Blog de Willy Mckey

Desde Guadalajara (2): ¿Qué para qué sirve la literatura, dice?; por Willy Mckey

Por Willy McKey | 26 de noviembre, 2012

0. Aquí el homenaje es a la lectura. En 2009, cuando Rafael Cadenas fue el homenajeado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, era maravilloso ver a poetas que forman parte de nuestras bibliotecas con la fascinación viva ante la figura del maestro, esperando pacientes la posibilidad de una fotografía, aguardando en la fila para que le firmaran la nueva edición de la Poesía Completa de Fondo de Cultura Económica, con más poesía y menos banderas.

El año pasado, además de la presencia de Herta Müller, José Emilio Pacheco, Mario Vargas Llosa y el homenajeado Fernando Vallejo, los protagonistas fueron 25 firmas que todavía no habían sido gritadas a todo el mundo. La FIL, en su 25 aniversario, decidió darse la estatura merecida y demostrar que es la caja de resonancia ideal para que autores como nuestro Roberto Martínez Bachrich sean compartidos con el resto del planeta, por más que hasta ellos mismos insistan en ser secretos.

En esta edición, la polémica con el premio entregado a Alfredo Bryce Echenique ha atomizado la atención, mudándola a las figuras de Nicanor Parra y Pedro Lemebel como parte central de las alegrías del país invitado, a los estadounidenses Jonathan Franzen y Edward Hirsch, a la esperadísima Janne Teller y a un grupo de brasileros que va desde Ana María Machado, la autora de Niña bonita ilustrado para Ekaré por la venezolana Rosana Faría, hasta Joäo Paulo Cuenca, el autor fetichizado por la enorme troupé de fuerza tapatía femenina que hace que este enorme evento ande tan bien.

La homenajeada es la lectura. Entera. Hay que leer. Hay que vivir. Eso dice cada pared.

1. Que se llama Libertad. La apertura del Salón Literario estuvo a cargo de Jonathan Franzen, moderado por Jorge Volpi. Hablaron de la novela y sus recovecos, justo después de que la FIL nos hizo saber a los asistentes que ahora el más importante de los salones y, precisamente, el que la diferencia del resto de las ferias del mundo, pasa a llamarse Salón Literario Carlos Fuentes.

Ver a Franzen arrodillarse a recibir de la viuda de Fuentes la medalla que ahora corresponde a cada autor a quien le corresponda inaugurarlo fue una bonita alegoría, que incluía el aplauso sonreído de Volpi, sin subrayar los asuntos de la generación del crack versus el boom sino celebrando a la literatura y sus ausentes, que al fin y al cabo son dos de las pocas cosas que nos permiten llamarnos humanos.

Escuchar de Franzen la delación del novelista fue una comunión extensa y sencilla. Un pic-nic de la inteligencia. En sus largas pausas también era posible ver la rabia como motor de la creatividad. Esa tragedia en la línea cronológica de la política estadounidense llamada George W. Bush dejó muy pocas consecuencias tan amables con la humanidad como este momento en el cual un escritor de éxito y su anfitrión comparten con centenas de desconocidos cómo escribir es un testimonio, cómo el compromiso no precisa de la prótesis que es el panfleto sino del trabajo que exige transformar a la confesión en Libertad, cómo no hace falta evadirse de sí mismo ni del ánimo propio para que la literatura haga su trabajo.

2. Venezolanos. En 2009, año en que vine a la FIL por primera vez, aprovechando la alegría del homenaje a Rafael Cadenas, la editora María Francisca Mayobre logró que los asistentes a la feria se llevaran más nombres de autores venezolanos en la cabeza. Organizó una mesa que contó con la participación de tres escritores que fueron presentados por Alberto Barrera Tyszka, entonces presentando Crímenes y con el dulce patrio del Premio Herralde todavía en la boca. La triada estaba conformada por Luis Enrique Belmonte [ese año su nouvelle Salvar a los elefantes, editada por Equinoccio, fue uno de los títulos más atendidos por la crítica], Lucas García [que con su libro de cuentos Payback había ayudado a que la editorial Punto Cero mostrara su artillería del futuro] y Rodrigo Blanco Calderón [quien traía frescos a Los invencibles y también venía de haber participado en el mítico Bogotá 39].

En esa ocasión Rodrigo leyó uno de los cuentos de Las rayas, un libro que en los meses que siguieron ganaría premios en México y pasaría al catálogo de Punto Cero. Me presentó a Ignacio Padilla y saludaba a quienes como él habían estado conversando la Literatura en la capital de Colombia. Tres años después, Rodrigo está con los otros talentosos canallas de Bogotá 39 que están en la ciudad presentando un libro de retratos de Daniel Mordzinski.

En la presentación, cuando le preguntaron a Rodrigo por sus influencias, nombró a Bryce Echenique [el tema censurable de este año]. No pasó nada, salvo para un periodista que en su nota de prensa escribió un hermoso texto de ficción: el fablistán vio gente escandalizada que no vimos, oyó rezongos que no escuchamos y se percató de indignaciones que ni siquiera dejaron rastro. Ahora Blanco Calderón anda por ahí, de lo más rebelde. Un fabulador que se mude a la verdad puede resultar irreverente.

3. El libro [también] es un negocio. Entre las editoriales en el stand de Cavelibro –MM2, La Embajada– Embajada– está Playco. Mientras su editora mostraba los libros de su catálogo a un distribuidor y él le prestaba atención a la estudiada estrategia todo parecía rutina de negocios; luego del acuerdo, como en un “bonus track”, la editora le mostró algo que “imagino que no te va a interesar”, refiriéndose a los gustos del cliente y al libro del artista plástico Ricardo Benahím, el animal más curioso de su catálogo. El distribuidor quedó fascinado como un niño que descubre justo lo que buscaba. Como cuando la pareja de editores de Sudaquia, esa especie de alumbrados como los protagonistas de TRON, sonríen porque un compatriota les dice que conoce su proyecto en Nueva York. Y sacan a nuestros autores en papeles, bites y mucho coraje. Hoy cargan a Francisco Massiani, mañana quizás tendrán a José Urriola. Siempre tendrán a alguien.

Si uno presta atención, puede aprender cosas sorprendentes del negocio en cada rincón, en cada asistente. Las cosas que suceden acá son como liebres, que saltan sorprendiendo al desatento. Sin embargo, quien tiene el ojo despierto sabe que debe dejarse sorprender.

Somos mulas con la posibilidad hermosa de contrabandearles eficacia, voluntad, cultura. Vida. Por eso nos reconocen a los venezolanos: vamos vivos y caminando por toda la ciudad, como si no hubiésemos caminado en años.

(No saben que es verdad)

Cada paso que damos cada uno de nosotros piensa en alguien que ahora está en Venezuela requiriendo esto que acá se convierte en verdad. En una epifanía casi cándida, me doy cuenta que no estamos representando al país acá, sino que nos toca llevar todo esto al país para compartirlo y aprender.

Que se puede vivir. Que hay que vivir. Para eso sirve la literatura. Al menos hoy.

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (4)

Héctor Torres
27 de noviembre, 2012

Muy hermoso, Willy. Cronista de lujo para los que vamos a Guadalajara a través de tus palabras. Un abrazo

Nasly
27 de noviembre, 2012

Vale decir, sencillamente que me conmovió mucho esta crónica? Y que comparto con Héctor Torres, lo que ya dije cuando leí la primera? Tu nos llevas a Guadalajara con cada texto que nos envías. Es bueno tenerte allá, poeta.

migdelia spósito
28 de noviembre, 2012

Hola Willy, son venezolana y te confieso que te conocía, así, en pasado, porque despues de leer esa reseña de tu experiencia en México, puedo decir que ya somos panas. Un cordial y literario abrazo. Migdelia Spósito

la barca de la luna
28 de noviembre, 2012

Willy eres muy suspicaz y me sorprendiste, realmente estaba concentrada tal y como lo describes! nunca imagine que mi representante en Chile pudiese reaccionar como lo hizo pues en este mundo editorial cada día es un nuevo descubrimiento, genial la manera como llevas cada situación vivida en Guadalajara. mejor imposible.

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