Blog de Rafael Rojas

Derek Walcott: el otro Calibán; por Rafael Rojas

Por Rafael Rojas | 20 de marzo, 2017
ULF ANDERSEN para GETTY IMAGES

Fotografía de Ulf Andersen para Getty Images

Ha muerto el poeta Derek Walcott y uno piensa que para alguien hecho de crepúsculo antillano la muerte debió ser como una copa de ron J. Bally en el Café Martinique de Castries, San Lucía, la isla en que nació hace 87 años. El crepúsculo era una imagen central en la poética de Walcott: su Caribe era crepuscular porque representaba siempre lo que había sucedido (la colonia y la esclavitud, la independencia y la revolución, la pobreza y la opulencia) y no lo que estaba sucediendo o lo que estaba por suceder.

Nacido en el Caribe británico, Walcott pensó el mar y las islas antillanas en clave griega. Uno de sus poemarios más conocidos, Omeros (1990), es una larga composición épica que recuerda la Ilíada y la Odisea. Constantemente, en sus lecturas de británicos y franceses, buscaba la huella griega, como si siguiera las pistas de otro Mediterráneo, instalado en la corriente del Golfo de México. Como el europeo, ese Mediterráneo también era crepuscular: en sus costas, todo había sucedido ya, toda la historia, real o imaginaria, se había cumplido.

En los ensayos de La voz del crepúsculo (1998), especialmente en “La musa de la historia” y “Las Antillas: fragmentos de una memoria épica”, se plasma esa idea antiprofética de la cultura caribeña. Los mitos que nutren el mundo antillano no tienen que ver tanto con la promesa como con el paso doloroso de la historia. Haberlo experimentado todo, incluso los mayores experimentos de “descolonización” (el socialismo cubano), hace del caribeño un sujeto de vuelta de todas las utopías del siglo XX.

Derek Walcott fue el anti-Calibán o una especie de Calibán que desafía la hegemónica de Roberto Fernández Retamar y otros ideólogos del poder caribeño. El error de ese calibanismo, según Walcott, consistía en asumir que la “memoria se limita al sufrimiento de la víctima”. Esa visión de Calibán como “discípulo furioso”, que “debe insultar al amo o al héroe en la lengua de éstos” recaía en la “maldición de la venganza”, en el “dolor fonético” y en el “dominio del lenguaje del torturador por la víctima”. Y eso, concluía, no era “victoria” sino “servidumbre”.

De ahí que el Caribe de Walcott fuera Aimé Césaire pero también Saint-John Perse: “Perse y Césaire, hombres de diferente raza y extracción social, uno patricio y otro conservador, uno proletario y otro revolucionario, uno clásico y otro romántico, Próspero y Calibán, opuestos que encuentran fácilmente el equilibrio, pero sobre el eje de una sensibilidad compartida que, poseedora de la presencia de una tradición visible o privada de ella, es la sensibilidad del viaje hacia el Nuevo Mundo”.

Ese Caribe en el que la memoria crepuscular abandona finalmente todo el sectarismo del poder es también el de la poesía anglófona de Robert Lowell y Robert Frost, Philip Larkin y Ted Hughes. Walcott atisbaba aquel Caribe en Islas en el Golfo o Islas a la deriva, la primera novela póstuma de Ernest Hemingway, cuyo protagonista, Thomas Hudson, se inspiraba remotamente en el pintor naturalista norteamericano Winslow Homer, que retrató playas y tormentas en las Bahamas y Cuba.

Ese Hudson hastiado de la historia es tanto un arquetipo de la región como el historiador marxista trinitario C. L. R. James, quien luego de haber narrado como nadie la Revolución Haitiana, en el clásico The Black Jacobins (1938), escribió un homenaje al criquet, el deporte victoriano practicado por los negros de las Antillas británicas, en su libro Beyond a Boundary (1963). Dice Walcott que en el criquet James había encontrado la “calma”. Una calma que no era “neutralidad” sino el “meridiano entre dos océanos y dos culturas”, pues, como en el criquet, “la conducta decorosa es lo primero que ha de exigirse tanto a los hombres como a los estados”.

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Rafael Rojas Rafael Rojas es autor de más de quince libros sobre historia intelectual y política de América Latina, México y Cuba. Recibió el Premio Matías Romero por su libro "Cuba Mexicana. Historia de una Anexión Imposible" (2001) y el Anagrama de Ensayo por "Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano" (2006) y el Isabel de Polanco por "Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la Revolución de Hispanoamérica" (2009).

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