Blog de Willy Mckey

Desde Guadalajara (3): La fresca impunidad de escribir; por Willy Mckey

Por Willy McKey | 28 de Noviembre, 2012
1

0. Los salones simultáneos de la FIL. En paralelo a la mayor oferta de ejemplares de títulos en español en el mundo, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara hay dos regiones para el pensamiento. La más importante está compuesta por los salones principales, siendo el Salón Juan Rulfo el más importante, pensado para los eventos más significativos; la segunda es un extenso pasillo de salones en los cuales se articulan reflexiones, experiencias y gestos, coronada por el Salón Herradura, donde la marca de tequila homónima patrocina el Salón de la Poesía, que cada día a las seis de la tarde tiene a maestros como Edward Hirsch, quien lo inauguró este año, Óscar Hanh, Elsa Cross, Wolf Wondratschek, Raúl Zurita, Owen Sheers, y más.

La marca de destilados patrocina una sección de la feria en la que uno debe pre-registrarse, el cupo es respetado para no abrumar al poeta ni saturar el espacio y, además, tiene dispuestos a personal de la FIL en la entrada que orienta a quienes no pueden entrar sobre las actividades que en ese momento se ejecutan en el recinto ferial. Se toma tequila en copas de cristal y se abren diálogos alrededor de la palabra poética. La poesía es un refugio.

Pero es en los salones pequeños donde los acontecimientos reflexivos más interesantes tienen lugar. La hiperexposición de las grandes figuras a veces impide el sarcasmo y el cinismo, aparentemente propio de la madurez literaria. La medianía tiene su poética (es, también, un refugio).

1. Latinoamérica Viva. Luego del éxito que tuvo el año pasado el concepto de tener a escritores de distintos países reflexionando en torno a tópicos literarios, atendiéndolos desde su propia identidad, la FIL creó “Latinoamérica Viva”. Se trata de mesas redondas en la que se dialoga y se expone la visión de quienes firman las obras que los otros, aparentemente anónimos, llevan en sus bolsas de un lugar a otro de la Expo.

El venezolano Juan Carlos Méndez Guédez llegó a la FIL, invitado por su editorial Lugar Común, casi directo a su participación en una de estas mesas junto a Cythia Rimskym de Chile, Jorge Luis Cáceres, de Ecuador, y Sergio Álvarez Guarín. Moderados por el cronista mexicano Fabrizio Mejía Madrid, se cruzaron visiones de lo literario con una contundencia (y variedad) tal que los espectadores no tuvieron más remedio que articular su propia visión del “asunto latinoamericano”, tan fácil de llevar hacia lo políticamente correcto y, a la vez, tan bien trabajado en esta mesa de autores capaces de ejercer con vocación entera eso que Juan Carlos Méndez Guédez supo definir en su primera intervención como “la fresca impunidad de escribir”.

2. ¿Hasta dónde se sigue oyendo aquel ¡boom! ajeno? Luego del recorrido habitual de presentación, donde cada autor explica por qué escribe y cómo llegó a esto, empezaron a aparecer los temas esperados por los asistentes. La idea de que los autores latinoamericanos sólo son leídos por sus semejantes si son editados en España fue una leyenda urbana desmontada. Luego lo de siempre: el fantasma del boom latinoamericano.

El testimonio de Méndez Guédez goza del valor de la experiencia –el venezolano está radicado desde hace muchos años en España, donde también publica–, sirviendo su reflexión para dejar por sentado que así como en la tauromaquia dicen que de toros no saben ni las vacas, del comportamiento de cada libro y de la carrera de cada autor no saben ni los editores. Incluso es posible que, en la cadena del libro, nunca quede claro quienes saben qué. Pero sí puso en evidencia cómo la relación del autor con el libro ha cambiado, en especial porque hoy resulta difícil creer en los grandes y en los pequeños, aunque sea por razones diversas.

Las ideas de Méndez Guédez ponen en evidencia que la globalización no fue lo que se esperaba, que la glocalización también va a decepcionarnos y que el éxito en una empresa ya resulta un poquito vintage. “Y es que para nosotros tener una carrera de éxito como escritor incluía una casa con piscina. Y a mí me gustan las piscinas”, dijo Juan Carlos como entrada a una idea poderosa e inquietante: el éxito de los escritores del boom [en especial García Márquez y Vargas Llosa] puso la vara de las expectativas muy altas. No altas para la calidad de los escritores: altas [casi inalcanzables] para la industria del libro, que no ha mutado al mismo ritmo que el apetito creativo y literario, convirtiéndose en un andamiaje que en Latinoamérica recuerda el boom a cada rato y juega a que un escritor de nuestras latitudes debe ejercer de “Latinoamericano profesional”.

El desguace fue finalizado sutilmente por el joven Jorge Luis Cáceres, con un argumento casi bioetario: “Mi generación no tuvo que descubrir a Roberto Bolaño, porque era nuestro autor de cabecera. El boom es algo que nos queda todavía más lejos”.

3. Los nombrados y sus nombres. Cynthia Rimsky estructuró una fascinación por el lenguaje puesta en medio de certezas conseguidas en las almas más alejadas de la intoxicación académica. Temer el lenguaje alejándose de las cosas que nombra la coloca en un lugar de enunciación distinto pero necesario: es la custodia del lenguaje y la cuestionadora de las dinámicas rutinarias. Sabe descolocarse y hacer coincidir su desgozne con el de la lengua que busca. No es la primitiva, sino la necesaria. No basta con custodiar la belleza: hay que obedecer a Faulkner, porque al fin y al cabo escribir no es otra cosa que elegir palabras. Pero, en la mirada de Rimsky, la responsabilidad reside también en el asunto de mantenerlas cerca de las cosas que nombra.

Eso es hermoso. Y lo hermoso es verdad.

4. Esa línea imaginaria. Cáceres tiene 29 años y es el más joven de la mesa. Cuando habla de sus proyectos, propone un juego casi espeluznante: nos hace imaginar a unos ecuatorianos parados en Urquinaona, en la Barcelona donde se cocinó el boom, preguntándole a los transeúntes si han leído algo de literatura ecuatoriana. Ante las inexistentes afirmaciones, deciden movernos la imaginación a espacios universitarios donde va con la misma pregunta y recibe las mismas respuestas. Mueve finalmente su experimento a las librerías: en solo una tienen un libro de un ecuatoriano; el librero no recuerda cuál es.

[“Adoum, Carrera Andrade, ¿Exiliado en el verso es de un ecuatoriano?”, nos decimos más de uno]

Cáceres es joven, pero generoso: no hace el experimento en la sala. Sin embargo, nos recuerda a Marcelo Chiriboga, una de las más curiosas obras del boom: el novelista ecuatoriano inventado por los protagonistas de aquel fenómeno editorial.

[“Esta broma pudo haber sido hecha con un autor venezolano”, nos decimos más de uno].

Cuando Cáceres se pregunta quiénes ganan los premios, se lo pregunta en nombre de todos. Cuando se pregunta cómo se hace, se lo pregunta por todos. Cuando se pregunta nuevamente porqué no nos leemos, se lo pregunta por todos.

[“Alguien no está haciendo las cosas como se debe”, nos decimos más de uno]

00. INTERMEDIO, por Fabrizio. La moderación del mexicano ha sido una de las mejores que he visto. Además de dejar que cada autor se monte en su propia barca, mantiene el rumbo con la autoridad que da conocer de qué y con quiénes se está en una mesa. En el momento justo, cuenta anécdotas y proporciona datos que contextualizan cuanto es necesario. Un ejemplo, la famosa historia del conejo blanco de Carlos Fuentes.

Un periodista está entrevistando a Fuentes y, como muchos otros, se cuestiona qué es lo que unen a autores tan disímiles entre ellos como Vargas Llosa, García Márquez y el propio Fuentes. El mexicano le contesta lo debido: “Usted no se ha dado cuenta, pero en cada una de nuestras novelas aparece un conejo blanco”. Creyéndose con la presa en los dientes, el diario tituló algo como EN TODAS LAS NOVELAS DEL BOOM APARECE UN CONEJO BLANCO.

Las trampas de la noticia son severas. Es lo que pasa cuando se va la literatura de las conversaciones literarias. O, mejor dicho, cuando alguien la exilia.

Eso no ha pasado en esta mesa. El moderador es un paladín del asunto.

5. El escritor que quebró España. “Yo tuve la suerte de haber empezado a escribir tarde, así que no tuve la necesidad de preguntarme esas vainas de ser latinoamericano”. La sal puesta en cada una de las intervenciones de Sergio Álvarez Guarín captó la complicidad de los presentes. Otra máxima: “Yo no tengo ningún problema con el boom, porque a mí me gustan las cosas bien hechas”.

Eso que Octavio Paz subrayaba como la necesidad de un artista para romper consigo mismo la tiene Álvarez Guarín para romper con los paradigmas que en este tipo de salones los asistentes pretenden encontrar. Sería infructuoso intentar traducir sus construcciones narrativas para explicar cómo llega a la literatura después de ser un adolescente en fiestas de comunistas ardorosos, pandillero, negociante fracasado especializado en perder dinero, exitoso guionista de televisión sin experiencia.

Contó una gesta hermosa en la que un escritor es capaz de vencer al sistema. Ya decidido por la escritura, en la bonanza europea los bancos buchones confiaban en su proyecto y le prestaban dinero. A su lado, Méndez Guédez quizás es quien mejor entiende el valor del asunto por su residencia española. Allí el colombiano vuelve al asunto latinoamericano: “Fue en Barcelona donde entendí que sí hay algo que nos une, aunque no pueda decir qué es”.

Son de esas regiones que hacen valiosa la condición del espectador en un evento como éste. Precisan de su voz quebrada y del acento marcado, pero también del contexto y de lo dicho por los otros segundos antes. Pero no todo es ritmo y activación de la risa.

Álvarez Guarín es severo a la hora de exigir a los autores que hagan lo que deben hacer. El retrato de la queja lo hace con exactitud hiperrealista, así como la terrible alegoría del éxito convertido en una lotería. A pesar de saber que un editor decepcionó a autores cercanos, autores que creen que a ellos les tocará la lotería. A pesar de no leer a sus contemporáneos, autores que creen que les tocará la lotería. A pesar de los pesares, autores que creen que les tocará la lotería.

¿Cuántos no estamos esperando que nos toque la lotería, sin hacer lo que nos toca?

¿Cuántos no estamos esperando estar fuera de nosotros para reconocernos?

¿Cuántos?

Algo habrá que hacer. Y hasta en estos arrabales de Occidente hacer es poiesis.

*******

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (1)

Nasly
28 de Noviembre, 2012

“Algo habrá que hacer”, ojalá supiéramos qué, cuándo, cuántos; de nuevo y por tercera vez, gracias poeta por llevarnos de paseo a la FIL!

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.