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Blog de Oscar Medina

Con el miedo en el bolsillo, por Oscar Medina

Por Oscar Medina | 16 de Mayo, 2012
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Así que ahí estaba yo. Y este tipo. Uno de esos personajes que mete miedo a cualquiera tocándome la cara en una situación que en otro contexto habría conducido a una actitud distinta, a decirle “no viejo, déjese de esas mariqueras, usted de equivocó conmigo”. Los dedos de ese individuo se hundían en una crema de tinte rojo, algo parecido a lápiz labial, con la que me hacía marcas en el rostro. “Para que no te confundan pana, no puedes estar así sin nada”. ¿Coqueterías raras en plena avenida Urdaneta?

Nada de eso. La pintura roja indicaba que esa tarde yo era del clan. Me daba sentido de pertenencia. Significaba que ninguno de los que estaba allí la iba a emprender contra mí al momento del choque. Indicaba que era uno de ellos y que nadie aquí me abriría el cráneo de un cabillazo, ni me enterrarían en la espalda la punta de los clavos que sobresalían de algunas tablas; implicaba que estaba salvado de la hoja afilada de las navajas o del plomo de las pistolotas que en vano intentaban ocultar uno que otro de los allí presentes enfundados en chaquetas oscuras aún bajo ese sol y con este calor sofocante del centro caraqueño. Le agradecí, por supuesto, el detalle. Estaba a salvo de ellos mismos, era uno más. Sólo restaba esperar que los insensatos escuálidos que venían a desalojar al líder se atrevieran, de verdad, a cruzar los límites. Desde ese momento aquellos del “vete ya” y del “ni un paso atrás” eran el enemigo. Sólo tenía que cuidarme de esa gente, si es que, claro, lograban superar el piquete de la Guardia Nacional apostado allá abajo, ese muro de contención que con todo y sus excesos, con todo y su saña represora, con todo y la desgracia, en realidad evitó males mayores.

Toda la mañana la había pasado en la redacción de El Universal esperando el no sé qué de ese 11 de abril. Flotaba por ahí la percepción de que sería un día decisivo, esa ilusión colectiva de que una marcha multitudinaria realmente precipitaría las cosas hasta la salida de Hugo Chávez del gobierno. Pajaritos preñados en medio de la exaltación: esto no es Suecia, ni Holanda. Y esto, además, no es un periodo presidencial cualquiera. Nunca lo fue: es un proyecto político que ha ido cumpliendo sus objetivos paso a paso de desalojo de los otros y de toma definitiva del poder.

Esas consideraciones, sin embargo, no estaban en el menú de la jornada. Viendo por televisión el progreso de la congregación en Chuao, el desborde de la zona, y escuchando los comentarios por la banda de radio del periódico, era imposible no sentir un hormigueo en el ánimo: “coño, me estoy perdiendo este pedazo de historia aquí encerrado”.

Clodovaldo Hernández coordinaba desde su esquina el trabajo de los reporteros. Ya Juan Barreto y otros líderes boina roja habían llamado a la gente “a defender” Miraflores utilizando además esa expresión que invitaba a que “bajaran los cerros” y que sonaba tan a otra fecha atestada de muertos, a infeliz referencia.

Cuando asomó la idea de enrumbar al numeroso colectivo opositor hacia Miraflores no había nada más que pensar. Le dije a Felipe Saldivia, para entonces unos de los jefes en lo que El Universal llama “la mesa de edición” y al propio Clodovaldo que si la multitud enfilaba al centro me despacharan al lugar para hacer la crónica de lo que sucedía alrededor de la sede de la presidencia.

Al lugar llegué con el carnet del periódico escondido en el bolsillo, algo que ya era costumbre cada vez que había que andar a pie más allá de la esquina de Animas. Había, cómo no, una buena cantidad de gente en el lugar. Recuerdo un grupo de la PM que intentó tomar posición y la pita que los despidió porque allí no podían estar. A pocos metros de un piquete de la guardia, justo en la pared del Banco Central en la Urdaneta, un grupo de jóvenes agrupaba botellas e intentaba disimular tras una tela del mismo azul que identifica al PPT sus preparativos: bombas molotov, cohetones reforzados con clavos, armas… todo era invisible a ojos de los uniformados.

Hay memorias que no se borran: un flaco de finos dreads recogidos en cola coordinando a los muchachos que más tarde bajarían a lanzar su arsenal contra la marcha que pugnaba por subir hasta el Palacio, una viejita blandiendo un respetable palo que según ella utilizaría para defender a su presidente, la cantidad de tablas, cabillas, tubos, palos y más palos que prometían una contienda casi medieval; las tantas veces que los alzaron en eufórica celebración cada vez que la guardia hacía retroceder a los opositores allá abajo en los alrededores del liceo Fermín Toro, la tonta idea de que esos gestos de bravuconería recordaban las escenas de una película de Mel Gibson: todos pintados, preparándose para la batalla, las espadas en alto… El temor de que los de abajo no lograran subir, la esperanza de que se dieran media vuelta y dejaran todo así hasta la marcha de otro día… El sonido de disparos de Fal que parecían salir de Miraflores, la pistola que alguien con demasiada pinta de agente casi vació disparando al aire para celebrar la victoria parcial, el miedo a esas balas que por mera ley de gravedad tenían que bajar…

Y por supuesto los muertos. Ya no recuerdo si vi dos o tres. Estoy seguro que a uno lo subieron por la esquina de Bolero. El otro me pasó muy cerca. Tan cerca que casi creo haberle visto el hueco en la cabeza. Tan cerca que pude ver parte de su masa encefálica en el pantalón de uno de sus compañeros. Eran los mismos que horas antes se apertrechaban para cumplir su misión de atacar desde abajo.

“La policía de Peña nos está matando, están disparando desde la Baralt”, escuché decir y arrastrado por la insensatez caminé en dirección a Puente Llaguno. Pero sonaron disparos y la gente corrió en dirección contraria. Un poco más cerca vi hombres resguardándose detrás de un edificio en una esquina del puente, algunos otros tirados en el piso casi a la mitad de la acera. ¿Están muertos? Después supe que no, los vi dando vueltas sobre sí mismos y tomando posiciones para disparar. Eso, claro, fue por televisión. En el momento se escucharon nuevos disparos y se impuso la sensatez: no voy a hacer aquí el papel de héroe pendejo, no tiene sentido…

Para entonces la situación era lo suficientemente angustiante como para querer salir de allí. Volví a la esquina de Bolero a ver cómo andaban las cosas. El conflicto seguía allá abajo y desde aquí era un show sin mayor riesgo: para eso estaba la Guardia Nacional.

Más de una vez metí la mano en el bolsillo: quería asegurarme que el carnet de periodista no podía salir de allí a revelar que era un maldito infiltrado. Imaginaba qué pasaría si una de esas balas salía sorteada para mi: ¿descubrirían el carnet y me dejarían tirado desangrándome?

Por esa vía de pensamientos paranoicos entendí que era hora de abandonar el lugar. Temor, cansancio, impotencia… y una desesperante necesidad de saber qué carajos estaba pasando en el resto de la ciudad, en el resto del país, en el resto de la marcha, en la puta cabeza de los políticos y líderes de ambos bandos empujaron los pasos más allá del Palacio Blanco, calle arriba y después a la derecha, caminando y caminando hasta parar en un bar abierto muy cerca de la sede del Ministerio del Trabajo. Un bar con un televisor que mostraba la famosa pantalla dividida mientras Chávez hablaba de situaciones normales, de control, de sus seguidores allá afuera cantando y rezando… Pedí una cerveza. Creo que hice alguna llamada. Lo demás, ya es cuento conocido.

Oscar Medina 

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