, que estuvo a punto de convertirse en insomnio, llegué a una suerte de recapitulación con mi pequeña porción del mundo. Pascal decía que la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber quedarse tranquilos en una habitación. En sus meditaciones sobre la vanidad, nos advertía:

Priva al hombre de sus distracciones y lo verás languidecer de fastidio. Se da cuenta entonces de sus vacíos, pero sin llegar realmente a conocerlos. Somos muy desgraciados si sufrimos una tristeza insoportable cada vez que nos vemos reducidos a mirarnos a nosotros mismos y a no divertirnos con ello.

Esa noche recordé también el interior de la pequeña cabaña que Henry Thoreau construyó en Walden Pond. Había solo tres sillas: “Una para la soledad, dos para la amistad y tres para eventos sociales”. Mientras meditaba sobre esta trilogía le fue cambiando el sentido y la escala a mi habitación. Pequeños detalles se convirtieron en paisajes. ¿Quién no ha imaginado, en lo mejor de la infancia, o en lo peor de una fiebre, valles, colinas y aventuras en la entrañable geografía de sus propias sábanas?

Ahora el paisaje de las sábanas se ha vuelto apasionante, los presagios son de conflicto y también de grandes expectativas. Siendo tantas las cosas muy buenas o muy malas que pueden acontecer, me pregunto: ¿En qué clase de país nos hemos convertido?

Creo que la enfermedad que nos aqueja y estamos a enfrentando no es la paranoia ni la esquizofrenia, sino algo más grave y difícil de diagnosticar. Si tomamos el prefijo de la primera: “para” = “al margen de”, y el sufijo de la segunda: “phren” = “alma”, obtenemos un término que puede ayudarnos a entender qué nos pasa. Venezuela se ha convertido en un país “parafrénico”, es decir, una nación al margen de su alma. Y aquí viene la gran pregunta: ¿Cómo un alma puede revisarse y curarse marginada de sí misma?

Ya Freud manejó el concepto de “parafrénico”. Son casos graves donde se dan delirios de grandezas y una falta de genuino interés por el mundo interior y exterior. “Esta última circunstancia los sustrae totalmente al influjo del psicoanálisis, que nada puede hacer en su auxilio”.

Algunos dirán que, ante tal padecimiento, el país necesita urgentemente una nueva narrativa política. Puede que sea verdad, pero le tengo tanta desconfianza a esas ristras de cuentos. ¡Cuántos delitos, saqueos e imbecilidades se han convertido en nombre de la fantasía que nos ha sometido! Creo que hoy la narrativa política que necesitamos es simplemente diagnosticar la realidad que vivimos. Con un diagnóstico adecuado, valiente, preciso, encontraremos el origen de la enfermedad y su cura.

El escritor Antonin Artaud dio una vez una conferencia en la Sorbona sobre los efectos de la peste negra en el teatro medieval. Comenzó hablando de catapultas que lanzaban cuerpos infectados sobre los muros de ciudades sitiadas, de lentos barcos que llegaban a Venecia con una tripulación de cadáveres. De pronto, el conferencista comienza a ponerse pálido, a asfixiarse, toma agua y no se le quita una sed abrasiva. Intenta levantarse y termina en el suelo convulsionando entre torrentes de baba. Cuando están a punto de llamar a una ambulancia, Artaud se levanta y explica que ha considerado conveniente agregar a su charla una cruda escenificación de los efectos de la peste.

¿Qué quiero ilustrar con este ejemplo? Que antes de inventar idolatrías o someternos a la tarea de buscarnos un nuevo lugar en la historia, necesitamos una clara representación de la peste que ha invadido todo y a todos. En una peste no son sólo los otros los que están enfermos. Todos estamos marginados en nuestra patria. Unos creen vivir en una quimera que no existe, otros en un país que ha dejado de existir y quizás nunca existió. No podemos permitir que la perfidia e ilimitada maldad de los gobernantes se convierta en una excusa para continuar marginándonos de nuestras almas. Esa comprensible mortificación y evasión es lo que nos está anulando, humillando, matando. La necesidad de acción no puede anular la necesidad de reflexión, de continuar preguntándonos: “¿Dónde me duele?”, “¿Qué significa este dolor?”.

Lo que había que predecir está ya aconteciendo y debemos asumir su verdadera dimensión desde nuestro interior, no sólo estirando el dedo y señalando. Revelar es tan parecido a rebelar, y no hay mayor revelación que rebelarse contra uno mismo, contra nuestra falta de atención profunda, desde la soledad y el silencio.

Federico Vegas 

Comentarios (19)

Jesus Salcedo
4 de enero, 2016

Este es un texto para leerlo y releerlo. Un texto para la meditación.

omar rojas
4 de enero, 2016

Qué hermosura de texto.Sólo me queda decirle gracias por eata joyita,el diminutivo es de cariño y afecto ante este exquisito texto. Siempre que voy a las librerias y veo sus libros me pregunto ¿serán como ,digo,en este caso,asi de hermosos como este texto?. Gracias por tan hemoso escrito.

walkiria
4 de enero, 2016

Federico tu prosa siempre nos lleva a reflexionar, a mirarnos el ombligo. Gracias por dejarnos siempre el gusto por seguirte leyendo.

Javier Conde
4 de enero, 2016

Extraordinario texto. Delicado, conmovedor, profundo. Creo comprender que Federico Vegas nos propone mirarnos, examinarnos. Se trata, para lograr un cambio profundo en el país, entender que traspasa la esfera política. Que tiene que ver con nosotros, con uno. Conmigo. Es una delicia sentir las palabras de Federico Vegas y como puede vincular, juntar, pegar escenarios y situaciones tan distintas y armar un cuadro. Una pintura.

Francisco Gonzalez Cruz
5 de enero, 2016

Estimado Federico Vegas: estimo mucho su escritura y leí el texto de Rafael Argullol “Provincianos y cosmopolitas” y me atrevo a decirle lo que siento. Seguir a estas alturas asumiendo que “provinciano” es sinónimo de inculto, desinformado, superficial y demás despectivos, frente al concepto de “cosmopolita” como sinónimo de culto, informado y lleno de conocimientos es un disparate. En la sociedad del conocimiento y de las comunicaciones un provinciano, si vive en un lugar seguro y grato (y con conexión a Internet) seguramente tiene más tiempo de leer, meditar y profundizar en el conocimiento de si mismo y del mundo, que uno que viva en el pandemónium de una ciudad atosigante. Ya “lugareño” no es sinónimo de rústico. En el fondo no lo ha sido sino para las miradas superficiales. Los lugareños somos distintos, tenemos miradas distintas, eso no necesariamente quiere decir que mejores o peores que las de un cosmopolita.

Selene
5 de enero, 2016

Qué hermosa perspectiva. De acuerdo, el venezolano en general prefiere reír, gritar y repetir consignas antes que verse a sí mismo y hurgar más allá. Gracias por estas líneas, señor Vegas.

Salomón Lugo Colina
5 de enero, 2016

Muy oportuno, al punto que hoy temprano mantuve una conversación sobre varios aspectos, que en este trabajo el Sr. Federico aborda con total lucidez. Gracias Maestro!

Wkchita
6 de enero, 2016

Gracias Federico,permíteme tutearte,pues leerte a la 1 y 20 am,es como haber conversado con un amigo sabio al que hacía mucho no escuchaba.Dios bendiga tu prosa y tú verbo.

Guaicaipuro Hernandez
6 de enero, 2016

Una composición hermosa gracias por la invitación a reflexión siempre tan necesaria y por recordarnos lo que se logra con la escritura.

federico vegas
6 de enero, 2016

Gracias Francisco, tienes razón. Hoy en día el centro puede estar en todas partes. Creo que Argullol (un apellido propio de alguien que está orgulloso de sus argumentos) se refiere al provinciano que quiere ser global antes de asumir su original centralidad, su conexión con su propia tierra. La palabra provinciano se convierta en despectiva cuando describe a alguien que tiene su atención puesta en un centro hipotético que considera superior, y se dedica a buscarlo con el afán que describe Argullol. Lo opuesto es el orgullo de pertenecer a un extremo del mundo y convertirlo a través de la atención y la creatividad en un nuevo centro, en una nueva manera de entender la vida. García Márquez y Rulfo nos han entregado ejemplos maravillosos. Tu reflexión me anima a escribir un ensayo sobre cómo estas dos posibilidades se dan en la arquitectura. Recordemos que hubo un momento en que la arquitectura de Caracas estuvo en el centro del movimiento internacional.

Soneivi Henriquez
6 de enero, 2016

Sencillamente hermoso y oportuno en esta realidad actual. Gracias por tan hermoso texto. Divino.

Ricardo B. Sanchez
6 de enero, 2016

Las palabras de Federico trascienden la identidad Venezolana y sus circunstancias políticas, y me parecen mas bien dignas de una reflexión sobre lo que es SER HUMANO.

Cada vez entiendo mas el porque se le considera a Federico un magnifico escritor, pues con sus palabras muestra una elevada sensibilidad e inteligencia que ilustra con somera claridad la relación existente entre la soledad y el silencio de lo que ocurre en la habitación, con el bullicio y ajetreo de lo que ocurre con el mundo y los seres que lo habitan.

Gracias Federico.

VirgilioLeón
6 de enero, 2016

Es un escrito que invita a leer el libro. Gracias por la sugerencia.

Santos Urriola S.
7 de enero, 2016

Excelente artículo que nos invita a discernir y conocernos tanto individualmente y como colectivo.

Rosa Amelia Asuaje
7 de enero, 2016

Agradecida una vez más por su parresiástica y diáfana prosa.Soy lectora voraz de sus textos en Prodavinci y amante de su último libro: “La nostalgia esférica”, libro de relatos que me ha hecho reencontrar amigos comunes como Ernesto León (Choroní) o Antonio Eduardo y Nicole Dagnino (Las Estampillas). Admiro su inteligencia y celebro su escritura. La estructura anular de este último texto en Prodavinci me seduce profundamente y me lleva a lugares de profunda reflexión en los que yazgo desde hace rato. A propósito de sus historias, Ernesto León me contó un relato inédito que vivió junto a usted en un restaurante de Caracas que me ha generado la obsesión femenina de escribirlo a mi manera, como la mujer descrita por Ernesto para usted en esa mesa anónima. Reciba mi afecto, ese que se gana un buen escritor cuando logra cambiar la vida del lector. @AmeliaAsuaje

Junin Sarmiento
8 de enero, 2016

Cuando leo a Federico Vegas me parece que también lo estoy oyendo y eso que no he tenido el gusto de conocerlo personalmente. Un lujo de lectura con acento caraqueño. Gracias Prodavinci y saludos al señor Vegas.

Carel Ruiz
9 de enero, 2016

Exquisito!!

henrique meier
12 de enero, 2016

Comparto, en verdad somos un país en el que se cultiva la superficialidad y se le teme a la reflexión, a la lucidez, el síndrome del avestruz, no querer ver la realidad, haría falta un psicoanálisis colectivo para encontrar el fondo de nuestras graves carencias humanas. La superficialidad explica el fervor al humor político, convertir las tragedias en humor.

Carlos G Trujillo C
14 de enero, 2016

Maravilloso Federico..! Me recordaste “La peste militar” de otro grande: Manuel Caballero, también es bueno releerlo, en sus ensayos la encontramos identificada y nos invita a su cura.

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