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Ínsulas extrañas

Congresos y ausencias, por Antonio López Ortega

Por Antonio López Ortega | 28 de Noviembre, 2012
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Tuve la oportunidad de participar en el seminario Transatlantic Project que organiza todos los años la Universidad de Brown en Providence. Es ya una cita obligada para los académicos que trabajaban literatura latinoamericana en ambas orillas del Atlántico. Durante cuatro días seguidos, en mesas paralelas, se leyeron unas cien ponencias y se hicieron al menos tres homenajes: uno al narrador cubano Leonardo Padura, otro al narrador chileno Alberto Fuguet y un tercero a la crítico argentina Sylvia Molloy. Cabe decir que en esas cien ponencia leídas, sólo dos (el 2%) se referían a temas venezolanos. El resto, fue de lo más variopinto, con un foco importante en literatura cubana, que pese a todo sigue absorbiendo las horas de la academia a punta de miseria social, especificidad política y heroísmo individual, porque escribir en Cuba sigue siendo un ejercicio de supervivencia material, por no decir política.

Pero el tema que nos anima no es destacar cómo Cuba logra sobrevivir en la academia cuando se desvive socialmente, sino apuntar a cómo Venezuela pierde todo interés como país y como literatura en la academia internacional: sus narradores no interesan, sus poetas menos, y no se diga la relación entre política y cultura, que al menos en estos tiempos apremiantes pudiera levantar algún interés, sobre todo cuando se comprueba que la institucionalidad gobernante tiene una visión muy sesgada de lo que vale o no vale, o de lo que debe mostrar y no mostrar. Hace algunas décadas, nuestra literatura importaba, nuestros autores se estudiaban, nuestros movimientos se reconocían como originales, como el brote de escritoras poetas en los años 80, irrepetible en el continente. Pero de allí a esta parte, el retroceso ha sido franco. Hemos desaparecido del mapa; ya nadie nos recuerda.

Me temo que esta situación no cambiará en los próximos años, porque esta preocupación no es política de Estado. La poca presencia o proyección que obtengamos se deberá al esfuerzo de nuestros propios escritores, como de hecho ha sido en los últimos tres lustros. Un premio ganado aquí, otra traducción lograda allá, alguna invitación recibida para ir a congresos o seminarios. En general, un esfuerzo precario, a paso de tortuga, porque depende de la suma lograda entre individualidades, pero al menos esfuerzo legítimo, porque es lo único que tenemos. Nuestros escritores no tienen plataformas, no tienen país. Deambulan como solitarios, confiando en que el horizonte de un futuro promisorio eleve al menos sus obras, porque ya ni siquiera de la vida propia se espera mucho.

Antonio López Ortega ... ... ...

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