Blog de Armando Coll

Crónicas de los que se quieren ir, por Armando Coll

Por Armando Coll | 8 de Mayo, 2012

Semanas atrás se reeditó, tras larga como indeseada pausa, el Festival Internacional de Teatro de Caracas, ocasión que sirvió para rendir homenaje a una de las figuras cimeras de la dramaturgia venezolana, José Ignacio Cabrujas. Concomitante al tributo, el portal Prodavinci.com publicó una entrevista que le hicieran al escritor, Ramón Hernández, Víctor Suárez, Trino Márquez y Luis García Mora, principiando la última década del siglo pasado. Allí, el dramaturgo, insiste en una imagen muy suya sobre el país, “un sitio de paso”, “una ciudad campamento”, concepto que a su vez, el entrevistado asigna a Francisco Herrera Luque.

De esta guisa declaraba Cabrujas: “Se dice que nuestros indígenas eran tribus errantes que marchaban de un lugar a otro en busca de alimentos. Pero tan errantes como los indígenas fueron los españoles. Vivir fue casi siempre viajar y cuando el Sur comenzó a presentirse como el lugar del ‘oro prometido’, llámese Dorado o Potosí, Venezuela se convirtió en un sitio de paso donde quedarse significaba ser menos”.

Quien lea la disquisición completa entrará en contacto con una puesta en escena, digna de un excepcional hombre de teatro, una escenografía que acoge una dramaturgia, un ethos que podría definir al venezolano, pero tal vez no lo explique del todo. No explica al propio Cabrujas, un venezolano de los que se quedó y no precisamente para andar de caporal de un campamento, sino para hacer país, representándolo sobre escenarios de tablas y decorados de TV.

En todo caso, esa sensación (ahora que tan en boga están las sensaciones) gravitaba o más bien irrigaba un inconsciente colectivo, de momento olvidado de sus fatalidades, en vista de los auspicios del petróleo. Una sensación, digamos, de ausencia de país. El exilio interno que canonizó Manuel Díaz Rodríguez.

Si Venezuela realmente tuvo por padre a Simón Bolívar, quien siempre tan epigramático, dictaminó en su último aliento (que) “La única cosa que se puede hacer en América es emigrar”, ¿qué podía esperarse entonces de los hijos?

No obstante, tras la paz criminal del gomecismo, Venezuela dejó de escupir a sus “mejores hombres” y devino más bien en destino de inmigraciones de todos los rumbos.

Nunca en la Venezuela que podría llamarse moderna, el exilio adquirió como en los últimos veinte años las proporciones de un éxodo como el que ahora padece “la cuna del Libertador”.

A la vera del decaimiento de la democracia representativa, y el advenimiento de una revolución predadora, ha crecido toda una generación que no piensa sino en irse en algún momento; que sólo cuenta los días y los dólares que faltan para el despegue sin retorno de Maiquetía.

Esa generación tiene sus escritores, y quizá ninguno insista tanto en el “querer irse” y el exilio como opción irremediable, como lo ha hecho Eduardo Sánchez Rugeles, ganador de la única edición del Premio Internacional de Novela Arturo Úslar Pietri, con su obra Blue Label/Etiqueta Azul.

Exilio e iconoclasia

Ahora, Sánchez Rugeles, entrega un volumen de textos publicados entre 2007 y 2010 en el portal Relectura. El prologuista del libro Los desterrados (Ediciones B Venezuela, 2011), el crítico Luis Yslas, clasifica la antología dentro de un género “apátrida”. Y apátrida, no porque las piezas versen sobre el desarraigo y la dolorosa negación del país de origen, sino por ser limítrofes entre la crónica y la invención, el ensayo literario y la humorada.

Los textos fueron publicados originalmente con el seudónimo de “Lautaro Sanz”, que alude al primer apellido del autor, con un claro guiño al influyente Roberto Bolaño, cuyo heredero lleva el raro nombre de Lautaro.

Lautaro Sanz, a su vez, es el personaje de las crónicas, suerte de detective literario que se topa con raros manuscritos, cuadernos perdidos, y estrambóticos subtextos de autores tan emblemáticos para Venezuela como Rómulo Gallegos (eventualmente un autor porno) y el propio Cabrujas, a quien en una divertida cabriola entre el dato histórico y la ficción convierte en el verdadero autor de los “Teletubbies”.

Audacia e iconoclasia; la abjuración sardónica de los símbolos superficiales (El Ávila, el araguaney, los colores de la bandera, la poesía de Pérez Bonalde) de la vilipendiada, subestimada, inasible (incomprendida) nacionalidad venezolana, traman estas crónicas extremas escritas en la lejanía.

Armando Coll 

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